El cuarto fugado

La hipótesis sobre la existencia de un cuarto fugado que alcanzó la frontera se inició con el encuentro fortuito con Gaspar Linzoain, vecino de Iragi, en la montaña navarra.

Relato de Gaspar Linzoain, testigo de la evasión de 1938, y su encuentro, sesenta años después, con uno de los fugados. Iragi, 2011.

Gaspar Linzoain, un niño de seis años que acudía a la escuela de Eugi desde la borda Arago, fue testigo directo del fusilamiento de uno de los escapados en el curso de la fuga de 1938. Seis décadas después, aquella nunca olvidada fuga, retornará desde otro prisma.

En la primavera de 1997, un día lluvioso, en Iragi -21 habs.-, entabló conversación con un forastero llegado en un todoterreno grande y oscuro. Residente en los Estados Unidos, había regresado para rememorar los lugares donde había salvado la vida.

Le contó que su padre, de familia pobre en Azagra, entró a trabajar para el ayuntamiento, afiliándose a la UGT. Con el golpe franquista, fueron a buscarlo y al no encontrarlo, se llevaron a su hijo, quien narra la historia. Llevaba comida a su padre escapado, aunque lo acabaron cogiendo y fusilando. A su madre y hermana les causaron agravios y más adelante fueron a vivir a Pamplona. Él era reticente a visitar su pueblo por sus recuerdos de necesidad y sufrimiento.

Al estar la cárcel local llena, fue trasladado al fuerte de Ezkaba. La vida allí era muy penosa y los presos morían. Hacía de monaguillo pues era tiempo que no permanecía en la celda. Se sumó a la fuga en un grupo de seis escapados. Encontraron dos personas, padre e hijo, que estaban segando forraje. Les dieron pan, queso y vino y les indicaron la referencia del río Arga. Remontándolo, se encontraba Francia. Pero observó que el más joven se alejaba ligero hacia el pueblo y temieron que avisase a los militares. Denunciar a los fugados, unos peligrosos criminales según lo difundido, era una obligación. Es por esto que vecinos de los pueblos salieran en su persecución, pero en casos como el de Miguel Gascue, el francés, su activa colaboración en el operativo lo achaca a que era “un mal trabajas”, poco dispuesto al duro trabajo cotidiano.

En el término de Bardegi, cerca del alto de Egozkue, fueron interceptados. Uno de los fugados, de Azagra, descrito como alto y fuerte, llegó a pelear por el arma del militar y quedó con un golpe en la cara. El visitante le contó sobre ese compañero suyo, que eran siete hermanos, todos altos; uno de ellos, fue voluntario requeté. Gaspar pudo contarle al forastero que éste soldado, Agustín Zudaire, enterado del fusilamiento de su hermano, acudió a Iragi a enfrentarse a los militares, hospedados en la posada del pueblo.

Con el tumulto se dispersaron. A un par que detuvieron los bajaron a Iragi; al estar el cura ausente, fueron conducidos a Urtasun. Allí el párroco trató de evitar su muerte, exponiendo que de la confesión se desprendía que eran buenos cristianos. Uno de los  armados, apartándole, se llevó a los detenidos.

El forastero contaba que logró ocultarse en la maleza. Recordaba haber pasado por una zona de peñascales y haber comido habas de una huerta divisando un pueblo a la luz de la luna. Siguiendo la máxima: “de día catalogar y de noche andar”, pudo eludir a los perseguidores hasta llegar a Banca. Dudando de si había pasado la frontera, se atrevió a preguntárselo a un joven que pastaba las ovejas. Si no estaba militarizado, consideró, era porque ya no estaba en España. Este lo acogió en su caserío. El médico local le sacó una posta de escopeta del brazo, obra de un civil que acompañaba a los militares, que portaban fusiles. Se recuperó de la herida y del agotamiento. Trabajó reparando caminos, añadía Pilar Belzarena, también en Iragi.

El pastor tenía dos hermanos en EEUU, pero un indocumentado fugado no podía entrar allí, por lo que de Francia pasó a México, de donde lo reclamaron los hermanos del pastor, con los que estuvo trabajando. Con la Guerra Mundial fue movilizado en el ejército norteamericano, ya que la alternativa era la repatriación. Hizo un curso de tanquista y estuvo en Europa como suboficial. Al regresar, con los conocimientos de mecánica, puso un negocio de transporte, que prosigue su familia (de madera, precisan dos jóvenes, interlocutores también del extraño en la puerta del fuerte).

Gaspar le dijo al forastero que él tenía un hermano en las Américas, trabajando para uno que le llamaban “el italiano”, a quien el fugado reconoció en la conversación: era llamado así por ser hijo de italianos, si bien él ya era nacido en América. Sobre la población en la que pudo estar el fugado, Gaspar dudaba entre Chico y Chino, ambas en California.