Las redes de evasión

El desconcierto de los militares ante la masiva fuga los llevó a especular con que – intermediados por mujeres que los visitaban-, los evadidos contaban con la ayuda de refugiados republicanos en los Alduides para alcanzar la frontera.

Desde el inicio de la guerra se activaron redes de ayuda, -por afinidad política o motivación humanitaria- a quienes pretendían escapar a Francia. Estas redes compartían espacio, y en ocasiones se entremezclaban, con un colectivo omnipresente en ese escenario fronterizo: los contrabandistas.

Casi todas las confidencias, datos, informes, que recibe el consulado son gratuitos, porque provienen de amigos de nuestra causa, pero no hay que olvidar que uno de los elementos más aprovechables –quizá el mejor- es el contrabandista”, recoge Saturnino Lasa, responsable del Servicio de Información republicano en el sudoeste francés- el 29 abril de 1938.

Altruista o no, resultaba una actividad peligrosa. La noche del 5 de febrero de 1938 la G. Civil embosca en el monte, cerca de Ventas de Arraitz, a un grupo de veinte personas, que intentaban pasar clandestinamente la frontera, primer acto de la desarticulación del grupo, que se saldó con distintas penas de cárcel.

¿Quiénes podían haber sido los guías para conducirles por ese accidentado terreno, si hubiesen contado con ese apoyo exterior?: Gentes expertas en andar de noche, que hacían ese recorrido con la misma pretensión de marchar sin ser vistos; pastores conocedores de los senderos que comunicaban los valles, que llevaban a las bordas y pastos de altura, a las carboneras a las que hoy solo identifica su forzada planicie en medio de laderas imposibles; mugalaris, contrabandistas que cubrían las sendas de la gaulana para el paso de ganado, mercancías, y ocasionalmente, fugitivos políticos en una época, emigrantes económicos en otra.

La sombra de esas redes revolotea sobre un instructor anhelante de indagar los potenciales apoyos externos. El instructor del sumario incluye la carta de un carabinero en Maya (Baztán), Fernando Rojas, del 24 de julio de 1938: “Ocurrido el hecho de la evasión de los presos del fuerte, esa misma noche, el tal Blas Marín en unión del tal Erviti, pasaron en automóvil con dirección a los Alduides…/…saqué en conclusión que estos individuos sabían desde algún tiempo que se iva a perpetrar el referido hecho y por consiguiente de antemano trabajaban desde Francia con el fin de allanarles el camino”.

El instructor, “…como se trata de hechos ocurridos principalmente en territorio francés…”, recaba informes del Servicio de Información de la Comandancia Militar del Bidasoa, de la Comisaría de Policía de la Frontera, y del espionaje, por medio del S.I.M.P.

Se aportan antecedentes de la red de los Erviti: “Ignacio Erviti, si bien estuvo afiliado a Izquierda Republicana, lo hizo más que por afecto político, a base de negocio para poder desenvolver con más seguridad sus actividades, ya los elementos de izquierda amparaban rotundamente el contrabando”. Señala a Blas Marín, refugiado, y antiguo alcalde republicano de Elizondo, como principal responsable de estas redes de apoyo. y concluye: “Se tiene la convicción de que todos ellos trabajaban en preparar el terreno a los evadidos

“…esta evasión obedece a una preparación previamente meditada, siendo probabilísimo un continuo e intenso contacto de los reclusos con elementos del Frente Popular en Francia y muy especialmente en los Alduides”, escribe el comisario jefe de Irún el 23 de mayo.

En base a esta convicción, los Servicio de Información infiltran agentes, impostores que se presentan como fugados, para indagar si la evasión había contado el apoyo exterior. Un informe del consulado republicano en Hendaya de 6 de septiembre de 1938 da cuenta de la llegada de Raúl López, de 23 años, natural de Navia (Asturias), afiliado a CNT, supuesto fugado del fuerte. Declara que siendo miliciano cayó prisionero y fue trasladado al fuerte, donde participa en la fuga, logrando alcanzar Alsasua y de ahí Asturias. Más tarde, por Irún, atraviesa el río Bidasoa y llega a Hendaya. Su conocimiento de la vida carcelaria en el fuerte es minucioso, dando los nombres del director Rojas y de funcionarios: Campos –por Manuel Campos-; Sacristán – por Antonio Sacristán- y un tercero, “El canario” que se conoce con ese apodo en relatos de otros presos. Del consulado es enviado a Barcelona. Su elaborado discurso tuvo que ser facilitado por los servicios de información a quienes servía, con el fin de contrastar lo que el consulado conocía sobre la evasión y/o llegar a Barcelona con el aval consular. Ni el Registro civil de Navia, ni el del fuerte inscribe a nadie con sus datos. Otro fugado impostor, que se presenta como “el riojano Alejandro Bielsa”, es entrevistado por Ce Soir en Bayona el 25 de mayo.

En el capítulo de este texto referido a las intoxicaciones de prensa desde el sudeste francés se añade el caso de otro fugado impostor, Alejandro Bielsa, entrevistado por Ce Soir en Bayona el 25 de mayo.

La Depêche de Toulouse del 2 de junio, sobre la fuga, alertaba que la prensa se veía influenciada por los numerosos agentes de Franco en esa región pirenaica. Veladamente aparecía la alargada sombra del responsable de espionaje, comandante Julián Troncoso, quien había sido condenado en juicio y expulsado de Francia en marzo de 1938 por realizar actos de terrorismo, pero no se alejó del escenario. Fue nombrado jefe de la frontera en Vera de Bidasoa -hoy Bera- (Navarra), y más tarde responsable de la comandancia de Irún.

La propaganda oficial se sumaba a la tesis de la complicidad exterior, y emitía el 6 de junio por Radio Nacional en Salamanca: “Los jueces trabajan activamente para esclarecer la ayuda de armas pasadas por la frontera con destino a los presos fugados, así como para aclarar las actividades de los súbditos franceses que en días anteriores parece habían visitado los caseríos cercanos al fuerte”.

Otra evasión, coincidente, de presos cerca de Motril no ayudó a despejar dudas. En la madrugada del 23 de mayo de 1938, de modo prácticamente simultáneo a esta fuga, se llevó a cabo una operación de rescate de trescientos ocho presos procedentes del frente asturiano, encerrados en el fuerte de Punta Carchuna (Granada). La exitosa operación, a iniciativa del mando republicano, fue ejecutada por un comando mixto de 35 soldados y milicianos de la Brigada Lincoln, como lo recogió Ce Soir el 25 de mayo, y lo narra en su blog Jesús Castillo Doménech. El Diario de la 33 División del ejército franquista del 23 de mayo concluyó: “Como impresión que domina en todo el desarrollo de la evasión de los prisioneros, prevalece la de que hubo un previo acuerdo entre el enemigo, las dos Compañías de prisioneros y el personal de vigilancia, facilitado por 3 individuos del batallón, que desertaron hace pocos días”.

El paralelismo entre ambas fugas redobló las sospechas de los confundidos militares. En 1941, el teniente general Alberto Castro concluía sobre la evasión de Ezkaba: “esta fuga formaba parte de un vasto plan preparado por elementos rojos que estaban en combinación con otros que esperaban al otro lado de la Frontera”.

Sin embargo, el plan de fuga se gestó y ejecutó sin intervención de ese fantasmal soporte exterior, apoyo que no es mencionado en el informe final del instructor, ni en la sentencia. Tampoco desde el campo de los protagonistas hay dato que lo avale. Calixto Carbonero, prominente organizador, horas antes de su fusilamiento, aseguraba al alférez Eguiazábal que en su plan no contaban con elementos extraños a los penados. “Partió enteramente de dentro del penal” afirmaba taxativo Jacinto Ochoa, entrevistado por J. Jurío en 1978.

El discurrir de los hechos arropa esta versión. Los organizadores buscan el apoyo de presos locales precisamente para suplir esa carencia: “A nuestra pregunta de si tenían algo preparado en el exterior contestaron que no tenían absolutamente nada”, cuenta en LGF Josu Landa sobre su encuentro con Pico. El contacto externo queda descartado ante las dificultades de acceso a esas redes, la logística requerida, y el incontrolable riesgo de filtración si el plan se extendía más allá de los muros del penal.

El apoyo a la persecución

Los fugados encontraron en la población civil actitudes generosas, pero también beligerantes, tal y como el alma humana se conduce en situaciones extremas.

El dispositivo de captura contó con la colaboración de civiles afines al banco franquista y vecindario de los valles. Su participación quedó desdibujada, al arrogarse los cuerpos profesionales todo protagonismo. Aunque el informe de la G. Civil no cuantifica sus capturas, el cuerpo de Carabineros reivindica la detención de 412 de los prófugos y los militares concretan su participación en Juslapeña con 134 capturados, lo que dejaría un papel residual a otros participantes.

Las declaraciones de los capturados desmienten, sin embargo, esa primacía de los cuerpos profesionales y señalan a los requetés –muchas veces paisanos calados con su identitaria boina roja- como fuerza primordial en las capturas: “…presentándose a tres Requetés y un paisano en Olabe”, declara M. Iriarte; “…después de vagar por el monte se presentó a unos Requetés cerca de Olabe”, en el caso de J.Ibarrola; “…se entregó a unos paisanos con escopeta”, dice G.Castañeda; “…fue a entregarse a unos paisanos con escopeta que luego le entregaron a unos Requetés”, expone D. Pérez, entre las declaraciones que pueblan el sumario. Dada la unificación de milicias, para 1938 todas eran indistintamente de FET y JONS, pero los apresados distinguían la vestimenta de los tradicionalistas.

Las fichas de excombatientes del bando vencedor, de 1940, corroboran esa participación de paramilitares en el operativo, como lo hace Julio Elorz, voluntario, al frente de 22 requetés.

Durante aquellos agitados días fueron movilizados todos los afiliados de Falange y el Requeté. Unidos a la Guardia Civil, peinaban el monte a la caza de presos con la tajante orden de ni heridos ni prisioneros”. Galo Vierge, miembro de CNT, en Los culpables, escrito en 1942.

El sacerdote C. Saralegui en Memorias y recuerdos de un cripto aseveraba: “…fueron muchos los “voluntarios” que ayudaron al ejército en su empresa”.

En cuanto a los vecinos de estos valles, la colaboración en unos casos fue forzosa; en otros, voluntaria e incluso entusiasta. Pesaba la propaganda oficial que estigmatizaba a los huidos como una partida de “asesinos, atracadores y ladrones”, y en esos valles se recordaba el temor que despertaron los fugados, similar al que más tarde provocarían los maquis.

…/… Esa presión ambiental convirtió a la población local en actor del operativo, delatando su presencia o capturando fugitivos, en algunos casos levantando sus escopetas contra ellos, y en casi todos cavando sus fosas.

Así lo reconocía la nota de agradecimiento del gobernador civil de 22 de junio, a quienes “provistos de escopetas y otras armas, han ayudado con la mayor eficacia a la captura de numerosos evadidos, reduciendo a los que hicieron resistencia y proporcionando confidencias utilísimas y noticias importantes relativas al terreno de que son conocedores”. El jefe de la comandancia de la G. Civil de Navarra aplaudía el 15 de junio la cooperación de Esteribar en el dispositivo de captura de los reclusos evadidos “de los hombres naturales de esa hidalga y españolísima comarca, así como su noble y desinteresada hospitalidad”. En Juslapeña es el comandante Trías quien hace lo propio desde Ollacarizqueta. Lo cierto es que la hospitalidad no era opcional: en Burguete, cada casa debía acoger a cuatro soldados, lo mismo que en Ciaurriz (valle de Odieta). Jesús Linzoain citaba 20 soldados en Iragi, repartidos por las casas; la casa familiar en Usi de José (n.1926) y Teodoro Nuin (n.1928), alojaba al capitán de la tropa acantonada en el pueblo.

Estos valles, que habían logrado esquivar la violencia que en los años anteriores arrasó los pueblos del sur de Navarra, se vieron envueltos en este inesperado suceso, que provocó por sí solo que allí se concentrase el mayor número de ejecuciones extrajudiciales en el último año de guerra, si bien no de sus convecinos. Juslapeña alcanzaba los 706 habitantes, y la fuga ocasionó 30 ejecutados en el valle; Esteribar, 2145 habitantes, y los evadidos contabilizados como fusilados al menos 45; Olaibar contaba entonces con 263, y pudo sobrepasar los 34 muertos. Unas estadísticas que deben encontrar reflejo en los gráficos sobre fusilados en Navarra.

Esta participación vecinal en la desatada brutalidad convirtió en cómplices sobrevenidos a los intervinientes, y coadyuvó al mutismo y desmemoria que ha afectado a la localización de los ejecutados. Una verdad incómoda.

El recuerdo de esa herida quedó en letargo durante décadas. Quienes rompen la amnesia son quienes entonces fueron niños. No puede aflorar esta historia sin su concurso. Su curiosidad entonces los convierte hoy en testigos: niñas y niños camino a la escuela, pastoreando el ganado… que atraídos por el revuelo de lo novedoso, presencian agazapados las ejecuciones. El valle de Anue elaboró en 2014 un vídeo sobre memoria oral de sus mayores. En cuarenta minutos en que repasa su historia del siglo XX, son tres las personas que se refieren a aquella fuga, validando el impacto de aquella vivencia de hace ocho décadas en sus recuerdos. Se cierra el círculo: son ellos, hoy ancianos, acompañados de sus descendientes, la principal fuente de localización de fosas.

…y a los perseguidos

La demonización de los fugitivos se complementaba con la amenaza sobre quien les prestase ayuda. Y sin embargo la hubo. Hubo ayuda local, pero espontánea, no planificada por el mando republicano, o soportada por redes de evasión.

El vecino de Eugi Eusebio Sotro se topa en el monte con un perseguido. Dejando a un lado el riesgo personal, le extiende su ración de comida, le indica el camino a la frontera, lo mismo que Nicolás Goñi a la entrada de Zilbeti, decisiva ayuda por su ubicación clave para culminar la escapada. En Zubiri, a Mainerena o Berzetxea, borda aislada fuera del núcleo urbano, llega un extenuado fugado. Es ocultado durante días por Sebastián González Vierge. Una vez recuperado, regresa a los bosques, no sin antes asegurar que no confesará esa ayuda caso de ser capturado. Su identidad queda anónima. De modo parecido, dos fugitivos cenan y pasan noche en un pajar de Maquirriain, protegidos por Nazario Munárriz. Esperanza Egozkue, de casa Berekoetxea, en Burutain, contaba que siendo niña en Lantz, entregó una patata a quien consideró un mendigo, para conocer después que era un fugado, que hambriento, deambulaba por la calle. En el capítulo de Esteribar, en Olloki, se ha narrado la respuesta de Francisca Carneiro. Es fácil de aceptar que se diesen otros episodios similares. El periódico La Depêche de Toulouse se hace eco el 2 de junio de esa ayuda local a los evadidos.

Ajeno a las redes de evasión, Antxon Bandrés intenta a ciegas el auxilio. Fundador de la Federación Vasco-Navarra de Alpinismo en 1924, exilado en ese momento en San Juan de Luz, el jueves 26 de mayo de 1938, con algunos pastores de Sara, subió a los montes fronterizos movido por la esperanza de encontrar fugados y ayudarles a cruzar la muga. Así lo detectaron los servicios franquistas de espionaje (Comandancia militar del Bidasoa, Irún a 27 de mayo 1938).

Los difíciles equilibrios del momento generaban situaciones paradójicas. Nazario Munárriz los resguarda en un pajar, mientras sus hijos Eulogio y Marcelino participan en su búsqueda; Nicolás Goñi, en Zilbeti, alternaba noches en su persecución con otras en las que les orienta hacia la frontera.

Los fugitivos que cruzaron la muga llegaron allí por su experiencia de gente de campo para guiarse en la noche y su resistencia. También porque encontraron una mano amiga. Lorenzo y Marinero cuentan que son alimentados y ayudados a cruzar la frontera en Valcarlos, ya al final de su recorrido. Jovino Fernández narra que un pastor le da pan y queso, le indica que se encuentra cercano a Roncesvalles y le ayuda a pasar la frontera. El cuarto fugado de Banca, probó en su cuerpo las dos actitudes: Un disparo de posta, disparado por un civil deja su brazo herido. Pero antes en Etsain un par de paisanos lo alimentan y le indican el camino. Más tarde, en un caserío de Banca es cuidado hasta su recuperación. Jacinto Ochoa y Felipe Celay, fugados en 1944, son cobijados por una vecina de Abaurrea.

El clero local

Otro capítulo a sopesar es la actitud de los párrocos rurales, con gran ascendencia en estas pequeñas poblaciones de la montaña. Ha quedado constancia de la oposición de muchos a estos asesinatos extrajudiciales en Urtasun, Eugi…, tratando de frenar la ferocidad de los verdugos. A su vez, su constatada presencia en las ejecuciones, en calidad de confesores de las víctimas y/o conversando con los capturados, resulta más controvertida, pues cabe cuestionar su inhibición/pasividad en la inscripción que hubiera permitido la identificación y localización de esas víctimas a sus familiares.

Del muestreo de libros parroquiales a los que ha sido posible acceder, se verifica que sí inscribían a los parroquianos muertos en los frentes: “el día tres de mayo de mil novecientos treinta y siete recibió cristiana sepultura en el cementerio de Unzu, anejo a esta parroquia de Navaz, Eugenio I.E., de veintiuno años, que falleció en Elorrio (Vizcaya) el día 27 de abril, luchando en defensa de Dios y de la Patria. Santos Gesta, párroco”. “El día diez y siete de junio de 1937 murió en este cerco de Bilbao, Sabino G. G., voluntario requeté de edad de veinte años. Se trajo su cadáver y fue sepultado en el cementerio de Ibero y se le hizo un funeral con diez sacerdotes. Alberto Oficialdegui, vicario”.

También, como era pertinente, anotaban los forasteros fallecidos en su jurisdicción parroquial: “fue hallado el cadáver de un hombre, al parecer mendigo en las cercanías de este pueblo. Identificado el cadáver, resultó ser Raimundo P. E., de 46 años de edad, natural y residente en Pamplona. José Saldías, ecónomo”, Anocibar, 20 de febrero de 1938.

Sin embargo, con la excepción del párroco de Eugi, no inscribieron estas víctimas, ejecutadas en su presencia. La explicación a esa pasividad eclesial la dio ese párroco de Ibero, en una carta dirigida en junio de 1937 a Concepción, hija de Gregorio Angulo Martinena, cantero de Tafalla y dirigente socialista, exhumado en Ibero en 2015, a quien confesó antes de su ejecución: …”no le he escrito a usted antes, porque tanto a los que intervienen en el fusilamiento como a nosotros nos prohíben comunicarnos con las familias de los muertos” (tomado del libro que A. García Sanz dedica a G. Angulo).

Es conocido el discreto envío de cartas a las familias en casos puntuales. El párroco A. Oficialdegui certificará a la viuda de José Garmendia que, fugado del fuerte, fue ejecutado en Ibero el 24 de mayo y enterrado a orillas del Arga. El párroco S. Gesta escribirá a la viuda de Felipe Parra para comunicarle su fusilamiento el 26 de mayo en esa localidad de Juslapeña, lo mismo que en Zandio, sin que haya trascendido la familia destinataria.

Jesús Equiza, en “Los sacerdotes navarros ante la represión…”, reivindica el apoyo a fugados por los párrocos de Olague, Miguel Beortegui, y de Zubiri, Fernando Iribarren, a quienes acogieron hospitalariamente. Benevolente juicio del autor, por cuanto que hay testimonios de la presencia de ambos en ejecuciones, sin que haya trascendido su inscripción. Amable es su valoración del capellán del fuerte, a su vez párroco de Berriozar, José Mª Solabre, al decir que “a pesar de las apariencias, era un cura compasivo y misericordioso”, en contraste a lo manifestado por diversos presos. Juan Mari Pallín, católico confeso, asiduo a los actos religiosos en el fuerte, lo califica en sus Memorias como de aspecto siniestro, recordando su actividad como instructor militar carlista que recoge el libro “El catolicismo y la cruzada”. Y dispar también con el recuerdo de feligreses respecto a la inhumana actitud de párrocos como el de Aritzu o el de Oricain, Fructuoso Iñigo, de quien M. Munárriz sentenciaba: el cura era el peor.

Esta inhibición generalizada en las inscripciones fue así acorde a la estrategia de ocultamiento de los ejecutores. Las excepciones, tan valiosas como escasas, permiten poner rostro a los ejecutados en Eugui, Ibero o Navaz.