Introducción

¿Qué determina el calificativo de “gran evasión”?

Uno de los parámetros puede ser la magnitud de la crueldad del perseguidor. Hitler mandó fusilar a 50 de los 76 aviadores fugitivos de un campo de concentración alemán situado en Polonia en marzo de 1944. Los principales responsables de estas ejecuciones, miembros de la Gestapo, fueron localizados después de la guerra, juzgados y ahorcados en febrero de 1948.

La fuga de Ezkaba, seis años antes, presenta números más contundentes: 795 fugados documentados, de los que 206 fueron abatidos en los montes. Entre  los capturados, 14 fueron fusilados como “promotores” y otros 46 murieron en el fuerte de enfermedad y malos tratos en los años sucesivos (1938-43). En este caso, quienes dirigieron la persecución fueron felicitados y ascendidos. Privilegio de los vencedores.

Otro parámetro –más esperanzador- quedaría referido a quienes completaron la evasión. Tres británicos regresaron sanos y salvos desde Polonia. Tres han quedado registrados por haber alcanzado la frontera francesa desde el fuerte, a quienes se pone rostro y trazos de sus vidas. Junto a ellos, un motor de esta investigación ha sido desentrañar si hubo un cuarto que no ha quedado documentado. Asegurarlo es prematuro por cuanto que no queda probada su identidad, pero se ofrecen algunos sólidos indicios.

Un grupo de senderistas nos preguntamos cuál sería el camino que debieran haber tomado estos fugados para alcanzar la muga con éxito. Indagando sobre senderos de contrabandistas, se produce un encuentro casual en 2009 con un vecino de aquellos valles, testigo excepcional de dos diferentes momentos: de la fuga de 1938 siendo un niño y de su encuentro hacia 1998 con un forastero que regresa a los parajes que fueron tan decisivos en su vida, presentándose como un exitoso participante en la fuga. Ese forastero mantuvo conversaciones en la zona –Iragi y Urtasun- con al menos seis personas, como si desease por esta vía dejar una huella que durante décadas se esforzó en mantener oculta. Su presencia, su relato, entrañaba la existencia de un cuarto fugado no documentado.

El texto aporta información, pero también se retroalimenta de quien pueda completar o corregir datos, en especial, pistas que desvelen la existencia o identidad de ese cuarto fugado, así como del paradero de los fugados enterrados en los montes.

Con el tiempo, surgieron otras preguntas sobre la fuga y fugados: indagar sobre el plan de quienes la idearon, completar pinceladas sobre Leopoldo Picó, cerebro de la fuga; sobre el irreductible Jacinto Ochoa, quien, capturado en la fuga de 1938, logra evadirse del fuerte con éxito en 1944, y sobre otros protagonistas. Gentes sencillas, arrebatadas de su mundo y arrojadas a un infierno del que se ven abocados a escapar, empujadas a una fuga con tintes de gesta, envuelta después en silencio y anonimato. Su colosal dimensión numérica diluye la empatía personal. El reto es desgranar el acontecimiento histórico en microhistorias con rostro: cientos de vidas dignas de no caer en el olvido. En la marea de nombres, resulta anecdótica la relevancia de algunos descendientes, como que una dirigente política sea nieta del cerrajero de CNT Antonio Sánchez Canalejo, o un afamado actor, sobrino de Cándido Estévez.

Esta labor deparó una sorpresa: las diferentes versiones sobre lo sucedido coincidían en negar la planificación de la evasión a sus auténticos protagonistas, los presos recluidos en el fuerte: entre las gentes de esa generación quedó asentada la opinión de que se trató de una fuga consentida, con el fin de acabar con un elevado número de presos que escapaban. La prensa republicana e internacional la presentó de modo casi unánime como una rebelión falangista. Desde los burlados militares se aseguró que había contado con ayuda externa, máxime al haberse dado en asombrosa coincidencia con otra evasión de presos republicanos en la provincia de Granada, el rescate de 308 presos en el fuerte de Punta Carchuna, planificada desde el mando republicano. Ninguna de esas tesis se sostiene. La evasión nació en las celdas del fuerte y sus únicos hacedores fueron los presos internos.

Sobre qué rutas pudieron haber seguido los desorientados fugitivos caso de conocer los caminos o contar con apoyo exterior, la respuesta estaba en los ancestrales senderos de la gaulana, esa tupida red centenaria de rutas del contrabando fronterizo, que dejaba la huida desde el fuerte a la frontera por debajo de los 50 km. Una misma meta pero múltiples variantes, pues como decía Gaspar en Iragi: “las rutas tenían que ser distintas, pues caso contrario los carabineros no tenían sino que apostarse y esperar a los pasadores”.

El fuerte o fortaleza de San Cristóbal. Ha quedado con esa denominación, que por evitar confusiones se mantiene, pero se combina con la de fuerte de Ezkaba, identificando el penal por el topónimo geográfico, el monte donde se ubica, frente al de la ermita dedicada al santo, ambas denominaciones seculares. Al fin y al cabo, el nombre oficial es fuerte de Alfonso XII, hoy escasamente recordado.

Su relación con la ciudad ha sido distante, más en el ánimo que en kilómetros.

En 1878, Pamplona disponía de un suministro de agua escaso y de baja calidad, que ocasionaba problemas de salubridad. Aún así, la autoridad priorizó iniciar la construcción del fuerte. El vecindario tendría que esperar 17 años para contar, mediante la traída de agua desde Subiza en 1895, con un abastecimiento domiciliario digno. La urgencia no evitó que el fuerte quedase obsoleto para su inauguración en 1919. Dada su inutilidad militar, quedó como única ocupación ser lugar de encierro para oponentes políticos. Ese vergonzante destino parece explicar que permanezca agazapado, en la cima del monte. Oculto, pero demasiado grande para negarlo. La reconciliación con la ciudad requerirá transferir su titularidad a la administración civil, como se hizo con la Ciudadela militar, y airear sus interminables galerías y tétrico pasado.

Una mención al maquis de postguerra en Navarra. Su presencia en los mismos escenarios, en un corto intervalo de años oscuros, acosados por similares perseguidores, los ha hecho motivo de confusión con los fugados de 1938. Han surgido en más de una conversación en el trabajo de campo, quedando sin provecho esa información sobre su evanescente presencia, tan difícil de documentar

Sobre la divulgación de esta evasión, ya existe un excelente libro. “La fuga de San Cristóbal 1938”, en primera edición de 1990 escrita por Félix Sierra Hoyos, y en segunda edición de 2005, “Fuerte de San Cristóbal 1938. La gran fuga de las cárceles franquistas”, que adjunta un CD con extensa información y en la que se añade como autor Iñaki Alforja Sagone. Dado su continuo recurso, se citará como “La gran Fuga o LGF

Sus autores, al evaluar la inacabable lista de miles de presos, señalaban: “a partir de esta impresionante muestra podría hacerse un pormenorizado estudio histórico y sociológico, pero no es este el espacio ni el momento adecuado”. Este es el punto de partida que inspira este trabajo. Sus magnas dimensiones, probablemente la mayor fuga carcelaria en Europa, ocurrida en la puerta de nuestra casa, siguen haciéndola fuente de investigación.

Como libro trasversal, de referencia obligada, se añade “Navarra 1936, de la Esperanza al Terror”, citado como “Navarra 1936”. Un libro homónimo, “La Rioja 1936, Aquí nunca pasó nada” de Jesús V. Aguirre, cumple similar función cuando los caminos cruzan el Ebro.

Con motivo del 75 aniversario de la fuga, en 2013, la editorial Pamiela publicó la primera edición de este trabajo, que ahora se presenta en una segunda edición profundamente revisada.