Iluminar estancias del pasado hasta dejar la casa encendida

¿Quién es entonces el forastero, antiguo fugado, que visita el fuerte y los parajes de su huida, interesándose por el destino de sus compañeros de escapada?

Los testimonios de las siete personas, que lo escuchan en Iragi, Urtasun y en la puerta del fuerte, resultan coherentes y complementarios en los detalles.

Las premisas que permiten dar crédito a su relato son reales: hubo lagunas en la relación de represaliados de Azagra, y en la contabilidad de presos del fuerte.

Entre las dos distantes poblaciones que arman su relato, Azagra e Iragi, hay un nexo incontestable: Andrés Zudaire, único azagrés documentado que pasó por el fuerte y participó en la fuga. Es capturado en Iragi y ejecutado en Urtasun, mientras su joven compañero de huida logra zafarse y llegar a Banca. Sesenta años después regresa al escenario, preguntando por el destino de sus compañeros, y visita el cementerio de Urtasun donde reposó Andrés hasta que su familia lo trasladó a Azagra en 1978.

Otros datos de su fuga han podido ser contrastados: el episodio en Etsain en el que se encuentra con padre e hijo, Silverio Ripalda y su hijo Pedro; el hecho de que cinco fugados, sus posibles acompañantes de grupo, fueron ejecutados en el entorno de su fatal encuentro con los perseguidores en Bardegi; la presencia de paisanos, causantes de la herida de posta; así como la coincidencia entre los peñascales que buscaba como referencia y los característicos riscos existentes en las laderas que caen sobre Eugi.

Se desvía de la ruta más directa, y cruza por Sorogain, zona despoblada y sin acceso para vehículos, al igual que lo hicieron los otros tres huidos con éxito que fueron documentados: Jovino Fernández que llega a Urepel, que queda a un lado, y José Marinero y Valentín Lorenzo, que pasan por Valcarlos, al otro. Este cuarto fugado recala en Banca, entre Urepel y Valcarlos. A la luz del resultado, su relato coincide con la que era la mejor ruta posible.

Ya en Banca, su relato exigía encontrar un solitario pastor, alguien que atendiese su herida en el brazo, que hubiese trabajado en reparación de caminos para costear su viaje a México, y que quien le diese cobijo tuviese dos hermanos en América, quienes le ayudaron cuando se traslada allí. Pues bien, las memorias del único médico del valle citan haber atendido en esos aislados caseríos a refugiados heridos, y Martín Urrels, solitario pastor del caserío Olhaberrieta en Banca, cercano a la frontera, cumplía con ese requisito, por cuanto que sus hermanos Jean y Michel residían en Cedarville, California. Olhabarrieta se ubica junto al bosque de Haira, donde se contrataba mano de obra de refugiados tanto de leñadores como en caminos forestales. El cuarto fugado narra que emprendió una empresa de transporte de madera. Cedarville es una lumber town, una población nacida al calor de la explotación maderera, en la que oriundos de Banca ocupan un lugar destacado.

A partir de estas coincidencias, el resto son incógnitas.

Los otros tres evadidos contactan con el cónsul en Hendaya y quedan documentados, si bien pasan décadas antes de que su historia sea divulgada, incluso conocida en el seno de la familia de uno de ellos, José Marinero. En el caso de Valentín Lorenzo, lo hace público en 1977. Este cuarto fugado, sin correligionarios políticos, sintiéndose ajeno al consulado, buscó otra respuesta, por medio de la familia de Olhaberrieta. Desconocer su identidad impide seguir su rastro en su viaje oceánico a las Américas -México y California- En algún momento pudo recrear una nueva personalidad: en la convulsa Francia de preguerra, confundido entre miles de republicanos sin pasaporte, donde las autoridades francesas quedan desbordadas para su identificación y transcriben irreconocibles apellidos y localidades de origen; en el México que lo acoge o más tarde en USA reinicia una nueva vida bajo un nuevo nombre. Queda como un enigma y su identidad sepultada en el anonimato, como tantas víctimas de todas las guerras. Solo en las trincheras entre Francia y Bélgica quedaron seiscientos mil desaparecidos en la Gran Guerra.

Iluminar estancias del pasado hasta dejar la casa encendida. La imagen del poeta Luis Rosales resume la intención al hacer pública esta investigación. Quizá permita dar otros pasos, despejar sombras. La trasmisión del relato ha podido verse afectada por el paso de los años, ser mal recogido o interpretado. Algún dato quedó desnortado.

Mientras no haya nuevas evidencias, el cuarto fugado queda como conjetura.

Las siguientes páginas de esta historia están todavía por escribir.

Fermín Ezkieta Yaben