La ayuda a quienes pretendían pasar a zona leal republicana o a Francia, trascendió al caso de los fugados de Ezkaba. En el valle de Baztán actuó una altruista red a lo largo de toda la guerra, conocida como los “samaritanos”. Navarra 1936 presenta diversos casos de ayuda a evadidos: el del alcalde de Tafalla, Julio Iribarren en Alkotz; o el de Tudela, ayudado por vecinos de Ochagavía a cruzar la frontera.

Un colectivo que de modo natural facilitaba el paso eran los contrabandistas, aunque sus motivaciones no siempre eran de orden humanitario. “Casi todos los confidentes, datos, informes, que recibe el consulado son gratuitos, pero no hay que olvidar que uno de los más aprovechables –quizá el mejor- es el contrabandista”, recoge Saturnino Lasa, miembro del SIM -Servicio de Información republicano en el sudoeste francés- el 29 abril de 1938. Con todo, resultaba una actividad peligrosa. El 11 de abril de 1938, un grupo de 25 personas fue interceptado cuando intentan pasar: 19 logran cruzar la frontera, siendo detenidos los otros 6, de los que 5 son fusilados.

Respecto a los presos del fuerte, la solidaridad personal y asistencial tuvo a mujeres como principales partícipes, bien como familiares y/o por afinidad política. Sobresalió también la persistente denuncia del periódico de UGT Trabajadores – desde 1934 hasta su forzoso cierre en 1936- contra el penal y sus inhumanas condiciones.

Los fugados encontraron en la población civil actitudes generosas, pero también beligerantes, tal y como el alma humana se conduce en situaciones extremas. El dispositivo de captura contó con la colaboración del vecindario de los valles. Así lo reconocía la nota de agradecimiento del gobernador civil de 22 de junio, a quienes “provistos de escopetas y otras armas, han ayudado con la mayor eficacia a la captura de numerosos evadidos, reduciendo a los que hicieron resistencia y proporcionando confidencias utilísimas y noticias importantes relativas al terreno de que son conocedores”. Desde otra posición, el sacerdote C. Saralegui en Memorias y recuerdos de un cripto aseveraba: “…fueron muchos los “voluntarios” que ayudaron al ejército en su empresa”.

El jefe de la comandancia de la G.C. de Navarra agradecía el 15 de junio de 1938 la cooperación de Esteribar en el dispositivo de captura de los reclusos evadidos “de los hombres naturales de esa hidalga y españolísima comarca, así como su noble y desinteresada hospitalidad”, nota que se repitió valle a valle. En Juslapeña es el comandante Trías quien lo hace desde Ollacarizqueta. La hospitalidad no era opcional: en Burguete, cada casa debía acoger a cuatro soldados, lo mismo que en Ciaurriz (valle de Odieta). Jesús Linzoain citaba 20 soldados en Iragi, repartidos por las casas; José y Teodoro Nuin, de 1926 y 1928, alojaban en la casa familiar en Usi al capitán de la tropa acantonada en el pueblo.

En unos casos la colaboración fue forzosa, en otros voluntaria e incluso entusiasta. Pesaba la propaganda oficial que estigmatizaba a los huidos como una partida de “asesinos, atracadores y ladrones”, y todavía hoy en esos valles se recuerda el temor que despertaron los fugados, similar al que más tarde provocarían los maquis. Esa presión ambiental convirtió a la población local en actor principal del operativo, capturando fugitivos, delatando su presencia, en algunos casos levantando sus escopetas contra ellos, y en casi todos cavando las fosas donde fueron enterrados.

Su participación quedó desdibujada, al arrogarse los cuerpos profesionales todo protagonismo. Aunque el informe de la GC no cuantifica sus capturas, el Cuerpo de Carabineros reivindica la captura de 412 de los prófugos y los militares concretan su participación en Juslapeña con 134 capturados, lo que dejaría un papel residual a la participación local.

Sin embargo, las declaraciones de los capturados desmienten esa primacía de los cuerpos profesionales y señalan a los requetés –muchas veces paisanos calados con su identitaria boina roja- como fuerza primordial en las capturas: “…presentándose a tres Requetés y un paisano en Olabe”, declara M. Iriarte; “…después de vagar por el monte se presentó a unos Requetés cerca de Olabe”, en el caso de J.Ibarrola; “…lo cogieron al día siguiente lunes a las dos de la tarde unos aldeanos”, cuenta S. Aguado; “…se entregó a unos paisanos con escopeta”, dice G.Castañeda; “…fue a entregarse a unos paisanos con escopeta que luego le entregaron a unos Requetés”, expone D. Pérez, entre las declaraciones que pueblan el sumario.

Julio Elorz, voluntario con 22 requetés

Julio Elorz, voluntario con 22 requetés

Otra fuente corrobora su presencia: las fichas de excombatientes del bando vencedor, de 1940, conservadas en el Archivo General de Navarra, AGN, que recoge numerosos casos de carlistas que citan su participación en el operativo, como lo hace Julio Elorz, voluntario, al frente de 22 requetés.

Agradecimiento a la población local

Agradecimiento a la población local

Esa participación vecinal en la desatada brutalidad convirtió en cómplices sobrevenidos a los civiles intervinientes, y coadyuvó al mutismo y desmemoria que ha afectado a la localización de los ejecutados. Una verdad incómoda.

Estos valles, que habían logrado esquivar la violencia que en los años anteriores arrasó los pueblos del sur de Navarra, se vieron envueltos en este inesperado suceso en la primavera de 1938 y provocó por sí solo que allí se concentrasen el mayor número de asesinatos extrajudiciales en el último año de guerra, si bien no de sus propios vecinos. Ezcabarte tenía 1052 habitantes y pudo rebasar los 26 fugados muertos. Olaibar contaba entonces con 263 habitantes, y un cálculo aproximado de más de 40 fugados muertos; Juslapeña alcanzaba los 706 habitantes, y la fuga ocasionó 30 ejecutados en el valle; Anue con Lantz, 1188 habitantes y 33 asesinados; en Esteribar, con 2145 habitantes, y los evadidos contabilizados como fusilados al menos 35. En los cinco valles, el porcentaje de asesinatos sobre su población fue superior a la media que hubo en el conjunto de municipios de Navarra entre 1936 y 1939. Los gráficos sobre los asesinatos en Navarra en ese periodo deberán encontrar la manera de reflejarlo.

El recuerdo de esa herida quedó en letargo durante décadas. Quienes rompen la amnesia son quienes entonces fueron niños. No puede aflorar esta historia sin su concurso. Su curiosidad entonces los convierte hoy en testigos: niñas y niños camino a la escuela, pastoreando el ganado… que atraídos por el revuelo de lo novedoso, presencian escondidos las ejecuciones. El valle de Anue elaboró en 2014 un vídeo sobre memoria oral de sus mayores. En cuarenta minutos en que repasa su historia del siglo XX, son tres las personas que se refieren a aquella fuga, validando el impacto de aquella vivencia de hace casi ocho décadas en sus recuerdos. Se cierra el círculo: son ellos, hoy ancianos, acompañados de sus descendientes, la principal fuente de localización de fosas.

La demonización de los fugitivos se complementaba con la amenaza sobre quien les prestase ayuda. Y sin embargo la hubo. El vecino de Eugi Eusebio Sotro se topa en el monte con un perseguido. Por encima del riesgo, le entrega su ración de comida, le indica el camino a la frontera. En Zubiri, a Mainerena o Berzetxea, una borda aislada fuera del núcleo urbano, llega un extenuado fugado. Es ocultado durante días por Sebastián González Vierge. Una vez recuperado, regresa a los bosques, no sin antes asegurar que no confesará esa ayuda caso de ser capturado. Su identidad queda anónima. De modo parecido, dos fugitivos cenan y pasan noche en un pajar de Makirriain, protegidos por Nazario Munárriz. El periódico La Depêche de Toulouse se hace eco el 2 de junio de esa ayuda local a los evadidos. Jacinto Ochoa y Felipe Celay, fugados en 1944, son cobijados por una vecina de Abaurrea.

Los fugitivos que cruzaron la muga llegaron allí por su experiencia de gente de campo para guiarse en la noche y su resistencia. También porque encontraron una mano amiga. Lorenzo y Marinero cuentan que son alimentados y ayudados a cruzar la frontera en Valcarlos, ya al final de su recorrido. Jovino Fernández narra que un pastor le da pan y queso, le indica que se encuentra en Roncesvalles y le ayuda a pasar la frontera. El cuarto fugado de Banca, probó en su cuerpo las dos actitudes: Un disparo de posta, disparado por un civil deja su brazo herido. Pero antes en Etsain un par de paisanos le dan pan y queso y le indican el camino. Más tarde, en un caserío de Banca es cuidado hasta su recuperación.

Hubo ayuda local, pero espontánea, no planificada, contra lo que imaginaron los desconcertados militares. Con razones para sospechar ya que en la madrugada del 23 de mayo de 1938, a iniciativa del mando republicano, se llevó a cabo una operación de rescate de trescientos ocho presos, que procedentes del frente asturiano, estaban encerrados en el fuerte de Punta Carchuna (Granada). La exitosa operación fue ejecutada por un comando mixto de 35 soldados y milicianos, entre ellos, brigadistas internacionales. (http://www.oocities.org/es/eustaquio5/carchuna.html). El Diario de la 33 División del ejército franquista del 23 de mayo concluyó: ”Como impresión que domina en todo el desarrollo de la evasión de los prisioneros, prevalece la de que hubo un previo acuerdo entre el enemigo, las dos Compañías de prisioneros y el personal de vigilancia, facilitado por 3 individuos del batallón, que desertaron hace pocos días”. Esa impresión se trasladó a la simultánea fuga de Ezkaba: en 1941, el teniente general Alberto Castro, del Estado Mayor del Ejército, escribe que “esta fuga formaba parte de un vasto plan preparado por elementos rojos que estaban en combinación con otros que esperaban al otro lado de la Frontera”, siguiendo la estela de la propaganda oficial, que el 6 de junio de 1938 emitía por Radio Nacional en Salamanca: “Los jueces trabajan activamente para esclarecer la ayuda de armas pasadas por la frontera con destino a los presos fugados, así como para aclarar las actividades de los súbditos franceses que en días anteriores parece habían visitado los caseríos cercanos al fuerte”.

El clero local

Otro capítulo a sopesar es la actitud de los párrocos rurales, con gran ascendencia en las pequeñas poblaciones de la montaña. Ha quedado constancia de la oposición de muchos a estos asesinatos extrajudiciales en Urtasun, Eugi, Elía…, tratando de frenar la ferocidad de los verdugos, pero su constatada presencia en las ejecuciones, en calidad de confesores de las víctimas y/o conversando con los capturados, resulta más controvertida, pues cabe cuestionar su inhibición/pasividad en la inscripción que hubiera permitido la identificación y localización de esas víctimas a sus familiares.

Del muestreo de libros parroquiales a los que ha sido posible acceder, se verifica que sí inscribían a los parroquianos muertos en los frentes: “el día tres de mayo de mil novecientos treinta y siete recibió cristiana sepultura en el cementerio de Unzu, anejo a esta parroquia de Navaz, Eugenio I.E., de veintiuno años, que falleció en Elorrio (Vizcaya) el día 27 de abril, luchando en defensa de Dios y de la Patria. Santos Gesta, párroco”. ”El día diez y siete de junio de 1937 murió en este cerco de Bilbao, Sabino G. G., voluntario requeté de edad de veinte años. Se trajo su cadáver y fue sepultado en el cementerio de Ibero y se le hizo un funeral con diez sacerdotes. Alberto Oficialdegui, vicario

También, como era pertinente, anotaban los forasteros fallecidos en su jurisdicción parroquial: “fue hallado el cadáver de un hombre, al parecer mendigo en las cercanías de este pueblo. Identificado el cadáver, resultó ser Raimundo P. E., de 46 años de edad, natural y residente en Pamplona. José Saldías, ecónomo”, Anocibar, 20 de febrero de 1938.

Sin embargo, con la excepción ya citada del párroco de Eugui, no inscribieron estas víctimas, ejecutadas en su presencia. La explicación a esa pasividad eclesial la dio ese párroco de Ibero, en una carta dirigida en junio de 1937 a Concepción, hija de Gregorio Angulo, cantero de Tafalla y concejal socialista de Pamplona, a quien confesó antes de su ejecución: …”no le he escrito a usted antes, porque tanto a los que intervienen en el fusilamiento como a nosotros nos prohíben comunicarnos con las familias de los muertos” (tomado del libro que A. García Sanz dedica a G. Angulo).

Es conocido el discreto envío de cartas a las familias de los fugados, confesados antes de ser ejecutados, en los casos de los párrocos de Ibero y Navaz. El párroco A. Oficialdegui certificará a la viuda de José Garmendia que, fugado del fuerte, fue ejecutado en Ibero el 24 de mayo y enterrado a orillas del Arga. El párroco S. Gesta escribirá a la viuda de Felipe Parra para comunicarle su fusilamiento el 26 de mayo en esa localidad de Juslapeña.

Jesús Equiza, en “Los sacerdotes navarros ante la represión…”, reivindica el apoyo a fugados por los párrocos de Olague, Miguel Beortegui, y de Zubiri, Fernando Iribarren, a quienes acogieron hospitalariamente. Benevolente juicio del autor, por cuanto que hay testimonios de la presencia de ambos en ejecuciones, sin que haya trascendido su inscripción. Amable es su valoración del capellán del fuerte, a su vez párroco de Berriozar, José María Solabre, al decir que “a pesar de las apariencias, era un cura compasivo y misericordioso”, en  contraste a lo manifestado por diversos presos. Juan Mari Pallín, católico confeso, asiduo a los actos religiosos en el fuerte, lo califica en sus Memorias como de aspecto siniestro, recordando su actividad como instructor militar carlista que recoge el libro “El catolicismo y la cruzada”.

Esta inhibición generalizada en las inscripciones fue así acorde a la estrategia de ocultamiento de los ejecutores. Las excepciones, tan valiosas como escasas, permiten poner rostro y lugar a los ejecutados en Eugui, Ibero o Navaz.