Las redes de evasión

Desde el inicio de la guerra se activaron redes de ayuda, -por motivación  humanitaria o afinidad política- a quienes pretendían escapar a Francia. Estas redes compartían espacio, y en ocasiones se entremezclaban, con un colectivo que de modo natural estaba presente en ese escenario fronterizo: los contrabandistas.

“Casi todas las confidencias, datos, informes, que recibe el consulado son gratuitos, porque provienen de amigos de nuestra causa, pero no hay que olvidar que uno de los elementos más aprovechables –quizá el mejor- es el contrabandista”, recoge Saturnino Lasa, miembro del SIM -Servicio de Información republicano en el sudoeste francés- el 29 abril de 1938.

Altruista o no, resultaba una actividad peligrosa. Otro informe del consulado de Hendaya relata en abril de 1938, como un grupo de 25 personas, en una operación financiada por el Socorro Rojo Internacional, fue interceptado por la ronda volante de la Guardia Civil en Ventas de Arraitz, cuando intentan pasar la muga: 19 logran cruzar, siendo detenidos los otros 6, de los que 5 son fusilados (otras fuentes rebajan las cifras a 3 muertos, que quedaron allí enterrados). Hace referencia al desmantelamiento en febrero de la red de los hermanos Erviti Cilveti, como detalla F. Mikelarena en Muertes oscuras, donde sistematiza las redes de evasión, en parte establecidas sobre las preexistentes redes de contrabando en esos valles pirenaicos.

La sombra de esas redes revolotea sobre un instructor ávido de explicaciones sobre los apoyos que pudo haber tenido el plan de evasión. El sumario 1917 recoge antecedentes de la red de los Erviti; señala a Blas Marín, refugiado, y antiguo alcalde republicano de Elizondo, como principal responsable de estas redes de apoyo; y “como se trata de hechos ocurridos principalmente en territorio francés”, recaba informes del Servicio de Información de la Comandancia Militar del Bidasoa y de la Comisaría de Policía de la Frontera, que insinúan la existencia de este vínculo: “…esta evasión obedece a una preparación previamente meditada, siendo probable un continuo e intenso contacto de los reclusos con elementos del Frente Popular en Francia y muy especialmente en los Alduides”, escribe el comisario jefe de Irún el 23 de mayo.

El coronel instructor incluye la carta de un carabinero en Maya (Baztán), Fernando Rojas, del 24 de julio de 1938: “Ocurrido el hecho de la evasión de los presos del fuerte, esa misma noche, el tal Blas Marín en unión del tal Erviti, pasaron en automóvil con dirección a los Alduides…/…saqué en conclusión que estos individuos sabían desde algún tiempo que se iva a perpetrar el referido hecho y por consiguiente de antemano trabajaban desde Francia con el fin de allanarles el camino”.

La propaganda oficial se sumaba a esa opinión, y emitía el 6 de junio por Radio Nacional en Salamanca: “Los jueces trabajan activamente para esclarecer la ayuda de armas pasadas por la frontera con destino a los presos fugados, así como para aclarar las actividades de los súbditos franceses que en días anteriores parece habían visitado los caseríos cercanos al fuerte”.

Otra evasión, coincidente, de presos en Granada no ayudó a despejar dudas. En la madrugada del 23 de mayo de 1938, de modo prácticamente simultáneo a la fuga de Ezkaba, se llevó a cabo una operación de rescate de trescientos ocho presos, que procedentes del frente asturiano, estaban encerrados en el fuerte de Punta Carchuna (Granada).

La exitosa operación, a iniciativa del mando republicano, fue ejecutada por un comando mixto de 35 soldados y milicianos, entre ellos, brigadistas internacionales, como lo recogió Ce Soir el 25 de mayo, y lo narra en su blog Jesús Castillo Doménech. El Diario de la 33 División del ejército franquista del 23 de mayo concluyó sobre el rescate: “Como impresión que domina en todo el desarrollo de la evasión de los prisioneros, prevalece la de que hubo un previo acuerdo entre el enemigo, las dos Compañías de prisioneros y el personal de vigilancia, facilitado por 3 individuos del batallón, que desertaron hace pocos días”.

El paralelismo entre ambas fugas redobló las sospechas de los desconcertados militares. En 1941, el teniente general Alberto Castro escribe sobre la fuga de Ezkaba: “esta fuga formaba parte de un vasto plan preparado por elementos rojos que estaban en combinación con otros que esperaban al otro lado de la Frontera”.

Sin embargo, el plan de fuga se gestó y ejecutó sin intervención de ese fantasmal soporte exterior, apoyo que no es mencionado en el informe final del instructor, ni en la sentencia. Tampoco desde el campo de los protagonistas, fugados o contrabandistas, hay dato que lo avale.  “Partió enteramente de dentro del penal” dice Jacinto Ochoa, entrevistado por J.Jurío en 1978.

El discurrir de los hechos arropa esta versión. Los organizadores buscan el apoyo de presos locales precisamente para suplir esa carencia: “A nuestra pregunta de si tenían algo preparado en el exterior contestaron que no tenían absolutamente nada”, cuenta en LGF J. Landa sobre su encuentro con Pico. El contacto externo parece descartado ante las dificultades de acceso a esas redes, la logística requerida, y el incontrolable riesgo de filtración del plan si se extendía más allá de los muros del penal.

El apoyo a la persecución

Los fugados encontraron en la población civil actitudes generosas, pero también beligerantes, tal y como el alma humana se conduce en situaciones extremas. El dispositivo de captura contó con la colaboración de civiles afines al banco franquista y vecindario de los valles.

Su participación quedó desdibujada, al arrogarse los cuerpos profesionales todo protagonismo. Aunque el informe de la GC no cuantifica sus capturas, el Cuerpo de Carabineros reivindica la captura de 412 de los prófugos y los militares concretan su participación en Juslapeña con 134 capturados, lo que dejaría un papel residual a otros participantes.

Sin embargo, las declaraciones de los capturados desmienten esa primacía de los cuerpos profesionales y señalan a los requetés –muchas veces paisanos calados con su identitaria boina roja- como fuerza primordial en las capturas: “…presentándose a tres Requetés y un paisano en Olabe”, declara M. Iriarte; “…después de vagar por el monte se presentó a unos Requetés cerca de Olabe”, en el caso de J.Ibarrola; “…se entregó a unos paisanos con escopeta”, dice G.Castañeda; “…fue a entregarse a unos paisanos con escopeta que luego le entregaron a unos Requetés”, expone D. Pérez, entre las declaraciones que pueblan el sumario.

Julio Elorz, voluntario con 22 requetés

Julio Elorz, voluntario con 22 requetés

Las fichas de excombatientes del bando vencedor, de 1940, conservadas en el Archivo General de Navarra, corroboran esa participación de paramilitares en el operativo, como lo hace Julio Elorz, voluntario, al frente de 22 requetés.

“Un buen día se escaparon los presos del Fuerte de San Cristóbal y las autoridades pidieron voluntarios para salir al monte y capturarlos, pues no había fuerzas en la guarnición. Desde quinto curso el colegio –Maristas- se despobló por cinco o seis días. La preocupación de todos era que no les tocase fusilar. …/…Volvieron contando aventuras emocionantes y largas caminatas por bosques y barrancos”. José Javier Uranga, Diario de Navarra, 17 julio de 1955, medio del que fue director durante 28 años. Certifica que hubo una masiva incorporación al operativo entre los afines; que los muertos no lo fueron en la refriega, sino por fusilamiento… y lo emocionante de la aventura.

“Durante aquellos agitados días fueron movilizados todos los afiliados de Falange y el Requeté. Unidos a la Guardia Civil, peinaban el monte a la caza de presos con la tajante orden de ni heridos ni prisioneros”. Galo Vierge, miembro de CNT, en Los culpables, escrito en 1942.

El sacerdote C. Saralegui en Memorias y recuerdos de un cripto aseveraba: “…fueron muchos los “voluntarios” que ayudaron al ejército en su empresa”.

En cuanto a los vecinos de estos valles, la colaboración en unos casos fue forzosa; en otros, voluntaria e incluso entusiasta. Pesaba la propaganda oficial que estigmatizaba a los huidos como una partida de “asesinos, atracadores y ladrones”, y todavía hoy en esos valles se recuerda el temor que despertaron los fugados, similar al que más tarde provocarían los maquis. Esa presión ambiental convirtió a la población local en actor del operativo, capturando fugitivos, delatando su presencia, en algunos casos levantando sus escopetas contra ellos, y en casi todos cavando las fosas donde fueron enterrados.

Así lo reconocía la nota de agradecimiento del gobernador civil de 22 de junio, a quienes “provistos de escopetas y otras armas, han ayudado con la mayor eficacia a la captura de numerosos evadidos, reduciendo a los que hicieron resistencia y proporcionando confidencias utilísimas y noticias importantes relativas al terreno de que son conocedores”. El jefe de la comandancia de la G.C. de Navarra aplaudía el 15 de junio de 1938 la cooperación de Esteribar en el dispositivo de captura de los reclusos evadidos “de los hombres naturales de esa hidalga y españolísima comarca, así como su noble y desinteresada hospitalidad”. En Juslapeña es el comandante Trías quien hace lo propio desde Ollacarizqueta. Lo cierto es que la hospitalidad no era opcional: en Burguete, cada casa debía acoger a cuatro soldados, lo mismo que en Ciaurriz (valle de Odieta). Jesús Linzoain citaba 20 soldados en Iragi, repartidos por las casas; José y Teodoro Nuin, de 1926 y 1928, alojaban en la casa familiar en Usi al capitán de la tropa acantonada en el pueblo.

Agradecimiento a la población local

Agradecimiento a la población local

Esa participación vecinal en la desatada brutalidad convirtió en cómplices sobrevenidos a los intervinientes, y coadyuvó al mutismo y desmemoria que ha afectado a la localización de los ejecutados. Una verdad incómoda.

Estos valles, que habían logrado esquivar la violencia que en los años anteriores arrasó los pueblos del sur de Navarra, se vieron envueltos en este inesperado suceso en la primavera de 1938 y provocó por sí solo que allí se concentrasen el mayor número de asesinatos extrajudiciales en el último año de guerra, si bien no de sus convecinos. Ezcabarte tenía 1052 habitantes y pudo rebasar los 26 fugados muertos. Olaibar contaba entonces con 263 habitantes, y un cálculo aproximado de 43 muertos; Juslapeña alcanzaba los 706 habitantes, y la fuga ocasionó 30 ejecutados en el valle; Anue con Lantz, 1188 habitantes y 33 asesinados; en Esteribar, con 2145 habitantes, y los evadidos contabilizados como fusilados al menos 39. En los cinco valles, el porcentaje de asesinatos sobre su población fue superior a la media que hubo en el conjunto de municipios de Navarra entre 1936 y 1939. Los gráficos sobre los asesinatos en Navarra en ese periodo deberán encontrar la manera de reflejarlo.

El recuerdo de esa herida quedó en letargo durante décadas. Quienes rompen la amnesia son quienes entonces fueron niños. No puede aflorar esta historia sin su concurso. Su curiosidad entonces los convierte hoy en testigos: niñas y niños camino a la escuela, pastoreando el ganado… que atraídos por el revuelo de lo novedoso, presencian escondidos las ejecuciones. El valle de Anue elaboró en 2014 un vídeo sobre memoria oral de sus mayores. En cuarenta minutos en que repasa su historia del siglo XX, son tres las personas que se refieren a aquella fuga, validando el impacto de aquella vivencia de hace casi ocho décadas en sus recuerdos. Se cierra el círculo: son ellos, hoy ancianos, acompañados de sus descendientes, la principal fuente de localización de fosas.

… y a los perseguidos

La demonización de los fugitivos se complementaba con la amenaza sobre quien les prestase ayuda. Y sin embargo la hubo. Hubo ayuda local, pero espontánea, no planificada por el mando republicano o soportada por redes de evasión.

El vecino de Eugi Eusebio Sotro se topa en el monte con un perseguido. Por encima del riesgo, le extiende su ración de comida, le indica el camino a la frontera. En Zubiri, a Mainerena o Berzetxea, borda aislada fuera del núcleo urbano, llega un extenuado fugado. Es ocultado durante días por Sebastián González Vierge. Una vez recuperado, regresa a los bosques, no sin antes asegurar que no confesará esa ayuda caso de ser capturado. Su identidad queda anónima. De modo parecido, dos fugitivos cenan y pasan noche en un pajar de Maquirriain, protegidos por Nazario Munárriz. Esperanza Egozkue, de casa Berekoetxea, en Burutain, contaba que siendo niña en Lantz, entregó una patata a quien consideró un mendigo, para conocer después que era un fugado, que hambriento, deambulaba por la calle. Es fácil de aceptar que se diesen episodios similares. El periódico La Depêche de Toulouse se hace eco el 2 de junio de esa ayuda local a los evadidos.

Los fugitivos que cruzaron la muga llegaron allí por su experiencia de gente de campo para guiarse en la noche y su resistencia. También porque encontraron una mano amiga. Lorenzo y Marinero cuentan que son alimentados y ayudados a cruzar la frontera en Valcarlos, ya al final de su recorrido. Jovino Fernández narra que un pastor le da pan y queso, le indica que se encuentra en Roncesvalles y le ayuda a pasar la frontera. El cuarto fugado de Banca, probó en su cuerpo las dos actitudes: Un disparo de posta, disparado por un civil deja su brazo herido. Pero antes en Etsain un par de paisanos le dan pan y queso y le indican el camino. Más tarde, en un caserío de Banca es cuidado hasta su recuperación. Jacinto Ochoa y Felipe Celay, fugados en 1944, son cobijados por una vecina de Abaurrea.

El clero local

Otro capítulo a sopesar es la actitud de los párrocos rurales, con gran ascendencia en las pequeñas poblaciones de la montaña. Ha quedado constancia de la oposición de muchos a estos asesinatos extrajudiciales en Urtasun, Eugi…, tratando de frenar la ferocidad de los verdugos, pero su constatada presencia en las ejecuciones, en calidad de confesores de las víctimas y/o conversando con los capturados, resulta más controvertida, pues cabe cuestionar su inhibición/pasividad en la inscripción que hubiera permitido la identificación y localización de esas víctimas a sus familiares.

Del muestreo de libros parroquiales a los que ha sido posible acceder, se verifica que sí inscribían a los parroquianos muertos en los frentes: “el día tres de mayo de mil novecientos treinta y siete recibió cristiana sepultura en el cementerio de Unzu, anejo a esta parroquia de Navaz, Eugenio I.E., de veintiuno años, que falleció en Elorrio (Vizcaya) el día 27 de abril, luchando en defensa de Dios y de la Patria. Santos Gesta, párroco”. ”El día diez y siete de junio de 1937 murió en este cerco de Bilbao, Sabino G. G., voluntario requeté de edad de veinte años. Se trajo su cadáver y fue sepultado en el cementerio de Ibero y se le hizo un funeral con diez sacerdotes. Alberto Oficialdegui, vicario”.

También, como era pertinente, anotaban los forasteros fallecidos en su jurisdicción parroquial: “fue hallado el cadáver de un hombre, al parecer mendigo en las cercanías de este pueblo. Identificado el cadáver, resultó ser Raimundo P. E., de 46 años de edad, natural y residente en Pamplona. José Saldías, ecónomo”, Anocibar, 20 de febrero de 1938.

Sin embargo, con la excepción ya citada del párroco de Eugi, no inscribieron estas víctimas, ejecutadas en su presencia. La explicación a esa pasividad eclesial la dio ese párroco de Ibero, en una carta dirigida en junio de 1937 a Concepción, hija de Gregorio Angulo Martinena, cantero de Tafalla y dirigente socialista, exhumado en Ibero en 2015, a quien confesó antes de su ejecución: …”no le he escrito a usted antes, porque tanto a los que intervienen en el fusilamiento como a nosotros nos prohíben comunicarnos con las familias de los muertos” (tomado del libro que A. García Sanz dedica a G. Angulo).

Es conocido el discreto envío de cartas a las familias de los fugados, confesados antes de ser ejecutados, en los casos de los párrocos de Ibero y Navaz. El párroco A. Oficialdegui certificará a la viuda de José Garmendia que, fugado del fuerte, fue ejecutado en Ibero el 24 de mayo y enterrado a orillas del Arga. El párroco S. Gesta escribirá a la viuda de Felipe Parra para comunicarle su fusilamiento el 26 de mayo en esa localidad de Juslapeña.

Jesús Equiza, en “Los sacerdotes navarros ante la represión…”, reivindica el apoyo a fugados por los párrocos de Olague, Miguel Beortegui, y de Zubiri, Fernando Iribarren, a quienes acogieron hospitalariamente. Benevolente juicio del autor, por cuanto que hay testimonios de la presencia de ambos en ejecuciones, sin que haya trascendido su inscripción. Amable es su valoración del capellán del fuerte, a su vez párroco de Berriozar, José María Solabre, al decir que “a pesar de las apariencias, era un cura compasivo y misericordioso”, en  contraste a lo manifestado por diversos presos. Juan Mari Pallín, católico confeso, asiduo a los actos religiosos en el fuerte, lo califica en sus Memorias como de aspecto siniestro, recordando su actividad como instructor militar carlista que recoge el libro “El catolicismo y la cruzada”.

Esta inhibición generalizada en las inscripciones fue así acorde a la estrategia de ocultamiento de los ejecutores. Las excepciones, tan valiosas como escasas, permiten poner rostro y lugar a los ejecutados en Eugui, Ibero o Navaz.