El cuarto fugado regresa a escena

“De la misma manera que tener un secreto es humano, también es humano revelarlo, más tarde o más temprano”. Roth, La mancha humana.

Los tiempos de este relato se miden en décadas. En 1978, cuatro décadas después de su fusilamiento, la familia regresa por los restos de Andrés Zudaire. Después de ese puntual capítulo, trascurren otras dos décadas, antes de que un forastero en un todoterreno oscuro remueva los hechos. En marzo de 1997, en dos días sucesivos, visita Iragi. En el primer momento habla, sin bajarse del coche, con Pilar Belzarena, que pasea por la carretera. Pilar nació en Eugi y no puede responder sus preguntas, pero sí le indica que en el cementerio local no están enterradas las personas por las que pregunta. El forastero cruza unas palabras con Leandro, pero será con su padre Gaspar, con quien converse más detenidamente. Gaspar escucha el relato del forastero, su huida del fuerte, su paso por esos lugares antes de alcanzar la frontera, y su vida posterior en las Américas.

Viene como jubilado a rememorar aquel decisivo episodio y saber del paradero de sus compañeros. Gaspar le encamina al cementerio de Urtasun. En la plaza de ese pueblo, Mariano del Rosario y su hija Elena departen con su vecino J. Antonio Reta. El visitante se dirige a ellos y reitera sus preguntas: unas peñas que no pudo identificar y el paradero de quienes formaban su grupo en la fuga. Mariano le contará su recuerdo de los fusilamientos y Juan Antonio le indica dónde reposan sus compañeros en el cementerio, en la misma plaza donde se encuentran.

El extraño extendió la visita a su antiguo penal. Hacia la primavera de 1997, dos jóvenes de Berriozar, Iván y Xabi, suben en moto al monte Ezkaba. En la puerta del fuerte observan a un señor mayor, junto a un todoterreno oscuro, que se muestra emocionado. Entablan conversación y les narra una historia similar sobre su evasión, que recuerdan escuetamente. Iba en un grupo, sufrieron una emboscada y se quedó solo. Avanzando de noche, al cabo de días logró cruzar la frontera. De Francia llegó a Estados Unidos, donde empezó a trabajar por medio de quien le había ayudado; más tarde prosperó como propietario de una empresa de transporte de madera. Allí vivía su familia. Habló de hijas. El relato les resultó sorprendente, pero en aquel momento no había mucho conocimiento de aquella fuga; no fueron conscientes de la trascendencia del relato en una perspectiva global de aquella evasión.

No hay constancia de que en su nostálgico regreso, la visita se extendiese hasta el caserío de Olhaberrieta, al reencuentro con su samaritano protector antes de emprender su viaje a América. Martín Urrels falleció ese mismo año 1997, a sus noventa años.

Tendrán que pasar otros doce años, en 2010, para que unos montañeros buscando reconstruir los recorridos de los fugados, pregunten a Gaspar por senderos de contrabandistas, y con ello se inicie la búsqueda de la identidad del cuarto fugado.