Las redes de evasión

Desde el inicio de la guerra se activaron redes de ayuda, -por motivación  humanitaria o afinidad política- a quienes pretendían escapar a Francia. Estas redes compartían espacio, y en ocasiones se entremezclaban, con un colectivo omnipresente en ese escenario fronterizo: los contrabandistas.

Altruista o no, resultaba una actividad peligrosa…Mikelarena en Muertes oscuras, donde sistematiza las redes de evasión, y su conexión con las preexistentes redes de contrabando en esos valles pirenaicos.

La sombra de esos grupos revolotea sobre un instructor ávido

Otra evasión, coincidente, de presos en Granada no ayudó a despejar dudas. En la madrugada del 23 de mayo de 1938, de modo prácticamente simultáneo a esta fuga, se llevó a cabo una operación de rescate de trescientos ocho presos, que procedentes del frente asturiano, estaban encerrados en el fuerte de Punta Carchuna (Granada). La exitosa operación, a iniciativa del mando republicano, fue ejecutada por un comando mixto de 35 soldados y milicianos, entre ellos, brigadistas internacionales, como lo recogió Ce Soir el 25 de mayo, y lo narra en su blog Jesús Castillo Doménech. El Diario de la 33 División del ejército franquista del 23 de mayo concluyó: “Como impresión que domina en todo el desarrollo de la evasión…

El discurrir de los hechos arropa esta versión. Los organizadores buscan el apoyo de presos locales precisamente para suplir esa carencia: “A nuestra pregunta de si tenían algo preparado en el exterior contestaron que no tenían absolutamente nada”, cuenta en LGF Josu Landa sobre su encuentro con Pico.

El porcentaje de asesinatos sobre su población…/…Los gráficos sobre ese periodo deberán encontrar la manera de reflejarlo, pues Olabe, Lugar de Memoria, no puede mantener el distintivo de localidad sin fusilados.

… y a los perseguidos

El vecino de Eugi Eusebio Sotro se topa en el monte con un perseguido. Más allá del riesgo personal, le extiende su ración de comida, le indica el camino a la frontera, lo mismo que Nicolás Goñi a la entrada de Zilbeti, decisiva ayuda por su ubicación clave para culminar la escapada. En Zubiri, a Mainerena o Berzetxea, borda aislada fuera del núcleo urbano, llega un extenuado fugado. Es ocultado durante días por Sebastián González Vierge. Una vez recuperado, regresa a los bosques, no sin antes asegurar que no confesará esa ayuda caso de ser capturado. Su identidad queda anónima. De modo parecido, dos fugitivos cenan y pasan noche en un pajar de Maquirriain, protegidos por Nazario Munárriz. Esperanza Egozkue, de casa Berekoetxea, en Burutain, contaba que siendo niña en Lantz, entregó una patata a quien consideró un mendigo, para conocer después que era un fugado, que hambriento, deambulaba por la calle. Es fácil de aceptar que se diesen episodios similares, como el de Francisca Carneiro en Olloki. El periódico La Depêche de Toulouse se hace eco el 2 de junio de esa ayuda local a los evadidos.

Los difíciles equilibrios del momento generaban situaciones paradójicas. Nazario Munárriz los resguarda en un pajar, mientras sus hijos Eulogio y Marcelino participan en su búsqueda; Nicolás Goñi, en Zilbeti, alterna noches en su persecución con otras en las que les orienta hacia la frontera.

Los fugitivos que cruzaron la muga llegaron allí por su experiencia de gente de campo para guiarse en la noche y su resistencia. También porque encontraron una mano amiga. Lorenzo y Marinero cuentan que son alimentados y ayudados a cruzar la frontera en Valcarlos, ya al final de su recorrido. Jovino Fernández narra que un pastor le da pan y queso, le indica que se encuentra en Roncesvalles y le ayuda a pasar la frontera. El cuarto fugado de Banca, probó en su cuerpo las dos actitudes: Un disparo de posta, disparado por un civil deja su brazo herido. Pero antes en Etsain un par de paisanos le alimentan y le indican el camino. Más tarde, en un caserío de Banca es cuidado hasta su recuperación. Jacinto Ochoa y Felipe Celay, fugados en 1944, son cobijados por una vecina de Abaurrea.

El clero local

Otro capítulo a sopesar es la actitud de los párrocos rurales, con gran ascendencia en las pequeñas poblaciones de la montaña. Ha quedado constancia de la oposición de muchos a estos asesinatos extrajudiciales en Urtasun, Eugi…, tratando de frenar la ferocidad de los verdugos, pero su constatada presencia en las ejecuciones, en calidad de confesores de las víctimas y/o conversando con los capturados, resulta más controvertida, pues cabe cuestionar su inhibición/pasividad en la inscripción que hubiera permitido la identificación y localización de esas víctimas a sus familiares.

Del muestreo de libros parroquiales a los que ha sido posible acceder, se verifica que sí inscribían a los parroquianos muertos en los frentes: “el día tres de mayo de mil novecientos treinta y siete recibió cristiana sepultura en el cementerio de Unzu, anejo a esta parroquia de Navaz, Eugenio I.E., de veintiuno años, que falleció en Elorrio (Vizcaya) el día 27 de abril, luchando en defensa de Dios y de la Patria. Santos Gesta, párroco”. ”El día diez y siete de junio de 1937 murió en este cerco de Bilbao, Sabino G. G., voluntario requeté de edad de veinte años. Se trajo su cadáver y fue sepultado en el cementerio de Ibero y se le hizo un funeral con diez sacerdotes. Alberto Oficialdegui, vicario”.

También, como era pertinente, anotaban los forasteros fallecidos en su jurisdicción parroquial: “fue hallado el cadáver de un hombre, al parecer mendigo en las cercanías de este pueblo. Identificado el cadáver, resultó ser Raimundo P. E., de 46 años de edad, natural y residente en Pamplona. José Saldías, ecónomo”, Anocibar, 20 de febrero de 1938.

Sin embargo, con la excepción del párroco de Eugi, no inscribieron estas víctimas, ejecutadas en su presencia. La explicación a esa pasividad eclesial la dio ese párroco de Ibero, en una carta dirigida en junio de 1937 a Concepción, hija de Gregorio Angulo Martinena, cantero de Tafalla y dirigente socialista, exhumado en Ibero en 2015, a quien confesó antes de su ejecución: …”no le he escrito a usted antes, porque tanto a los que intervienen en el fusilamiento como a nosotros nos prohíben comunicarnos con las familias de los muertos” (tomado del libro que A. García Sanz dedica a G. Angulo).

Se ha conocido el discreto envío de cartas a familias en casos puntuales. El párroco A. Oficialdegui certificará a la viuda de José Garmendia que, fugado del fuerte, fue ejecutado en Ibero el 24 de mayo y enterrado a orillas del Arga. El párroco S. Gesta escribirá a la viuda de Felipe Parra para comunicarle su fusilamiento el 26 de mayo en Navaz.

Jesús Equiza, en “Los sacerdotes navarros ante la represión…”, reivindica el apoyo a fugados por los párrocos de Olague, Miguel Beortegui, y de Zubiri, Fernando Iribarren, a quienes acogieron hospitalariamente. Benevolente juicio del autor, por cuanto que hay testimonios de la presencia de ambos en ejecuciones, sin que haya trascendido su inscripción. Amable es su valoración del capellán del fuerte, a su vez párroco de Berriozar, José Mª Solabre, al decir que “a pesar de las apariencias, era un cura compasivo y misericordioso”, en contraste a lo manifestado por diversos presos. Juan Mari Pallín, católico confeso, asiduo a los actos religiosos en el fuerte, lo califica en sus Memorias como de aspecto siniestro, recordando su actividad como instructor militar carlista que recoge el libro “El catolicismo y la cruzada”.

Esta inhibición generalizada en las inscripciones fue así acorde a la estrategia de ocultamiento de los ejecutores. Las excepciones, tan valiosas como escasas, permiten poner rostro a los ejecutados en Eugui, Ibero o Navaz.