Si bien para muchos la evasión terminó a escasos metros, la onda expansiva de fugados se extendió como el rayo. Después de capturados, son interrogados: escuetas declaraciones tomadas en pocos días a los 586 presos recuperados. Junto con los informes de los perseguidores, permite hacer una radiografía de las rutas y lugares de captura del grueso de los fugados.

Quienes dirigen la revuelta tratan de organizar a los centenares de desconcertados liberados. “Pico ordenó formar grupos de cinco personas, con armas y municiones y tratar de llegar hasta Francia por el monte, aprovechando la noche” (Arbulo, en el periódico Gara de 14-4-2002). En pequeños grupos, pretendía; pero quienes toman partido por la fuga se infunden valor unos a otros en la columna que baja hacia el valle de Ezcabarte, opuesta a los destellos de la ciudad, y de ahí enfilan hacia el macizo de montes que se divisa enfrente. Una zona agreste con un solitario caserío en Nagiz, a pie del monte Txaraka, hipotético centro de distribución de los fugados: la mayoría buscará cruzar el río Ultzama en el tramo que recrea entre Sorauren, Olabe, Enderiz y Ostiz; otros seguirán de frente, por Anoz, al valle de Odieta y más allá Anue. Quienes toman el noroeste, por las estribaciones de los montes Txapardi y Aldaun, alcanzan el valle de Juslapeña.

Por el monte Ezkaba

La vertiente norte disimula unos pronunciados cortados, que en una precipitada huida, ya en la penumbra y con un terreno resbaladizo por las lluvias, provocará las primeras bajas. Leopoldo Cámara: “Echamos a correr monte abajo en dirección a Francia. A las dos horas de escapar se nos hizo de noche y como el terreno era muy escabroso, hubo bastantes compañeros que caían y se accidentaban”. Victoriano Núñez y Félix Alfageme, amigos de Valladolid, se fugan juntos. “Caen por un terreno muy accidentado y cuando Victoriano se levantó ya no volvió a ver a Félix. Preguntó a los que iban delante y detrás y nadie lo vio. Acaso se despeñó” (Dionisia Alfageme, su hermana, en LGF). Otro testigo presencial, Santiago Robledo, corrobora: Un vecino mío de Valladolid se lesionó y nos dijo: matadme, que me van a martirizar, pero seguimos, intentando atravesar el río” –referido al cercano Ultzama.

Esa ladera se intuye como lugar de entierro anónimo de fugados muertos en las caídas por sus cortados, o de aquellos que, heridos, fueron rematados. Otros ejecutados después de capturados, como pudo ser el caso de dos de ellos en un sendero cercano al pueblo de Ezcaba. Reflejo de otro caso lo reporta una patrulla militar el 12 de julio de 1938, que “inspeccionando la vertiente Norte del monte, y a un kilómetro aproximado de dicho fuerte, encuentra entre la maleza, el cadáver de un fugado y a unos metros de distancia, una libreta con cartas y fotografía, un correaje de soldado vacío, una funda de pistola vacía, y unas mantas y ropas”.

A mitad de monte, en Garrués, siendo domingo, Lucio Goyeneche juega en la calle con los otros niños de las cinco o seis familias que vivían en el pueblo. Se escucharon tiros y al rato, un gentío. El matorral bajo despejaba la vista hasta el fuerte, hoy oculto entre pinares. Sebastiana, entonces de 17 años, y Felipa Goyeneche de 18, no los recuerdan como una amenaza, en un tiempo en el que las puertas permanecían entornadas, pero no bajo cerrojo. Una numerosa columna pasó a pocos metros del pueblo, al este, de modo que la nutrida fila formó un surco donde no lo había, algunos descalzos, dice Felipa, hasta cruzar a la otra vertiente del valle e internarse, sorteando las poblaciones, en el monte entre Maquirriain y Eusa, hacia Nagiz, momento en que la oscuridad impidió su seguimiento visual. Teófilo, de 15 años, hijo del alcalde Isaac Andueza, monta una caballería para dar aviso en Maquirriain y Oricain. En la zona, tan solo contaban con teléfono Ainzoain –adonde bajaron dos centinelas huidos-, la venta Idoate de Oricain y la venta de Ollacarizqueta.

Pasan grupos de rezagados por el pueblo. Algunos vecinos, carlistas licenciados del frente por su edad, los retienen con sus escopetas y los conducen al día siguiente al fuerte. Otro grupo, de entre cinco y siete, quedaron maniatados y conducidos más allá del cementerio local para ser ejecutados en un terreno comunal. Al estar ya en término de Orrio, fueron sus vecinos los encargados de su entierro. Sebastiana y Felipa recuerdan al párroco –un catalán- que los asistió. Se alojaba en su casa y regresó lívido de presenciar a su ejecución. La Guardia Civil, ya en el pueblo, ordena atrancar las puertas. Su informe de 15 de junio añade otro muerto en Orrio el día 27, que quedó sin identificar.

Lucio apunta otros casos. El primero, tomando el antiguo camino a Pamplona, una vez cruzada la regata Zubixar. El lugar se vio afectado por la concentración parcelaria, pero lo señala con precisión, pues estaba en el límite de la finca de Isaac Andueza con el monte, la 22/19 del parcelario de 1940, colindante con la de su padre, Francisco, y recordado cuando acudían a trabajar la parcela. De otro caso, con los años y la plantación de pinares ha perdido su referencia concreta, si bien se encuentra limítrofe con el pueblo de Ezcaba.

En la otra vertiente del valle de Ezkabarte, Floren Urtasun (Maquirriain, n.1926) presenciaba la huida. Su grupo salía de rezar el rosario y estaban en el atrio de la iglesia, desde donde divisaban, enfrente, una compacta y muy extensa columna que bajaba del fuerte hacia Garrués, seguía por el carretil para desviarse luego hacia el antiguo camino a Pamplona y finalmente, campo a través, cruzar entre su pueblo y Aderiz, momento en que ya se hizo oscuro. Antes llegó un soldado de la guarnición, en un caballo facilitado en Garrués, preguntando por el alcalde y voceando que se habían escapado los presos. Las ventanas de su casa, Urdintxerena, daban a las escuelas, donde al día siguiente iban concentrando a una multitud de capturados. Algunos, de Valladolid, entregaban al vecindario apresuradas notas garabateadas para enviar a sus familiares, a modo de fe de vida. Otro, a quien le faltaba la pierna derecha, era ayudado a subir cuando un culatazo los derribó sobre las escaleras de entrada. Ochenta años después Floren se asombra cuando se le muestra la fotografía de Mariano Herranz, lisiado, quien fue allí detenido. Reclutaron vecinos como su padre José para el operativo de captura. Había llovido mucho y en los días sucesivos se encontraban alpargatas entre el barro.

Marcelino Munarriz también observa su llegada desde Aderiz: “Salieron, según se decía, unos 500. Primero vino uno a caballo diciendo que habían escapau los presos del fuerte. Todavía no se veía nada; al rato comenzó a verse una nube de gente que bajaba por la falda. Yo me acuerdo de uno que venía con la pierna rota y lo traían al hombro”.

No todos los evadidos rebasan el otro lado del valle: unos, extraviados ya en las inmediaciones del fuerte; otros, accidentados. Tampoco Amador Rodríguez, quien declaró: “salieron en dirección a Francia por la carretera, que no pasó de la carretera, pero como oyó tanto tiro, se escondió debajo de unas piedras en una cueva, donde ha estado todo este tiempo comiendo ranas, caracoles y avas, tojo crudo. A la noche salía a pescar y coger caracoles; que vio gente y no se presentó esperando a que se terminara la guerra, porque se hablaba de su terminación y que ayer lo descubrieron unos paisanos que estaban cazando”.

El caso del bravo zapatero gallego ya lo recogía Jimeno Jurío: “A mediados de agosto aún fue descubierto un pobre fugado, que había permanecido en un rincón de Ezkabarte, malviviendo y alimentándose con granos secos, con noche y con terror”. Lucio, sabedor de la historia, concreta detalles. Señala en el terreno dónde fue localizado por el perro de caza de dos hermanos de Azoz, cuando se abrió la veda de la codorniz el 14 de agosto. Casi tres meses de supervivencia a la vista del fuerte. Un cascajo, un montón de piedras orilladas junto al campo de cereal, en el paraje de Erauso, donde el último resistente se había habilitado un precario refugio. Salía a las noches para pescar cangrejos o ranas de las regatas cercanas o en el río Ultzama, y birlar garbanzos y hortalizas de los huertos cercanos. Un informe relata su detención, traslado a la venta de Oricain y entrega a la G.Civil de Villava, conducido a la cárcel provincial. Salió en prisión atenuada en 1942, y regresó a Salceda. Emigró a Argentina y volvió para morir en su tierra en 1996.

Son escasos quienes se aventuran a bajar hacia la ciudad, en su vertiente sur. En sus declaraciones hubo quien alegó desconocer que se trataba de una evasión, y suponiendo una amnistía carcelaria, se presentó en la estación de ferrocarril para regresar a su casa.

Berriozar, junto con Ainzoain y Berriosuso, ocupan el piedemonte sur.

Juan Uriz (n.1924), jugaba esa tarde un partido de fútbol en Berriozar con otros jóvenes. Escucharon tiros y al rato, dos jadeantes soldados, centinelas en el fuerte, les requirieron un teléfono para dar aviso de la revuelta de los presos, encaminándose a Aizoain. Juan regresó a su casa, y de ahí, con dos escopetas, a Ventaberri, donde el jefe derechista local, Pedro Goñi, organizaba a un grupo de civiles. Llegaron soldados, pero oscurecía, por lo que avanzaron hacia la ladera del monte ya al amanecer. Juan iba detrás del primer grupo. El gobernador civil, contactado por Pedro Goñi, mandó custodiar en las escuelas a los que fuesen capturados. Margarita Eslava (n.1916) y María Gascue (n.1916), también en Berriozar avistaron esa tarde algún fugado ladera abajo. Había menos arbolado y luz suficiente para verlos. Ya en casa, escucharon el revuelo de militares y G. Civil.

El lunes, un día de mucho frío que dice Margarita, no hubo escuela, ocupada por los detenidos. Juan, testigo de las capturas, contó hasta ocho fugados detenidos. Al mediodía, acompañados por el párroco de Ainzoain, cuatro de ellos fueron ejecutados en el término de Esparceta, junto al llamado Camino del agua, por la conducción que elevaba el agua de manantial desde el pueblo a la fortaleza. A los cuatro fusilados se sumará una semana más tarde otro fugado, capturado hacia Elcarte y trasladado desde el cruce de la carretera en la línea regular de La Imoztarra. En el momento de su exhumación, promovida por el ayuntamiento de Berriozar en 2016, son cuatro los cuerpos recuperados.

Recordaba Margarita que un vecino del pueblo se hizo con la chaqueta de uno de los infortunados con alguna documentación y fotos, por lo que supieron, sin mayor precisión, que era de Pamplona, domiciliado en la calle Jarauta y que trabajaba en un comercio de la ciudad. Juan cuenta el mismo episodio de la chaqueta, añadiendo que al tiempo vino la familia del ejecutado reclamando esas pertenencias, lo que refuerza la impresión de que era de Pamplona y supieron de su muerte.

Ello permite aventurar su identidad: hubo diez fugados navarros ejecutados, de los que cuatro vivían en Pamplona: Joaquín Ibáñez y Vicente San Martín (enterrado en Agorreta), que escapan juntos; Pablo Redín (enterrado en Antxoritz), y Saturnino Ichaso Bea.

En Saturnino confluyen los indicios: trabajaba como mozo de almacén en la ebanistería Ezcurdia de la calle Eslava, y residía en Jarauta, calles que se cruzan en la parte antigua de la ciudad. De otra parte Saturnino pertenecía, según su ficha penitenciaria, al grupo de presos dedicados al mantenimiento de los depósitos de captación y maquinaria de elevación del agua para el fuerte, que se encontraba en Berriozar. En el momento de decidirse por una vía de escape, buenamente pudo optar por un camino conocido, confiando en ocultarse o ser ocultado.

Otra probable identidad: el tercer nombre del listado de la G.Civil de 6 de junio 1938, da como muerto en Berriozar a José Macona, para corregir a mano, “es José Varona”. José, de 25 años, natural de Pancorbo y vecino de Miranda de Ebro, soltero, escribiente; condenado por un tribunal de Burgos, después de que su hermano Pedro, de CNT, fuese fusilado en Vitoria. Llega al fuerte en enero de 1937, participa en la fuga y capturado, es ejecutado a pie del monte.

Fueron pocos los prófugos capturados en esta ladera sur. Uno de ellos, Tomás Ozcaray, quien tenía su domicilio previo en el próximo molino viejo de la Rochapea. Detenido la tarde del lunes en Berriozar, fue trasladado a Ainzoain. Algún otro recaló en casa Chopera, residencia de los ferroviarios de la cercana estación, según cuenta Consuelo Onis (1930), hija de ferroviario. Era una niña, pero recuerda que uno estuvo ocultado por su padre Miguel. María Gascue añade otro capturado en Berriosuso -152 habs-, que se enfrentó al párroco, reprochándole su olvido del No matarás. En esa localidad, la vecina Felisa Jáuregui corrobora: “mataron a uno en la cantera. El cura fue a confesarle. Los críos, jugando en una era, observábamos de lejos los hechos. Lo enterraron fuera del cementerio”; y Consuelo Ilundáin: “encontraron a un fugado muerto cerca de Berriosuso”.

La marcha al noroeste

La del monte, en dirección noroeste, desciende hacia Arre y Villava y esa ruta toman quienes emprendieron una huida hacia el valle de Egüés y más adelante la parte meridional del extenso valle de Erro, en la exitosa dirección que en 1944 tomarían Jacinto Ochoa y Felipe Celay.

En las dependencias de la Guardia Civil de Villava ingresa el lunes día 23 el fugado José Garmendia. Impunemente, unos matones toman su custodia y al día siguiente es asesinado en Ibero, junto al río Arga, tal y como certificará el párroco de esa localidad Alberto Oficialdegui.

Otro desorientado llega a Ardanaz, en ese valle de Egüés, envuelto en una manta y demacrado. El alcalde manda darle de comer a la vez que avisa a las autoridades. Así lo menciona su hija Antonina Martínez (n.1930) en un vídeo sobre la memoria del valle.

Cerca, Sagaseta. Allí cuenta Francisco Esain (n.1926) cómo el lunes  acompañó a su padre, Román, a las labores del campo en una pieza situada enfrente a Zabaldika. Dieron la vuelta por el silbido de las balas. Al día siguiente, su padre regresó con un criado de la casa. Se encontraron con dos fugitivos sin ropa, arrastrada por la corriente al cruzar el caudaloso río Arga. Les facilitaron vestido y alimentaron, a la vez que daban aviso. Uno de los capturados era un navarro que lamentaba haberse fugado cuando le quedaban meses de condena, por delito común, una riña tumultuaria, situación que concuerda con J.M. Guerendiain. Fueron entregados en Villava.

En el mismo valle, otro rastro de fugados conduce a Elía. Dirigidos por la G.C. de Villava, los vecinos hacen guardia con sus escopetas y capturan a tres fugitivos. Un cuarto, cerca del caserío de Amocain y bajado al pueblo, donde mal vestido y hambriento le dieron de comer dos huevos con tocino. Los llevan a Artadizoko. Los niños del pueblo, Francisco Olague de 11 años entre ellos, rezan el rosario cuando llaman al cura. Uno de los capturados rechaza la confesión. Francisco recuerda el ruido de los disparos. Dos sepulturas para los tres fugados, pues aprovechando la oscuridad, uno escapa.

Vicente Mainz Landa

Vicente Mainz Landa

El testimonio de Justo Jimeno, antiguo párroco del pueblo de Ibiricu, su exhumación en enero de 2015, y pruebas de ADN, han permitido conocer que uno corresponde a Vicente Mainz Landa, de Vidángoz. Vicente pertenecía a la minoría de izquierdas en una población conservadora. Activista de UGT en el valle durante el período republicano, es detenido en julio de 1936 y encerrado en el fuerte, de donde escapará tomando la dirección hacia su pueblo, en el valle de Roncal. No será el único en su familia en sufrir las consecuencias del golpe militar. Su hermano Enrique, detenido en agosto de 1936, sale de la cárcel y huye para incorporarse al ejército de la República, para morir en el frente de Bilbao en 1937. Otra hermana, Marina, figura como multada en agosto de 1938 por viajar sin salvoconducto, llegando a abandonar el pueblo por el hostil ambiente hacia su familia (1).

Quienes toman esa dirección hacia los valles de Arriasgoiti y Erro, lo hacen a través del antiguo camino que desde Elía por Galdúroz conducía, cruzando el puente de Txintxurri, hacia Ardaitz, Espoz y Uriz. Una nueva carretera dejó sin uso el camino.

En Galdúroz, en casa Simonena, vivían entonces Francisco y Eleuterio. Cuatro fugados, uno de ellos herido, cruzan cerca del pueblo. En otro momento, será su padre, Victoriano Goñi, quien se percata mientras trabaja el campo, cerca del robledal del pueblo, de que un desconocido hurga en su zurrón. Sospecharon que se escondía en una cueva en Urrizelqui. La misma partida de Elía, otros de Zalba y Zunzarren se movilizan y le dan captura en Zalba. Confesado por el párroco local es ultimado y se le entierra en el término de Larrondopea, cerca del río Erro. Un palentino, al parecer, lo que repartiría opciones entre Basilio Salceda y Rogaciano Gutiérrez, pues un tercero, Ezequiel Rey, pudo acabar en Juslapeña. Un requeté de Leyún se ufanaba de su participación. Aurora Esquíroz, de Zunzarren, confirma la presencia de los de Elía y que quedó enterrado junto al río. También recuerda el miedo que sintió un atardecer, cuando regresando en caballería de visitar a unos parientes en Elcano, sintió la presencia de algún desconocido en un campo de habas que era de su familia.

En el lugar de Espoz, el trascurso del tiempo ha acallado la vida de las cinco familias que hubo en la década de 1920. Uno de sus vecinos, León Goñi, se cruza con cuatro huidos. Les entrega su comida e indica la dirección hacia Francia, envuelto en el temor al castigo de las autoridades si se llega a saber. Uniendo piezas en un círculo de escasos kilómetros, puede conjeturarse su destino. En Uriz son capturados el día 5 de junio M. Escribano y J. Higuera. Cerca se encuentra la sima de Ardaitz. En 1985, el grupo de espeleología Satorrak, datando dicha sima, de 37 metros, localiza restos humanos. En aquel momento, los hermanos del cercano caserío de Espotz sugieren que guardan relación con los fugados, único hecho relevante de esa naturaleza del que tienen noticia. Su seguimiento se reactiva en 2011 al calor de la divulgación de la fuga, y es en 2012 cuando expertos de la Sociedad Aranzadi, junto con Satorrak, inspeccionan la sima y los restos -huesos y dos cráneos-, concluyendo que pertenecían a dos varones jóvenes, que presentan fracturas en los huesos largos, que indican su muerte violenta por arrojamiento intencionado.

El arrojamiento al vacío no era novedoso. El Pensamiento Navarro publicaba en agosto de 1936 -como suceso, no como asesinato-, la muerte de un pastor en Isaba, Cipriano Gárate, en un barranco, ”por el que según todos los indicios se precipitó atado de pies y manos”. De modo más sistemático, la revista de antropología de la Sociedad Aranzadi (Munibe nº 65) dedica un estudio a las simas, cavernas y pozos mineros como lugares utilizados para ocultar o hacer desaparecer los cuerpos de víctimas en la Guerra Civil, dando numerosos ejemplos, desde pozos mineros en Badajoz o Toledo, a las simas en Urbasa (Navarra) o esta de Ardaitz.

La columna con los dirigentes

Las declaraciones de los capturados indican que los dirigentes permanecen, armados, en la misma columna. Cortada la posibilidad de cruzar el río Ultzama, se ven acorralados en el macizo montañoso que circunda los montes Aldaún y Txapardi. Acuciados por la necesidad, la mayoría se decanta por bajar hacia el valle de Juslapeña, donde termina su escapada. Entre Belzunce y Navaz, y en un radio de 6 a 10 km desde el fuerte, son interceptados, y capturados o fusilados in situ.

En cifras del comandante Trías:para el día 24, ciento cuatro detenciones y veintidós muertos“. (2) El gobernador militar le asigna ese sector de Juslapeña y cendea de Ansoain, al mando del batallón 331 de fronteras, de quien dependía la custodia del fuerte. Eduardo Trías era un militar africanista que a los tres meses de la proclamación de la República causó baja en el ejército, hasta que el 18 de julio de 1936 acude al gobierno militar de Navarra y se pone a disposición del golpista Mola, dedicándose a la organización de la milicia de Falange.

Posada de Ollakaritzketa, centro de la persecución

Posada de Ollakaritzketa, centro de la persecución

Había asumido el mando del batallón en enero de 1938, y es el primero que sube con tropa al fuerte en reacción a la revuelta. Instala su puesto de mando en Ollacarizqueta, y distribuye sus cuatro compañías entre Berriozar, Ainzoain, Berriosuso, Belzunce, Usi, venta de Marcalain, Nuin y Navaz, atribuyéndose la captura de ciento treinta y cuatro evadidos y dando muerte en la refriega a treinta; “el 14 de junio se dio por terminado dicho servicio siendo felicitado”. Fue ascendido en enero de 1939.

En las alturas cercanas se refugia la columna en la que se encuentran los dirigentes. El jefe de la guarnición declaró que una vez capturado y encerrado en el comedor, se dirigieron a él un preso con gorra de celador y gabán, con una pistola en la mano, y otro individuo armado -se identifica a Pico y Rabanillo como sus interlocutores-, que junto a la garita de entrada le interrogan sobre el camino a Francia, y que “se lo llevaron en una columna en la que iban aproximadamente unos quince con armamento, después el resto sin armas y a la retaguardia otro grupo con armamento”, descripción pareja a la directriz dada por Bautista Álvarez: “los fusiles ya sabéis quiénes los tenéis que coger”. Bautista vigila al militar en la marcha, hasta que un potente reflector desconcierta a los captores, confusión que el rehén aprovecha para zafarse y esconderse en la maleza, de donde es rescatado de madrugada.

De Belzunce, por el Camino de las bordas, se llegaba a los cultivos roturados por el vecindario y algunas bordas de refugio y para el ganado, como Azkarrena, Bordapea y Pedrorena. Allí recala un numeroso grupo de escapados.

El recuerdo de L.F. Álvarez es revelador: “Cuando llevábamos dos días escapados y sin comer, algunos de mi grupo decidieron bajar a algún caserío de un valle, pero los emboscaron y les mataron”. Fue capturado en Gascue, al norte de Belzunce, y el segundo día de escapada puede corresponder al lunes 23, apreciación que se repite en otros testimonios.

Fuentes locales informaron en 1985, para la publicación de N-1936: …”murieron fusilados en Juslapeña decenas de escapados. En Belzunce un preso en la pared del cementerio; otros tres fueron encontrados en la borda de Azkarrena y fusilados allá mismo. Los cuatro por el ejército. Otros diez y seis fueron detenidos, más bien se entregaron (iban desarmados)”.

El registro de reingreso de los capturados y sus declaraciones, así como nuevos testimonios, completan treinta años después el relato.

Son dieciséis los capturados que reingresan en el fuerte a las 19:50 del día 23, detenidos en la mañana, y custodiados en la escuela local hasta su traslado al penal. Siete concretan que su captura fue “en el caserío de una viuda que tenía un hijo requeté, en el Tercio del Rey”; el resto, genéricamente cita a requetés. Orencio Virseda atina a concretar que eran cuatro, y Secundino Cotelo, que iban armados. Entre esos requetés, José U.B., del Tercio del Rey, se desplaza a Ollacarizqueta e informa al comandante Trías, quien despacha con displicencia el asunto: “A mí qué me viene Vd. con estas preguntas, ¡fusílenlos!”.

Francisco Hervás, capturado en Belzunce el 24: salió por los montes a la izquierda del fuerte “con Picó, Montaña y todos esos que eran dirigentes…/…Estaban en una casa en medio del monte y cogieron a tres que estaban fuera y luego a los que estaban dentro”.

En un documental de 2015 sobre memoria inmaterial del valle, Ana Tolosa prestaba su testimonio sobre una de las muertes: “…a uno lo llevaron al cementerio, a fusilar. Se lo llevaron. El cura de aquí, y los que estaban entonces…Y yo pensaba… tenía unos doce años… cómo esta gente, todos en procesión…El cura cogió la cruz, y al cementerio, allí lo iban a fusilar, a ese preso…”

Los militares no arremetieron en solitario sobre los escapados. Ni en su captura, ni en su ejecución. La implicación local tampoco fue un hecho aislado, pues salpica a vecinos de Belzunce, Navaz, Garciriain, Marcalain… participantes en el operativo.

Organizadores capturados. ese entorno son capturados la mayoría de los que, tras un juicio sumario, serán fusilados en agosto en calidad de dirigentes de la revuelta.

El lunes 23 Francisco Herrero, Teodoro Aguado y Miguel Nieto, que iban en la columna de los armados. En ese día y lugar, una patrulla de requetés hiere en el brazo a Juan Iglesias, que es trasladado al hospital militar.

El martes 24, junto a Hervás, reingresan Villafruela, Fernández Cabal y Guerendiain, quien a su vez era acompañado en el monte por Rafael Pérez, con fusil. Rabanillo, capturado en la mañana del 24 en un caserío, reconoce que acompañó a Pico a lo largo del motín. Carbonero, con erosiones recientes en la frente, acompañaba a Rabanillo según B. Álvarez. También Casas, según declara Elorza, capturado el 24 por la G. Civil. Otro detenido ese día es Primitivo Miguel, quien confiesa conocer a Garrofé y a Pico. Escudero, capturado el 26 en Juslapeña, cita armado a Bautista Álvarez, detenido el 30 en Belzunce.

Esta masiva captura hace verosímil que aquellos a los que el sumario declara “dirigentes de la sublevación muertos”, lo fuesen en ese escenario, si bien, entre ellos, Pico muere el lunes y Garrofé en la tarde del martes. El fiscal militar dejó manuscrita la causa de la muerte de Pico en un lateral de la declaración de Rabanillo: fusilado.

Fernando Garrofé Gómez

Fernando Garrofé Gómez

Antucho Valladares

Antucho Valladares

Otro testimonio, el de S. Vallés, centinela del fuerte, enviado a Belzunce el lunes 23 a enterrar a dos fugados muertos, confirma a esa tranquila población como agujero negro en el operativo.

De nuevas capturas y muertes informaba el comandante: “el día 25, en Navaz hay un cruce de disparos con un grupo. Emplean bombas de mano, dada la espesura y detienen a veintinueve fugados, dando muerte a seis, sin bajas por nuestra parte”.

Margarita Idoate, relata hoy su hijo JM. Ollo, tenía 16 años y recordaba a tres de los capturados, a quienes llevaron a oír misa; allí el párroco anotó su identidad. Luego fueron ejecutados. Uno, confesado, quedó en el exterior del cementerio; los otros dos, en el sendero que baja del monte Txapardi y comunica con Belzunce. Ángel Elizalde (n.1947), discrepaba, pues tenía oído a su padre Eladio, que bajaron del monte al pueblo a tres ya muertos. Un tercero, Javier Idareta (n.1942), sostiene que fue un grupo numeroso, entre 15 o 20 capturados, que eran conducidos, un día festivo, por la G. Civil alojada en Unaiena, su casa familiar. Un par intentaron la huida, pero fueron abatidos, tal y como fue testigo su tío Benito, con el ganado en los alrededores. La festividad, motivo de la misa: la Ascensión. Los relatos pueden ser complementarios, pues el informe oficial suma seis muertos, entre los que se pueden conjeturar identidades:

  • El 25 y en ese valle, según el registro civil de Cotobad, fusilan a Atilano Godoy.
  • El informe de la G. Civil de 6 de junio señala a un muerto en Navaz como José Esteve. No había ningún muerto con esa identidad, pero sí José Ave Estévez, marinero pontevedrés de Bueu.
  • Mi tío y yo nos despistamos y ya no volví a verle más. Después me enteraría que mi tío se confesó con el cura de Navaz antes de morir el jueves 26 de mayo. Acaso lo enterraron allí”, contaba Fernando Parra sobre su tío Felipe. Javier Idareta conocía ese apellido, así como que era de Santibáñez. Su fuente, el párroco Santos Gesta, que escribió a la viuda.

El vecino Eladio Elizalde los recordaba bajando a las noches, desastrados, hacia las huertas en busca de alimento, hasta que iban siendo capturados. Entre los detenidos, A. Oblanca declara: “en la noche se separaron –un grupo de once- de los que llevaban fusiles; se entregaron ayer al alcalde de un pueblo cerca del cual había una venta a unos dos kilómetros, donde estaba un comandante”. La venta, la de Ollacarizqueta, donde hacían parada los buses de línea de La Imoztarra y La Ulzamarra, usados para el traslado de capturados a prisión.

El vecindario va completando el mapa de fosas del valle:

  • En Usi se acantonó la tropa durante el operativo, tomando el mando estancia en Gartzenia, casa del alcalde Mariano Nuin, cuyos hermanos menores José y Teodoro, de 1926 y 1928, narran los hechos. Allí, en la cuadra y custodiados, pasaron noche dos capturados cerca del pinar de Oiarko, mientras comían habas frescas. Uno tuvo ocasión de entregar a la dueña, Urbana Aguinaga, una carta que traía desde el penal. Esta, atemorizada, la puso a disposición del oficial alojado. Al día siguiente, los dos mozalbetes siguen al grupo. Para cuando llegan, la fosa, en el exterior del cementerio, se encontraba ya abierta. Maniatados por atrás, los detenidos son ejecutados. Era el miércoles día 25, festividad de San Urbano, día de romería. Desde casa, oían disparos procedentes de Gascue. Teodoro añadía que algún otro capturado en la lindante zona de la borda Azkarrena, fue trasladado desde Usi a Belzunce.
  • En Marcalain, Lola (n.1928), como hija del secretario del valle, Severino Olaiz, vivía en la casa del ayuntamiento que, por su posición, domina el valle. Fue consciente de asistir a hechos trascendentes, si bien por su edad no era capaz de discernir todo su significado. El mismo domingo se extendió la alarma, con el médico aconsejando atrancar las puertas para protegerse de la temida nube de forajidos. Dos fogonazos perviven de aquellos días, en un ambiente de temor, donde los padres bajaban la voz si comentaban los sucesos: el primero, la imagen de los camineros con su carro, bajando de los montes cuerpos inertes; la segunda, el fusilamiento de un grupo junto al cementerio local, después de ser confesados por el párroco Timoteo González. Otros testimonios (Babil y Carmen Idoate, recogidos por J.M. Goldaracena, y de Celestino Goicoechea, nacido en 1931, completan este episodio. Los ejecutados fueron un grupo de cinco o seis, en la cara norte del cementerio. Uno de ellos, maniatado, intentó la huida, y fue abatido por los soldados. Les dio tierra el vecindario, en un punto que con el tiempo fue roturado y hoy luce como campo de girasol. Lola recuerda que era el jueves 26, por la procesión de la Ascensión, que se paseó con devoción en la misma fecha.
  • Por el alto de Ataburu (Marcalain), quedó José Ferreira, encontrado muerto y enterrado allí el 27 de junio, según nota del alcalde. Otro capturado allí declaró sobre un compañero que quedó en el monte con fiebre y vómitos de sangre, según consta en informe de la G. Civil de 15 de junio. José llevaba cartas de su mujer, María Godas, que lo identificaban. El vecino Celestino Goicochea pregunta hoy si era vasco, pues la cartera quedó en el alfeizar del corral de Echeverría, y las cartas, con las que jugueteaban de niños, estaban en ese idioma. José era portugués, pero vivía en Donostia y estuvo encarcelado en Ondarreta.
  • En el paraje de Egiluzeta (Marcalain), Luis Erro da detalle de otro ultimado por una partida de vecinos del valle, en un baldío en el camino a las roturas, piezas donde se cultivaban alubias o patatas.
  • Otra fosa con tres fugados se sitúa en el cruce del camino a Ballariain con la carretera entre Pamplona-Marcalain, en un campo de remolacha, hoy rodeado de naves industriales. Así lo recordaban Gregoria C., de Belzunce y Juan Miguel Larráyoz, de Berriosuso, relato similar al que contaba Florentina D. a su hijo Miguel Echeverria. La curiosidad de los niños, una vez más, clave para la pervivencia del recuerdo de aquellos sucesos.

Escribía el comandante Trías: “El 26, en el pinar de Sarasa, se avistan 11 fugados, de los que en ese momento se captura uno y dos resultan muertos”. En los pueblos que bordean el monte Eltxu, se contrasta el escueto informe:

En Aristregui, casa Juankorena, Nieves Irurzun contaba con 11 años. Se avistó a tres fugados, saliendo un grupo de vecinos con escopeta en su busca. Los localizaron en Arrendozoko, en el camino a Larumbe, donde se refugiaban en una cavidad natural protegida por un enorme espino. Los trasladaron al pueblo, prácticamente descalzos. Sucedió en el último domingo de mayo, asevera Nieves, pues los capturados mantuvieron una actitud de respeto a la procesión vespertina que hubo en el pueblo después del rosario. No la procesión del jueves remarca, que era matutina. Eran gallegos. Sentados en un banco, les dieron una sopa. Contaban que el día anterior habían visto a los niños en su camino a la escuela de Nuin, y tuvieron la tentación de arrebatarles la bolsa de su comida. En el momento en que los montaban en el transporte, uno de los guardias dio a entender que de poco les iba a servir la comida. Ramón, padre de la relatora, quedó marcado por esas premonitorias palabras, consciente del torvo destino de quienes entregaba.

En Elcarte, el testimonio procede de Ángel Huarte (n.1922): a la salida de misa en un día festivo –probablemente, una vez más, el jueves 26-, tres o cuatro desconocidos se acercaron a la iglesia parroquial, se entregaron y departieron con los vecinos hasta que llegaron soldados y se los llevaron. Días más tarde, probablemente el sábado 28, unos desconocidos son detectados en la parte superior de Zapardi, por el camino a las roturas. Tres, escondidos en un bosque de roble chaparro. Se organiza una partida mixta entre G. Civil y vecinos que los localiza, mata y entierra en el lugar. Un informe de la G. Civil de 15 de junio 1938 cita dos muertos en Elcarte el 28 de mayo, que dieron nombres falsos. Uno de los ejecutores, Jesús I., tuvo una muerte temprana, destacan en el pueblo. Falleció en 1940, a los 33 años. A sus sobrinos Faustino y Máximo, su padre Francisco, aunque era reacio a hablar de ello, les contó que algún otro de los fugados fue enterrado en el exterior del cementerio, en su lado oeste, oculto al pueblo.

Otros dos fugados declaran haber sido capturados en Osinaga.

Lindante a Juslapeña y en la misma dirección de escapada, la venta de Añezcar, en la carretera a San Sebastián, fue otro lugar de detención de capturados de esa zona, según cuenta su titular, Urbano Miranda (n.1929). Ese mismo atardecer, la G. Civil desalojó a quienes se encontraban jugando a cartas y comiendo sardinas viejas. Entre los capturados y concentrados allí antes de su traslado en autobús al fuerte –entre diez y veinte-, José Bóveda: “Salimos de noche, algunos se accidentaron. No sabíamos ni dónde estábamos, llevábamos dos días fugados y decidimos entregarnos. Cuando llegamos a un pueblo cerca de Pamplona, en la carretera a San Sebastián, nos detuvieron”. En Añezcar, en el exterior del cementerio, la Sociedad Aranzadi en 2010 exhumó a Luis Villar, muerto en el fuerte en noviembre de 1938. Uno de tantos fugados que no resistió el nuevo cautiverio. Su hermano Enrique, muerto en la escapada, permanece en paradero desconocido.

Pero la dirección noroeste no fue ruta para la mayoría, como lo prueban la relación de capturas y testimonios, que señalan los valles de Olaibar, Odieta y Anue, donde se encamina el grueso de los fugados en su huida hacia la frontera.

Muertos en el valle de Juslapeña

El trascurso del tiempo ha vinculado a la fuga de 1938 episodios de otras muertes violentas. Navarra 1936 cita sobre Juslapeña y Atez: “La cercanía de la capital y del fuerte hizo que estos valles fueran escenarios de numerosos fusilamientos: En las bordas de Irurzun, término de Ollakarizketa, en la borda Azkarrena de Belzunce y en su cementerio. Sólo una de las muertes fue inscrita en el Juzgado de Juslapeña: Conrado García Ollo, del que se específica su muerte por fusilamiento, concretando que murió junto a otros detenidos”.

Deslindando fechas, los fusilamientos en la borda Azkarrena de Belzunce y en su cementerio fueron de fugados, pero el resto, anteriores. En las bordas de Iruzkun, un total de diecisiete, lo fueron el 17 de noviembre de 1936; quince procedentes de Sartaguda y otro del mismo pueblo (Teodoro Martínez), encarcelado en el fuerte, aunque no figura registrado.

Eugi. Comparativa 1944-2011 desde el monte Acegi.

Eugi, comparativa 1944-2011 desde el monte Acegi

Los valles intermedios. Ezcabarte, Odieta, Olaibar y Anue

Los escapados, ocultos en el monte pero necesitados de alimento, rondan los pueblos del valle de Ezcabarte, donde partidas de vecinos hacen guardia. A Víctor Idoate (n. 1937), su madre le contaba que pedían calzado. Conoció que en la fuente de Eusa – 44 habs-  mataron a uno que bajó a por agua. Fue enterrado en un comunal del paraje de Intxaurreta, junto al camino al monte, tal y como con anterioridad lo testimonió Vidal Aguinaga (n.1928), vecino de Aderiz.

Fugados en Nagiz el 27 de mayo

Fugados en Nagiz el 27 de mayo

En Sorauren, localidad donde desemboca el camino que llega de Nagiz, al otro lado del río, en las huertas de Intzoa, bajo un nogal, hay una referencia de fosa. Dolores Orradre (n.1922) confirma el trasiego de fugados desde Nagiz: fueron tres los que una pariente de ese caserío, Paquita Idoate, bajó al pueblo, donde los llevaron a matar. Puede coincidir con el testimonio de Marino Arteta, situando una fosa con tres fugados en un extremo de su finca en el paraje de Zumedia, junto a la regata Legarrea, en la carretera entre Sorauren y Oricain. Dolores recuerda que el cereal del campo situado al otro lado del puente, en la parte del monte Ezkaba, quedó pisoteado por el paso del gentío.

Avelina Orradre (n.1929) era vecina de Azoz donde su padre ostentaba la alcaldía. Por ese motivo trasladaron a su casa a Amador Rodríguez cuando fue capturado en agosto por dos vecinos del pueblo. Avelina le ofreció un huevo frito y han tenido que pasar setenta y siete años para despejar la duda acerca de su destino, y conocer ahora que regresó a su tierra. Un grupo de entre seis u ocho niños acudían desde el pueblo a la escuela de Oricain. De regreso, vieron a tres capturados cerca de la venta, que con paso cansino cruzaban el puente. Desde su pueblo vieron su ejecución y cómo caían al suelo. A la tarde, les pudo la curiosidad y fueron al lugar. Vieron los cuerpos tendidos, pero perdieron el apetito y el sueño esa noche. El hito, sobre el camino que unía el pueblo y el puente, a la altura del cementerio.

El siguiente punto, siguiendo de frente desde Ezcabarte, es el valle de Odieta, encajonado entre Juslapeña a su izquierda y Olaibar/ Anue a la derecha.

De Anoz (45 hbs.), camino a Odieta, era Lola Barbería (n.1921), quien aprendía costura en la calle Estafeta en Pamplona, y regresaba al pueblo el fin de semana. Avezada desde niña en sus diarias caminatas a la escuela de Maquirriain, en un par de horas solventaba los doce kilómetros desde la capital. Esa semana, observó el camino jalonado de alpargatas, hatillos de ropa…, dando continuidad a relatos similares en Garrués y Maquirriain. En la casa familiar, Berokia, varios capturados ocupaban las cuadras. Su padre, Ignacio, era la autoridad del lugar.

Otro menor de Anoz, José Aldaz (n.1931), acudía a la escuela, pero ese lunes 23 les mandaron de regreso a causa de los desconocidos que vagaban por el monte, a quienes no era difícil ver. Los episodios sobre su presencia se superponen en el relato de los relatores. Ese lunes tres se entregan en Maiarena, casa de Facundo Larumbe. Otro es detenido cerca de Nagiz, en dirección al pueblo por J.L. Cenoz, pero en un descuido, vuelve a escapar.

La G.Civil de Olague organiza la ayuda de los vecinos: Ignacio Barbería, autoridad del lugar, con sus hijos Miguel y Francisco; Julián y Florencio Artazcoz; y Antonio Aldaz, entre otros. El párroco Saldías acompañaba a diario al grupo, según cuentan Fermín Amorena (n. 1926) y Marcos Aldaz (n. 1925)

Florencio Artazcoz y Francisco Barbería, con sus escopetas, detectan en el carasol del monte Aldaún, junto a la borda Salbatorena, a una veintena de escapados. Son repelidos con algunos disparos y corren en busca de los soldados acantonados en Anotzibar. La fusilería muestra que son parte de la columna de los organizadores, que se va disgregando; el lugar dista dos kilómetros de Azkarrena, en Belzunce, donde otros miembros de la columna prueban suerte.

En el paraje de Ezpelerte, las pisadas sobre un terreno blando por las lluvias, traicionan a un fugado descalzo, que es detenido e interrogado: Fernando Garrofé, de Bilbao. Disparan sobre él, que queda tendido. Al rato todavía se arrastra y es rematado. M.Munárriz contaba a J.Jurío en 1978: “Había uno en el cascajo, cerca del hayedal, pero no le dieron tiempo a que escapara. Le tiraron lo menos 40 tiros los Guardias civiles, y lo dejaron todavía vivo. Fueron el médico de Olagüe y el cura de Anocibar y el médico, como iba malherido, lo mato de un tiro de pistola”. Fermín Amorena contó que el escapado se encontraba bajo un avellano, malherido, y señalará al párroco Saldías como autor del disparo de gracia. Para evitar su agonía, matizó. Antes de morir gritó un último Viva Rusia, añadió el relator.  Desde el cuartel de Olague, el informe de la G. Civil de 26 de mayo confirma su identidad y fecha su muerte en la tarde del martes.

Los hermanos Barbería capturan a otro en la zona. Miguel quiere disparar, pero Francisco se opone y lo conduce a Anotzibar. Hubo otros escondidos en las palomeras de Usi, que se entregaron en ese pueblo, y otro más capturado en la muga con Enderiz.

El primer pueblo de Odieta es Anocíbar (93 habs.). En la madrugada del lunes, antes del amanecer, el pueblo se vio perturbado por la llegada de camiones con tropa. Los capturados en el valle eran concentrados en Sintrorena. Antonio Mutilva (n. 1942), su titular, escuchó a sus padres las reticencias de los militares a que los vecinos alimentasen a los detenidos, que presentaban un aspecto demacrado.

Hay tres ejecuciones que afloran de los relatos cruzados de diversos vecinos. La ya citada en Aldaún, otros dos en Salpide, junto a las Eras, y por último, los de Roldarena.

Perico San Miguel (n.1927) apuntaba en 2012 las muertes en el paraje de Las Eras, pero son Esperanza (n.1927) y su prima Felicitas San Miguel (n.1931) quienes detallan el fusilamiento  en Salpide, llevado a cabo por soldados y dos vecinos de Ciaurriz. Al vecino Pedro Eguaras, el abuelo, la sangre de un fusilado le malogró su manta.

Sobre los fusilamientos en el prado de Roldarena, Perico fue testigo presencial, asomado al balcón de la casa familiar junto a su hermano Paulino. La madre, Joaquina Ripa, prefiere no contemplar el temido suceso y desde dentro se lamenta, como recalca también Felicitas. Era el día de La Ascensión, después de comer. Desde otro ángulo, Marcos Aldaz relata: fueron cinco los fugados que se entregaron el jueves en Anoz, y junto a otros dos jóvenes, Salus Artázcoz y José García, los reportan a los soldados en Anotzibar. Escucharon las detonaciones, y tuvieron ocasión de ver sus cuerpos sin vida, alineados, junto al prado de Roldán. Quiso llorar, pues desconocía que ese iba a ser su final. En Anoz, Josefa Barbería había augurado: si van a Anocibar, los matan; a lo que uno de los entregados aseguró: sin juicio no se puede matar a nadie. No daba crédito a que pudiera ser su último día de vida.

Sobre la identidad de los fusilados, una débil pista. El informe de la G.Civil de 15 de junio apunta en Anocibar un muerto no identificado, de unos 46 años. Gregorio Iglesias López, de Medina del Campo (42 años) o Domiciano López Santos (41 años) son quienes más se aproximan entre los 19 que quedaron sin identificar.

Valle Odieta. Fosas

Valle Odieta. Fosas

A un kilómetro, en Ciaurriz, Eloy Cilveti (n.1928), Isabel Anchano (n.1931) y Jose Mª Armendáriz (n.1928) eran niños que recuerdan aquellos hechos, como testigos y por las conversaciones de sus mayores. Vivieron ese episodio atemorizados por la llegada de los anunciados criminales.

Eloy sostiene que los fugados llegaban de los montes de Ezcabarte y centra su recuerdo sobre los seis fusilados en el pueblo. Cuatro en el camino a los campos de Sagardikoa. No llegó a ver a estos capturados, pero sí sus cuerpos sin vida, enterrados junto al río y cubiertos con piedras para evitar los animales. Su abuelo, Juan Martín, testigo presencial, los citaba gritando en el último momento un “Viva la República”. Juan Martín y otros mayores que por su edad no estaban en el frente, apoyaban las capturas con sus escopetas. Detalla una estratagema. Conscientes de los movimientos nocturnos de los fugados, se apostaban bajo el puente, cruzaban un alambre herrumbroso -para que no brillase- con un cencerro, y así eran alertados si alguien intentaba el paso. Añagaza similar fue empleada en el vecino Latasa con éxito, ya que una noche fue capturado un fugitivo por los del pueblo, entre ellos Jose E., según cuenta su hija Concha.

Isabel asegura que los militares se alojaban en las distintas casas del pueblo, durmiendo en sus pajares y reuniéndose a comer en casa Gallarderena, un antiguo cargadero de ganado. José Mª recuerda su alborozo, como niño sin fácil acceso a dinero, cuando en respuesta a una botella de vino que su madre facilitó a los soldados, estos le dieron una ochena. En su alegría olvidó recuperar la botella, que su madre reclamó, pues reutilizaba para embotar tomate.

La dispersión de los fugados impide conocer sus rutas, pero en el caso de Luis Félix Álvarez, su deambular por los montes terminó el 3 de junio en Gascue, junto con Enrique Rosende y José Fernández. La distancia de Gascue al fuerte, unos 15 km, recorridos en once días, da idea del complicado avance nocturno y su desorientación. Luis Félix se confiesa en La gran Fuga como capturado “muy próximo a la frontera”.

La reconstrucción de las rutas de los fugados tiene un escenario principal en el valle de Olaibar.

La Jefatura de Policía de Fronteras, para el día 23 apunta: “iniciada la fuga del penal descendiendo por la falda norte de la montaña del fuerte e internándose en las montañas próximas a la capital, por los montes de Endériz, en el sector Ostiz-Olave”.

El jefe de la comandancia de Carabineros de Navarra refiere su “apremiante preocupación de sellar la línea que forma el río Ulzama, con sus puentes y bados, en los pueblecitos de Arre-Oricain-Sorauren-Olabe-Ostiz, como de paso obligado, completando el cerco por Ripa-Guelbenzu-Aróstegi-Ollacarizqueta-Ainzoain-carretera Pamplona a Irurzun. Fulminantemente, inicié la persecución y captura, ocupando rapidísimamente aquella línea”.

En ese sector del río Ultzama, con centro en Olabe (57 habs.), el cuerpo de Carabineros se arroga la detención de 412 evadidos. Contaron con la preciada ayuda de milicianos requetés y falangistas, y de la G. Civil, que repartía sus efectivos entre el cuartel de Villava, que cubría hasta Sorauren, y el de Olague, operativo desde Olabe hacia Ostiz.

Estos informes nombran lugares. No así el informe del responsable de la Guardia Civil, quien sustituye la información por barrocas proclamas: Conocida aquella noche del 22 de mayo de la sublevación de presos, “a la voz de “Viva Rusia” y el “Comunismo Libertario”, así como las de “Muera Franco”. //…Dueños del penal formaron en disposición de marchar sobre Pamplona donde creyeron que estaba ya implantado el Comunismo, con ánimo y en combinación con personas del exterior de arrasar propiedades, incendiar casas y dar muerte y tormento a las personas de derechas, así como a todas las personas de la España Nacional. //…No obstante la obscuridad de la noche y el viento huracanado, se dirigió al valle del río Ulzama al objeto de cortarles la retirada, pues cuando los fugados se dieron cuenta que en Pamplona no podían implantar el Comunismo, tratarían de ganar la frontera. // …los evadidos avanzaban durante la noche por los montes y se ocultaban durante el día, cometiendo toda clase de atropellos, sacrificando las reses que encontraban a su paso y exigiendo a la fuerza y con amenazas, comida en los caseríos y bordas.// Hasta última, los fugados hicieron una violenta resistencia y a las voces de alto o intimidación y ruegos para que se detuvieran contestaban con fuego a la fuerza aprehensora y se internaban en la espesura //…consiguiendo que nuestro Generalísimo se pudiera dedicar de lleno a la labor más principal que era el frente. //…Tras una labor intensa, se consiguió que solamente tres pasaran a Francia y el resto fue conducido a prisión a excepción de unos cuantos que murieron en los tiroteos con las Fuerzas y otros que al verse perdidos se suicidaron tirándose al río y muriendo ahogados y otros colgándose de un árbol”.

Junto a los informes oficiales, las declaraciones de los capturados y los testimonios del vecindario confirman el intento del grueso de fugados de cruzar el río Ultzama desde ese macizo montañoso donde se encontraba el caserío de Nagiz.

Traspasar los cauces con unos vigilados puentes representó un elemento esencial, como ya intuía el jefe de Carabineros de Navarra al ordenar su sellado. Quien observe el escaso cauce de este río y del Arga en estío, cuestionará que representase una dificultad mediana. Sin embargo, en ambos ríos, la práctica del barranqueo, el transporte fluvial de troncos para abastecer a la capital de leña y piezas de construcción, estuvo regulada desde 1555, y se mantuvo hasta su sustitución por el trasporte por carretera. Los días anteriores, la pluviosidad fue excepcional. Las memorias de Jovino Fernández lo describen sumergido en el río, esquivando a la patrulla perseguidora.

Javier Ozcoidi, de Olaiz (44 habs.), rememora las conversaciones con su madre acerca de un fugado enterrado entre los pinares en el paraje de Bizkar. Otras fuentes citaban la captura en los montes alrededor del Txaraka de fugados que fueron trasladados a Olabe. Suponían que estaban cerca de Francia, cuando estaban a 10 km escasos del fuerte. La densidad boscosa y su caminar nocturno conducía a un andar sin rumbo y en círculos. En la espesura, dos fugitivos se contactan, nombrando uno al otro como Benedicto. Había dos que respondían a ese nombre entre los fugados: Velázquez Gómez, vallisoletano; y Meis Padín, de Cambados. El primero murió en la fuga. El segundo reingresó en el fuerte.

En Olabe retoma el relato Esteban Arriola (1920-2016), juez de paz hasta su fallecimiento. Sobre la fuga, recuerda el paso por el puente de Olaiz de numerosos capturados procedentes de Nagiz y el Txaraka, que eran agrupados junto a la venta. Esta venta, hoy sustituida por un hotel, tenía una cárcel local para casos menores, del todo insuficiente para atender esta eventualidad. A unos los trasladaban en autobuses, pero a otros los retuvieron y pasaron noche en un cobertizo frente al mirador de la casa del párroco, Patricio Aizcorbe. Alguno pidió confesión, pero el sacerdote, intimidado por la situación, rehusó. A la mañana siguiente fueron fusilados junto al antiguo camino a Sorauren, por encima del cementerio. Numerosos vecinos lo observan desde el atrio de la iglesia, en la temprana misa del festivo día de la Ascensión, jueves 26. También desde el corredor de casa Gorría. Se solicitó voluntarios para la ejecución. Quienes no lo hicieron, quedaron a cargo de su entierro. Acompañado de una sobrina, Esteban realizó un notable esfuerzo en junio de 2015 para llegar al lugar, que daba por bueno si se sacaba de ahí a esa gente, pues no entendía su abandono. Vivió para verlo. El 30 de enero de 2016, a sus 96 años, regresa al lugar: diez y seis cuerpos se apilan donde hace setenta y ocho años los vio caer. ¡Cuánto dolor en tan corto espacio! Eran muy chicos, decía otro testigo presencial, y así lo remachan los técnicos de Aranzadi en un primer análisis de los restos localizados. Entre los fugados muertos, Máximo Sainz era el de menor edad. Nacido en Desojo (Navarra) el 26 de mayo de 1920, carbonero, fue detenido en septiembre de 1936 en Vitoria, donde residía, e ingresó en el fuerte todavía con 16 años. El día de la masiva ejecución de Olabe cumplía los 18 años.

El responsable del operativo en ese sector, el teniente de Carabineros, Ruperto Viñé, fue felicitado “por su sagacidad y resistencia física nada comunes, y por haber llevado el servicio con un espíritu y entusiasmo ejemplares y con un resultado brillantísimo”, en palabras de su teniente coronel, Salvador Sánchez Duart.

Esta exhumación aviva las noticias sobre otros puntos: en el Soto, hoy chopera, junto al puente que conduce a Olaiz, y en la zona de las huertas junto al río. Es coherente con el recuerdo de Santiago Robledo en LGFNos entregamos cinco presos, era el día 24 de mayo. Nos llevaron a Olabe…/… y nos entregó a un capitán de carabineros que era tuerto. En una era nos hizo pasar por encima de cuatro fugados muertos y nos llevaron a una cuadra. Luego vino un autocar y nos subió a la prisión”. La nombrada cárcel local o cuadra, aneja a la venta, desde donde se organizó el traslado al penal de los capturados, estaba contigua a las huertas.

Sobre estos muertos, la trasmisión oral en el pueblo afirma que eran rusos. Un dislate que cobra sentido convenientemente traducido. Rusia era para las izquierdas de la época, un faro en el que se miraban. Ante el pelotón de fusilamiento, otros gritaban vivas a la República, pero bien pudieron dedicar su último aliento a esa patria revolucionaria. Los vítores a Rusia, -que también pone en boca de los evadidos el máximo responsable de la G.Civil-, pudieron convertir a sus autores en los imaginarios rusos del relato. En febrero de 2018 la prospección de la Sociedad Aranzadi localizó uno de los cuerpos de los fusilados. Obras de infraestructura en el lugar pudieron afectar a otros restos.

Esteban añadía otra captura, la de un fugado que en la puerta de su casa preguntó a su madre si eso era ya Francia, muestra de la desorientación de tantos.

En Endériz (54 habs.), Milagros E. recordaba a su madre Bernarda contando sobre unos fugitivos que llegaron pidiendo alimento y a quienes solicitó se apresurasen a volver a su camino, para no verse comprometida. La G.Civil el 15 de junio 1938 informa de un fugado que dio identidad falsa, enterrado allí el día 26 de mayo.

Zandio (31 habs.). Una divulgación televisiva sobre la búsqueda de un desaparecido, donde se apuntaba cómo “estas tragedias se construyen por el silencio de muchos”, decide a la familia Ridruejo a contactar con la Sociedad Aranzadi y dar a conocer lo acontecido en su pueblo. Los hermanos Feliciano (n.1921) y Víctor (n.1924) suben al monte a recoger el ganado. Encuentran a tres desconocidos troceando una oveja con palos afilados. Regresan precipitadamente al pueblo y se improvisa una partida: su padre Marcelino, entonces alcalde del valle, Tomás Nuin, junto a unos guardias civiles, localizan a los huidos y les disparan. Uno de ellos, malherido, solicita confesión y Marcelino corre en busca del párroco de Ostiz, Vicente Ruiz. Para cuando regresan ya ha fallecido. Marcelino queda conmocionado, dudando si quien pedía confesión era uno de los tildados demonios que le anunciaron. Debió de dar su nombre, pues el párroco escribió a su familia, información ahora perdida. Quedaron enterrados en el lugar, al final del Camino del cerrado, en el paraje de Iturrioz, que Jesús Ridruejo (n.1933) siempre conoció como Los muertos.

Otro episodio sucedió cuando un fugado cruzaba el río Ultzama proveniente del monte de Endériz, y fue abatido por falangistas, con sus camisas azules que recordaba Fani Ridruejo. Su padre, junto a otros del pueblo, lo enterró en la ribera del río, junto a la parcela de Chanchico. Rafael Ruiz (Osteriz, 1917), confirma este ribereño entierro.

Beraiz. Este señorío, entre Zandio y Ostiz, fue lugar de entierro de otros fugados. José A., vecino de Leazkue y que trabajó en la finca así lo manifestó; lo que es corroborado en 2016 por un nuevo testimonio. Mariano Vierge, rentero hasta 1965, comunicó a sus hijos la existencia de esta fosa de fugados –hablaba en plural- en una de las parcelas que cultivaban en Basagaitz, cercana a la carretera, actualmente segregada del señorío. Cercana existía una casa de camineros, firmes candidatos a haber llevado a cabo su enterramiento.

En Ostiz, Soledad Garrués (n. 1927) cuenta que en el camino al río, antes del puente hacia Anozibar, quedó enterrado algún fugado ejecutado, sin atreverse a concretar su número. Para Soledad, con 12 años, eran conversaciones prohibidas. Afloran otros testimonios sobre esta fosa, cifrando en tres los fusilados. Dominica Uranga contaba a su hija Mª Jesús que los detenidos pasaron noche en el pueblo. Alguien les ofreció un mendrugo de pan. A la mañana siguiente los llevaron a una era cercana al río. Uno de los presos conservaba su pan en la mano. Soledad también supo de la muerte de fugados junto al puente de Arleta, ya en Burutain.

La G. Civil informa el 15 de junio de 1938 del entierro en Ostiz de dos fugados el día 24 de mayo: uno de unos 45 años, y otro de unos 30, aparecido ahorcado, con una cicatriz sobre la ceja del ojo izquierdo. Los indicios conducen a Luis Horas, aunque tenía 21 años: el preso Josu Landa afirma, categórico, que fue colgado de un árbol; la cicatriz puede tener su relación con su actividad como boxeador. El 25 son capturados cerca otros dos fugados, como él, de CNT de Barakaldo.

Andrés Rodrigo y su familia (huella)

Andrés Rodrigo y su familia (huella)

Hay otro fugado que pudo morir en similares circunstancias. La familia de Andrés Rodrigo, concejal del Frente Popular en Cuéllar, muerto con 35 años, recibió noticia, muchos años después, de que Andrés había resultado malherido en la escapada, se rezagó, y cuando sus compañeros regresaron, lo encontraron ahorcado. Mantienen un razonamiento que sirve para el caso de Luis Horas: “una persona con ideales tan fuertes, luchador, de ningún modo pone fin a su vida en plena huida a la libertad. Creemos que lucharía hasta el final”. La crueldad con que se comportaron los perseguidores en tantos casos, los señala como autores de estas muertes.

Andrés Rodrigo y su familia

Andrés Rodrigo y su familia

El valle de Anue marca otro dramático rastro de los fugitivos, capturas y fosas.

La asociación Amapola del camino documentó una fosa en Burutain, junto al puente de Arleta, a un kilómetro de Ostiz. Su fuente, Martín Laguardia, tenía ocho años entonces y es la primera vez que lo hace público, al calor de otras exhumaciones: los fugados que iban siendo capturados eran encerrados en la escuela de Burutain, custodiados por la G. Civil de Olague. Al cabo de un par de días los ejecutaron. Setenta y nueve años después, en abril de 2017, Martín es testigo de su exhumación. Con sus ojos de niño, estimó que eran unos doce los ametrallados junto al rio, enterrados por el vecindario en una única fosa, pero son seis los cuerpos que aparecen.

Era un festivo, que recuerda porque el párroco vino de Etsain a dar misa, y después acompañó al grupo y confesó a algunos de los detenidos. Pudo ser el jueves 26, la Ascensión, a juzgar por las sincronizadas ejecuciones que se dieron en esa señalada festividad valle a valle, y el intenso movimiento de fugados y capturas en la zona en los días previos. Antonio San Martín, de casa Berekoetxea, contaba a su hijo Joaquín, sobre dos capturados junto a la fuente de Asketa.

En cuanto a la identificación de los exhumados hay alguna pista. Los informes de la G. Civil resultan esclarecedores para determinar la procedencia de alguno de los ametrallados –y la fecha de su ejecución.

El informe de 6 de junio de 1938, sobre identificación de los fugados muertos, en un apartado de Notas complementarias dice: “Otro detenido en Burutain le había quitado unos zapatos nuevos a un muerto oculto en el monte y este detenido dijo ser Asturiano”. El de 15 de junio lista los muertos no identificados: el nº 12 de la relación nombra a José Zubillaga, y se añade: “Este nombre no existió en la Prisión y fue dado por otro que resultó muerto al intentar huir. Enterrado en los Montes de Burutain el día 26”. Del nº 22 se dice: “Un recluso capturado, al presentarse con zapatos nuevos, se le preguntó la procedencia de ellos, contestando que se los había quitado a otro que se hallaba muerto en el monte, sin poder precisar nombre ni sitio, no habiendo tampoco sido hallado todavía. Se ignora su identidad”.

Un informante local señala asimismo que dos de los fusilados eran asturianos, uno de ellos de Mieres y con familia. Celestino Díez Gutiérrez se acerca a esa descripción, siendo de Carabanzo, aldea a nueve kilómetros de Mieres, casado, con dos hijas y un hijo.

Estos hechos que se documentan, concuerdan en buena medida con la narración que hizo en 1942 Galo Vierge en su libro Los culpables: “Entre los movilizados de Falange se encontraba José Aldaz, amigo mío, y al que le tocó vivir una espeluznante escena:

Enrolado contra mi voluntad en una patrulla de Falange – me relataba Aldaz -, con la colaboración de la Guardia Civil, hicimos prisioneros a catorce de los fugados del Fuerte. Fueron conducidos a las cercanías del pequeño pueblo navarro de Ostiz. A los infelices prisioneros daba pena verlos. Muertos de hambre, con las ropas destrozadas y con barba de varios días, daban la triste impresión de ser unos primitivos salvajes abandonados en lo más intrincado de la selva. Se les notaba en sus rostros y en sus gestos que se sentían felices con su detención. Aquel eterno deambular por el monte, ignorando en qué lugar se encontraban, hambrientos y destrozados moralmente, rompían sus nervios hasta dejarlos completamente aniquilados…De pronto, cuando nadie se lo esperaba, un Guardia Civil se separó unos metros del grupo de presos y, con su fusil ametrallador, disparó unas fulminantes ráfagas sobre ellos.  Desconcertados, empezaron a bailar la trágica danza de la muerte, hasta que cayeron todos al suelo acribillados por las balas”.

Fueron seis los muertos. Otros serán más afortunados y regresarán al fuerte. Joaquín Ibarrola Beloso declara haber sido capturado por requetés el 24 entre Ostiz y Burutain;  Anselmo Díaz Basabe y Eustasio García Martínez, ambos de Barakaldo, el 25, también por requetés y en Burutain.

En Etsain, los vecinos van sumando información sobre el paso de los fugados. Tres enterrados en Kamiope. Tres según el vecino Jose Mª Ripalda (n.1932). A su lado Juan Martín S. revalida los hechos, según contaba su padre Martín en el discreto entorno casero. Se habían refugiado en Jairiako borda, detectados y capturados, fueron conducidos y ejecutados junto a Burutain, y al lado de la regata. Otro vecino, Francisco Pérez, de casa Tejedor, contaba a su hija sobre otros capturados en Echaide: uno de ellos con algún limaco en el bolsillo. José Mª Ripalda habla de capturados en el collado de Bagoto, entre Etsain y Etulain. Quizá pudieron ser los tres que se citan en el cercano Etulain. El tiempo trascurrido dificulta deslindar hechos, pero varios vecinos recuerdan la captura de otro fugado que fue rodeado por los vecinos cuando corría por las campas antes de que pudiese internarse en el monte.

Fermina Iráizoz (Etulain)

Fermina Iráizoz (Etulain)

En Etulain, el testimonio de Fermina Iraizoz (n.1921) procede de la Sociedad Aranzadi. Como menor de seis hijas, fue a vivir allí con una tía siendo niña. Llegada la guerra, dos primos suyos fueron movilizados y ella recogía en la cercana venta de Burutain las cartas que se cruzaba la familia con los que estaban en el frente. Detalla que todas las mañanas llegaban de batida un grupo de cuatro o cinco falangistas, que regresaban a dormir a Pamplona, a escasos 18 km. Su responsable le daba chucherías. Encargada de llevar a las vacas al monte, las conducía atemorizada de cruzarse con los desconocidos, cuya presencia se hacía notar por las columnas de humo en el monte, hacia Etsain, fuego que hacían por la necesidad de entrar en calor en aquellos días de lluvia y frío, a riesgo de ser localizados.

El viernes 27 de mayo, fecha que recuerda por ser el día de su cumpleaños, los falangistas llevaron al pueblo a tres fugados, capturados en los prados. Mojados, sucios, malolientes, y sobre todo sedientos, se arrojaron al aska donde abrevaba el ganado. Sus pies estaban cubiertos de trozos de manta atados, a falta de otro calzado. Obraberria, la casa de Fermina, hacía de posada, que ella atendía. Ofreció comida a los capturados, que masticaban con dificultad, mientras en el porche se congregaba el vecindario, expectante.

Los fugados, jóvenes de entre 20-23 años, dijeron ser de Bilbao. Hablaban castellano y mostraban fotografías de sus novias. Trascurrieron un par de horas. Resignados a su destino, no pedían clemencia. El cura del pueblo les ofreció confesión. Se mostraron indiferentes, pero los acompañó, rodeados de sus captores. Oyeron desde el pueblo los disparos procedentes de Landagain, en el cruce de la carretera a Irún. Fueron allí enterrados. Con motivo de la ampliación de esa vía en 1999, la variante de Olague, la excavadora se topó con sus restos; desde el pueblo indicaron su origen. Fueron depositados en la huesera del cementerio, bajo una pesada losa.

Su relato también encaja con otros que llegan de Olague. Un carabinero del puesto, Cándido Macua, confesó a su vecino colindante Cesáreo Seminario (n.1925), que acudió al lugar al día siguiente de la ejecución, donde todavía agonizaba uno de los infortunados. De otro episodio de violencia contra un fugado, protagonizado por un vecino de Etsain, regresado mutilado del frente, prefiere Cesáreo no entrar en detalle, lamentando que la guerra hizo a muchos comportarse como desalmados.

Pedro Senosiain (n.1925), quien acompaña a Cesáreo, aporta recuerdos sobre otra ejecución. La llegada del párroco José Arano al cuartel de la G. Civil les hizo sospechar del desenlace y del lugar donde se desarrollaría, en el rincón de Góngora. A la altura de casa Echaide fueron sobrepasados por un coche con la comitiva y para cuando llegaron un cuerpo inerte yacía en el lugar. Segoviano, según el remite de una carta recibida de su familia dándole cuenta de la siembra de los garbanzos. Ese día, añade Cesáreo, le tocó por sorteo el trance del fusilamiento al reticente Esteban Rosell Ibarrola, que abandonó pronto el Cuerpo. Pedro A. de casa Zaterena, de permiso del frente, fue uno de los enterradores. El informe de la G. Civil de 15 junio de 1938 recoge que un fugado fue enterrado en los montes de Olague.

Cerca, en el puente sobre el río Mediano frente a casa Echaide, fue capturado por una partida local otro fugado. Contaba Cesáreo E., de la panadería, uno de los captores, que llevaba tres días escondido junto a unas peñas que se ven desde la carretera, alimentándose de caracoles y poco más. Le aleccionaron para que dijese que se había entregado, evitando así una probable ejecución.

En Aritzu fueron capturados dos fugitivos en el término de Karate, cerca de Mitxeleneko borda. Empapados por la lluvia, los perros captaron el olor a mojado. Llevados a la escuela local, se les dio de comer el consabido pan, queso y vino. Resulta llamativo cómo se sucede de modo simultáneo, el mismo rito en diferentes lugares: los capturados son alimentados antes de ser ejecutados. Quienes dispensan la comida y quienes se alimentan saben de la inutilidad del gesto, pero no lo evitan. Los capturados, uno alto y de más de cuarenta años; el otro, joven, de unos veinte años, que se declaró comunista, guardaba unos caracoles en el bolsillo, según el recuerdo de Lucio Ilarregui. Después de confesados por el párroco Epifanio Sancho, beligerante antirepublicano, cura trabucaire, fueron ejecutados en los fresnos de Labaki, y enterrados en el seto divisorio con la parcela familiar de Anselmo Irurita (n.1927), testigo visual de los hechos, que trasmitió a su familia.

En los montes de Egozcue hay otro inconcreto punto donde el informe de la G. Civil de 15 de junio de 1938 señala el entierro de otro fugado.

Junto a Anue, el pueblo de Lantz, cuyo antiguo vivero de plantas, sobre la vía NA-121, arroja indicios de ocultar diversas fosas: Así se recoge en el libro La villa de Lantz y sus gentes, editado por su ayuntamiento en febrero 2013: “Un grupo de los huidos del fuerte llega a Lantz y fueron detenidos tras haberse comido un cordero, se les encerró en la posada, donde se les dio de comer pan y queso (hubo mujeres del pueblo que les llevaron comida mientras estaban detenidos). El cura de Lantz, Erasmo Garro, los confesó. Entre los fugados había dos hermanos que antes de ser fusilados se despidieron con un ¡“hasta luego, hermano!”. Fueron fusilados en el cruce y a varios vecinos de Lantz les obligaron a enterrarlos. Se creía que podía haber unos 20 cuerpos, 8 presos de S. Cristóbal y el resto personas asesinadas durante la guerra”.

El citado Cesáreo, desde Olague, era uno de los niños que cuando veían cruzar el pueblo una característica furgoneta azul –que vinculaban a falangistas-, corrían a la ermita de Santa María, situada en un montículo. No veían, pero oían los disparos que provenían del pineral de Lantz, a 1,5 km. Hay una constatación oficial sobre estos asesinatos: el libro de inhumaciones del cementerio de Pamplona, en fecha de 11 diciembre de 1939, dice: “Se inhuman los restos de José Andrés González muerto el 3 de agosto de 1936 procedentes de Lanz”. Era un abogado domiciliado en la calle Estafeta de Pamplona, identificado por tener una pierna ortopédica. Otros fusilados allí siguen sin ser localizados.

En cuanto a los fugados de 1938, fuentes locales completan la información: durante el operativo se asentó en el pueblo un grupo de unos cuarenta armados, que fueron distribuidos por las casas y que batían la zona. Un grupo de siete fugados fueron localizados en Urkixo. Habían matado un cordero y encendido un fuego que los delató. Capturados, se les traslada al pueblo, donde son encerrados en un improvisado calabozo, el antiguo lugar de pesaje, local anexo a la posada, donde son custodiados y alimentados. Allí son confesados –quienes lo solicitan-, y en un autobús de línea, la Lanztarra, con el párroco Erasmo Garro, trasladados al pineral, entrando por el camino que lo atravesaba longitudinalmente, donde son fusilados. Dos días más tarde fue ejecutado otro, por lo que suman ocho. Fueron enterrados sobre los socavones existentes por el aprovechamiento de robles y pinos del lugar, y cubriéndolos con piedras. Sobre si pudo haber dos hermanos, ese vínculo se dio en Albino y Escolástico Carretero, de S. Martín de Trevejo, y los burgaleses Benito y Rafael Melgosa.

No se han precisado movimiento de fugados más allá de Belate, puerta al valle de Baztán, y en primer lugar, al término de Almandotz, donde J.Jurio situaba, en un artículo de 1978, la muerte de un fugado. Sobre este caso confluyen dos fuentes, que involucran al teniente de la guarnición de Elizondo Raimundo Anselmo Gómez.

En sus Memorias, Juan Mari Pallín, preso en el fuerte: “Entre los militares hubo una excepción, el Teniente Asensio, destacado en Elizondo, mató en el Puerto de Velate a un preso con su propia pistola al ver la actitud negativa de los soldados, esta acción fue repudiada por sus propios compañeros destacados en Elizondo.” Memorias de Juan Mari Pallín, de Plentzia, preso en el fuerte.

A su vez, Luis Izaguirre, movilizado en el ejército sedicioso, destinado en Elizondo, deserta y testimonia en el consulado de Hendaya: “Cuando se escaparon los presos del fuerte de San Cristóbal, recibió la tropa orden de no hacer prisioneros sino de disparar contra el primero que se encontrara; que ha oído decir que de los 700 que se evadieron han matado a muchos, aunque los principales por quienes había interés en dejarlos escapar, ya lo consiguieron. El declarante, a quien le dieron un fusil para que saliera al encuentro de los evadidos, no vio a nadie y solo sabe que el Teniente Raimundo Asensio, de Pamplona, halló a uno de los presos en el Puerto de Velate y seguidamente mandó fusilarlo pero como los soldados no contaban con ánimos suficientes, entonces formaron el piquete dos carabineros quienes se encargaron de la ejecución”.

La noticia sobre presencia de fugados en la parte más occidental la daba Alberta Andonegi desde Etxarri, valle de Larraún, que describía cómo mientras su padre, accidentalmente alcalde en esa fecha, atendía a las fuerzas de persecución, ella con su madre -muertas de miedo, gesticula en el vídeo-, preparaban unos bocadillos a unos fugados ocultos en la cuadra: Urte hartan (1938), San Kristobaldik eskapatu ziren detenituak, ejerzito osoa etorri zen herri honetara. Bueno, entenditzen da. Kapitana bere patruila guztiarekin, eta nere aita alkate. Eta eman behar zitzaien kobija, ostatua. Ejerzitokoei. Ordun zegoen eskola etxea, han alojatu zitun nere aitak etorri ziren soldadu eta kantinplorak eta bere zeekin otorduak egiteko, eta hara bidali zittun. Aitak haiekin hori egiten, eta ni ogia bokadiloa, holako bokadiloa, amak eta biok prestatua, eta bi eskapatu zienak San kristobaldik bokata jartzen, hemen atean, ama!! Hura zer zen. Nere beldurra eta amaren beldurra!

Esteribar, la ruta más corta a la frontera

Los fugitivos que rompen el cerco y cruzan el río Ultzama confluyen, ya fraccionados, hacia el valle de Esteríbar, atravesado por el río Arga, que nace en los bosques del Quinto. Entre el fuerte y los Aldudes, este valle se convierte en corazón de las rutas a la frontera. Sobre el mapa se aprecia la cuña que hace que el valle de los Aldudes, la frontera, quede a menos de 50 km desde Pamplona.

La preocupación del gobernador militar de Navarra era “evitar pudieran aproximarse al bosque de Quinto Real, porque de haberlo logrado, ganarían la frontera con suma facilidad”. ”La frontera se encuentra debidamente vigilada por fuertes contingentes del Ejército, Milicias, Guardia Civil y Carabineros y muy especialmente en los Alduides”, cita la Jefatura de Policía de Fronteras desde Irún. “Exterior a este circuito funcionaron los puestos de Carabineros de Velate-Olagüe-Iragui-Eugui-Espinal, los cuales aprehendieron a monte traviesa once de los fugitivos quienes consiguieron romper aquel circuito y llegar ya a la inmediación de las mugas francesas”, reafirma el jefe de Carabineros.

El corresponsal de The Guardian se desplaza a Valcarlos y conversa con los carabineros, que le confirman -edición de 25 de mayo- que no han sido tomadas allí especiales precauciones, por su lejanía del fuerte. El Sud Ouest de esa fecha centraba, basándose en fuentes militares, el lugar donde se hallaban los evadidos: “cercados en los bosques al sur de los Aldudes, en un macizo delimitado por la carretera de Arneguy (Valcarlos) a Pamplona y al oeste por el valle de Eugi, en el trazado de la nueva ruta que llega a los Aldudes desde esa villa de Eugi por Urkiaga, macizo boscoso y de profundos barrancos, cuyo punto culminante es el monte Adi y que no es atravesado por ninguna otra carretera o camino en el interior de esos límites”, citando en esa área pueblos como Roncesvalles, Burguete, Urtasun o Eugi.

En ello convenía Navarra 1936: “Esteribar era el camino más corto que los fugados tenían hacia la frontera. Conscientes de ello, las autoridades organizaron intensas batidas con el apoyo de parte de la población”.

El foco de la persecución, fuera del círculo de contención del río Ultzama, se desplaza a Esteribar. Los informes los hará la Guardia Civil desde Zubiri, centro neurálgico del valle, donde junto a una guarnición en La Ranchería, mantenía una oficina en el pueblo, cercana a la iglesia parroquial, con otros cuarteles en Eugi y Erro. La completa relación de pueblos donde se narran sucesos de la escapada y el medio centenar de muertos así lo rubrica. Memoria de unos hechos que no hay persona mayor del valle que no haya recordado conmocionada.

En Olloki, primer pueblo del valle, vivía por razón de matrimonio y en una casa alejada del núcleo urbano, Francisca Carneiro. Tres de los escapados la observan escondidos en los matorrales. Tras constatar que estaba sola deciden abordarla, ya que uno de ellos se encontraba débil y fiebre alta. Se esforzaron en tranquilizarla, rogando su ayuda, ya que fugados, trataban de llegar a Francia. Francisca, paradójicamente hija de carabinero, les dio leche y queso, pero dado el estado del enfermo, dio aviso a un médico de confianza, Carlos Elizalde, residente en Egüés, a quien le unía un cercano lazo. Los fugados se asustaron ante el riesgo de delación y se apresuraron a seguir su camino. Antes, en agradecimiento y quizá sabedores de las dificultades a las que se enfrentaban al abandonar su refugio, uno le entregó su anillo de oro, que fundido, sirvió de alianza matrimonial para su hija Encarna y su esposo José, que todavía se conservan y trasmiten en la familia. Es su biznieto, actual portador del anillo, quien puntualiza los detalles de este encuentro. Francisca nunca tuvo noticia sobre la identidad o el paradero de los inesperados visitantes.

  • Zabaldika (76 habs.). Ricardo Noain (n.1935) y José Aincioa (n.1925) son los relatores. Tres son los fugados ejecutados junto al camino entre ese pueblo y el señorío de Erleta, en un rellano a la altura de la regata Xaixulo, en el paraje de Erripaburu. Las torrenteras descubrieron sus restos. Asimismo en la zona ha habido desprendimientos en las ripas que caen sobre el Arga, que han obligado a variar el camino, hoy concurrido por los peregrinos a Santiago. A ellos, José añade otro en el monte lindante con Oricain, en el término de las Quintas, enterrado en la ripa inferior de una parcela familiar, que hoy ocupa un extenso pinar. También tuvo oído que algún fugado descansó en la cuadra de Marigalantena, hoy un edificio de nueva planta.
  • Antxoritz (23 habs.) / IIurdotz (59 habs.). Allí cae el día 24 de mayo Pablo Redín, cuya sepultura definitiva quedó en el cementerio. Otros siete, en el camino a Ilurdotz, en un punto prospectado sin resultado en 2012. La fuente en este caso, Felisa Armendáriz (n.1924), vecina de Ilurdotz, donde su padre era la autoridad del concejo. Su casa, Behitikoetxea, hacía las veces de posada. Por ser festivo, un grupo de vecinos se habían retirado tarde después de estar jugando a cartas. En la noche, con una fuerte lluvia, dos guardias civiles se presentaron con dos capturados. El jueves 26, festividad de la Ascensión, fue el día más lluvioso de esa semana en las cuencas del norte de Navarra. Llegaban ateridos. Indalecia, la madre, les ofreció ropa seca y una sopa de ajo y más tarde un vaso de leche, pues no podían digerir otro alimento. Pasaron la noche cerca del fuego. Uno, gallego, de 48 años, ofreció su estilográfica a Ángel, niño de la casa. Lamentaba no poder dársela a su propia hija, que en esas fechas hacía la comunión. Pronto en la mañana, en unión de otros cinco retenidos en Zuriain, dos de ellos capturados en Gendulain, fueron ejecutados en la regata, pero ya en término de Antxoritz. Los datos sobre el gallego conducen a Serafín Tato, de Mondariz, cantero, ingresado en el fuerte en febrero de 1937 con 47 años, y cuya hija Emérita, entre sus nueve hijos, tenía la edad de hacer la comunión. El guardia, conocido, por ser de Azoz, Miguel O., ofreció a su padre participar en la ejecución, a lo que este se negó; no obstante, Felisa asegura que no fueron los guardias quienes la llevaron a cabo. Josefina A.E. (n.1933), vecina de Gendulain, corrobora esa ejecución, así como la detención de otro en su pueblo natal, Inbuluzketa, que fue trasladado a Zubiri.
  • Larrasoaña (144 habs.). Paulina Lizoain n 1929 salía de la escuela al mediodía cuando se extendió la voz de que habían matado a cuatro escapados de San Cristóbal. Con otra niña se acercó al cementerio y encontró a su padre, Florentino, entre quienes los enterraban. Paulina adelantaba no solo su ubicación, sino su disposición: dos mirando hacia arriba y dos encima, hacia abajo, como la exhumación, en junio de 2018, los encuentra. También que fueron dos quienes se confesaron.
  • Urdaitz-Urdaniz (115 habs.). Un preso es capturado y encerrado en las escuelas. Asturiano, muestra la foto de su mujer y varios hijos a la maestra. Al día siguiente una camioneta lleva a dos más, otro asturiano y un gallego. Los uniformados los llevan y ejecutan en el paraje de Kaskaxu, junto al río, donde son enterrados. La fuente de esta información, la asociación Txinparta, y las precisas indicaciones de un pastor, Teodoro Esteban, permiten la exhumación de sus restos en marzo de 2018.
  • Sarasibar (47 habs.). Aunque nacido en Agorreta, Antonio Vidaurreta vivía entonces en este pueblo. Tiene el recuerdo de fugados moviéndose en la oscuridad, así como de uno que quedó muerto cerca de una alambrada, pero que no fue enterrado allí. Se lo llevarían, sentencia.
  • Idoi (26 habs.). En N-1936 se cita: “Otro grupo de siete forasteros fue fusilado en el paraje de Zubizar, en Idoy, por un grupo heterogéneo de guardias civiles, falanges y requetés. El cura de Larrasoaña, Eusebio Irisarri, fue llamado a confesarles y los vecinos de Akerreta e Idoy tuvieron que cavar las tumbas y enterrarlos”. J. Equiza, en su libro sobre los sacerdotes navarros en 1936-37 apostilla: …”fueron fusilados algunos traídos de fuera, a los que don Eusebio escuchó en confesión”.

Idoi. Fosas

Indagaciones posteriores de la Sociedad Aranzadi, con la colaboración de un vecino, José Lizarraga (n.1920), permiten desglosar esos asesinatos. Las ejecuciones se reparten entre dos términos cercanos, Kamiopea y Zubizar, y ocurridas en dos momentos diferentes, 1936 y 1938.

En 1936, fueron seis los fusilados en Kamiopea, entre el antiguo camino real de Zubiri a Pamplona y el río Arga, en una parcela que hoy es única, y antes dos. La fosa estaría en el bosque de ribera. José estaba trabajando en una finca cercana. Se recuerda como un joven asustado de 16 años que acudió al lugar, donde los ejecutores tenían boinas rojas y fue alentado a cavar la fosa, que evitó gracias a su padre, consciente del impacto que le causaba.

Respecto al de 1938, fue enterrado en Zubizar un fugado ejecutado, cuyos restos, con el curso de los años, se golpearon con el cultivador y se perdieron. Valeriana, hermana de José, afirmaba que fueron dos los fugados fusilados allí, y que pasaron la noche previa en el pajar de su casa, Gartzerena. En ese año, José estaba movilizado en el ejército, y su conocimiento de los hechos provenía por pertenecer la finca donde fue enterrado a su familia.

  • Leranotz (44 habs.). Al paraje de Txustain llega Alejandro Gómez Martín, segoviano. Se oculta en un campo de cultivo, pero su propietario lo detecta, regresa a su casa a por la escopeta, y sin soltar el yugo a los bueyes siquiera, vuelve y dispara al desconocido, uno de los anunciados “peligrosos criminales”. Un informe de la G. Civil de 10 de junio determina su identidad. Alejandro, el Nano, ferroviario, de 44 años, quien se integró en Madrid en el grupo anarquista Los Intransigentes; en un informe policial de 1931 aparece como activista en Logroño, Soria y escribiendo en ¡Despertad! de Vigo; condenado por atraco en Barcelona, llega al fuerte antes del golpe de julio de 1936. El ejecutor le sobrevivió poco tiempo, atormentado por su irreflexivo disparo.

Dos fugados, procedentes del paraje de Ibia, en el camino a Inbuluzketa, llegan a casa Zanzerena, pidiendo alimento. Así lo narra J.A. Tohane, nieto del entonces alcalde Jacinto Erro. La abuela Martina les dio de comer, a la vez que dieron parte a la G.Civil; había también presencia de soldados. Un par de uniformados los llevó a la escuela. Ante los reparos del párroco local, se hizo venir al de Saigots. Fueron fusilados hacía las 15 horas en el camino de carro que conducía a campos de labranza y a Saigots, y enterrados un poco más adelante, en un rellano. Similar narrativa y lugar al que otro vecino, Joaquín Lusarreta, contaba meses antes de fallecer.

Los hermanos Egozkue completan el relato, trasmitido en casa, -su tío Benigno participó en el entierro de los infortunados. Era un día lluvioso, llegaban ateridos; y lectivo, pues sacaron a los niños de la escuela. Su tía Eusebia contó siete disparos. Y ambos eran gallegos, y jóvenes. Sus restos fueron exhumados en la emblemática fecha del 22 de mayo de 2018, y a pie del GR 225 que rememora su evasión. Uno de ellos, con un anillo con las iniciales GG, que focaliza su identidad en Gerardo Gómez, de Bergondo, 21 años. El ayuntamiento de Esteribar, en noviembre de ese año se une al simbolismo de esta fosa, colocando un monolito conmemorativo, y tomando de Castelao su “Non enterraron cadáveres, enterraron sementes”.

Algún otro fugitivo es abatido en Oiazki, por encima de un pronunciado cortado en la carretera Zubiri- Eugi, a la altura de la entrada al molino de Urtasun. Sus restos fueron localizados por unos maderistas, y en su momento -indeterminado- pudo haber levantamiento judicial. En el pueblo datan las fechas de estos sucesos entre los días 25 a 30 de mayo.

  • Usetxi (31 habs.) Gertru Zubiri (n.1928) grabó un video sobre la memoria inmaterial del valle donde se recogen sus recuerdos. Recuerda a su madre en Beltrarena, casa del alcalde, dando de comer a los capturados. Más tarde, acompañados del párroco, fueron ejecutados en la parte inferior del extenso prado en Patsaranzokoeta. Otros vecinos, Aitor Lesaga y Charo Orradre, confirman el lugar. En septiembre de 2016, el equipo de Aranzadi exhuma los restos de estos tres fugados. Este es el resumen original de su relato: Ni aita alkatea zela ta etorri ziren bi maki edo, nola zen,  nola erraten zioten orduen, eta claro, goseak eta ematen zioten jatera eta gero hiltzera. Ta oraindik ni oriotzen naiz non dauden ere. Hemendik ere ikusten dut lekue. Han bada bat lurrean, enterratue, ze tristea…jan ta gizajoa zibilek etortzen ziren eta hartu ta tira, eta apaizekin joaten ziren… inork ez daki zer  den… Badakit nik hil zutela bat, bide, hiru ezagutzen nuen nik hil zutela herrietan, Usetxin bide eta Oiezkin ere bat zen. Eta nik badakit zein lekuetan dagoen ere honek. Etortzen ziren eta eskatzen ziguten  jana, eta ematen genien klaro. Nola utzi behar genituen, pena ematen zuten. Nahi zuten pasatu Frantziara baina zibilek erne zeuden eta biltzen zuten. Enteratzen ziren ba zebiltzela, harrapatu zituzten etxean. Etxetik hartute ta hiltzera atera eta aita alkatea zen eta joan egin behar zen eta gero apeza ere.

Para Gertrudis, en Oiazki tan solo había un enterrado, en un lateral del camino desde donde se divisaba Eugi. Charo Orradre (n.1934), confirma esa fosa en Oiezki, pero también en ese paraje, en el camino a Saigots desde Leranotz conoció otro entierro, por estar cercano a la escuela de este último pueblo, a la que acudían diariamente.

  • Eugi (491 habs.) En esta localidad, quienes entonces fueron testigos, han guardado a lo largo de su vida las imágenes de sus duros recuerdos infantiles.

El pueblo, por su estratégica situación, contaba con un doble acuartelamiento: el de Carabineros, responsable del control de fronteras, a pie del carretil a los Aldudes; y en el centro del pueblo, junto a la escuela de niños –las niñas estaban segregadas en otro local-, el de la Guardia Civil.

Estando los niños en el tiempo de recreo, ven salir a dos guardias con una persona maniatada con buzo y gorra azul, -se dijo que de UGT-, tomando el camino hacia Iroxo. Al percatarse de la chiquillería, los guardias los ahuyentan, pero ellos, al ir arropados por los hijos de los guardias, se quedan expectantes en el puente viejo, siendo testigos del fusilamiento. Pakito Seminario, Francisco Sotro, Emilio Linzoain repiten similar relato al de Gaspar Linzoain. A los tres hermanos Ollacarizqueta, de la cercana borda Garro, se les ordena enterrar el cuerpo entre los enebros. Los niños de la borda Arago, a su paso cotidiano a la escuela, mirarán con respeto el túmulo de tierra –hoy bajo el embalse- donde yace el fusilado.

Un testimonio diferente proviene de Tere Errea (Eugi, n.1927). Su padre, José, era guarda forestal. Su vivienda, la casa de los guardas, estaba junto al cuartel de Carabineros y por su titularidad pública lo utilizaron los militares durante la guerra, y durante el operativo de captura de los fugados.

Tere conserva el recuerdo de tres detenidos, interrogados en el cuartillo-oficina de la casa; y rememora a su madre pidiendo entre sollozos que no los llevasen a matar. Es categórica al retener la imagen de los tres capturados en su casa, la alarma materna y en que el recorrido hasta Iroxo es diferente de la ejecución anterior. Los tres salieron del cuartel de Carabineros, y ella, con los hijos de los carabineros, siguió al grupo hasta el puente viejo, desde donde escucharon las detonaciones. En el otro caso, un único capturado fue sacado del cuartel de la G.Civil Que hubiese sucesivas ejecuciones en un mismo paraje no resulta sorprendente: lo verdaderamente alarmante es desconocer los hechos, lugares e identidades en la mayoría de los fugados ejecutados.

Los mismos testigos, Francisco, Pakito y Emilio, conocieron otro enterramiento en el término de Zokolu -al parecer, un fugado gallego capturado cerca de la Tejería, en la finca de Simonena-, sepultura dada por un vecino de Iruzelaikoborda. También quedó cubierto por las aguas, junto a la pared del embalse.

Los niños que viven en Olazar son testigos de otro fusilamiento. Su padre, Francisco Sotro –con el mismo apellido de quien relata los hechos- mostrará su enfado en familia por haberse efectuado tan brutal acto a la vista de sus hijos. El fusilado había sido capturado en Artesiaga. El párroco de Eugi, Ruperto Oiartzun, ya anciano y con una pierna ortopédica, llega al lugar en el autobús de La Montañesa a confesar al detenido. Trata de que sea entregado en la comandancia, pero no es atendido. El apesadumbrado párroco rechazó asistir a otras ejecuciones, según se desahogó con su amigo Emilio Linzoain, también sacerdote. M.Pilar Belzarena vivía en la cercana Indianokoborda y recogía fresas de monte, sorteando la sepultura. Se pregunta todavía hoy qué daño hizo esa gente para que los matasen así. El lugar del enterramiento, en el cruce a Irurita, fue removido a consecuencia de la primera explotación de la cantera, que obligó a modificar el trazado de la carretera. La actual cantera de Azkarate es posterior. Ampliación de carreteras y cunetas, en otros casos concentraciones parcelarias, se han aliado con el olvido para engullir muchos de estos entierros vergonzantes.

Emilio Linzoain, de la borda Arago, tenía doce años cuando sucedió la evasión. Al año siguiente ingresará en el seminario de Pamplona, donde permanecerá hasta 1951. Cuando en 1969 las aguas amenazan anegar las tumbas, busca trasladar los restos al cementerio, aunque queda impotente para evitarlo. Tan solo podrá guardar un concienzudo testimonio fotográfico de los sepultados caseríos del valle. Fue testigo presencial privilegiado, por compartir aula y confidencias en la escuela con los hijos de los carabineros y guardias. Emilio vio llegar por Zumieta a un capturado hacia la muga de Zilbeti. Era grueso y pelirrojo. Supo que lo llevaron a Agorreta, fusilado y enterrado entre ese pueblo y Zubiri. Recuerda también a tres detenidos maniatados por la espalda y en el suelo, al sol junto al camino, un día muy caluroso, frente al cuartel de Carabineros. Presupone que eran quienes habían sido capturados en Zotalar, en el límite con Zilbeti. El archivo de J.Jurío recoge información similar de 1985, sobre tres capturados en Zotalar por los carabineros, ejecutados en Urtasun. Navarra 1936 dice al respecto: “Tres detenidos en el monte Zotalar fueron fusilados en Urtasun…”). Josefina Luquin n.1930, nacida en la borda Ezkonberri, añade información sobre ese grupo. Ella tenía ocho años. Una noche, estando acostados, golpearon la puerta, alarmando a las dos hijas, a sus padres Juan y Fermina Iribarren, y a la abuela Martina. Tres fugitivos entraron, les dieron de comer y facilitaron algún calzado viejo del abuelo. Juan les acompañó más allá del alto de Guruchaga, enfilándolos hacia la frontera. A mitad de camino se encuentra la parte superior de Zotalar, coincidente con el lugar de captura de aquellos tres escapados.

Otro grupo fue capturado en Kaparlantegi, en las faldas del Burdindogi, de quienes se contó que los aprehendieron, denunciados por un vecino de Eroseta, haciendo un fuego para comer limacos.

Otros capturados tuvieron más suerte. Encerrados en la posada, en cuya planta baja había un local que hacía las veces de cárcel, fueron trasladados en camión de regreso al fuerte, como contaba J.Huarte, que los recordaba famélicos y desharrapados. Concordante con los recuerdos de Abel Salvador: “Creo que estaríamos cerca de la frontera cuando nos cogieron porque había cerca una Comandancia de Carabineros; nos llevaron a la Comandancia y nos metieron en un cuartucho pequeño. Al atardecer llegó un autobús con soldados que iba a Pamplona y nos llevaron a la cárcel Provincial. Allí estábamos once fugados. Al día siguiente por la tarde nos subieron al fuerte”. Abel fue capturado con Valeriano Berruetabeña el día 2 de junio y reingresaron el día 4, también con Alejandro Redondo, capturado en un pueblo donde hablaban vascuence y a 30 minutos de Pamplona. La descripción coincide con Eugi, a 30 km de la capital, y euskera como lengua del lugar.

  • Urtasun (67 habs.). Cinco fugados fueron allí ejecutados y enterrados en su cementerio, como se detalla en el capítulo referido al cuarto fugado.
  • Saigots (55 hbs.) / Agorreta (80 habs.). Agalde es un paraje de Saigots enclavado junto a los términos de Zubiri y Agorreta. Allí, junto a la regata fueron fusilados tres escapados. Mª Ángeles Tohane recuerda la impresión que le causaba, cuando regresaba con sus amigas de pasear por Zubiri y se veían obligadas a sortear el lugar donde conocían estaban enterrados.

Uno de los fusilados, Vicente San Martín, señalado entre los organizadores de la fuga. Su padre formalizó el expediente de inscripción de su defunción en 1940, en el que el guardia civil J.P. Quemada declara “que hallándose de servicio en la carretera o puerto de Erro, vio que una patrulla de soldados perseguía a 3 fugitivos y entre ellos Vicente San Martín, haciendo fuego contra los mismos, falleciendo los 3 a consecuencia de los disparos y llegando el dicente a presenciar los últimos momentos de vida y posteriormente su muerte, por lo que, le consta el fallecimiento de dicho Vicente, lo que tuvo lugar el 25 mayo 1938 en términos de Agorreta“.

Ana Mª Vizcay era vecina de Agorreta en 1952, ella con 18 años, cuando vio pasar el carro en el que los padres de Vicente, ya mayores, acompañados de Catalina Santesteban Elcano y su marido, ambos de Zubiri, trasladaban sus restos al cementerio de Agorreta, donde reposan. Encima del féretro portaban una cruz blanca, junto con una placa ovalada. El vecino Patxi Tohane una vez se pudrió la madera sustituyó la cruz, repintando periódicamente el esmalte que lo identifica: Vicente San Martín, 23 años y la fecha de su muerte, 27 de mayo de 1938.

Jesús Equiza, en su libro sobre el clero navarro en la Guerra Civil, dice: “El párroco de Zubiri, don Fernando Iribarren, acogió en su casa a un fugado del fuerte, que, después de descansar, refrescarse y cenar, fue acompañado hacia su destino”. Su fuente era el vecino que acompañaba al párroco: después del rosario del día 26, se acercó el fugitivo al párroco, quien despidió a su ayudante.

Saigots. Fosa en Agalde

Saigots. Fosa en Agalde

El vínculo familiar con esas poblaciones clarifica los hechos. Explica que pudiese ser Vicente el fugado que buscase refugio y que el sacerdote se la prestase en atención a sus parientes parroquianos, más que por afinidad política. Presente como confesor en las ejecuciones, les trasmitió su final y su ubicación, base para el expediente de 1940 y su posterior traslado a Agorreta, de donde era natural la abuela paterna, Josefa Goñi.

Queda la duda de si Joaquín Ibáñez Elduayen pudo compartir el paradero de Vicente. Ambos eran vecinos de la calle Descalzos de Pamplona; ambos de UGT, detenidos juntos el 19 de julio de 1936 y condenados en el mismo Consejo de guerra 127/36. Los fusilados de Agalde, a decir de Ana Mª Vizcay, eran muy jóvenes. Vicente y Joaquín tenían 23 años. En la fuga, cada cual buscaba el apoyo de algún conocido, y ambos estaban juntos en la toma del fuerte, como atestiguan el guardián Cid y los presos Hervás y Chamorro. También lo certifican las conclusiones del sumario: “…en este momento el recluso Leopoldo Pico Pérez le quitó el abrigo y la gorra de uniforme al guarda Ciz, poniéndoselas Pico, quien en esta operación fue ayudado por Baltasar Rabanillos, Vicente San Martín, Antonio Valladares y Joaquín Ibáñez”.

Añaden otro fusilado, al parecer asturiano, casado y con hijos. En este caso, el relato de Ana Mª cuenta con el privilegiado recuerdo de su fallecido marido, Eugenio Elcano, que contaba con 15 años, cuando este fugitivo, ya capturado, pasó noche en su casa, Etxeberria, custodiado por dos guardias civiles. La madre de Eugenio le dio de cenar y quedó impresionada del temple y apetito del capturado, conociendo su fatal destino.  A la mañana siguiente, con el lamento de uno de los guardias, muy joven, abocado a perpetrar la ejecución, fue fusilado en el cruce entre los caminos a la venta y a Ipete. Enterrado, a decir de Joaquín Elcano y Graciano Vidaurreta, en el cementerio, a la derecha de su entrada.

Los relatores señalan otros tres fusilados en Anestakozoko, finca de Jesús Elcano, quien tuvo que enterrarlos, y que hacía santiguarse a sus hijos cuando pasaban por el lugar en señal de respeto.

El valle de Erro, bordeando la libertad

Desde Ezcabarte hasta Esteribar hay un reguero de informaciones. Cada pueblo tiene una historia que contar. Pero el flujo de noticias se debilita conforme los fugados se alejan. Junio se inicia con unas pocas docenas de evadidos que se resisten a su captura. Los que rebasan Esteribar, se adentran en el valle de Erro y Sorogain, que aparece como meta de los más determinados.

Lintzoain (133 habs). En el sermón del domingo, el párroco se mostró ufano de haber evitado el tener que ir a confesar el día anterior, sábado 4 de junio, a un capturado en el paraje de Aldaizara, junto al pueblo de Erro, que fue enterrado en su antiguo cementerio, hoy ocupado por el frontón. Desafortunadamente, después de misa fue requerido para asistir a otros dos capturados. Quien narra los hechos es Santiago Presto (n.1926), quien lo acompañó como monaguillo en ese trance. Los escapados habían alcanzado Sorogain. Desorientados o por la presencia de patrullas, retrocedieron. Delatada su presencia por un vecino, Matías Vizcay, que guardaba las vacas en un prado, fueron capturados por militares en Oianeder, entre Erro y Lintzoain. Atraídos por la curiosidad acudieron vecinos de Bizkarreta. Uno era vizcaíno. Uno se confesó, el otro no. Al atardecer, Isaac Presto y otros vecinos trasladaron sus cuerpos al cementerio, donde permanecieron, anónimos, hasta su exhumación en junio de 2017. De sus restos, el informe forense de Aranzadi determina de uno de ellos que su altura era de 1,618 m, y de edad superior a 35 años. Entre los vizcaínos muertos, todos eran muy jóvenes, excepto Miguel Garijo Hoson, vecino de Bilbao, ferroviario, de 44 años. Y medía 1,62 m.

Santiago añade la captura de otros fugitivos por los carabineros en Bizkarreta, cuyos pastos de altura comunican con el paraje de Astobia que nombraba J.A. Goñi, y al este, con los pastizales de Espinal. Uno de los capturados llevaba limacos en el bolsillo. Entre los detenidos, J. Ferreiro declara: “El día 5 de junio, en que estaban comiendo bellotas, se presentaron unos hombres y les llevaron a Espinal, a 50 km de Pamplona”. Habla en plural. Parecida declaración hace G. Pindado: “entregado el día 5 en un pueblo que se halla distante unos 50 km”. Hay otros cuatro cuyo lugar de captura es más confuso, pero los seis son capturados el día 5, reingresan y declaran juntos a las 18h del 7 de junio, y en su mayoría eran de la 2ª brigada. Fueron concentrados para su traslado en el cuartel de carabineros más cercano, Espinal.

Cerca, Burguete, donde acantonaba el batallón 332 al ser un estratégico punto fronterizo. Ocupaban los hoteles Loizu y Burguete, cuyo republicano propietario había huido. La tropa estaba dispersa por el pueblo -cuatro por casa, con carácter obligatorio-. Mª Isabel (n.1928), hija del alcalde Benito Azanza, recuerda el estruendo de cornetas que alarmó a la población en la madrugada de ese domingo con motivo de la fuga para movilizar a la soldadesca. El soldado de esa guarnición A. Muguía contaba en el consulado republicano de Hendaya, ya desertor, que les ordenaron acostarse vestidos y levantarse a las dos de la madrugada.

El azar de la historia acude en ayuda de los fugados: el Quinto

La parte superior de estos pueblos es el corredor fronterizo que transitan los fugados que logran cruzar la muga, el Quinto-Kintoa y Sorogain. Ese decisivo hecho obliga a una mayor atención sobre ese espacio físico. Este territorio quedó al margen de dos grandes rutas comerciales. A un lado, los caminos por Bera y Baztán; del otro, la principal ruta internacional medieval por Roncesvalles, en el camino de Santiago.

Alduide o Quinto Real. Tratado 1856

Alduide o Quinto Real. Tratado 1856

Su marginación lo hizo terreno abonado para quien buscaba un paso sin ser visto, fugitivos políticos. Antes y después de la fuga de 1938 hay numerosos testimonios del flujo de quienes escapaban de la guerra o de la persecución política.

El Archivo Histórico de Euskadi conserva docenas de fichas de exilados que citan su cruce por Quinto o Zilbeti al valle de los Aldudes. También lo afirma F. Vargas en Navarros contra el alzamiento: “…los collados fronterizos que llevaban al valle francés de Alduides fueron rutas de escape importantes”.

El Registro civil del valle de Erro recoge la defunción en Zilbeti de uno de los que lo intentaron: dos fugitivos que pasaron noche en la borda Lenko, y avistados, uno murió tiroteado en el término de Koskarte. Era julio de 1939 y su documentación muestra su procedencia del derrotado ejército del Levante. Celestino, un niño de seis años, en brazos de su padre adoptivo y alcalde, José Urtasun, recuerda su entierro en el cementerio.

Desde las bordas de Eugi veían pasar y en algunos casos ayudaban a estos fugitivos, como veladamente comenta Jesús Linzoain sobre su suegro Rodolfo Belzarena, de Indianako borda. Idéntico recuerdo al que presta Pierre Erramouspe (n. 1927), de Esnazu, al otro lado de la frontera, viendo bajar del monte a esos mismos fugitivos.

No solo fugitivos políticos; también lugar de paso de mercancías: “…el paso por las zonas de Esteribar y Erroibar como parte de la más intensa acción de contrabando y por tanto de sendas de gaulana, con su contrapartida en los cantones de Baigorri y Donibane-Garazi, antiguo valle de Cisa”. Si los géneros se introducían desde Alduides o Urepel, los equipos del valle de Esteribar (Eugi, Iragi, Urtasun, Zubiri y Larrasoaña) podían bastarse para recorrer en uno o dos relevos los cuarenta kilómetros que median entre la frontera y Pamplona” J.A. Perales, “Frontera y contrabando en el Pirineo Occidental”.

La línea fronteriza en los montes de Quinto fue objeto de una secular disputa hasta que en el Tratado de Bayona de 1856 se acuerdan sus actuales límites, quedando el valle de Aldude bajo titularidad francesa, y Quinto del lado español, con acuerdos faceros como el que permite pastar el ganado de Baigorri en Sorogain, abonando un tributo anual al valle de Erro. Por razón de su historia, no hay pueblos, apenas bordas, ocasionales pastores y aislados puntos de vigilancia de carabineros. Sin asentamientos humanos, tampoco accesibles vías de acceso para la tropa perseguidora.

Cabaña de carabineros en el monte Lindus, 1917. E. Frankowski, cedida por Joxepe Irigarai

Cabaña de carabineros en el monte Lindus, 1917. E. Frankowski, cedida por Joxepe Irigarai

Los fugados resistentes no conocían tanta leguleyada.

Luchaban por sobrevivir en una naturaleza hostil, perseguidos a muerte; pero los que cruzaron la muga adoptaron la misma solución: esquivar la vigilada zona de Urkiaga y desviarse hacia el este, zona despoblada, inaccesible, menos controlada. Triunfaron aquellos que lograron atravesar los filtros anteriores y pasar a la zona de Sorogain-monte Lindus. Los que se salvaron lo hicieron por su resiliencia y porque eligieron el mejor de los caminos posibles.

Mapa detalle de la muga

Mapa detalle de la muga

 

El valle de Aldudes desde Sorogain

El valle de Aldudes desde Sorogain