Resulta complicado sustanciar el número de implicados cuando han desaparecido los actores principales, dado que el secretismo entre los iniciados es condición de éxito en la planificación de una evasión.

Los comprometidos

El sumario 1916 juzgó a diecisiete fugados como dirigentes, de los que catorce fueron fusilados el 8 de agosto de 1938 y otros tres tuvieron diferente suerte. La Guardia Civil añadió que “existen cargos concretos como dirigentes a doce muertos en la evasión”.

Juzgados como organizadores y fusilados

1. Calixto Carbonero Nieto2. Bautista Álvarez Blanco

3. Baltasar Rabanillos Rodríguez

4. Francisco Hervás Salomé

5. Primitivo Miguel Frechilla

6. Gerardo Aguado Gómez

7. Teodoro Aguado Gómez

8. Antonio Casas Mateos

9. Rafael Pérez García

10. Miguel Nieto Gallego

11. Antonio Escudero Alconero

12. Daniel Elorza Ormaechea

13. Francisco Herrero Casado

14. Ricardo Fernández Cabal

Dirigentes muertos en la fuga, según la G.Civil

1. Antonio Cruz Jiménez2. Luis Horas Blanco

3. Joaquín Ibáñez Elduayen

4. Leopoldo Pico Pérez

5. Vicente San Martín Urroz

6. Juan Alzuaz Urquijo

7. Fernando Garrofé Gómez

8. Patrocinio Sánchez Vicente

9. Bonifacio Martín Roig

10. Antonio Valladares González

11. Juan Burgoa González

12. Julio Costa Piñeira

El texto de F. Sierra e I. Alforja incluye como dirigentes a ocho fugados más, que logran sobrevivir a las ejecuciones habidas en la escapada y a los fusilamientos de agosto: Juan Iglesias, Julián Ortega, José Molinero, Segundo Marquínez, -quienes acompañaban a Picó desde 1936 -, Manuel Villafrela, José Mª Guerendiain, Marcelino Echeandía, y Ángel Arbulo.

Su libro, La gran Fuga, suma otros involucrados, con diferente grado de conocimiento de los preparativos: Macario González y Leopoldo Cámara, procedentes de Bernardos, como el dirigente A. Casas. También a otros cuatro condenados por el Consejo de Guerra 102/36 de Valladolid: Teófilo García, Mariano Aparicio, Augusto Del Barrio, y Ambrosio Ríos, los tres últimos incluidos por Santiago Robledo, que también añade a J. Anchía. Jacinto Ochoa lo supo a través de Bautista Álvarez. Francisco Hervás cita como dirigente, acompañando a Pico, a Carlos Poll. Josu Urresti afirmaba que Pico, con quien compartía celda, le ofreció participar en los preparativos, pero él declinó. Edmundo Méndez, fugado y amigo de P. Miguel y J.Ortega, contaba a sus hijos de su conocimiento de los preparativos, en los que incluía planos con rutas aportadas por sus compañeros navarros.

El sigilo en los preparativos hace improbable que quienes se van sumando al núcleo conspirador a lo largo de los meses conociesen la identidad del resto de involucrados, por lo que su número definitivo queda en el incógnito, pero consignar sus afinidades previas explica cómo se fue vertebrando la trama.

Mimbres para un plan de fuga

Las biografías de estos insurgentes ya anticipaban sus intenciones: gentes de acción, que en distintos penales entretejen complicidades y que se reencuentran en el fuerte. La conjunción de su espíritu rebelde, esas connivencias previas, y las duras condiciones del fuerte los lleva a planificar una evasión.

Destaca un núcleo castellano. En la tarde del 18 de julio de 1936, varios cientos de personas afectas al Frente Popular tratan de articular la resistencia al golpe militar desde la Casa del Pueblo de Valladolid. Aplastados con fuego artillero y de ametralladora, son detenidos y condenados en la causa 102/1936. De ellos, un centenar es trasladado al fuerte, la mitad participarán en la fuga de mayo, y entre ellos se encuentran ocho de los señalados como organizadores: Bautista Álvarez, Baltasar Rabanillo, Antonio Escudero, Teodoro y Gerardo Aguado, Juan Burgoa y Bonifacio Martín. Tres más proceden de Segovia: Antonio Casas, Francisco Herrero y Francisco Hervás; otros de Salamanca, como Calixto Carbonero y Patrocinio Sánchez; o de Ávila, como Miguel Nieto. De Galicia proceden Antonio Valladares, Julio Costa y Primitivo Miguel, vecindado en A Coruña. Por razón de su oficio (albañiles, fontaneros…), muchos son destinados a labores de mantenimiento, tienen acceso a las herramientas, se les franquean las puertas y toman nota de cuanto conviene.

En la misma tarde del 19 de julio, el gobernador civil de Bizkaia hace un llamamiento en Bilbao para detener el avance sedicioso desde Vitoria. Se improvisa la requisa de camiones y coches que parten al límite entre las provincias. Leopoldo Pico, Segundo Marquínez, Juan Iglesias y José Molinero intentan volar un puente en Baranbio. Otro grupo lo forman Fernando Garrofé, Julián Ortega y Martín Garrido en la bifurcación de carreteras entre Otxandiano y Ubidea. En un tercer grupo en Villarreal están Daniel Elorza y Jesús Anchía. Los nueve son capturados, sentenciados y encarcelados en la provincial de Vitoria. Para cuando sean trasladados al fuerte, ya ha germinado otro de los núcleos de lo que será el comité de fuga en el que todos ellos participan, muchos desde la nave séptima de la lúgubre 1ª Brigada.

Entre los conspiradores, Pico ejerce liderazgo. El director del penal y diversos guardianes lo señalan como artífice del levantamiento; “un sujeto peligroso”  lo califica Del Cid. El día 23, un informe policial señala que “el considerable núcleo de fugitivos era capitaneado por un tal PICÓ PÉREZ”. También los fugados capturados conceden a Pico el papel director y destacan su arrojo.

Trabajaba de moldeador en los astilleros Euskalduna, como antes su padre, llegados de Cantabria. En Deusto conoce a Conchi Mazo, Conchín, que olvida su pertenencia a una familia de armadores bílbainos para casarse con ese agraciado obrero de fácil verbo y que baila divinamente. El patilargo de Bilbao, que dirá algún preso. Irresistible.

Viven en la calle Correo 16, en Bilbao, donde su vida queda compartimentada. A un lado, la vivienda familiar; al otro el local del PCE, donde Leopoldo desarrolla su activismo, sede donde la efervescencia política encadena las reuniones, a las que era asidua Dolores Ibarruri. De esas fechas remonta la visceral inquina de la esposa sobre Pasionaria, símbolo del mundo que la alejaba de su marido.

Estuvo preso en la cárcel de Larrinaga debido a su militancia ya antes del golpe de 1936. Ajetreada vida marital en la que la familia crecía al son de los intervalos en que no estaba ausente: Esperanza en 1933, Pedro en 1934.

Conchín reanuda las visitas penitenciarias en el fuerte de Ezkaba, a veces con los niños. No era consciente de la existencia de redes de apoyo, preexistentes desde 1934, por lo que se sorprendía de la solidaridad que le mostraban otras mujeres, conocedoras de quien era, dandole comida o cobijo. Lo encontraba muy delgado. Estaba perdiendo la vista por su prolongado encierro sin apenas luz natural, agudizado por sus estancias en la celda de castigo, ocasiones en que regresaba a casa sin verlo.

Conchi, marcada por el protagonismo de su marido y tras su muerte en 1938, se traslada y vive en Burdeos. Longeva, vivió sus últimos años al cuidado de su nieta, otra Conchi, en Barañain, junto a Pamplona, a la vista del fuerte. La abuela señalaba a la nieta, depositaria de los recuerdos familiares, el camino que tomaba para subir al penal sesenta años antes.

Son estos grupos quienes protagonizan la toma del fuerte –los más comprometidos eran los vallisoletanos y los vascos, decía S. Robledo-. En narración del fiscal, a la hora de la cena del domingo 22 de mayo, los iniciados detienen al distribuidor del rancho y a los funcionarios de la segunda Brigada, y van haciéndose con el control del interior: unos pasan de la cocina a la enfermería, y suben a las plantas de oficinas y pabellones; otros atraviesan el patio central en sentido diagonal hasta las oficinas de Ayudantía y locutorio, y de ahí a la puerta rastrillo. Reagrupados y con refuerzos de implicados de la Brigada de Patio, sorprenden a los soldados de la guardia en el comedor, iniciándose el enfrentamiento a tiros con los centinelas del exterior que, desbordados, son capturados, excepto aquellos que escapan a dar aviso.

Entre quienes protagonizan la toma del fuerte reaparecen los libertarios, supuestos presos comunes, relegados en la amnistía que siguió al triunfo del Frente Popular, diezmados sin escrúpulos en noviembre. El ex-administrador M.Muñoz, en el sumario 1915, en julio de 1938, se ufana de haberlo intuido: “esperaba algún hecho violento en la Prisión, por la confluencia de los reincidentes incorregibles, sediciosos en varias Prisiones y el resto de la población reclusa”.

Los presos comunes

Los anarquistas recalan en el fuerte desde cárceles como Burgos, Alcalá, Ocaña o Valencia, centros donde se venían produciendo disturbios desde febrero de 1936. Serna expresa en sus memorias su alegría al reencontrarse con otros libertarios no solo vizcaínos como Alzuaz o Luis Horas, sino otros como Ibisate o Gerendiain.

Deseosos de aprovechar el tiempo, reeditan un ateneo entre los muros de la prisión, donde se dan clases de gramática, esperanto, francés, euskera, taquigrafía; Mardones da una charla sobre comunismo libertario… hasta que las prohibiciones y los estragos de la severa desnutrición irán mermando sus fuerzas. Cuenta Serna sobre Horas: “Cuando el hambre acogotó sus energías y comió sus carnes, mantuvo intacto su espíritu para leer, vivir. Pasaron meses sin clases, sin conferencias, sin visitas, sin alegrías”.

Vistos como simples delincuentes, la relación con el resto de encerrados en ocasiones es distante. “Los delincuentes comunes tenemos unas horas de salida al patio y los políticos otras distintas. Ningún roce” expone Serna. Pero hay un resquicio. Juan Alzuaz es destinado a la Brigada 1ª y coincide en la nave 7ª con Pico, Elorza, Garrofé, Anchía, Hervás y Marcelino Iriarte.

Alzuaz se perfila como el nexo entre el colectivo anarquista y el grupo de Pico.  Revolucionarios ambos en la periferia bilbaína, comparten un espíritu inquieto para intentar lo imposible frente a un encierro agónico. Alzuaz, ex seminarista, intelectual, daba clases de gramática en el fuerte, y había pertenecido al Grupo Esperanto de la CNT de Barakaldo, “gente capaz de tomar decisiones con solvencia y dirigir y coordinar la acción”, según escribe Serna, quien añade: “Luis Horas está en contacto con Alzuaz, y éste, a su vez, con Elorza y Picó”. Coincide con J.Urresti: “En el 7º túnel estaban Pico, Alzuaz y Elorza”.

Alzuaz cuenta con estrechos lazos en la Brigada de Patio: en abril de 1934, junto a los alaveses Macario García, Emilio Ibisate y Joaquín Arroyabe, intentan una evasión desde la prisión de Vitoria. Los informes tachan al grupo de atracadores anarquistas y pistoleros de CNT y FAI. Son trasladados de cárcel: Macario y Juan a Alcalá; Emilio y Joaquín a Burgos. Manteniendo su desafío al orden penitenciario, protagonizan allí plantes y motines, y se  reencuentran en junio de 1936 en el penal de Ezkaba.

J. Alzuaz, fuguista en 1934

J. Alzuaz, fuguista en 1934

Macario Garcia, FAI

Macario Garcia, FAI

Los archivos resucitan otras ramificaciones que el tiempo y la muerte de sus protagonistas habían sepultado. El madrileño Rafael Pérez y el sevillano Manuel Villafrela participan con Alzuaz y Macario García en las protestas de la cárcel de Alcalá. Trasladados al fuerte, en 1937 Rafael comparte celda de castigo durante tres meses con Ibisate. En la toma del fuerte, Rafael estará entre ellos. El día de su captura, fusil en mano, indómito, “en vez de mostrarse humilde ante la adversidad, como les sucedía a los restantes capturados, se encontraba enteramente sonriente”, dice el informe de la G.Civil.

La participación de estos comunes en la toma del fuerte no pasó desapercibida: “Juan Alzauz iba con pistola y disparó los cinco primeros tiros contra el centinela número cuatro”, dice  F. Valverde, ordenanza del director del fuerte; Echeandía, Rafael Pérez El Gringo, Guerendiain, y otros de esa Brigada corrieron del patio hacia Ayudantía”, declaran H. Jiménez y M. Rincón. Luis Horas y Antonio Cruz, El Quemao, armados de fusil, son profusamente señalados por otros presos (Oblanca, Echevarría, Arrieta, Pertegal, Urieta…) entre quienes fueron por las Brigadas abriendo las cancelas. Como declara igualmente Berrañueta: Luis Horas entró a la Brigada de Patio y les dijo “muchachos, a la calle”. Quiroga, remacha: “les obligaron a salir los comunes”. También A. Arbulo, organizador, destaca su papel: “en enero se hizo un comité de fuga con Pico y otros…/entraron también algunos de la Brigada de Comunes…” (LGF).

De estos comunes, Villafrela, Pérez, Gerendiain, Echeandía, Cruz, Costa, Horas y Alzuaz, fueron identificados como organizadores en el sumario. Cuesta creer que Ibisate, Macario García y Arroyabe, que compartieron con ellos convicciones, tentativas de evasión, motines y sufrieron las mismas penurias, quedasen al margen de la gestación de esta nueva fuga, última para la mayoría de ellos. Eustasio García, “Monín”, en celda de castigo ese señalado día, y con un historial que se remonta a la revolución mejicana, en palabras de su amigo Serna, es otro que reclama su lugar entre el medio centenar nombrado, al igual que Martín Garrido o los cenetistas riojanos. De otros desconocemos hasta su nombre.

La gran Fuga parte de que fueron al menos veintisiete, que identifica, quienes participaron en los preparativos, junto a otros con un menor grado de conocimiento del plan. “Al menos”, lo que deja abierto el número. En la descripción de la revuelta el fiscal relata: “se fusionan en un solo grupo, acrecentado con un mayor número de penados, hasta reunirse unos cincuenta o sesenta”, quienes arremeten y desarman a los desprevenidos soldados en el comedor.

Dolores, hija del preso alavés Lorenzo Herrero, en su novela Entre dos celdas, basada en recuerdos trasmitidos por su padre, dice: “llegó un momento en que se habían comprometido cincuenta prisioneros”. Reitera esa cifra -LGF p 228 – en boca de Juan Iglesias, a quien entrevistó en 1994: “Salimos alocadamente al monte, no ya los cincuenta comprometidos, sino a centenares”. El sargento Ángel Mayo Lacunza, declara a su vez que “ignora el número de presos que se fugaron, pero que el grupo que a él le tiraba era de unos cincuenta a sesenta”.

Ayudar a la República desde tu puesto

La motivación central de quienes participaron en la fuga fue la hambruna y el mal trato que les conducía a una lenta muerte. Pero el instructor del sumario ahonda en el plan de evasión y se desvela que en sus promotores había un añadido político: ayudar desde su puesto a la República.

Los organizadores condenados a la pena capital, custodiados en la Prisión Provincial hasta su fusilamiento al amanecer del 8 de agosto, pasaron sus últimas horas con miembros de la cofradía de los Hermanos de la Paz y Caridad, que reconfortaban a los convictos. El instructor toma declaración a los cofrades y a oficiales de la prisión para conocer las causas últimas de la revuelta.

Los condenados señalan sin excepción al mal trato y al hambre –de los que hacen responsables al director y al administrador- como causas del levantamiento, exponiendo que preferían sucumbir en el monte, antes que en el fuerte. Uno de los hermanos Aguado recalcó al teniente de la G.C. que “antes de fusilarlos a ellos, tenían que fusilar al Administrador Don Manuel Carlos Muñoz, porque los mataba de hambre”. Los reos lo comparan con el correcto trato y alimentación que reciben ahora, si bien uno de ellos respondió al cabo de requetés que le llevaba su último bocadillo: “A qué me traéis esto ahora, cuando me habéis matado de hambre.

Pero hay algo más.

En favor del movimiento rojo. Conversación alférez J.  Sales con los dirigentes. Sumario 1915

En favor del movimiento rojo. Conversación alférez J. Sales con los dirigentes. Sumario 1915

El juez instructor interroga al alférez J. Sales sobre si estando de servicio la noche del siete al ocho en la prisión, oyó a los condenados a muerte alguna manifestación sobre las causas que motivaron la evasión, a lo que contesta queconversando con varios reclusos, todos, mejor dicho, a los dos o tres que preguntó, le contestaron unánimemente, aunque la pregunta la hizo por separado, que el principal motivo era debido a la mala alimentación y falta de agua en el fuerte. Otra de las razones que le dieron fue de que creyendo de que los rojos iban a ganar la guerra y estando presos a treinta kilómetros de la frontera, se fugaron para que cuando la guerra la ganaran darles a los rojos razones contundentes de que habían hecho algo por el movimiento rojo”.

Algún crédito debió merecer ello al instructor, que en su resumen sumarial lo reproduce:sobre las razones de la fuga, dos o tres confesaron que creyendo que los rojos iban a ganar y estando tan cerca de la frontera, querían que la fuga tuviese un papel positivo en ello y que el descontento por el hambre, hizo que fuesen ganando adictos para la revuelta”.

A esa argumentación se sumó el fiscal. Conocedor de los entresijos de la trama, en informe de junio de 1942 sobre los responsables del centro, expone: “La evasión no se debió exclusivamente al mal trato, sino que había un número reducido de reclusos que fueron los que idearon la evasión en masa y hubieron de manejar como argumento lo que ya estaba en el ánimo de todos, que de continuar en la situación que sufrían, en poco tiempo morirían todos de inanición. Es decir, que los procesados, con su conducta dieron un motivo de propaganda a los más exaltados”.

La tesis de que el reducido grupo de insurrectos se apoyaron en el descontento para impulsar un apoyo a la República gana así crédito. ¿Era ese su objetivo al organizar una masiva fuga de los 2500 reclusos, a pesar del riesgo que implicaba para sus protagonistas?

Los implicados anarquistas mantenían una posición crítica con una República indecisa, pero les unía su beligerancia absoluta con el sistema penitenciario. Un testimonio familiar describe la visita de Hilaria, hermana de Segundo Hernández, cenetista de Vitoria: “Segundo estaba muy mal, con mucha rabia en ese agujero de cárcel que era el Fuerte, tenía ganas de hacer algo porque además habían matado a nuestro padre…él quería hacer algo…y al final llegó la fuga y también lo mataron”.

En La gran Fuga, Arbulo sostenía que al truncarse la fuga por la huida de los centinelas, Pico les dijo: “compañeros, el proyecto ha fracasado”. “Lo dijo -prosigue-, porque la fuga no la prepararon por hambre, que la había, sino porque tenían mentalidad de luchadores”. Contaba que Pico le propuso el plan en septiembre de 1937 y en enero se constituyó un comité de fuga con los más cercanos.

Algo parecido aseveraba Macario González: “supe que iba a haber una fuga y estaba preparado para ella, teniendo por cometido detener al guardián de la barbería. Estaba prevista para el 9 de mayo pero hubo que esperar porque se creía que el ejército republicano iba a pasar el Ebro”.

La noche anterior a la ejecución de los organizadores, el médico Joaquín Áriz oyó decir a los Hermanos de la Paz y Caridad cómo los reos comentaron que tenían diseñada la fuga con todo detalle y planos desde hacía un año. El reo Calixto Carbonero confesó al alférez Gabino Eguizábal que llevaban fraguando los preparativos desde el mes de diciembre y que la intentona estaba programada para el 9 de mayo, aplazándose por la escrupulosidad con la que ese día los funcionarios cumplieron su servicio. Fueron conscientes de que el factor sorpresa se desbarató al huir algunos centinelas, pues contaban con que en tres horas podían rebasar los puntos estratégicos donde se situarían las fuerzas que saliesen en su persecución.

Josu Urresti, compañero de celda de Pico, dejó escrito en sus Memorias cómo este y Alzuaz hablaban en esperanto, y se recibían noticias de que los rojos habían conquistado Teruel o se acercaban a Zaragoza. Otro fugado, Afrodisio González, abunda en ello: “Por entonces se luchaba en el Ebro y se pensaba que iban a liberarnos”. También Santos Martínez: “…por las visitas y los periódicos que entraban clandestinamente se decía…”. Lo mismo Serna: “…bebiendo noticias que en trozos de periódicos nos informaban del triunfo rojinegro en Barcelona”.

La recepción de noticias era precaria, pero existente. Y los organizadores primaban el uso del esperanto para conspirar: Antaŭen!, expresión para echar a andar un plan. Ese idioma universal tenía su raigambre en la cultura obrera, particularmente anarquista, de la época; Entre los organizadores procedentes de la Margen Izquierda bilbaína, Alzuaz, Pico, Garrofé y Ortega lo hablaban. María, sobrina nieta de Fernando Garrofé, recuerda a su abuelo, hermano de Fernando, hablando en euskera, pero también en esperanto, aprendido de su madre maestra. Oliva Ocejo, de la misma zona minera que los Garrofé, y de otra familia también comunista, recita a sus 88 años, los días de la semana que aprendió en la escuela esperantista de su pueblo: dimanĉo, lundo… Ortega lo intercambiaba con su amigo Méndez por clases de contabilidad, a las que acudía el madrileño J.Nicolás, a su vez citado como enseñante de esperanto por Del Cura. Otros penados como A. González, Landa o Boveda dan testimonio del uso de esa lengua franca entre los reclusos. Ana, hija del fugado Jovino Fernández, lo corrobora respecto a su padre.

Ana, hija del fugado Jovino Fernández, lo corrobora, como María, sobrina nieta de Fernando Garrofé. María, nacida en Murcia, recuerda a su abuelo Juan José, hermano de Fernando, hablando en euskera, pero también en esperanto, aprendido de niño de su madre maestra.

Libro contabilidad y alumnos del preso E. Méndez

Libro contabilidad y alumnos del preso E. Méndez

En abril de 1938 se barruntaba una ofensiva en el Ebro para retomar la continuidad territorial republicana, cortada entre el eje Madrid-Valencia de un lado y Catalunya del otro. Postrer intento de revertir el curso de la guerra, o forzar una paz negociada. Difícilmente los conspiradores podían vincular su plan a esa ofensiva militar y diplomática, pues la planificación de la fuga era anterior a ellas; pero parece acertado pensar que en la mente de los promotores bullía el golpe propagandístico que suponía la masiva fuga en una plaza fuerte de los sublevados, provocar su desconcierto y un efectista golpe a su moral. Ayudar a la República desde su puesto.

En ese contexto cobra sentido el resultado de la entrevista que los promotores mantienen con un grupo influyente de presos nacionalistas vascos. Josu Landa, uno de ellos, lo narra en sus Recuerdos, y La gran Fuga lo reproduce. Pico y Rabanillo acuden al Pabellón 2º C, en la segunda planta, donde se encontraban recluidos y en esos momentos reunidos, debatiendo una situación para ellos sobrevenida. Tratan de involucrarlos una vez tomado el fuerte, apreciando la experiencia militar de mandos de los batallones San Andrés y Gordexola allí encarcelados desde el otoño de 1937. Cuenta Landa que a la vista de la ausencia de apoyo exterior, valoraron como una temeridad lanzarse hacia la frontera y desecharon su participación. A ello se unía que desde la caída de Bilbao y el abandono de los batallones de obediencia nacionalista en Santoña en agosto de 1937, se debilita su implicación en la causa republicana, y por tanto no compartían la voluntad de sus interlocutores de tomar tamaño riesgo en una empresa que ya no ven como propia.

Pero no eran momentos para pausados razonamientos ni consensuar consignas de grupo. Al menos una docena de presos nacionalistas se suman a la evasión. Como Pedro Areta, a quien una vez capturado por requetés, se le traduce su declaración al euskera por no entender el castellano. Como Saturnino Ichaso y Pablo Redín, que participarán en la fuga y morirán en el intento. Lamentaba Landa sobre Redín: “Quise convencerle para que no se marchara pero no lo conseguí”. Como cada domingo, había recibido esa tarde la visita de su hermana Felisa. En esa habitual visita, ninguno de los hermanos podía sospechar que tres horas después correría monte abajo al encuentro de la muerte. El recuerdo de Redín e Ichaso perduró en su entorno, pues a ellos se refieren tanto Socorro Aranguren, una de las emakumes que los visitaban, como el sacerdote C. Saralegui, autor de Memorias y recuerdos de un cripto: “…cayeron dos chicos de Pamplona. Cuando vieron las puertas del Fuerte, los dos, jóvenes y montañeros, salieron buscando el camino de Francia”.

Saturnino Itxaso y Pablo Redín

Saturnino Itxaso y Pablo Redín