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El padrón de Banca de 1936 incluye 767 personas. De ellas, 91 viven en Haira repartidos en trece caseríos. Entre los primeros con los que topaban quienes llegaban desde la frontera, en los prados del monte Errola, el de Olhaberrieta, hogar de la familia Urrels durante generaciones. El matrimonio Jeanne Etcheverry y Pierre Urrels tiene seis hijos. Los dos hermanos mayores, siguiendo la tradición, emigraron a las Américas. Michel en 1910 y Joanes en 1914. Como desertores del ejército, abandonan el país atravesando la frontera por monte y tomando el barco en Lisboa. El tercero, Jean, Maneche en familia, fue a la Gran Guerra y murió en 1925 por secuelas de la tuberculosis allí contraída.

Jeromie en el caserio Olaberrieta

Jeromie en el caserio Olaberrieta

En 1938 los otros hermanos habían ya abandonado el caserío familiar, y es el hijo menor, Saint Martin Urrels, (1907-1997) quien sigue la hacienda y vive en compañía de su madre. Una excepción en los caseríos de Haira, que acogen a extensas familias. Su sobrina Jeromie, hija de Maneche, tampoco vive allí. Queda huérfana en 1935, y con 14 años va a vivir a Banca, casa Bidabihéria, al cuidado de los hijos del matrimonio Barzabal. No regresará hasta 1964, ya casada con Simon Faltxa, de Gixonaenea, cuando su tío Martin le hace cesión del caserío.

Jeromie buscando papeles

Jeromie buscando papeles

La nonagenaria Jeromie mantiene una extraordinaria vitalidad. Deja la huerta para atender a los forasteros que llegan preguntando por el pasado, con la misma solicitud que su tío pudo atender a otro foráneo necesitado. Su tío nunca le hizo partícipe de la estancia de un “rouge” clandestino en el caserío. La cultura de la discreción envolvía a los caseríos de frontera, implicados en una actividad de paso de mercancías y ganado, actitud que impregnaba otras esferas de la vida cotidiana. Hablar de ello hubiera sido ir contra hábitos muy arraigados.

Hay otro elemento clarificador en el relato de su vida que hace Jeromie. Trabajó en Burdeos en la mansión de la familia Cendoya, acérrimos franquistas, a cuyo yerno, cónsul alemán, escondieron de la Resistencia, y más tarde como cocinera en el cuartel alemán en Banca durante la ocupación. Esta actitud colaboracionista pudo prevenir a su tío de confesarle la estancia de un fugitivo republicano y sin papeles en el caserío, en un periodo hostil a los refugiados, que llevó a muchos a la clandestinidad ante el temor a ser expulsados. Escribía Nöel Elorga: “…en Urepel también hubo problemas graves con refugiados, era un tabú enorme. Los que ayudaban, lo hacían a escondidas, ya que había una propaganda feroz orquestada por el cacique bajonavarro Ibarnegaray”. Publicaba en 1939 Le petite Journal: “L´invasion des rouges d’Espagne”.

Saint Martin siente animadversión hacia los militares. Su hermano Maneche murió a causa de la Gran Guerra. Otros hermanos, Jean con 18 años y Michel con 23, no quisieron correr la misma suerte, y desertores, emigran a las Américas. Además, militares franceses, españoles o más tarde alemanes, dificultan la actividad de contrabando en la que están envueltos los caseríos de Haira.

Por contra, siente empatía por el refugiado herido. No es una presunción, pues contaba con precedentes. En diciembre de 1936 llega al caserío Clemente Goñi. En agosto de 1937, Miguel Goñi. Dan constancia de la receptiva actitud de Saint Martin hacia quien busca cobijo. El refugiado, una vez repuesto, hace vida discreta, sin bajar al pueblo. En la regata todos se conocen, pero nadie hace preguntas.