Las sacas de presos

Sobre el trasiego de detenidos sin registrar, en Navarra 1936 se cita: “A partir del golpe militar de julio el fuerte se convirtió en el fin de viaje de cientos de detenidos navarros” . Da la cifra de 283 asesinados, con la convicción de que fueron más.

Teófilo García, preso en la 3ª brigada: “En la 2ª Brigada del fuerte había entonces de Pamplona unos 300 gubernativos, es decir, presos que aún no habían sido procesados. Fueron fusilados en unos quince días de febrero del 37 en Artica”. La gran Fuga, en 2005, completa la explicación: “Algunos detenidos de los primeros meses ni siquiera fueron registrados, eran los presos gubernativos. En los dos primeros meses ingresaron a todo navarro de izquierdas como presos gubernativos. A partir del 21 de agosto de 1936 empezaron  a registrar a presos republicanos de otras comunidades”. “Muchos presos gubernativos procedentes de Navarra fueron encarcelados en San Cristóbal en el verano de 1936…/…Al no estar registrados es más difícil localizar actualmente a los presos gubernativos que sobrevivieron o a familiares de los que allí quedaron”. El texto aporta otro testimonio de Abel Salvador: “Cuando nos encerraron en el fuerte había gubernativos sin juzgar en la 1ª brigada, unos 500; cuando les sacaron para juzgar en Pamplona quedaban unos 80, a los otros los habían matado”.

Aunque hubo presos gubernativos que salieron del fuerte en libertad, el número de presos ejecutados en ese semestre de 1936 se sitúa en ese abanico entre 283/300/420; muchos bajo el subterfugio de evasiones, a las que se aplicaba la Ley de Fugas.

Una cualificada confirmación la aportó Ignacio Ruiz de Galarreta. Abogado desde 1930, miembro de la CEDA, delegado provincial de Sindicatos después de la guerra, afiliado más tarde a Unión del Pueblo Navarro, confesaba en una entrevista en Diario de Navarra (22-4-1984): “Se criticaba a los republicanos por sus atropellos, pero se olvidaba que aquí, en Navarra, hubo muchos Paracuellos. Ahí están, llenos de muertos la falda de San Cristóbal../..Aquello era una locura, el imperio del miedo”.

José Manuel Pascual, joven sacerdote diocesano, fue enviado como capellán al fuerte en noviembre de 1938 por el obispo Marcelino Olaechea y la anuencia de los militares al mando, buscando recomponer un grado de normalidad después de la mortandad habida a causa de la tuberculosis, malos tratos, hambre, y de la matanza que siguió a la fuga de mayo. En sus Memorias dice: “En aquella prisión se cometieron verdaderos asesinatos o fusilamientos. Pueden dar fe de esto que digo, si es que no han sido destruidos, los libros en los que quedaban asentadas las partidas de defunción de varios reclusos “muertos en los fosos de la Prisión por intento de fuga (?)”. De otros no constaba nada. No se sabía mas que esto: que habían sido sacados de la Prisión una noche o una amanecida y que habían aparecido muertos en las cunetas de las carreteras”. Con los supuestos intentos de fuga parece referirse a los 25 asesinados el uno y el diecisiete de noviembre de 1936.