Si bien para muchos la evasión terminó a escasos metros, la onda expansiva de fugados se extendió como el rayo por su contorno. Después de capturados, son interrogados: escuetas declaraciones tomadas en pocos días a los 586 presos recuperados. Junto con los informes de los perseguidores, permite hacer una radiografía de las rutas y lugares de captura del grueso de los fugados.

Quienes dirigen la revuelta tratan de organizar a los centenares de desconcertados liberados. “Picó ordenó formar grupos de cinco personas, con armas y municiones y tratar de llegar hasta Francia por el monte, aprovechando la noche” (Arbulo, en el periódico Gara de 14-4-2002). En pequeños grupos, pretendía; pero quienes toman partido por la fuga se agolpan en la cara norte, opuesta a los destellos de la ciudad, hacia el valle de Ezcabarte y de ahí, al macizo de montes que se divisa enfrente.

Desde el bando contrario, para el día siguiente, la jefatura de policía de Fronteras acota el tablero: “iniciada la fuga del penal descendiendo por la falda norte de la montaña del fuerte e internándose en las montañas próximas a la capital, por los montes de Endériz, en el sector Ostiz-Olave”. Una zona agreste con un solitario caserío en Nagiz, a pie del monte Txaraka, hipotético centro de distribución de los fugados: la mayoría se dirigirá al este, en el eje que el río Ultzama recrea entre Sorauren, Olave y Ostiz; otros seguirán de frente, por Anoz, al valle de Odieta y más allá Anue.  Quienes toman el noroeste, por  las estribaciones de los montes Txapardi y Aldaun, alcanzan el valle de Juslapeña.

Por el monte Ezkaba

La vertiente norte disimula unos pronunciados cortados, que en una precipitada huida, ya en la penumbra y con un terreno resbaladizo por las lluvias, provocará las primeras bajas. Leopoldo Cámara: “Echamos a correr monte abajo en dirección a Francia. A las dos horas de escapar se nos hizo de noche y como el terreno era muy escabroso, hubo bastantes compañeros que caían y se accidentaban”. Victoriano Núñez y Félix Alfageme, amigos de Valladolid, se fugan juntos. “Caen por un terreno muy accidentado y cuando Victoriano se levantó ya no volvió a ver a Félix. Preguntó a los que iban delante y detrás y nadie lo vio. Acaso se despeñó” (testimonio de Dionisia Alfageme, su hermana). Otro testigo presencial, Santiago Robledo, corrobora: Un vecino mío de Valladolid se lesionó y nos dijo: matadme, que me van a martirizar, pero seguimos, intentando atravesar el río” –referido al cercano río Ultzama-.

Esa ladera se intuye como lugar de entierro anónimo de fugados. Unos muertos en las caídas por sus cortados o de aquellos que, heridos, fueron rematados. Otros ejecutados después de capturados, como pudo ser el caso de dos de ellos en un sendero cercano al pueblo de Ezcaba. Reflejo de otro caso lo reporta una patrulla militar el 12 de julio de 1938, que “inspeccionando la vertiente Norte del monte, y a un kilómetro aproximado de dicho fuerte, encuentra entre la maleza, el cadáver de un fugado y a unos metros de distancia, una libreta con cartas y fotografía, un correaje de soldado vacío, una funda de pistola vacía, y unas mantas y ropas”.

A mitad de monte, en Garrués, siendo domingo, Lucio Goyeneche, de 11 años, juega en la calle con los otros niños de las cinco o seis familias que vivían en el pueblo. Se escucharon tiros y al rato, un gentío. El matorral bajo despejaba la vista hasta el fuerte, hoy oculto entre pinares. Sebastiana, entonces de 17 años, y Felipa Goyeneche de 18, no los recuerdan como una amenaza, en un tiempo en el que en el pueblo las puertas permanecían entornadas, pero no bajo cerrojo. Una numerosa columna pasó a pocos metros del pueblo, al este, de modo que la nutrida fila formó un surco donde no lo había, hasta cruzar a la otra vertiente del valle e internarse, sorteando las poblaciones, en el monte entre Maquirriain y Eusa, hacia Nagiz, momento en que la oscuridad impidió su seguimiento visual. Teófilo, de 15 años, hijo del alcalde Isaac Andueza, monta una caballería para dar aviso en Maquirriain y Oricain. En la zona, tan solo contaban con teléfono Ainzoain –adonde bajaron dos centinelas huidos-, la venta Idoate de Oricain y la venta de Ollacarizqueta.

Pasan grupos de rezagados por el pueblo. Algunos vecinos, carlistas licenciados del frente por su edad, los retienen con sus escopetas y los conducen al día siguiente al fuerte. Otro grupo, de entre cinco y siete, quedaron maniatados y conducidos más allá del cementerio local son ejecutados en un terreno comunal, hoy un pinar. Al estar ya en término de Orrio, fueron sus vecinos los encargados de su entierro. Sebastiana y Felipa recuerdan al párroco –un catalán- que los asistió. Se alojaba en su casa y regresó lívido de asistir a su ejecución. La Guardia Civil, ya en el pueblo, ordena atrancar las puertas de las casas. Su informe de 15 de junio añade otro muerto en Orrio el día 27, que quedó sin identificar.

Lucio apunta otros casos. El primero, tomando el antiguo camino a Pamplona, una vez cruzada la regata Zubixar. El lugar se vio afectado por la concentración parcelaria, pero lo señala con precisión, pues estaba en el límite de la finca de Isaac Andueza con el monte, la 22/19 del parcelario de 1940, colindante con la de su padre, Francisco, y recordado cuando acudían a trabajar la parcela. De otro caso, con los años y la plantación de pinares ha perdido su referencia concreta, si bien se encuentra limítrofe con el pueblo de Ezcaba.

Al otro lado del valle, en Adériz, M. Munárriz Sarasibar, hijo del alcalde del lugar, Nazario, observa su llegada: “Salieron, según se decía, unos 500. Primero vino uno a caballo diciendo que habían escapau los presos del fuerte. Todavía no se veía nada; al rato comenzó a verse una nube de gente que bajaba por la falda. Yo me acuerdo de uno que venía con la pierna rota y lo traían al hombro…/…A la otra mañana ya vinieron unos requetés (que estaban en el hospital). Aquí vino un carabinero, teniente, tuerto que estuvo en la Fiscalía, y un alférez de Bilbao, de complemento. Les dijimos: De aquí han subido cantidad. Llegamos a Náguiz…”  (Archivo de Jimeno Jurío).

No todos los evadidos rebasan el otro lado del valle: unos, extraviados ya en las inmediaciones del fuerte; otros, accidentados. Tampoco Amador Rodríguez, quien declaró: “salieron en dirección a Francia por la carretera, que no pasó de la carretera, pero como oyó tanto tiro, se escondió debajo de unas piedras en una cueva, donde ha estado todo este tiempo comiendo ranas, caracoles y avas, tojo crudo. A la noche salía a pescar y coger caracoles; que vio gente y no se presentó esperando a que se terminara la guerra, porque se hablaba de su terminación y que ayer lo descubrieron unos paisanos que estaban cazando”.

El caso del bravo zapatero gallego ya lo recogía en 1978 Jimeno Jurío: “A mediados de agosto aún fue descubierto un pobre fugado, que había permanecido en un rincón de Ezkabarte, malviviendo y alimentándose con granos secos, con noche y con terror”. Lucio, sabedor de la historia, concreta detalles. Señala en el terreno dónde fue localizado por el perro de caza de dos hermanos de Azoz, cuando se abrió la veda de la codorniz el 14 de agosto. Casi tres meses de supervivencia a la vista del fuerte. Un cascajo, un montón de piedras orilladas junto al campo de cereal, en el paraje de Erauso, donde el último resistente se había habilitado un precario refugio. Salía a las noches para pescar cangrejos o ranas de las regatas cercanas o en el río Ultzama, y birlar garbanzos y hortalizas de los huertos cercanos. Un informe relata su detención, traslado a la venta de Oricain y entrega a la G.C. de Villava, conducido a la cárcel provincial. Salió en prisión atenuada en agosto de 1942, y regresó a Salceda. Emigró en 1952 a Argentina y volvió para morir en su tierra en 1996.

Son escasos quienes se aventuran a bajar hacia la ciudad, en su vertiente sur. En sus declaraciones hubo quien alegó desconocer que se trataba de una evasión, y suponiendo una amnistía carcelaria, se presentó en la estación de ferrocarril para regresar a su casa.

Berriozar junto con Artica ocupa el piedemonte sur. Allí se encontraban Margarita Eslava (n.1916) y María Gascue (n.1916) esa tarde de mayo. Había menos arbolado y luz suficiente para permitirles ver algún fugado ladera abajo. Ya en casa, escucharon el revuelo de militares y G.Civil. Al día siguiente no hubo escuela. Ese lunes, un día de mucho frío que dice Margarita, el centro escolar recibió a cuatro capturados, al parecer, en Artica. Al día siguiente por la mañana, acompañados por el párroco de Ainzoain fueron ejecutados en el término de Esparceta, junto al llamado Camino del agua, por la conducción que elevaba el agua de manantial desde el pueblo a la fortaleza desde sus inicios. Un monolito colocado por Ahastuak guarda su memoria.

Recordaba Margarita que un vecino del pueblo se hizo con la chaqueta de uno de los infortunados con alguna documentación y fotos, por lo que supieron, sin mayor precisión, que era de Pamplona, domiciliado en la calle Jarauta y que trabajaba en un comercio de la ciudad. Ello permite aventurar su identidad: hubo diez fugados navarros ejecutados, de los que cuatro vivían en Pamplona: Joaquín Ibáñez y Vicente San Martín (enterrado en Agorreta), que escapan juntos; Pablo Redín (enterrado en Antxoritz), y Saturnino Ichaso Bea.

Saturnino era afiliado al PNV y al sindicato Solidaridad de Trabajadores Vascos. Trabajaba como mozo de almacén en muebles Ezcurdia, dedicado a la ebanistería y venta de muebles en la calle Eslava, y residía en la calle Jarauta 79, calles que se cruzan en la parte antigua de la ciudad.

Los manantiales y los depósitos de captación de agua para el fuerte se encontraban en Berriozar y a diario un grupo de presos bajaban del fuerte para darles mantenimiento. Entre ellos, Saturnino, según figura en su ficha penitenciaria. En el momento de decidirse por una vía de escape, buenamente pudo optar por un camino conocido, confiando en ocultarse o ser ocultado.

Otra probable identidad: el tercer nombre del listado de la G.C. de 6 de junio 1938, da como muerto en Berriozar a José María Macona, para a continuación corregir a mano, “es José Varona”. Se refiere a José Varona Clemente, de 25 años, natural de Pancorbo y vecino de Miranda de Ebro, soltero, escribiente; condenado por rebelión militar en un tribunal de Burgos en noviembre de 1936, después de que su hermano Pedro, de CNT, fuese fusilado en Vitoria. Llega al fuerte en enero de 1937, participa en la fuga y capturado, es ejecutado a pie del monte.

A los cuatro fusilados se sumará una semana más tarde otro fugado, capturado hacia Elcarte y trasladado desde el cruce de la carretera en la línea regular de La Imoztarra. María añade el recuerdo de otro capturado en Berriosuso, que se enfrentó al párroco, recordándole El no matarás, por lo que cabe estimar que estaba en el momento previo a su ejecución. Fueron escasos los prófugos capturados en esta ladera sur. Uno de ellos, Tomás Ozcaray, lo cual se explica porque tenía su domicilio previo en el molino viejo de la Rochapea. Detenido el lunes en Berriozar, fue trasladado a Ainzoain. Algún otro recaló en casa Chopera, residencia de los ferroviarios de la cercana estación, según cuenta Consuelo Onis (1930), hija de ferroviario. Era una niña, pero recuerda que uno estuvo ocultado por su padre Miguel.

La marcha al noroeste

La del monte, en dirección noroeste, desciende hacia Arre y Villava y esa ruta toman quienes emprendieron una huida hacia el valle de Egüés y más adelante la parte meridional del extenso valle de Erro, en la exitosa dirección que en 1944 tomarían Jacinto Ochoa y Felipe Celay.

En las dependencias de la Guardia Civil de Villava ingresa el lunes día 23 el fugado José Garmendia. Impunemente, unos matones toman su custodia y al día siguiente es asesinado en Ibero, junto al río Arga, tal y como certificará el párroco de esa localidad Alberto Oficialdegui.

Otro desorientado llega a Ardanaz, en ese valle de Egüés, envuelto en una manta y demacrado. El alcalde manda darle de comer a la vez que avisa a las autoridades. Así lo menciona su hija Antonina Martínez (n.1930) en un vídeo sobre la memoria del valle.

En Olaz, el pueblo más cercano al fuerte del mismo valle, recalaron tres fugados, uno de ellos herido, en casa de Francisca Corera. Paradójicamente, hija de carabinero. Aun conocedora de la procedencia de los llegados, no pudo sino darles cobijo y alimento. En agradecimiento y quizá sabedores de las dificultades a las que se enfrentaban al abandonar su refugio, uno de ellos le entregó su anillo de oro, que fundido, sirvió de alianza matrimonial para su hija Encarna y su esposo José, y que todavía se conserva y trasmiten en la familia.

Se desconoce quién pudo ser el señor de los anillos, pero tan solo tres capturados nombran ese valle: José Galilea, de Logroño, declara que habían estado descansando a la mañana  – ¿cobijados en alguna casa?-, y que bajaron en la tarde del lunes 23 a Elcano, donde se entregaron al alcalde. Vicente Rodríguez, vecino de Lejona (Bizkaia) declara que se entregaron al alcalde en un pueblo del valle de Egüés, quien los trajo a Pamplona. Ambos pertenecían a la Brigada de Patio, ambos de CNT, citan su entrega a la misma autoridad; y reingresan a las 8 horas del 24 de mayo.

Un tercer fugado, Valentín Mendizábal, de Santurce, declara haberse entregado –el 24- también al alcalde de Elcano.  En La gran Fuga, el preso M. Urkiaga dice: “Txobas, de Santurce, se escapó con otros tres presos y cuando estaban en un riachuelo, pasaron los del frente nacional. Se metieron en un río hasta el cuello. Después se acercaron a una casa y pidieron ayuda. Somos del fuerte y nos hemos escapado. La mujer de la casa les respondió: a mal sitio habéis venido, mi marido es el alcalde del pueblo. Les dio de comer y les dijo: que Dios os ayude”. El río Arga caracolea a menos de trescientos metros de Olaz, que a su vez se encuentra a tres kilómetros de Elcano.

Cerca de Elcano, Sagaseta. Allí cuenta Francisco Esain (n.1926) cómo el lunes  acompañó a su padre, Román, a las labores del campo en una pieza situada enfrente a Zabaldika, ya en Esteribar. Dieron la vuelta por el incesante silbido de balas. Al día siguiente, su padre regresó con un criado de la casa. Se encontraron con dos fugitivos sin ropa, arrastrada por la corriente al cruzar el caudaloso río Arga. Les facilitaron vestido y alimentaron, a la vez que daban aviso. Uno de los capturados era un navarro que lamentaba haberse fugado cuando le quedaban meses de condena, por delito común, una riña tumultuaria, situación que concuerda con JM Guerendiain. Fueron entregados al sargento de la GC de Villava.

En el mismo valle, otro rastro de fugados conduce a Elía. Dirigidos por la G. C. de Villava, los vecinos hacen guardia con sus escopetas y capturan a tres fugitivos. Un cuarto, cerca del caserío de Amocain y bajado al pueblo, donde mal vestido y hambriento le dieron de comer dos huevos con tocino. Los llevan a Artadizoko. Los niños del pueblo, Francisco Olague de 11 años entre ellos, rezan el rosario cuando llaman al cura. Uno de los capturados rechaza la confesión. Francisco recuerda el ruido de los disparos. Dos sepulturas para los tres fugados, pues aprovechando la oscuridad, uno escapa.

Vicente Mainz Landa

Vicente Mainz Landa

El testimonio de Justo Jimeno, antiguo párroco del pueblo de Ibiricu, su exhumación en enero de 2015, y pruebas de ADN, han permitido conocer que uno corresponde a Vicente Mainz Landa de Vidángoz. Vicente pertenecía a la minoría de izquierdas en una población conservadora. Activista de UGT en el valle durante el período republicano, es detenido en julio de 1936 y encerrado en el fuerte, de donde escapará tomando la dirección hacia su pueblo, en el valle de Roncal. No será el único en su familia en sufrir las consecuencias del golpe militar. Su hermano Enrique, detenido en agosto de 1936, sale de la cárcel y huye para incorporarse al ejército de la República, para morir en el frente de Bilbao en 1937. Otra hermana, Marina, figura como multada en agosto de 1938 por viajar sin salvoconducto, llegando a abandonar el pueblo por el hostil ambiente hacia su familia (1).

Quienes toman esa dirección hacia los valles de Arriasgoiti y Erro, lo hacen a través del antiguo camino que desde Elía por Galdúroz conducía, cruzando el puente de Txintxurri, hacia Ardaitz, Espoz y Uriz. Una nueva carretera dejó sin uso el camino.

En Galdúroz, en casa Simonena, vivían entonces Francisco y Eleuterio. Cuatro fugados, uno de ellos herido, cruzan cerca del pueblo. En otro momento, será su padre, Victoriano Goñi, quien se percata mientras trabaja el campo, cerca del robledal del pueblo, de que un desconocido hurga en su zurrón. Sospecharon que se escondía en una cueva en Urrizelqui. La misma partida de Elía, otros de Zalba y Zunzarren se movilizan y le dan captura en Zalba. Confesado por el párroco local es ultimado y se le entierra en el término de Larrondopea, cerca del río Erro. Un requeté del cercano Leyún se ufanaba de haber dado el tiro de gracia. Aurora Esquíroz, de Zunzarren, confirma la presencia de los de Elía y que quedó enterrado junto al río. También recuerda el miedo que sintió un atardecer, cuando regresando en caballería de visitar a unos parientes en Elcano, sintió la presencia de algún desconocido en un campo de habas que era de su familia.

En el lugar de Espoz, el trascurso del tiempo ha acallado la vida de las cinco familias que hubo en la década de 1920. Uno de sus vecinos, León Goñi, se cruza con cuatro huidos. Les entrega su comida e indica la dirección hacia Francia, envuelto en el temor al castigo de las autoridades si se llega a saber. Uniendo piezas en un círculo de escasos kilómetros, puede conjeturarse su destino. En Uriz son capturados el día 5 de junio M. Escribano y J.Higuera. Cerca se encuentra la sima de Ardaitz. En 1985, el grupo de espeleología Satorrak, datando dicha sima, de 37 metros, localiza restos humanos. En aquel momento, los hermanos del cercano caserío de Espotz sugieren que guardan relación con los fugados, único hecho relevante de esa naturaleza del que tienen noticia. Su seguimiento se reactiva en 2011 al calor de la divulgación de la fuga, y es en 2012 cuando expertos de la Sociedad Aranzadi, junto con Satorrak, inspeccionan la sima y los restos -huesos y dos cráneos-, concluyendo que pertenecían a dos varones jóvenes, que presentan fracturas en los huesos largos, que indican su muerte violenta por arrojamiento intencionado a la sima.

El arrojamiento al vacío no era novedoso. El Pensamiento Navarro publicaba en agosto de 1936 -como suceso, no como asesinato-, la muerte de un pastor en Isaba, Cipriano Gárate, en un barranco, ”por el que según todos los indicios se precipitó atado de pies y manos”. De modo más sistemático, la revista de antropología de la Sociedad Aranzadi (Munibe nº 65) dedica un estudio a las simas, cavernas y pozos mineros como lugares utilizados para ocultar o hacer desaparecer los cuerpos de víctimas en la Guerra Civil, dando numerosos ejemplos, desde pozos mineros en Badajoz o Toledo, a las simas en Urbasa (Navarra) o esta de Ardaitz.

La columna con los dirigentes

Las declaraciones de los capturados indican que los dirigentes de la evasión permanecen en la misma columna. Cortada la posibilidad de cruzar el río Ulzama, acorralados en el macizo montañoso, y acuciados por la necesidad, se aventuran a bajar hacia el valle de Juslapeña, donde termina su escapada. Entre Belzunce y Navaz, y en un radio de seis a diez kilómetros desde el fuerte, son interceptados, y capturados o fusilados in situ, entre los días 23 y 24 de mayo. En cifras del comandante Trías:para el día 24, ciento cuatro detenciones y veintidós muertos“. (2)

El gobernador militar asigna ese sector de Juslapeña y cendea de Ansoain al citado comandante, al mando del batallón 331 de fronteras, de quien dependía la custodia del fuerte. Eduardo Trías era un militar africanista que a los tres meses de la proclamación de la República causó baja en el ejército, hasta que el 18 de julio de 1936 acude al gobierno militar de Navarra y se pone a disposición del golpista Mola, dedicándose a la organización de la milicia de Falange.

Posada de Ollakaritzketa, centro de la persecución

Posada de Ollakaritzketa, centro de la persecución

Había asumido el mando del batallón en enero de 1938, y es el primero que sube con tropa al fuerte en reacción a la revuelta. Instala su puesto de mando en Ollacarizqueta, y distribuye sus cuatro compañías entre Berriozar, Ainzoain, Berriosuso, Belzunce, Usi, venta de Marcalain, Nuin y Navaz, atribuyéndose la captura de ciento treinta y cuatro evadidos y dando muerte en la refriega a treinta; “el 14 de junio se dio por terminado dicho servicio siendo felicitado”. Fue ascendido en enero de 1939.

En las alturas cercanas se refugia la columna en la que se encuentran los dirigentes. El jefe de la guarnición declara que una vez capturado y encerrado en el comedor, se dirigieron a él un preso con gorra de celador y gabán, con una pistola en la mano, y otro individuo armado -se identifica a L.Picó y B. Rabanillo como sus interlocutores-, que saliendo a la garita de entrada le interrogan sobre el camino a Francia, y que “se lo llevaron en una columna en la que iban aproximadamente unos quince con armamento, después el resto sin armas y a la retaguardia otro grupo con armamento”, descripción pareja a la directriz dada por Bautista Álvarez: “los fusiles ya sabéis quiénes los tenéis que coger”. Bautista vigila al militar en la marcha, hasta que un potente reflector desconcierta a los captores, confusión que el rehén aprovecha para zafarse y esconderse en la maleza, de donde es rescatado de madrugada.

De Belzunce, por el Camino de las bordas, se llega al monte Aldaun. Las bordas Azkarrena, Bordapea y Pedrorena, cercanas a los cultivos roturados, servían al vecindario como refugio del ganado. Allí recala un numeroso grupo.

El recuerdo de L.F. Álvarez es revelador: “Cuando llevábamos dos días escapados y sin comer, algunos de mi grupo decidieron bajar a algún caserío de un valle, pero los emboscaron y les mataron”. Del monte Aldaun, hacia el norte, se llega a Gascue, donde fue capturado. La escapada, en tan penosas condiciones, se hacía eterna y hay más testimonios que contabilizan el lunes 23 como segundo día de la fuga.

Fuentes locales informaron en 1985, para la publicación de Navarra 1936: …”murieron fusilados en Juslapeña decenas de escapados. En Belzunce un preso en la pared del cementerio; otros tres fueron encontrados en la borda de Azkarrena y fusilados allá mismo. Los cuatro por el ejército. Otros diez y seis fueron detenidos, más bien se entregaron (iban desarmados)”.

El registro de reingreso de los capturados y sus declaraciones, así como un nuevo testimonio completan treinta años después los hechos.

Son dieciséis los capturados que reingresan en el fuerte a las 19:50 del día 23, detenidos en la mañana, y custodiados en la escuela local hasta su traslado al penal. Siete concretan que su captura fue “en el caserío de una viuda que tenía un hijo requeté, en el Tercio del Rey”; el resto, genéricamente cita a requetés. Orencio Virseda atina a concretar que eran cuatro, y Secundino Cotelo, que iban armados. Entre esos requetés, José U.B., del Tercio del Rey, se desplaza a Ollacarizqueta e informa al comandante Trías, quien despacha con disciplencia el asunto: “A mí qué me viene Vd. con estas preguntas, ¡fusílenlos!”.

En un documental de 2015 sobre memoria inmaterial del valle, Ana T.S., prestaba su testimonio sobre una de las muertes: …a uno lo llevaron al cementerio, a fusilar. Se lo llevaron. El cura de aquí, y los que estaban entonces…Y yo pensaba… tenía unos doce años… cómo esta gente, todos en procesión…El cura cogió la cruz, y al cementerio, allí lo iban a fusilar, a ese preso

Los militares no arremetieron en solitario sobre los escapados. Ni en su captura, ni en su ejecución. La implicación local tampoco fue un hecho aislado, pues salpica a vecinos de Navaz, Garciriain, Marcalain… participantes en el operativo.

Organizadores capturados. En ese entorno son capturados la mayoría de los que, tras un juicio sumario, serán fusilados en agosto:

  • Francisco Hervás. Salió por los montes a la izquierda del fuerte “con Picó, Montaña y todos esos que eran dirigentes”. “Estaban en una casa en medio del monte y cogieron a tres que estaban fuera y luego a los que estaban dentro”. Reingresa en el fuerte junto a otros organizadores: José María Guerendiain, Manuel Villafruela, y Ricardo Fernández Cabal. También Rafael Pérez, con fusil, acompañaba a Guerendiain en el monte.
  • Son capturados el 23 Francisco Herrero, Teodoro Aguado y Miguel Nieto, que iban en la columna de los armados. En ese día y lugar, una patrulla de requetés hiere en el brazo a Juan Iglesias, que es trasladado al hospital militar.
  • Baltasar Rabanillo, capturado en la mañana del 24 en un caserío, reconoce que acompañó a Picó a lo largo del motín. Calixto Carbonero, quien presentaba en el momento de su declaración erosiones recientes en la frente, acompañaba a Rabanillo según B. Álvarez. También Antonio Casas, según declara Daniel Elorza, capturado el 24 por la GC, quien compartía celda con Picó. También es detenido ese día Primitivo Miguel, quien confiesa conocer a Garrofé y a Picó.
  • Antonio Escudero, capturado el 26 en Juslapeña, cita armado a Bautista Álvarez y, con pistola, a Picó, indicios de la presencia de ambos en el grupo.
  • Bautista Álvarez, capturado el 30 en Belzunce; encargado de vigilar al retenido jefe de la guarnición en el grupo, lo hizo “a fin de que no se metiesen con él”.

Esta masiva presencia de organizadores en Belzunce y el resto del valle, hace verosímil que muchos de los que el sumario declara “dirigentes de la sublevación muertos”, lo fuesen en el mismo lugar y por la causa que dejó manuscrita el fiscal en la declaración de Rabanillo el día 24 al referirse a Picó: fusilado.

Fernando Garrofé Gómez

Fernando Garrofé Gómez

Antucho Valladares

Antucho Valladares

Otro testimonio, el de S. Vallés, centinela del fuerte, enviado por un mando a Belzunce el lunes 23 a enterrar a dos fugados muertos, confirma a esa tranquila población como agujero negro en el operativo.

De nuevas capturas y muertes informaba el comandante: “el día 25, en Navaz hay un cruce de disparos con un grupo. Emplean bombas de mano, dada la espesura y detienen a veintinueve fugados, dando muerte a seis, sin bajas por nuestra parte”.

Margarita Idoate (1922-2012), -relatado hoy por su hijo Juan Miguel Ollo- tenía 16 años y recordaba a tres de los capturados, a quienes llevaron a oír misa; allí el párroco anotó su identidad. Luego fueron ejecutados. Uno, confesado, quedó en el exterior del cementerio; los otros dos, en el sendero que baja del monte Mendurro y comunica con Belzunce. Otro vecino, Ángel Elizalde (n.1947), discrepaba, pues tenía oído a su padre Eladio, que bajaron del monte al pueblo a tres ya muertos. Un tercero, Javier Idareta (n.1942), sostiene que fue un grupo numeroso, entre 15 o 20 capturados, que eran conducidos por la G.C. – que se alojaba en Unaiena, su casa familiar-. Un par intentaron la huida, pero fueron abatidos, tal y como fue testigo su tío Benito, con el ganado en los alrededores, y asegura que era un día festivo. La festividad, motivo de la misa: la Ascensión. Ambos relatos pueden ser ciertos y complementarios, pues el informe oficial suma seis muertos, entre los que se pueden conjeturar identidades:

  • El 25 y en ese valle, según el registro civil de Cotobad, fusilan a Atilano Godoy.
  • El informe de la G.C. de 6 de junio 1938, identifica a un muerto en el monte de Navaz como José Esteve. No hay ninguno con esa identidad entre los muertos, pero sí José Ave Estévez, marinero pontevedrés de Bueu. Otro informe de la G.C. de 10 de junio lo incluye en una nueva relación de los ya identificados.
  • “Mi tío y yo nos despistamos y ya no volví a verle más. Después me enteraría que mi tío se confesó con el cura de Navaz antes de morir el jueves 26 de mayo. Acaso lo enterraron allí”, contaba Fernando Parra sobre su tío Felipe. Javier Idareta conocía ese apellido, así como que era de Santibáñez. Su fuente, el párroco Santos Gesta, que escribió a la viuda.

El vecino Eladio Elizalde los recordaba bajando a las noches, desastrados, hacia las huertas en busca de alimento, hasta que iban siendo capturados. Entre los detenidos, A. Oblanca declara: “en la noche se separaron –un grupo de once- de los que llevaban fusiles; se entregaron ayer al alcalde de un pueblo cerca del cual había una venta a unos dos kilómetros, donde estaba un comandante”. La venta, la de Ollacarizqueta, donde hacían parada los buses de línea de La Imoztarra y La Ulzamarra, usados para el traslado de capturados a la prisión provincial o al fuerte.

El vecindario va completando el mapa de fosas del valle:

  • En Usi se acantonó la tropa durante el operativo, tomando el mando estancia en Gartzenia, casa del alcalde Mariano Nuin, cuyos hermanos menores José y Teodoro, de 1926 y 1928, narran los hechos. Allí, en la cuadra y custodiados, pasaron noche dos capturados cerca del pinar de Oiarko, mientras comían habas frescas. Uno tuvo ocasión de entregar a la dueña, Urbana Aguinaga, una carta que traía desde el penal. Esta, atemorizada, la puso a disposición del oficial alojado. Al día siguiente, los dos mozalbetes siguen al grupo. Para cuando llegan, la fosa, en el exterior del cementerio, se encontraba ya abierta. Maniatados por atrás, los detenidos son ejecutados. Era el miércoles día 25, festividad de San Urbano, día de romería en el valle. Desde casa, oían disparos procedentes de Gascue. Teodoro añadía que algún otro capturado en la lindante zona de la borda Azkarrena, fue trasladado desde Usi a Belzunce.
  • En Marcalain, Lola (n.1928), como hija del secretario del valle, Severino Olaiz, vivía en la casa del ayuntamiento que, por su posición, domina el valle. Fue consciente de asistir a hechos trascendentes, si bien por su edad no era capaz de discernir todo su significado. El mismo domingo se extendió la alarma, con el médico aconsejando atrancar las puertas para protegerse de la temida nube de forajidos. Dos fogonazos perviven de aquellos días, en un ambiente de temor, donde los padres bajaban la voz si comentaban los sucesos: el primero, la imagen de los camineros con su carro, bajando de los montes cuerpos inertes; la segunda, el fusilamiento de un grupo junto al cementerio local, después de ser confesados por el párroco Timoteo González. Otros testimonios (Babil y Carmen Idoate, recogidos por JM Goldaracena, y de Celestino Goicoechea, nacido en 1931, completan este episodio. Los ejecutados fueron un grupo de cinco o seis, en la cara norte del cementerio, la que mira al pueblo. Uno de ellos, maniatado, intentó la huida, y fue abatido por los soldados. Les dio tierra el vecindario, en un punto que con el tiempo fue roturado y hoy luce como campo de girasol. Lola recuerda que era el jueves 26, por la procesión de la Ascensión, que se paseó con devoción en la misma fecha por el pueblo.
  • En el monte de Marcalain (alto de Ataburu), quedó José Ferreira, encontrado muerto y enterrado allí el 27 de junio, según nota del alcalde. Otro capturado allí declaró sobre un compañero que quedó en el monte con fiebre y vómitos de sangre, según consta en informe de la GC de 15 de junio. José llevaba cartas de su mujer, María Godas, que lo identificaban. El vecino Celestino Goicochea pregunta hoy si era vasco, pues la cartera quedó en el alfeizar del corral de Echeverría, y las cartas, con las que jugueteaban de niños, estaban en ese idioma. José era portugués, pero vivía en Donostia y estuvo encarcelado en Ondarreta.
  • También en Marcalain, Luis Erro da detalle de otro ultimado por una partida de vecinos del valle en el paraje de Egiluzeta, en un baldío en el camino a las roturas, donde cada vecino tenía una pieza con alubias o patatas.
  • Otra fosa con tres fugados se sitúa en el cruce del camino a Ballariain con la carretera NA-4100 entre Pamplona-Marcalain. El cruce es el del camino antiguo, hoy desaparecido, que se aprecia en mapas de la época. A unos diez metros del cruce, entre el camino y el campo de remolacha, hoy cereal. Así lo recordaba Gregoria C., vecina de Belzunce y lo confirmaba años después Juan Miguel L. (1933-2013), entonces un niño en Berriosuso, a un kilómetro, testigo presencial de los hechos desde un cerro cercano, relato similar al que contaba Florentina D. a su hijo Miguel Echeverria. La curiosidad de los niños, una vez más, clave para la pervivencia del recuerdo de aquellos sucesos. J.Idareta sabía de una fosa hacia el cruce con Unzu, sin el detalle de los anteriores.

Escribía el comandante Trías: “El 26, en el pinar de Sarasa, se avistan 11 fugados, de los que en ese momento se captura uno y dos resultan muertos”. En los pueblos que bordean el monte Eltxu, se contrasta el escueto informe:

  • En Aristregui, casa Juankorena, Nieves Irurzun contaba con 11 años. Se avistó a tres fugados, saliendo un grupo de vecinos con escopeta en su busca. Los localizaron en Arrendozoko, en el camino a Larumbe, donde se refugiaban en una cavidad natural protegida por un enorme espino. Los trasladaron al pueblo, prácticamente descalzos. Sentados en un banco, les dieron una sopa. Llegó la G.C. y conforme los montaban, uno de ellos dio a entender que de poco les iba a servir la comida. Ramón, padre de la relatora, quedó marcado por esas premonitorias palabras, pues aunque lejano en ideas a los capturados, presintió el torvo destino de quienes entregaba. Antes hubo tiempo para que los fugados departiesen con el vecindario. Eran gallegos y sucedió en el último domingo de mayo, día 29, asevera Nieves, pues los capturados mantuvieron una actitud de respeto a la procesión vespertina que hubo en el pueblo después del rosario. No la procesión del jueves remarca, que era matutina. El día anterior habían visto a los niños en su camino a la escuela de Nuin y dudaron en solicitarles la bolsa de comida que portaban, pero se contuvieron por evitarles el sobresalto.
  • En Elcarte, el testimonio procede de Ángel Huarte (n.1922): a la salida de misa en un día festivo –probablemente, una vez más, el jueves 26-, tres o cuatro desconocidos se acercaron a la iglesia parroquial, se entregaron y departieron con los vecinos hasta que llegaron soldados y se los llevaron. Días más tarde, probablemente el sábado 28, unos desconocidos son detectados en la parte superior de Zapardi, por el camino a las roturas. Tres, escondidos en un bosque de roble chaparro. Se organiza una partida mixta entre GC y vecinos que los localiza, mata y entierra en el lugar. Un informe de la GC de 15 de junio 1938 cita dos muertos en Elcarte el 28 de mayo, que dieron nombres falsos. Se supone que el tercero fue identificado. Su identidad tampoco fue inscrita en los libros parroquiales, como pudo comprobar J.L.Gil al hacer un estudio local. Uno de los protagonistas, Jesús I., tuvo una muerte temprana. Falleció en 1940, a los 33 años. A sus sobrinos Faustino y Máximo, era su padre Francisco quien les contaba que algún otro de los fugados fue enterrado en el exterior del cementerio, en su lado oeste, oculto al pueblo. Al margen por tanto de otros presos muertos en el fuerte antes de la fuga y enterrados dentro del recinto. Era reacio a hablar de ello, pues no era un capítulo grato para el recuerdo.
  • En el limítrofe Osinaga declaran haber sido capturados otros dos fugados.

Lindante a Juslapeña y en la misma dirección de escapada, la venta de Añezcar, en la carretera a San Sebastián, fue otro lugar de detención de capturados de esa zona, según cuenta Urbano Miranda (n.1929), testigo presencial por haber sido su vivienda familiar. Ese mismo atardecer, la G.C. desalojó a quienes se encontraban jugando a cartas y comiendo sardinas viejas, ocupando la venta. Entre los capturados y concentrados allí antes de su traslado en autobús al fuerte –entre diez y veinte-, José Bóveda: “Salimos de noche, algunos se accidentaron. No sabíamos ni dónde estábamos, llevábamos dos días fugados y decidimos entregarnos. Cuando llegamos a un pueblo cerca de Pamplona, en la carretera a San Sebastián, nos detuvieron”. En Añezcar llevó a cabo la Sociedad Aranzadi a finales de 2010 una exhumación en el exterior del cementerio.

Hay una misma anécdota, ocurrida entre Juslapeña y Atez, que cuenta con diferentes protagonistas. Unos vecinos –en un caso Martín Echaide, de Atez; en otro Julián Goicoechea y Matías Galar, de Marcalain-, se topan con un fugado. Desatienden la orden de disparar y lo trasladan detenido en el autobús de línea. Al tiempo, en Pamplona, un desconocido se presenta: el capturado. Agradece no haber sido en aquel momento uno más entre los ultimados.

Pero esta dirección noreste no fue ruta para la mayoría, como lo prueban la relación de capturas y testimonios, que señalan los valles de Olaibar, Odieta y Anue, donde se encamina el grueso de los fugados en su huida hacia la frontera.

Muertos en el valle de Juslapeña

El trascurso del tiempo ha vinculado a la fuga de 1938 episodios de otras muertes violentas. Navarra 1936 cita sobre Juslapeña y Atez: “La cercanía de la capital y del fuerte hizo que estos valles fueran escenarios de numerosos fusilamientos: En las bordas de Irurzun, término de Ollakarizketa, en la borda Azkarrena de Belzunce y en su cementerio” “Sólo una de las muertes fue inscrita en el Juzgado de Juslapeña: Conrado García Ollo, del que se específica su muerte por fusilamiento, concretando que murió “junto a otros detenidos”.

Deslindando fechas, los fusilamientos en la borda Azkarrena de Belzunce y en su cementerio fueron de fugados, pero el resto, anteriores. En las bordas de Iruzkun, un total de diecisiete, lo fueron el 17 de noviembre de 1936; quince procedentes de Sartaguda y otros dos del mismo pueblo (Teodoro y Juan Martínez), encarcelados en el fuerte (N-1936, p.570), aunque no figuran registrados.

Similar caso parece el de Conrado García Ollo. En el Registro de Juslapeña, en inscripción fuera de plazo de julio de 1981, figura como causa de la defunción su “muerte por fusilamiento en Ollakarizketa”, sin especificar su fecha. Navarra 1936 añade “que murió junto con otros detenidos”, al parecer en 1937. Aunque vecino de Pamplona, nació en Mendigorría el 19-2-1891, -según coinciden los registros civil y eclesiástico-, como hijo de Celestino García y Melitona Ollo. Su ejecución tristemente borra a ese pueblo de una de las escasas islas donde no se produjeron asesinatos, por la actitud más decidida de las autoridades carlistas locales y del párroco en evitarlo, según enumera Navarra 1936.

Otro caso ajeno a la fuga es el enterrado en el término de Aldabe en el monte de Belzunce, donde una cruz recuerda el lugar donde falleció Ángel Goñi Arizkuren, vecino del pueblo, aunque natural de Labiano, labrador, muerto en enero de 1937 con 49 años. Consta como causa de defunción “fractura de base y bóveda craneales y conmoción”. Supuestamente por accidente con un hacha, pero sus ideas republicanas y la fecha lo cuestionan.

Eugi. Comparativa 1944-2011 desde el monte Acegi.

Eugi, comparativa 1944-2011 desde el monte Acegi

Los valles intermedios. Ezcabarte, Olaibar, Odieta y Anue

El jefe de la comandancia de Carabineros de Navarra, por su conocimiento del terreno como responsable de la guardia de fronteras, refiere su “apremiante preocupación de sellar la línea que forma el río Ulzama, con sus puentes y bados, en los pueblecitos de Arre-Oricain-Sorauren-Olabe-Ostiz, como de paso obligado, completando el cerco por Ripa-Guelbenzu-Aróstegi-Ollacarizqueta-Ainzoain-carretera Pamplona a Irurzun. Fulminantemente, inicié la persecución y captura, ocupando rapidísimamente aquella línea”. Otro informe de la Jefatura de Policía de Fronteras, los sitúa  “por los montes de Endériz, en el sector Ostiz-Olave”.

Estos informes nombran lugares y capturas. No así el informe del responsable de la Guardia Civil, quien sustituye la información por barrocas proclamas: Conocida aquella noche del 22 de mayo de la sublevación de presos, “a la voz de “Viva Rusia” y el “Comunismo Libertario”, así como las de “Muera Franco”. //…Dueños del penal formaron en disposición de marchar sobre Pamplona donde creyeron que estaba ya implantado el Comunismo, con ánimo y en combinación con personas del exterior de arrasar propiedades, incendiar casas y dar muerte y tormento a las personas de derechas, así como a todas las personas de la España Nacional. //…No obstante la obscuridad de la noche y el viento huracanado, se dirigió al valle del río Ulzama al objeto de cortarles la retirada, pues cuando los fugados se dieron cuenta que en Pamplona no podían implantar el Comunismo, tratarían de ganar la frontera. // …los evadidos avanzaban durante la noche por los montes y se ocultaban durante el día, cometiendo toda clase de atropellos, sacrificando las reses que encontraban a su paso y exigiendo a la fuerza y con amenazas, comida en los caseríos y bordas.// Hasta última, los fugados hicieron una violenta resistencia y a las voces de alto o intimidación y ruegos para que se detuvieran contestaban con fuego a la fuerza aprehensora y se internaban en la espesura //…consiguiendo que nuestro Generalísimo se pudiera dedicar de lleno a la labor más principal que era el frente. //…Tras una labor intensa, se consiguió que solamente tres pasaran a Francia y el resto fue conducido a prisión a excepción de unos cuantos que murieron en los tiroteos con las Fuerzas y otros que al verse perdidos se suicidaron tirándose al río y muriendo ahogados y otros colgándose de un árbol”.

En ese sector del río Ultzama, con centro en Olave (57 hbs.), el Cuerpo de Carabineros se arroga la detención de 412 evadidos. Contaron con la preciada ayuda de la G.C. y milicianos requetés y falangistas. La G.C. repartía sus efectivos en la zona entre el cuartel de Villava, que cubría hasta Sorauren, y el de Olague, operativo desde Olave-Ostiz. Son requetés los más nombrados por los capturados en sus declaraciones, lo que da cuenta de su especial protagonismo. Dada la unificación de milicias, para 1938 todas eran indistintamente de FET y JONS, pero los apresados distinguían la vestimenta de los requetés tradicionalistas.

Junto a los informes oficiales, estas declaraciones de los capturados y los testimonios del vecindario confirman el intento del grueso de fugados de cruzar el río Ultzama desde ese macizo montañoso donde se encuentra el caserío de Nagiz y el monte Txaraka.

Traspasar los cauces de unos vigilados puentes representó un elemento esencial, como ya intuía el jefe de Carabineros de Navarra al ordenar su sellado. Quien observe el escaso cauce de este río y del Arga en estío, cuestionará que representase una dificultad mediana. Sin embargo, en ambos ríos, la práctica del barranqueo, el transporte fluvial de troncos para abastecer a la capital de leña y piezas de construcción, estuvo regulada desde 1555, y se mantuvo hasta su sustitución por el trasporte por carretera.

Los días anteriores, la pluviosidad fue excepcional y el cauce llegó muy crecido. La estación meteorológica de Santesteban, en las cuencas altas de los ríos de Navarra, recoge 225 l/m2 en la semana previa a la fuga. Un capturado informa del ahogamiento de tres compañeros en el río Ultzama, intentando su vadeo. Arbulo recuerda en LGF sobre el río en cuya ribera es capturado: “Bajaba tanta agua que no se podía cruzar; nunca más he visto tal cantidad”. Las memorias de Jovino Fernández lo describen sumergido en el río, esquivando a la patrulla perseguidora.

En el valle de Ezcabarte, la descripción de los primeros días cuenta con un testimonio privilegiado desde Adériz, el de Marcelino Munárriz, participante en la persecución, y recogido en 1978 por J. Jurío: “De aquí salieron dos hombres, uno con una escopeta y otro con un hacha al hombro. Gascue y Gorraiz. Los otros del grupo subían donde el cementerio. Llegamos a Náguiz. Había uno en el caserío más tranquilo que bomba, comiendo un plato que le pusieron. Lo bajaron a Sorauren a aquel. Nosotros empecemos parriba. El teniente era muy valiente cuando venía a registrar las casas, pero allá arriba no era tan valiente. Le dije: “Yo he sido toda la vida cazador, y le sigo a una persona por la pisada de aquí a Francia. En esa mata de boj hay dos”. Estaban acurrucaus. Salieron, les pidieron la contraseña. Nosotros seguimos adelante, y allá los mataron, era gente inocente, que no había hecho mal a nadie.

Seguimos hacia arriba; llegamos a las pochas aquellas, y cogimos un grupo de 79 en Characa. Cogieron a 79, y uno, 80 (ese muchacho de Pamplona). Mataron algunos allí mismo. Aquí en el monte de Maquirriain no mataron. En Náguiz, si. Tuvimos que ir después a enterrar. Los hicieron quemar. La documentación les quitaban enseguida. (Quemaron los cadáveres con unas botellas de gasolina). Aquellos 80 los bajamos a Olaiz. El teniente que era tuerto, les dijo: “Ya veis como me habéis puesto a mi!. No quiero mancharme las manos con sangre de cerdos!”. Pa entonces el tío ya había matau cinco o seis…/Llegamos a la venta Olabe y allí estaban esperando dos camiones, los cogieron y los llevaron al fuerte.

Maquirriain: encima del pueblo, en el monte cogieron a 12 o 14; los bajamos aquí y los llevaron…/…Al otro día (24 Mayo) salimos y fuimos a Anoz, por Characa. En el monte había 14 o 15. Que si habían tirau o no. Mentira! Qué iban a tirar! Llevaban fusiles que habían cogido a la guardia, a los soldaus. En Characa mataron a bastantes. Estuvimos quemando cadáveres. Anduvo matando Fermín Idoate, el dueño de la casa de Oricain. Jefe de los carlistas de aquí. Los mataron como a conejos. A uno, cuando llevaron a un grupo de prisioneros, uno se rezagaba porque andaba mal, y lo mataron. “No podía seguir”. …./…Llegamos al ayal, y les digo: en esa sierra igual podemos coger 30 o 40. Pero los guardias no se atrevieron a entrar. Nosotros entonces nos fuimos a merendar al caserío. Ese es un monte muy cerrau (Characa). …/…Batidas: Había uno en el cascajo, cerca del hayedal, pero no le dieron tiempo a que escapara. Le tiraron lo menos 40 tiros los Guardias civiles, y lo dejaron todavía vivo. Fueron el médico de Olagüe y el cura de Anocibar y el médico, como iba malherido, lo mato de un tiro de pistola”.

Fugados en Nagiz el 27 de mayo

Fugados en Nagiz el 27 de mayo

En ese caserío de Nagiz residía una sola familia, y del lugar solo quedan las ruinas de la casa y de la ermita. El sumario incluye la denuncia de un pastor: Luis Izco, 34 años, quien se encontró allí el viernes 27 con un grupo pidiendo alimentos. También en Nagiz, pero ya en 1983, un grupo de excursionistas escuchan a un vecino de Sorauren, con edad como para ser testigo presencial de aquellos hechos, que les cuenta la mortandad de fugados que hubo en ese corredor entre Nagiz y su pueblo.

En Sorauren, el Mapa de fosas recoge dos puntos: en el cementerio y otro bajo un nogal, en una zona de huertas. Miguel Arangoa aporta el recuerdo de un preso entregado desde el caserío de Nagiz. Dolores Orradre confirma el trasiego de fugados desde Nagiz: fueron tres los que una pariente de ese caserío, Paquita Idoate, bajó al pueblo. Dolores recuerda que el cereal del campo situado al otro lado del puente, en la parte del monte Ezkaba, quedó pisoteado por el paso del gentío. Conoció del fusilamiento de uno entre Sorauren y Oricain, pero las sucesivas urbanizaciones del lugar impiden su concreción.

Avelina Orradre (n.1929) era vecina de Azoz, donde su padre ostentaba el cargo de alcalde. Por ese motivo trasladaron a su casa a Amador Rodríguez cuando fue capturado en agosto por dos vecinos del pueblo. Avelina le ofreció un huevo frito y han tenido que pasar setenta y siete años para despejar la duda acerca de su destino, para conocer ahora que regresó a su tierra. Un grupo de entre seis u ocho niños acudían desde el pueblo a la escuela de Oricain. De regreso, vieron a tres capturados cerca de la venta, que con paso cansino cruzaban el puente. Desde su pueblo vieron su ejecución y cómo caían al suelo. A la tarde, les pudo la curiosidad y fueron al lugar. Vieron los cuerpos tendidos, pero perdieron el apetito y el sueño esa noche. El hito, sobre el camino que unía el pueblo y el puente, a la altura del cementerio.

Encadenan el recorrido de los fugados otros vecinos en el colindante valle de Olaibar.

Javier Ozcoidi, de Olaiz (44 hbs.), rememora las conversaciones con su madre acerca de un fugado enterrado entre los pinares en el paraje de Bizkar. Otras fuentes citaban la captura en los montes alrededor del Txaraka de fugados que fueron trasladados a Olave. Suponían que estaban cerca de Francia, cuando estaban a 10 km escasos del fuerte. La densidad boscosa y su caminar nocturno conducía a un andar sin rumbo y en círculos. En la espesura, dos fugitivos se llamaban entre sí, nombrando uno al otro como Benedicto. Había dos Benedicto entre los fugados. Velázquez Gómez, vallisoletano; y Meis Padín, de Cambados. El primero murió en la fuga. El segundo reingresó en el fuerte.

En Olave retoma el relato Esteban Arriola (n.1920). Sigue en ejercicio como juez de paz. Se entretiene contando alguna anécdota sobre el traslado de la documentación electoral del valle en la noche del 24 de mayo de 2015. Sobre la fuga, recuerda el paso por el puente de Olaiz de numerosos capturados procedentes del Txaraka, agrupados junto a la venta. Esta posada, hoy sustituida por un hotel, tenía una cárcel local, para casos menores, y del todo insuficiente para atender esta eventualidad. A unos los trasladaban en autobuses, pero a otros, como una docena, los mantuvieron retenidos. Pasaron noche en un cobertizo -hoy una vivienda reconstruida-, enfrente del mirador de la casa del párroco, D. Patricio Aizcorbe. Alguno pidió confesión, pero el sacerdote, intimidado por la situación, no acudió. A la mañana siguiente fueron fusilados junto al antiguo camino a Sorauren, por encima del cementerio. Numerosos vecinos lo observan desde el atrio de la iglesia, en la temprana misa del festivo día de la Ascensión, jueves 26. También desde el corredor de casa Gorría. Se solicitó voluntarios para la ejecución. Quienes no lo hicieron, quedaron a cargo de su entierro. Acompañado de una sobrina, Esteban realiza un notable esfuerzo en junio de 2015 para llegar al lugar, que daba por bueno si se sacaba de ahí a esa gente, pues no entiende su abandono. Vive para verlo. El 30 de enero de 2016, a sus 96 años, regresa al lugar para certificarlo: diez y seis cuerpos se apilan donde hace setenta y ocho años los vio caer. ¡Cuánto sufrimiento en tan corto espacio! Eran muy chicos, decía otro testigo presencial, y así lo remachan los técnicos de Aranzadi en un primer análisis de los restos localizados. Entre los fugados muertos, Máximo Sainz era el de menor edad. Nacido en Desojo (Navarra) el 26 de mayo de 1920, carbonero, fue detenido en septiembre de 1936 en Vitoria, donde residía, junto con Alejandro Mardones, e ingresó en el fuerte todavía con 16 años. El día de la masiva ejecución de Olave cumplía los 18 años.

El responsable del operativo en ese sector, el teniente de Carabineros, Ruperto Viñé, fue felicitado “por su sagacidad y resistencia física nada comunes, y por haber llevado el servicio con un espíritu y entusiasmo ejemplares y con un resultado brillantísimo”, en palabras de su teniente coronel, Salvador Sánchez Duart.

Esta exhumación aviva las noticias sobre otros puntos: en la zona de las huertas junto al río –tres muertos- y otra en el Soto de Olave, hoy chopera, junto al puente que conduce a Olaiz y al monte Txaraka. Pueden ser cuatro los ejecutados, a tenor del recuerdo de S. Robledo en LGFNos entregamos cinco presos, era el día 24 de mayo. Nos llevaron a Olabe…/… y nos entregó a un capitán de carabineros que era tuerto. En una era nos hizo pasar por encima de cuatro fugados muertos y nos llevaron a una cuadra. Luego vino un autocar y nos subió a la prisión”. La misma cuadra o pajar que ocuparían los otros con peor fortuna.

Esteban añade otra captura, la de un fugado que en la puerta de su casa preguntó a su madre si eso era ya Francia, muestra de la desorientación de tantos.

Milagros E., de Endériz (54 hbs.), unos 80 años, también recordaba a su madre Bernarda contando sobre unos fugitivos que llegaron pidiendo alimento y a quienes solicitó se apresurasen a volver a su camino, para no verse comprometida. La G.C. el 15 de junio 1938 informa de un fugado que dio identidad falsa, enterrado en esa localidad el día 26 de mayo.

Zandio (31 hbs.). El impacto de un relato televisivo sobre la búsqueda de los restos de un desaparecido en el que se señala que estas tragedias se construyen por el silencio de muchos”, deciden a la familia Ridruejo a contactar con la Sociedad Aranzadi y dar a conocer lo acontecido en su pueblo. Los hermanos Feliciano (n.1921) y Víctor (n.1924) suben al monte a recoger el ganado. Encuentran a tres desconocidos troceando una oveja con palos afilados. Regresan precipitadamente al pueblo y se improvisa una partida: su padre Marcelino, entonces alcalde del valle, Tomás Nuin, junto a unos guardias civiles, localizan a los huidos y les disparan. Uno de ellos, malherido, pide confesión y Marcelino corre en busca del párroco de Ostiz, Vicente Ruiz. Para cuando regresan ya ha fallecido. Marcelino queda conmocionado, dudando si quien pedía confesión era uno de los tildados demonios que le anunciaron. Debió de dar su nombre, pues el párroco escribió a su familia, información ahora perdida. Quedaron enterrados en el lugar, al final del Camino del cerrado, en el paraje de Iturrioz, que Jesús Ridruejo (n.1933) siempre conoció como Los muertos.

Otro episodio sucedió cuando un fugado cruzaba el río Ultzama proveniente del monte de Endériz, y fue abatido por falangistas, con sus camisas azules que recordaba Fani Ridruejo. Su padre, junto a otros del pueblo, lo enterró en la ribera del río, junto a la parcela de Chanchico.

Beraiz. Esta finca o señorío, entre Zandio y Ostiz, fue lugar de entierro de otros fugados. José A., vecino de Leazkue y que trabajó en la finca así lo manifestó antes de su fallecimiento en 2012, sin señalar su ubicación. En noviembre de 2016, un nuevo testimonio completa la información. Mariano V., rentero en el señorío hasta 1965 comunicó a sus hijos la existencia de una fosa de fugados –hablaba en plural- en una de las parcelas que cultivaban en Basagaitz, cercana a la carretera, actualmente segregada del señorío. Cercano a ese punto existía una casa de camineros, firmes candidatos a haber llevado a cabo su enterramiento.

Quedan también testimonios sobre quienes se dirigieron hacia el valle de Odieta

Ese miércoles 25 de mayo se suspendió la multitudinaria romería del valle a San Urbano. Los puestos de comida, vinos, el mercadillo de utensilios, la comida de autoridades, quedaron sustituidos por un retén de soldados.

De Anoz, en el camino a Odieta, era Lola (n.1921), quien aprendía costura en la calle Estafeta en Pamplona, y regresaba al pueblo el fin de semana. Avezada desde niña en sus diarias caminatas a la escuela de Maquirriain, en un par de horas solventaba los doce kilómetros desde la capital. Esa semana, observó el camino jalonado de alpargatas, hatillos de ropa…, dando continuidad al relato de Lucio en Garrués y Nazario en Maquirriain. En la casa familiar, Berokia, varios capturados ocupaban las cuadras. Su padre, Ignacio Barbería era entonces la autoridad del lugar. Desde Berokia, sus descendientes, señalan un prado de la familia en Ezpelerte, donde ejecutaron a un capturado. Años después, labrando el lugar con bueyes, afloraron algunos huesos.

Otro menor de Anoz, José Aldaz (n.1931), acudía a la escuela, pero ese lunes 23 les mandaron de regreso a causa de los desconocidos que vagaban por el monte, a quienes no era difícil ver. Había militares en el pueblo, apoyados por algunos vecinos. A Julián Artazcoz le dieron un fusil; los hermanos Miguel y Francisco Barbería portaban escopeta. Toparon con un numeroso grupo de escapados en la borda Sistriena, donde el monte Aldaun, entre Navaz y Anoz, pero en término de Anocíbar. Efectuaron algún disparo, sin consecuencias, y corrieron al pueblo a dar aviso. Miguel capturó a otro grupo, que desde Berokia fue conducido a Anocíbar. Hubo otro suceso con disparos en las fuentes de la regata de Aingeruiturri. En la zona, hubo otros escondidos en las palomeras de Usi, que se entregaron en ese pueblo.

Un nuevo testimonio, de Fermín Amorena (n.1926), facilitado por la Sociedad Aranzadi, confirma el encuentro en Aldaun, si bien comenta que quedó en esa zona un muerto mal enterrado. También conoce del muerto de Ezpelerte, que se encontraba malherido y fue rematado por el mismo párroco D. José: para evitar su agonía, añade.

El primer pueblo de Odieta es Anocíbar (93 hbs.). Los fugados que iban siendo capturados en el valle eran concentrados en casa Sintronia. Antonio Mutilva, su  titular, aunque nacido en 1942, escuchó a sus padres la negativa de los militares a permitir alimentar a los detenidos, que presentaban un aspecto demacrado. Algunos eran conducidos a unas antiguas caleras, cerca de la borda Roldán, a pocos metros de la regata Aingeruiturri, por el camino que subía al monte Joanda, en un punto donde hoy sobresalen los restos de dos vacas semienterradas posteriormente. Detalla el lugar, así como que algunos fueron confesados por el párroco José Saldias.

Perico San Miguel (n.1927) confirmaba esas ejecuciones en las antiguas caleras, cruzando la regata sobre un precario puente de madera, hoy de hormigón, camino a las palomeras. Su testimonio se extiende a otros muertos, alguno en el paraje comunal de Las Eras, pero incide sobre los que fue testigo presencial: en la madrugada del lunes 23, antes del amanecer, el pueblo se vio perturbado por la llegada de vehículos militares. Los capturados iban a la cárcel local en Sintronia y de ahí, trasladados a Pamplona, excepto los que terminaban allí sus días. Su casa familiar, Salbatorena, da entrada al pueblo desde Ezcabarte y se asoma a la campa donde se encontraba la borda Roldarena, hoy derruida. Un festivo, probablemente el jueves 26, hacia las tres del mediodía, dos presos eran conducidos hacia esa borda. La madre, Joaquina R., prefiere no contemplar el temido suceso y desde dentro se lamenta. Perico y su hermano Paulino, como niños, sienten curiosidad, permanecen asomados al balcón y verán su fusilamiento. Quedaron enterrados allí por vecinos del pueblo.

Valle Odieta. Fosas

Valle Odieta. Fosas

A un kilómetro, en Ciaurriz, Eloy Cilveti (n.1928), Isabel Anchano (n.1931) y Jose Mª Armendáriz (n.1928) eran niños que recuerdan aquellos hechos, como testigos y por las conversaciones de sus mayores. Vivieron ese episodio atemorizados por la llegada de los anunciados criminales.

Eloy sostiene que los fugados llegaban de los montes de Ezcabarte, por la regata de Aingeruiturri, donde fue interceptado un nutrido grupo. Prosigue el hilo del relato en el punto más sobrecogedor, el recuerdo sobre seis fusilados. Cuatro en el camino a los campos de Sagardikoa. No llegó a ver a estos capturados, pero sí sus cuerpos sin vida, enterrados en el lugar por los vecinos, junto al río y cubiertos con piedras para evitar los animales. Su abuelo, Juan Martín, testigo de los fusilamientos, los citaba gritando en el último momento un “Viva la República”. Juan Martín y otros mayores que por su edad no estaban en el frente, apoyaban armados de sus escopetas su captura. Detalla una estratagema. Conscientes de los movimientos nocturnos de los fugados, se apostaban bajo el puente, cruzaban un alambre herrumbroso -para que no brillase- con un cencerro, y así eran alertados si alguien intentaba cruzarlo. Añagaza similar fue empleada en el vecino Latasa con éxito, ya que una noche fue capturado un fugitivo por los del pueblo, entre ellos Jose E., según cuenta su hija Concha.

Jose Mª, de casa Jauregia, sí recuerda el paso de uno de los rojos capturados hacia Sagardikoa. Estaban los escolares cantando en el exterior con la maestra, cuando del monte llegó una comitiva de dos paisanos, y detrás uno de los capturados rodeado de soldados. Más tarde escucharon las detonaciones, que fueron contando, hasta un total de cinco. Demasiadas para uno solo. En adelante, cruzaban aquel punto acompañando al ganado con aprensión, en un camino hoy desaparecido por la concentración parcelaria, y cuyo inicio ahora cierra la depuradora de aguas.

Sobre los otros dos fusilados, hay unanimidad entre los tres relatores en señalar un pronunciado desnivel, situado en la carretera NA-411 entre Lizaso y Ostiz, hoy punto kilométrico 27, donde se estrecha la franja hasta  el río Ultzama.

Isabel asegura que los perseguidores -en ese caso, militares- se alojaban en las distintas casas del pueblo, durmiendo en sus pajares y reuniéndose a comer en casa Gallarderena, un antiguo cargadero de ganado. José Mª recuerda su alborozo, como niño sin fácil acceso a dinero, cuando en respuesta a una botella de vino que su madre facilitó a los soldados, estos le dieron una ochena. En su alegría olvidó recuperar la botella, que su madre reclamó, pues reutilizaba para embotar tomate.

La dispersión de los fugados impide conocer sus rutas, pero en el caso de Luis Félix Álvarez, su deambular por los montes terminó el 3 de junio en Gascue, junto con Enrique Rosende y José Fernández. La distancia de Gascue al fuerte, unos 15 km, recorridos en once días, da idea del complicado avance nocturno y su desorientación. Luis Félix se confiesa en La gran Fuga como capturado “muy próximo a la frontera”.

En Ostiz, la G.C. informa el 15 de junio de 1938 del entierro de dos fugados el día 24 de mayo: uno de unos 45 años, y otro de unos 30, aparecido ahorcado, con una cicatriz sobre la ceja del ojo izquierdo. Diversos indicios conducen a Luis Horas, aunque este tenía 21 años: el preso J.Landa dice que fue colgado de un árbol; la cicatriz puede tener su relación con su actividad como boxeador, y el día 25 es capturado en el lugar su amigo Eustasio García, como él de CNT de Barakaldo.

Andrés Rodrigo y su familia (huella)

Andrés Rodrigo y su familia (huella)

Hay otro fugado que pudo morir en similares circunstancias. La familia de Andrés Rodrigo, concejal del Frente Popular en Cuéllar, muerto con 35 años, recibió noticia, muchos años después, de que Andrés había resultado malherido en la escapada, se rezagó, y cuando sus compañeros regresaron, lo encontraron ahorcado. Mantienen un razonamiento que sirve para el caso de Luis Horas: “una persona con ideales tan fuertes, luchador, de ningún modo pone fin a su vida en plena huida a la libertad. Creemos que lucharía hasta el final”. La crueldad con que se comportaron los perseguidores en tantos casos, los señala como autores de estas muertes. El testimonio del preso J. Landa es categórico: “Horas fue colgado”.

Andrés Rodrigo y su familia

Andrés Rodrigo y su familia

Soledad Garrués, n. 1927, nacida en esa localidad, narra que en el camino al río, antes de cruzar un antiguo puente, en el camino a Anozibar, quedó enterrado algún fugado, sin atreverse a concretar su número. También supo de otras muertes junto al puente de Arleta. Para Soledad, con 12 años, eran conversaciones prohibidas. A su lado, su marido Rafael Ruiz, n. 1917 en Endériz, con unos envidiables 98 años, confirma el entierro de un fugado junto a la pieza de Chanchico, en Zandio. Rafael pudo coincidir sin saber con algunos de estos fugados capturados cuando posteriormente estuvo destinado un año en el penal de la isla de San Simón, donde trasladaron a muchos de ellos, sin que disfrutasen mejores condiciones que en el fuerte, a decir de Rafael.

El valle de Anue marca otro dramático rastro de los fugitivos, de fosas y capturas

La asociación Amapola del Camino ha documentado una fosa en el límite entre Ostiz y Burutain. Su fuente, testigo presencial, tenía ocho años entonces y es la primera vez que lo hace público, al calor de otras exhumaciones recientes: los fugados que iban siendo capturados eran encerrados en la escuela de Burutain, custodiados por la G.C. de Olague. Al cabo de un par de días los ejecutaron junto al puente de Arleta. Era un festivo, que recuerda porque el párroco vino de Etsain a dar misa, y después acompañó al grupo y confesó a algunos de los detenidos. Fueron enterrados por el vecindario en una única fosa.

Pudo ser el jueves 26, la Ascensión, a juzgar por el intenso movimiento de fugados y capturas en la zona en los días previos (Antonio San Martín, de casa Berekoetxea, contaba a su hijo Joaquín, sobre dos capturados junto a la fuente de Asketa y entregados, ignorando su posterior destino); los informes de la G.C. de 6 y 15 de junio sobre muertos en Burutain en esa fecha “al intentar huir” (nº 12 y 22), así como por las sincronizadas ejecuciones que se dieron en esa señalada festividad valle a valle.

El informe de 15 de junio resulta esclarecedor. En el nº 12 de la relación se nombra a José Zubillaga, y se añade: “Este nombre no existió en la Prisión y fue dado por otro que resultó muerto al intentar huir. Enterrado en los Montes de Burutain el día 26”. Es uno de los no identificados, por ocultar el reo su verdadera identidad ante su inminente ejecución.

En la misma casa Berekoetxea, Esperanza Egozkue, cuenta como siendo niña en Lantz entregó una patata a quien consideró un mendigo, para conocer después que era un fugado, que hambriento, deambulaba por la calle.

En Etsain, algunos vecinos dan cifras diversas sobre fugados enterrados en Kamiope. Tres según el vecino Jose Mª Ripalda (n.1932). A su lado Juan Martín S. revalida los hechos, según contaba su padre Martín en el discreto entorno casero. Se habían refugiado en Jairiako borda, detectados y capturados, fueron conducidos y ejecutados junto a Burutain, y al lado de la regata. Otro vecino, Francisco Pérez, de casa Tejedor, contaba a su hija sobre otros capturados en Echaide: uno de ellos con algún limaco en el bolsillo. José Mª Ripalda precisa sobre estos últimos que el lugar era el collado de Bagoto, entre Etsain y Etulain. Quizá pudieron ser los tres que se citan en el cercano Etulain. El tiempo trascurrido dificulta deslindar hechos, pero más de uno de los vecinos recuerda la captura de otro fugado que fue rodeado por los vecinos cuando corría por las campas antes de que pudiese internarse en el monte.

Fermina Iráizoz (Etulain)

Fermina Iráizoz (Etulain)

En Etulain, el testimonio de Fermina Iraizoz (n.1921) procede de la Sociedad Aranzadi. Como menor de seis hijas, fue a vivir allí con una tía siendo niña. Llegada la guerra, dos primos suyos fueron movilizados y ella recogía en la cercana venta de Burutain las cartas que se cruzaba la familia con los que estaban en el frente. Detalla que todas las mañanas llegaban de batida un grupo de cuatro o cinco falangistas, que regresaban a dormir a Pamplona, a escasos 18 km. Su responsable le daba chucherías. Encargada de llevar a las vacas al monte, las conducía atemorizada de cruzarse con los desconocidos, cuya presencia se hacía notar por las columnas de humo en el monte, hacia Etsain, fuego que hacían por la necesidad de entrar en calor en aquellos días de lluvia y frío, a riesgo de ser localizados.

El viernes 27 de mayo, fecha que recuerda por ser el día de su cumpleaños, los falangistas llevaron al pueblo a tres fugados, capturados en los prados, donde permanecían agachados. Entiende que no iban descaminados en su dirección a Francia. Los capturados, mojados, sucios y malolientes, todavía más sedientos, se arrojaron al aska donde abrevaba el ganado. Sus pies estaban cubiertos de trozos de manta atados, a falta de otro calzado. Obraberria, la casa de Fermina, hacía de posada, que ella atendía. Ofreció comida a los capturados, que masticaban con dificultad, mientras en el porche se arremolinaba el vecindario, expectante.

Los fugados, jóvenes de entre 20-23 años, dijeron proceder de Bilbao. Hablaban castellano y mostraban fotografías de sus novias. Trascurrieron un par de horas. Resignados a su destino, no pedían clemencia. El cura del pueblo les ofreció confesión. Se mostraron indiferentes, pero los acompañó, rodeados de sus captores. Oyeron desde el pueblo los disparos procedentes de Landagain, en el cruce de la carretera a Irún. Fueron allí enterrados. Con motivo de la ampliación de esa vía en 1999, la variante de Olague, la excavadora se topó con sus restos; desde el pueblo indicaron su origen. Fueron depositados en la huesera del cementerio, bajo una pesada losa, a la espera de que un estudio forense determine si pueden corresponder a aquellos jóvenes.

Su relato también encaja con otros que llegan de Olague. Un carabinero del puesto, Cándido Macua, confesó a su vecino colindante Cesáreo Seminario (n.1925), que acudió al lugar al día siguiente de la ejecución, donde todavía agonizaba uno de los infortunados. De otro episodio de violencia contra un fugado, protagonizado por un vecino de Etsain, regresado mutilado del frente, prefiere Cesáreo no entrar en detalle, lamentando que la guerra hizo a muchos comportarse como desalmados.

Pedro Senosiain, (n.1925), quien acompaña a Cesáreo, aporta recuerdos sobre otra ejecución. La llegada del párroco José Arano al cuartel de la G.C. les hizo sospechar del desenlace y del lugar donde se desarrollaría, por lo que se encaminaron hacia el rincón de Góngora. A la altura de casa Echaide fueron sobrepasados por un coche con la comitiva y para cuando llegaron un cuerpo inerte yacía en el lugar. Segoviano, según el remite de una carta recibida de su familia dándole cuenta de la siembra de los garbanzos. Ese día, añade Cesáreo, le tocó por sorteo el trance del fusilamiento al reticente Esteban Rosell Ibarrola, que abandonó pronto el Cuerpo. Pedro A. de casa Zaterena, de permiso del frente, fue uno de los enterradores. El informe de la G.C. de 15 junio de 1938 recoge que un fugado fue enterrado en los montes de Olague. Otro distinto, pues figura como no identificado.

Cerca, en el puente sobre el río Mediano frente a casa Echaide, fue capturado por una partida local otro fugado. Contaba Cesáreo E., de la panadería, uno de los captores, que llevaba tres días escondido junto a unas peñas que se ven desde la carretera, alimentándose de caracoles y poco más. Le aleccionaron para que dijese que se había entregado, evitando así una probable ejecución.

En Aritzu fueron capturados dos fugitivos en el término de Karate, cerca de Mitxeleneko borda. Empapados por la lluvia, los perros captaron el olor a mojado. Llevados a la escuela local, se les dio de comer el consabido pan, queso y vino. Resulta llamativo cómo se sucede de modo simultáneo, el mismo rito en diferentes lugares: los capturados son alimentados antes de ser ejecutados. Quienes dispensan la comida y quienes se alimentan saben de la inutilidad del gesto, pero no lo evitan. Los dos capturados, uno alto y de más de cuarenta años; el otro, joven, de unos veinte años, que se declaró comunista, guardaba unos caracoles en el bolsillo, según el recuerdo de Lucio Ilarregui, ahora fallecido. Después de confesados por el párroco Epifanio Sancho, beligerante antirepublicano, cura trabucaire, fueron ejecutados en los fresnos de Labaki, y enterrados en el seto divisorio con la parcela familiar de Anselmo Irurita (n.1927), testigo visual que precisó a su sobrino Goio el lugar de entierro.

En los montes de Egozcue hay otro inconcreto punto donde el informe de la G.C. de 15 de junio de 1938 señala el entierro de otro fugado.

Junto a Anue, el pueblo de Lanz, cuyo antiguo vivero de plantas, sobre la vía NA-121, arroja indicios de ocultar diversas fosas: Así se recoge en el libro La villa de Lantz y sus gentes, editado por su ayuntamiento en febrero 2013: “Un grupo de los huidos del fuerte llega a Lantz y fueron detenidos tras haberse comido un cordero, se les encerró en la posada, donde se les dio de comer pan y queso (hubo mujeres del pueblo que les llevaron comida mientras estaban detenidos). El cura de Lantz, Erasmo Garro, los confesó. Entre los fugados había dos hermanos que antes de ser fusilados se despidieron con un ¡“hasta luego, hermano!”. Fueron fusilados en el cruce y a varios vecinos de Lantz les obligaron a enterrarlos. Se creía que podía haber unos 20 cuerpos, 8 presos de S. Cristóbal y el resto personas asesinadas durante la guerra”.

El citado Cesáreo, desde Olague, era uno de los niños que cuando veían cruzar el pueblo una característica furgoneta azul –que vinculaban a falangistas-, corrían a la ermita de Santa María, situada en un montículo. No veían, pero oían los disparos que provenían del pineral de Lantz, a 1,5 km. Hay una constatación oficial sobre estos asesinatos: el libro de inhumaciones del cementerio de Pamplona, en fecha de 11 diciembre de 1939, dice: “Se inhuman los restos de José Andrés González muerto el 3 de agosto de 1936 procedentes de Lanz”. Un vecino de la localidad que participó en su enterramiento dio aviso a la familia. Era un abogado domiciliado en la calle Estafeta de Pamplona, identificado por tener una pierna ortopédica. Otros fusilados allí siguen sin ser localizados. En marzo y octubre de 2012 la zona fue prospectada sin resultado.

En cuanto a los fugados de 1938, fuentes locales van completando la información: durante el operativo se asentó en el pueblo un grupo de unos cuarenta armados, que fueron distribuidos por las casas y que batían la zona. Un grupo de siete fugados fueron localizados en Urkixo. Habían matado un cordero y encendido un fuego que los delató. Capturados, se les traslada al pueblo, donde son encerrados en un improvisado calabozo, el antiguo lugar de pesaje, local anexo a la posada, donde son custodiados y alimentados de pan, queso y vino. Allí son confesados –quienes lo solicitan- por el párroco Erasmo Garro, y en un autobús de línea, la Lanztarra, con el párroco, trasladados al pineral, entrando por el camino que lo atravesaba longitudinalmente, donde son ejecutados. Dos días más tarde fue ejecutado otro, por lo que suman ocho. Fueron enterrados por vecinos del pueblo, sobre los socavones existentes por el aprovechamiento de robles y pinos del lugar, y cubriéndolos con piedras. Sobre si pudo haber dos hermanos, ese vínculo se dio en Albino y Escolástico Carretero, de S.Martín de Trevejo, y los burgaleses Benito y Rafael Melgosa.

No se han precisado movimiento de fugados en el valle de Baztán, más allá de la probable ejecución de un fugado en Belate, sobre el que confluyen dos fuentes que se dictan textuales:

Entre los militares hubo una excepción, el Teniente Asensio, destacado en Elizondo, mató en el Puerto de Velate a un preso con su propia pistola al ver la actitud negativa de los soldados, esta acción fue repudiada por sus propios compañeros destacados en Elizondo.” Memorias de Juan Mari Pallín, de Plentzia, preso en el fuerte.

A su vez, Luis Izaguirre, de Basauri, movilizado en el ejército sedicioso después de ser encarcelado por su militancia en Solidarios Vascos, y destinado en Elizondo, deserta. Cruza la frontera por Errazu y testimonia en el consulado de Hendaya: “Cuando se escaparon los presos del fuerte de San Cristóbal, recibió la tropa orden de no hacer prisioneros sino de disparar contra el primero que se encontrara; que ha oído decir que de los 700 que se evadieron han matado a muchos, aunque los principales por quienes había interés en dejarlos escapar, ya lo consiguieron. El declarante, a quien le dieron un fusil para que saliera al encuentro de los evadidos, no vio a nadie y solo sabe que el Teniente Raimundo Asensio, de Pamplona, halló a uno de los presos en el Puerto de Velate y seguidamente mandó fusilarlo pero como los soldados no contaban con ánimos suficientes, entonces formaron el piquete dos carabineros quienes se encargaron de la ejecución”.

La noticia sobre presencia de fugados en la parte más occidental la daba Alberta Andonegi desde Etxarri, valle de Larraún, que describía cómo mientras su padre, accidentalmente alcalde en esa fecha atendía a las fuerzas de persecución, ella con su madre -muertas de miedo, gesticula en el vídeo-, preparaban unos bocadillos a unos fugados ocultos en la cuadra. Este es el original de su relato: Urte hartan (1938), San Kristobaldik eskapatu ziren detenituak, ejerzito osoa etorri zen herri honetara. Bueno, entenditzen da. Kapitana bere patruila guztiarekin, eta nere aita alkate. Eta eman behar zitzaien kobija, ostatua. Ejerzitokoei. Ordun zegoen eskola etxea, han alojatu zitun nere aitak etorri ziren soldadu eta kantinplorak eta bere zeekin otorduak egiteko, eta hara bidali zittun. Aitak haiekin hori egiten, eta ni ogia bokadiloa, holako bokadiloa, amak eta biok prestatua, eta bi eskapatu zienak San kristobaldik bokata jartzen, hemen atean, ama!! Hura zer zen. Nere beldurra eta amaren beldurra!

Esteribar, la ruta más corta a la frontera

Los fugitivos que rompen el cerco y cruzan el río Ultzama confluyen, ya fraccionados, hacia el valle de Esteríbar, atravesado por el río Arga, que nace en los bosques del Quinto.

Observando el mapa, se aprecia que la frontera hace una cuña que la acerca a menos de 50 km desde Pamplona. El lugar, el valle de los Aldudes, en la antigua merindad de Ultrapuertos, fue parte del reino de Navarra. Entre el fuerte y los Aldudes se interpone el valle de Esteribar. Allí, la localidad de Eugi y su entorno se sitúan en el corazón de las rutas a la frontera, en escenario para los contados fugitivos que logran llegar allí.

La preocupación del gobernador militar de Navarra era “evitar pudieran aproximarse al bosque de Quinto Real, porque de haberlo logrado, ganarían la frontera con suma facilidad”. ”La frontera se encuentra debidamente vigilada por fuertes contingentes del Ejército, Milicias, Guardia Civil y Carabineros y muy especialmente en los Alduides”, cita la Jefatura de Policía de Fronteras desde Irún. “Exterior a este circuito funcionaron los puestos de Carabineros de Velate-Olagüe-Iragui-Eugui-Espinal, los cuales aprehendieron a monte traviesa once de los fugitivos quienes consiguieron romper aquel circuito y llegar ya a la inmediación de las mugas francesas”, reafirma el jefe de Carabineros.

El corresponsal de The Guardian -edición de 25 de mayo – se desplaza de Arnegi a Valcarlos y conversa con los carabineros, que le confirman que no han sido tomadas allí especiales precauciones, por su lejanía del fuerte. El Sud Ouest de ese mismo día, sitúa a las tropas y a los perseguidos en los bosques entre Eugi y Roncesvalles.

El periódico Le Sud-Ouest, también de 25 de mayo, centraba, basándose en fuentes militares, el lugar donde se hallaban los evadidos: “cercados en los bosques al sur de los Aldudes, en un macizo delimitado por la carretera de Arneguy (Valcarlos) a Pamplona y al oeste por el valle de Eugi, en el trazado de la nueva ruta que llega a los Aldudes desde esa villa de Eugi por Urkiaga, macizo boscoso y de profundos barrancos, cuyo punto culminante es el monte Adi y que no es atravesado por ninguna otra carretera o camino en el interior de esos límites”, citando en esa área pueblos como Roncesvalles (149 hbs.), Burguete (415 hbs.), Urtasun (67 hbs.) o Eugi (491 hbs.). Los habitantes son los del Padrón de 1940, con el fin de orientar sobre su entidad.

En ello convenía Navarra 1936: “Esteribar era el camino más corto que los fugados tenían hacia la frontera. Conscientes de ello, las autoridades organizaron intensas batidas con el apoyo de parte de la población”.

Los informes los hará la Guardia Civil desde Zubiri, centro neurálgico del valle, donde junto a una guarnición en La Ranchería, mantienen una oficina en el pueblo, cercana a la iglesia parroquial; si bien los cuarteles más nutridos serán los de Eugi, Zilbeti y Erro. A la zona se dirigen los batallones que guardan la frontera en Elizondo y Burguete.

El foco de la persecución, fuera del círculo de contención del río Ultzama, se desplaza así a Esteribar. La relación de pueblos, de evadidos y de quienes fueron muertos ayuda a visualizar el abanico en el que se abrieron los fugados por el valle. Memoria de unos hechos que no hay persona mayor del valle que no recuerde conmocionada.

  • Zabaldika (76 hbs.). Ricardo Noain (n.1935) y José Aincioa (n.1925) son los relatores en este primer pueblo. Tres son los fugados ejecutados junto al camino entre ese pueblo y el señorío de Erleta, en un rellano a la altura de la regata Xaixulo, en el paraje de Erripaburu. Las torrenteras descubrieron sus restos. Asimismo en la zona ha habido desprendimientos en las ripas que caen sobre el Arga, que han obligado a variar el camino, hoy concurrido por los peregrinos a Santiago. A ellos, José añade otro en el monte lindante con Oricain, en el término de las Quintas, enterrado en la ripa inferior de una parcela familiar, que hoy ocupa un extenso pinar. También tuvo oído que algún fugado descansó en la cuadra de Marigalantena, hoy un edificio de nueva planta.
  • Antxoritz (23 hbs.) / IIurdotz (59 hbs.). Allí cae el día 24 de mayo Pablo Redín, cuya sepultura definitiva quedó en el cementerio. Otros siete, en el camino a Ilurdotz, en un punto prospectado sin resultado en octubre de 2012. La fuente en este caso, Felisa Armendáriz (n.1924), vecina de Ilurdotz, donde su padre era la autoridad del concejo. Su casa, Behitikoetxea, hacía las veces de posada. Por ser festivo, un grupo de vecinos se habían retirado tarde después de estar jugando a cartas. En la noche, con una fuerte lluvia, dos guardias civiles se presentaron con dos capturados. El jueves 26, festividad de la Ascensión, fue el día más lluvioso de esa semana en las cuencas del norte de Navarra. Llegaban ateridos. Indalecia, la madre, les ofreció ropa seca y una sopa de ajo y más tarde un vaso de leche, pues no podían digerir otro alimento. Pasaron la noche cerca del fuego. Uno, gallego, de 48 años, ofreció su estilográfica a Ángel, niño de la casa. Lamentaba no poder dársela a su propia hija, que en esas fechas hacía la comunión. Pronto en la mañana, en unión de otros cinco retenidos en Zuriain, dos de ellos capturados en Gendulain, fueron ejecutados en la regata, pero ya en término de Antxoritz. Los datos sobre el gallego conducen a Serafín Tato, de Mondariz, cantero, ingresado en el fuerte en febrero de 1937 con 47 años, y cuya hija Emérita, entre sus nueve hijos, tenía la edad de hacer la comunión. El guardia, conocido, por ser de Azoz, Miguel O., ofreció a su padre participar en la ejecución, a lo que este se negó; no obstante Felisa asegura que no fueron los guardias quienes la llevaron a cabo. Josefina A.E. (n.1933), vecina de Gendulain, corrobora esa ejecución, así como la detención de otro en su pueblo natal, Inbuluzketa, que fue trasladado a Zubiri.
  • Urdaniz (115 hbs.). El Mapa de fosas, sobre fuentes de Txinparta, sitúa una fosa con tres cuerpos, enterrados por los vecinos, en el término de Kaskaxu.
  • Idoi (26 hbs.). En Navarra 1936 se cita: ”Otro grupo de siete forasteros fue fusilado en el paraje de Zubizar, en Idoy, por un grupo heterogéneo de guardias civiles, falanges y requetés. El cura de Larrasoaña, Eusebio Irisarri, fue llamado a confesarles y los vecinos de Akerreta e Idoy tuvieron que cavar las tumbas y enterrarlos”. J. Equiza, en su libro sobre los sacerdotes navarros en 1936-37 apostilla: …”fueron fusilados algunos traídos de fuera, a los que don Eusebio escuchó en confesión”.

Idoi. Fosas

Indagaciones posteriores de la Sociedad Aranzadi, con la colaboración de un vecino, José Lizarraga (n.1920), permiten desglosar esos asesinatos. Las ejecuciones se reparten entre dos términos cercanos, Kamiopea y Zubizar, y ocurridas en dos momentos diferentes, 1936 y 1938.

Respecto al único ejecutado y enterrado en Zubizar, con el curso de los años, dada la escasa profundidad de la fosa, sus restos se golpearon con el cultivador y se perdieron. Los otros seis lo fueron en Kamiopea, entre el antiguo camino real de Zubiri a Pamplona y el río Arga, en una parcela que hoy es única, y antes dos. La fosa estaría en el bosque de ribera. La hermana de José, Valeriana, igualmente de casa Gartzerena, afirmaba que fueron dos los fugados fusilados allí, y que pasaron la noche previa en el pajar de su casa.

Sobre el momento de cada una de las ejecuciones, José fue testigo directo de la ocurrida en 1936. Estaba trabajando en una finca cercana. Se recuerda como un joven asustado de 16 años que acudió al lugar, donde los ejecutores tenían boinas rojas; en la de 1938, vinculada a la fuga, José estaba movilizado en el ejército; conoció los hechos por pertenecer la finca donde fue enterrado a su familia.

  • Leranotz (44 hbs.). Al paraje de Txustain llega Alejandro Gómez Martín, uno de los  presos ingresados en el fuerte antes del inicio de la guerra. Se guarnece en un campo de cultivo, pero su propietario lo detecta, regresa a su casa, y sin soltar el yugo a los bueyes siquiera, regresa y dispara al desconocido, uno de los anunciados como peligrosos criminales. Alejandro, segoviano, camarero, de 44 años, había estado integrado en Madrid  en 1931 en el grupo anarquista Los Intransigentes, y recaló en el fuerte por sentencia de 1934 en Barcelona. Su cuerpo, por la mediación del párroco es trasladado a Zubiri, donde un informe de la G.C. de 10 de junio determina su identidad. El vecino desde entonces vivió atormentado, falleciendo en el plazo de un año. Algún otro fugitivo es abatido en Oiezki, por encima de un pronunciado cortado en la carretera Zubiri- Eugi, a la altura de la entrada al molino de Urtasun. Sus restos fueron localizados por unos maderistas, y en su momento -indeterminado- pudo haber levantamiento judicial. En el pueblo datan las fechas de estos sucesos entre los días 25 a 30 de mayo.
  • Usetxi (31 hbs.) Gertru Zubiri (n.1928) grabó un video sobre la memoria inmaterial del valle donde se recogen sus recuerdos. Recuerda a su madre en Beltrarena, casa del alcalde, dando de comer a los capturados. Más tarde, acompañados del párroco, fueron ejecutados en la parte inferior del extenso prado en Patsaranzokoeta. Otros vecinos, Aitor Lesaga y Charo Orradre, confirman el lugar. En septiembre de 2016, el equipo de Aranzadi exhuma los restos de estos tres fugados. Este es el resumen original de su relato: Ni aita alkatea zela ta etorri ziren bi maki edo, nola zen,  nola erraten zioten orduen, eta claro, goseak eta ematen zioten jatera eta gero hiltzera. Ta oraindik ni oriotzen naiz non dauden ere. Hemendik ere ikusten dut lekue. Han bada bat lurrean, enterratue, ze tristea…jan ta gizajoa zibilek etortzen ziren eta hartu ta tira, eta apaizekin joaten ziren… inork ez daki zer  den… Badakit nik hil zutela bat, bide, hiru ezagutzen nuen nik hil zutela herrietan, Usetxin bide eta Oiezkin ere bat zen. Eta nik badakit zein lekuetan dagoen ere honek. Etortzen ziren eta eskatzen ziguten  jana, eta ematen genien klaro. Nola utzi behar genituen, pena ematen zuten. Nahi zuten pasatu Frantziara baina zibilek erne zeuden eta biltzen zuten. Enteratzen ziren ba zebiltzela, harrapatu zituzten etxean. Etxetik hartute ta hiltzera atera eta aita alkatea zen eta joan egin behar zen eta gero apeza ere.

Para Gertrudis, en Oiezki tan solo había un enterrado, en un lateral del camino desde donde se divisaba Eugi. Charo Orradre, n 1934, confirma esa fosa en Oiezki, pero también en ese paraje, en el camino a Saigots desde Leranotz conoció otro entierro, por estar cercano a la escuela de este último pueblo, a la que acudían diariamente.

  • Eugi (491 hbs.) En esta localidad, quienes entonces fueron testigos, han guardado a lo largo de su vida las imágenes de sus duros recuerdos infantiles.

El pueblo, por su estratégica situación, contaba con un doble acuartelamiento: el de Carabineros, responsable del control de fronteras, a pie del carretil a los Aldudes; y en el centro del pueblo, junto a la escuela de niños –las niñas estaban segregadas en otro local-, el de la Guardia Civil.

Estando los niños en el tiempo de recreo, ven salir a dos guardias con una persona maniatada con buzo y gorra azul, -se dijo que de UGT-, tomando el camino hacia Iroxo. Al percatarse de la chiquillería, los guardias los ahuyentan, pero ellos, al ir arropados por los hijos de los guardias, se quedan expectantes en el puente viejo, siendo testigos del fusilamiento. Pakito Seminario, Francisco Sotro, Emilio Linzoain repiten similar relato al de Gaspar Linzoain. A los tres hermanos O. –Bernardo, Andrés y Luis-, de la cercana borda Garro, se les ordena enterrar el cuerpo entre los enebros. Los niños de la borda Arago, a su paso cotidiano a la escuela, mirarán con respeto el túmulo de tierra –hoy bajo el embalse- donde yace el fusilado.

Un testimonio diferente proviene de Tere Errea (Eugi, n.1927). Su padre, José, era guarda forestal. Su vivienda, la casa de los guardas, estaba junto al cuartel de Carabineros y por su titularidad pública lo utilizaron los militares durante la guerra, y durante el operativo de captura de los fugados.

Tere conserva el recuerdo de tres detenidos, interrogados en el cuartillo-oficina de la casa; y rememora a su madre pidiendo entre sollozos que no los llevasen a matar. Es categórica al retener la imagen de los tres capturados en su casa, la alarma materna y en que el recorrido hasta Iroxo es diferente de la ejecución anterior. Los tres salieron del cuartel de Carabineros, y ella, con los hijos de los carabineros, siguió al grupo hasta el puente viejo, desde donde escucharon las detonaciones. En el otro caso, un único capturado fue sacado del cuartel de la G.C. Que hubiese sucesivas ejecuciones en un mismo paraje no resulta sorprendente: lo verdaderamente alarmante es desconocer los hechos, lugares e identidades en la mayoría de los fugados ejecutados.

Los mismos testigos, Francisco, Pakito y Emilio, conocieron otro enterramiento en el término de Zokolu -al parecer, un fugado gallego capturado cerca de la Tejería, en la finca de Simonena-, sepultura dada por un vecino de Iruzelaikoborda. También quedó cubierto por las aguas, junto a la pared del embalse.

Los niños que viven en Olazar son testigos de otro fusilamiento. Su padre, Francisco Sotro –con el mismo apellido de quien relata los hechos- mostrará su enfado en familia por haberse efectuado tan brutal acto a la vista de sus hijos. El fusilado había sido capturado en Artesiaga. El párroco de Eugi, Ruperto Oiartzun, ya anciano y con una pierna ortopédica, llega al lugar en el autobús de La Montañesa a confesar al detenido. Trata de que sea entregado en la comandancia, pero no es atendido. El apesadumbrado párroco rechazó asistir a otras ejecuciones, según se desahogó con su amigo Emilio Linzoain, también sacerdote. M.Pilar Belzarena vivía en la cercana Indianokoborda y recogía fresas de monte, sorteando la sepultura. Se pregunta todavía hoy qué daño hizo esa gente para que los matasen así. El lugar del enterramiento, en el cruce a Irurita, fue removido a consecuencia de la primera explotación de la cantera, que obligó a modificar el trazado de la carretera. La actual cantera de Azkarate es posterior. Ampliación de carreteras y cunetas, en otros casos concentraciones parcelarias, se han aliado con el olvido para engullir muchos de estos entierros vergonzantes.

Emilio Linzoain, nacido en la borda Arago, tenía doce años cuando sucedió la evasión. Al año siguiente ingresará en el seminario de Pamplona, donde permanecerá hasta 1951. Cuando en 1969 las aguas amenazan anegar las tumbas, busca trasladar los restos al cementerio, aunque queda impotente para evitarlo. Tan solo podrá guardar un concienzudo testimonio fotográfico de los sepultados caseríos del valle. Fue testigo presencial privilegiado, por compartir aula y confidencias en la escuela con los hijos de los carabineros y guardias. Emilio vio llegar por Zumieta a un capturado hacia la muga de Zilbeti. Era grueso y pelirrojo. Supo que lo llevaron a Agorreta, fusilado y enterrado entre ese pueblo y Zubiri. Recuerda también a tres detenidos maniatados por la espalda y en el suelo, al sol junto al camino, un día muy caluroso, frente al cuartel de Carabineros. Presupone que eran quienes habían sido capturados en Zotalar, en el límite con Zilbeti. El archivo de J.Jurío recoge información similar de 1985, sobre tres capturados en Zotalar por los carabineros, ejecutados en Urtasun.

Otro grupo fue capturado en Kaparlantegi, en las faldas del Burdindogi, de quienes se contó que los aprehendieron, denunciados por un vecino de Eroseta, haciendo un fuego para comer limacos.

Otros capturados tuvieron más suerte. Encerrados en la posada, en cuya planta baja había un local que hacía las veces de cárcel, fueron trasladados en camión de regreso al fuerte, como contaba J.Huarte, que los recordaba famélicos y desharrapados. Concordante con los recuerdos de Abel Salvador: “Creo que estaríamos cerca de la frontera cuando nos cogieron porque había cerca una Comandancia de Carabineros; nos llevaron a la Comandancia y nos metieron en un cuartucho pequeño. Al atardecer llegó un autobús con soldados que iba a Pamplona y nos llevaron a la cárcel Provincial. Allí estábamos once fugados. Al día siguiente por la tarde nos subieron al fuerte”. Abel fue capturado con Valeriano Berruetabeña el día 2 de junio y reingresaron el día 4, también con Alejandro Redondo, capturado en un pueblo donde hablaban vascuence y a 30 minutos de Pamplona. La descripción coincide con Eugi, a 30 km de la capital, y euskera como lengua del lugar.

  • Urtasun (67 hbs.). Toman el relevo en Urtasun quienes ahora son octogenarios y entonces niñas y niños, testigos oculares de otros fusilamientos. Coinciden en señalar, todavía con congoja, cómo ese recuerdo les ha acompañado a lo largo de su vida. Cinco fugados fueron enterrados en ese cementerio. Uno de ellos, Andrés Zudaire, recuperado por su familia en 1978, descansa en su pueblo, Azagra. Los otros cuatro quedan a la espera de alguna actuación que permita su identificación.
  • Agorreta (80 hbs.). Navarra 1936 cita tres muertos en el término de Agalde de Zubiri y a Vicente San Martín, enterrado en Agorreta. Son cuatro los testimonios recogidos sobre lo acontecido en Agorreta: María Ángeles Tohane (n.1930), Ana Mª Vizcay (n.1934), Patxi Tohane y Martín Elcano.

Agalde es un topónimo que abarca los términos de Zubiri, Saigots y Agorreta, y que da nombre a la regata que atraviesa la zona. El lugar en el que los relatores coinciden como lugar del entierro pertenece a Saigots. Han pasado años, pero Mª Ángeles recuerda la impresión que le causaba, cuando regresaba con sus amigas de pasear por Zubiri y se veían obligadas a sortear el lugar donde conocían estaban enterrados. Ana Mª aporta mayor concreción. El campo donde quedaron enterrados lo llevó su padre, Joaquín Vizcay. Hacia 1952, cuando ella tenía 18 años, los padres de uno de ellos, ya mayores, acudieron al lugar y acompañados de Catalina Santesteban Elcano y su marido José Beaumont, vecinos de Zubiri, procedieron a recoger sus restos y en un carro de mano, los trasladaron al cementerio de Agorreta, donde reposan. Encima del féretro recuerda que portaban una cruz blanca que quedó en el cementerio, junto con una placa ovalada. El vecino Patxi Tohane una vez se pudrió la madera sustituyó la cruz por otra de hierro, repintando periódicamente el esmalte que lo identifica: Vicente San Martín, 23 años y la fecha de su muerte, 27 de mayo de 1938 (en el Registro consta el 25).

Saigots. Fosa en Agalde

Saigots. Fosa en Agalde

La razón de su entierro en Agorreta es el vínculo familiar, al ser su abuela paterna, Josefa Goñi, natural de ese pueblo. También el parentesco explica la colaboración del otro matrimonio. El párroco de Zubiri, presente como confesor en las ejecuciones, les trasmitió la ubicación de los allí ejecutados.

Otra información afecta a estos hechos. Jesús Equiza, en su libro sobre el clero navarro en la Guerra Civil, dice: “El párroco de Zubiri, don Fernando Iribarren, acogió en su casa a un fugado del fuerte, que, después de descansar, refrescarse y cenar, fue acompañado hacia su destino”. Su fuente era un vecino que acompañaba al párroco: después del rosario del día 26, se acercó el fugitivo al párroco, quien despidió a su ayudante. La relación de la familia de V.San Martín con Zubiri, explica que buscase refugio allí y que el párroco se prestase por conocer a su familia como parroquianos, más que por afinidad política, pues había regresado del frente, donde ejerció de capellán en el bando golpista.

El expediente de inscripción de su defunción, en 1940, muestra el escaso rigor judicial. El guardia civil J.P.Quemada declara “que hallándose de servicio en la carretera o puerto de Erro, vio que una patrulla de soldados perseguía a 3 fugitivos y entre ellos Vicente San Martín, haciendo fuego contra los mismos, falleciendo los 3 a consecuencia de los disparos y llegando el dicente a presenciar los últimos momentos de vida y posteriormente su muerte, por lo que, le consta el fallecimiento de dicho Vicente, lo que tuvo lugar el 25 mayo 1938 en términos de Agorreta“. Otras dos personas, J.J.Michelena y M.Sanz atestiguan haber visto su cadáver y “que el mismo falleció el día 28 mayo 1938 a consecuencia del Glorioso Alzamiento Nacional y se haya enterrado en término municipal de Agorreta“. Falto de rigor en fechas y en lugar, pero una confirmación de los hechos.

Queda la duda de si Joaquín Ibáñez Elduayen pudo compartir el destino de Vicente. Ambos eran vecinos de la calle Descalzos de Pamplona y ambos de UGT; detenidos juntos el 19 de julio de 1936 y condenados en el mismo Consejo de guerra 127/36. Los fusilados de Agalde, a decir de Ana Mª Vizcay, eran muy jóvenes. Ambos, Vicente y Joaquín, tenían 23 años. En la fuga, cada cual buscaba el apoyo de algún conocido, y ambos estaban juntos en la toma del fuerte, como atestiguan el guardián Cid y los presos F.Hervás y A. Chamorro. También lo certifican las conclusiones del sumario: “…en este momento el recluso Leopoldo Pico Pérez le quitó el abrigo y la gorra de uniforme al guarda Ciz, poniéndoselas Pico, quien en esta operación fue ayudado por Baltasar Rabanillos, Vicente San Martín, Antonio Valladares y Joaquín Ibáñez.

El trágico relato no termina en Agalde.

Los relatores coinciden en señalar otros tres fusilados en la curva de la carretera que cruza el pueblo, en Anestakozoko, finca del padre de Martín Elcano, a quien su progenitor hacía santiguarse en el lugar por respeto a los enterrados.

Añaden otro fusilado, al parecer asturiano. En este caso, el relato de Ana Mª cuenta con el privilegiado recuerdo de su fallecido marido, Eugenio Elcano, que contaba con 15 años, cuando este fugitivo, ya capturado, pasó noche en su casa, Etxeberria, custodiado por dos guardias civiles. La madre de Eugenio le dio de cenar y quedó impresionada del temple y apetito del capturado, conociendo su fatal destino. A la mañana siguiente, con el lamento de uno de los guardias, muy joven, abocado a perpetrar la ejecución, fue fusilado en el cruce entre los caminos a Ipete y a Besanga o camino de la venta, debajo de la llamada casa del cura, donde este tenía su huerta. Enterrado, a decir de Joaquín Elcano y Graciano Vidaurreta, en el cementerio, a la derecha de su entrada.

Desde Ezcabarte hasta Esteribar hay un reguero de informaciones. Cada pueblo tiene una historia que contar. Pero el flujo de noticias se debilita conforme los fugados se alejan. Junio se inicia con unas pocas docenas de evadidos que se resisten a su captura. Los que rebasan Esteribar, se adentran en el valle de Erro y Sorogain, que aparece como meta de los más determinados.

  • Lintzoain (Erro). En el sermón del domingo 29 de mayo o 5 de junio, el párroco de lugar (133 hbs.) se mostró ufano de haber evitado tener que ir a confesar a un capturado en Erro el día anterior. Requerir confesión significaba posterior ejecución y entierro, al parecer junto al antiguo cementerio, hoy ocupado por el frontón. Desafortunadamente, después de esa misa, fue solicitado para asistir a otros dos capturados. Quien narra los hechos es Santiago Presto (n.1926), que ejercía de monaguillo y acompañó al cura en ese trance. Los escapados habían alcanzado Sorogain. Retrocedieron por la presencia de patrullas y delatada su presencia por un vecino, M.V., fueron capturados en Oianeder, bosque entre el pueblo de Erro y Lintzoain, acudiendo, atraídos por la curiosidad, otros vecinos de Bizkarreta. Uno se confesó, el otro no. Al atardecer de ese domingo, Isaac Presto y otros vecinos trasladaron sus cuerpos al cementerio local, donde permanecen, anónimos, uno encima de otro, junto al cuerpo de otra forastera muerta posteriormente.

Santiago añade la captura de otros fugitivos por los carabineros en Bizkarreta, uno de los cuales llevaba limacos en el bolsillo. Pudo ser J.Ferreiro: “El día 5 de junio, en que estaban comiendo bellotas, se presentaron unos hombres y les llevaron a Espinal, a 50 km de Pamplona”. Habla en plural. Parecida declaración hace G. Pindado: “entregado el día 5 en un pueblo que se halla distante unos 50 km”.

Burguete tenía una numerosa guarnición al ser punto estratégico fronterizo. Ocupaban los hoteles Loizu y Burguete, cuyo propietario había huido por sus inclinaciones republicanas. La tropa estaba dispersa por el pueblo -cuatro por casa, con carácter obligatorio-, y en barracones. Mª Isabel (n.1928), hija del alcalde Benito Azanza, recuerda el estruendo de cornetas que alarmó a la población en la madrugada de ese domingo de mayo con motivo de la fuga, para movilizar a la dispersa soldadesca. Coincide con la declaración del soldado de esa guarnición Abdón Muguía, desertado más tarde, quien contaba en el consulado de Hendaya que les ordenaron acostarse vestidos y levantarse a las dos de la madrugada.

Es por el corredor fronterizo en los altos entre Esteribar y ese contiguo valle de Erro, los montes de Quinto o Alduide, por donde pasan los fugados que logran cruzar la frontera. Ese decisivo hecho obliga a una mayor atención sobre ese espacio físico.

El azar de la historia acude en ayuda de los fugados: el Quinto

Este territorio de Quinto quedó al margen de dos grandes rutas comerciales. A un lado los caminos por Bera y Baztán; del otro la principal ruta internacional medieval, de San Juan de Pie de Port a Roncesvalles, en el camino de Santiago.

Alduide o Quinto Real. Tratado 1856

Alduide o Quinto Real. Tratado 1856

Su marginación lo hizo terreno abonado para quien buscaba un paso sin ser visto, fugitivos políticos. Ya antes de la fuga de 1938 hay numerosos testimonios del flujo de quienes escapaban de la guerra o de la persecución política:

  • El Archivo Histórico de Euskadi conserva docenas de fichas de exilados que citan su cruce por Quinto o Zilbeti al valle de los Aldudes.
  • El Registro civil del valle de Erro recoge la defunción en Zilbeti de uno de los que lo intentaron: dos fugitivos que pasaron noche en la borda Lenko, y avistados, uno consiguió huir y el otro murió tiroteado en el término de Koskarte. No guardaban relación con la fuga, como se especuló. Su muerte acontece en julio de 1939 y su documentación muestra su procedencia del derrotado ejército del Levante. Celestino, un niño de seis años, recuerda su entierro en el antiguo cementerio del pueblo, en brazos de su padre adoptivo y alcalde, José Urtasun.
  • Francisco Vargas, en Navarros contra el alzamiento: “…los collados fronterizos que llevaban al valle francés de Alduides fueron rutas de escape importantes”, tanto para desertores del bando franquista como necesitados de refugio.
  • M. Martorell, en El exilio republicano navarro de 1939 narra el extravío en Antxoritz del comunista Tomás Ariz, intentando la fuga a la frontera por Eugi.
  • Desde las bordas de Eugi veían pasar y en algunos casos ayudaban a estos fugitivos, como veladamente comenta Jesús Linzoain sobre su suegro Rodolfo Belzarena, de Indianako borda. Idéntico recuerdo al que presta Pierre Erramouspe, nacido en Esnazu en 1927, al otro lado de la frontera, viendo bajar del monte a esos mismos fugitivos.

No solo fugitivos políticos, sino también lugar de paso de mercancías: “..el paso por las zonas de Esteribar y Erroibar como parte de la más intensa acción de contrabando y por tanto de sendas de gaulana, con su contrapartida en los cantones de Baigorri y Donibane-Garazi, antiguo valle de Cisa”. Si los géneros se introducían desde Alduides o Urepel, los equipos del valle de Esteribar (Eugi, Iragi, Urtasun, Zubiri y Larrasoaña) podían bastarse para recorrer en uno o dos relevos los cuarenta kilómetros que median entre la frontera y Pamplona” J.A.Perales, “Frontera y contrabando en el Pirineo Occidental”.

La línea fronteriza en los montes de Quinto abarca desde el alto de Urkiaga al monte Lindus, y fue objeto de una secular disputa fronteriza hasta que en el Tratado de Bayona de 1856 se acuerdan sus actuales límites, quedando el valle de los Aldudes bajo titularidad francesa, y Quinto del lado español, y se mantienen acuerdos faceros como el que permite pastar el ganado de Baigorri en Sorogain abonando un tributo anual al valle de Erro.

Por razón de su historia, no hay pueblos o caseríos, más allá de ocasionales pastores y sus precarias bordas -etxolak-, y aislados puntos de vigilancia de carabineros. Sin asentamientos humanos, tampoco fáciles vías de acceso rodado para la tropa perseguidora.

Cabaña de carabineros en el monte Lindus, 1917. E. Frankowski, cedida por Joxepe Irigarai

Cabaña de carabineros en el monte Lindus, 1917. E. Frankowski, cedida por Joxepe Irigarai

Los fugados resistentes no conocían tanta leguleyada.

Luchaban por sobrevivir en una naturaleza hostil, perseguidos a muerte; pero los que cruzaron la muga adoptaron la misma solución: esquivar la vigilada zona de Urkiaga y desviarse hacia el este, zona despoblada, menos accesible y por tanto menos controlada. Los ocasionales pastores de la zona prestaron su ayuda a los fugitivos. Triunfaron aquellos que lograron atravesar el sellado impuesto en Esteribar y pasar a la zona de Sorogain-monte Lindus. Los que se salvaron lo hicieron por su resiliencia y porque eligieron el mejor de los caminos posibles.

Mapa detalle de la muga

Mapa detalle de la muga

 

El valle de Aldudes desde Sorogain

El valle de Aldudes desde Sorogain