La revuelta no solo tomó por sorpresa a la guarnición. También a la inmensa mayoría de los 2487 reclusos que se hacinaban en sus celdas. Medio centenar de iniciados, partícipes en un plan elaborado pacientemente durante meses, habían tomado audazmente el control del fuerte. Pero carecían de apoyo una vez traspasado el dintel de la puerta. La mayoría de reclusos sale a la explanada exterior y asomándose por primera vez, se ven atraídos por las luces de Pamplona (61188 hb.). Habían llegado en camiones custodiados desde la estación de tren, y al salir, no tienen referencias.

Tan solo un grupo de afortunados tenía alguna idea del exterior; aquellos que, como mano de obra gratuita, salían a trabajar en la construcción de la carretera que comunicaba Pamplona con el penal, cuyo ascenso se inicia desde la población de Artica. En septiembre de 1937 comienza la mejora de ese acceso. La brigada de trabajo sale bajo vigilancia, de 8 a 18 h, compuesta por reclusos que mostraban buena conducta. Selección desacertada, a la vista del elevado número que se sumarán a la fuga. En ese grupo de 68 peones se encuentran Valentín Lorenzo y José Marinero, dos de los que alcanzaron la frontera y que a buen seguro se habrían familiarizado con el entorno. También sale a diario Jacinto Ochoa, que intentó la fuga en 1938 y lo volvió a intentar –y logró- en 1944. Igualmente Andrés Zudaire, preso de Azagra, con un insospechado protagonismo en esta narración

Una vez tomado el fuerte, ¿qué hacer?

Lo resumió uno de los fugados supervivientes, Rogelio Diz: “Creo que todos los que íbamos saliendo nos hacíamos la misma pregunta: ¿Qué nos espera a la salida? Mi respuesta mental fue que preferiría un tiro antes de seguir prisionero y estaba decidido a jugármela”. ¿Qué cruza por sus cabezas en esos momentos de verdad desnuda?; ¿Qué ansia de libertad movía a Ibisate, Arroyabe y Alzuaz, condenados ya en 1934 por otra tentativa de evasión, y que en esta ocasión perecen en su huida?. “ ya no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable”, decía Agustín Goytisolo.

Cada recluso, después de una urgente composición de lo que acontece, debe enfrentar una difícil elección. Huir o regresar a la celda. Ninguna de las decisiones garantizaba la supervivencia: Ignacio Marcos decide fugarse y muere; su hermano Julián se queda en el fuerte y muere entre sus muros en 1939. Los hermanos Carretero, como los Melgosa, se fugan y mueren juntos. Teodoro y Gerardo Aguado sobreviven a la muerte en el monte, pero son fusilados juntos en agosto. Escapan los tres Sánchez Vicente: Artemio y Miguel son capturados, Patrocinio muere. La extensa nómina de presos permite todas las variables y exige hilar fino: los dos Ramón Serantes (Noya y Padín), ambos de Ribadumia, escapan y son capturados. El sumario, quizá para distinguirlos, detalla que Ramón Serantes Noya tiene “una anquilosis del menique de la mano izquierda”.

Uno de cada tres encarcelados opta por lanzarse a la oscuridad y con lo puesto, desnutridos y mal calzados, sin más sostén que sus hábitos campesinos para orientarse, intentarán ganar la frontera. Quienes se suman a los promotores lo hacen, a pesar de su limitada condición física y desconocimiento del terreno, por la infernal vida carcelaria. Así, de las Brigadas de Patio, 1ª y 2ª, que sufrían las peores condiciones y donde se concentran los conocedores del plan, se fuga el 39%; de Pabellones, con unas condiciones menos extremas, baja al 11%. El abogado Patxi Zabaleta, quien tuvo acceso directo a documentación original del penal, escribió en 1979: “…de las brigadas de los que dormían en el patio es el de mayor porcentaje”.

En La gran Fuga se hace un análisis de sus profesiones y pertenencia a clase social. En su inmensa mayoría son trabajadores manuales, asalariados del campo o de la ciudad, vinculados a sindicatos o partidos de izquierda, con una conciencia política que rezuma en sus testimonios y muestra que el levantamiento militar tuvo un nuclear componente de defensa de intereses de unas castas privilegiadas – terratenientes, militares, clero- contra quienes cuestionaban ese estatus. Entre los desheredados de la fortuna que formaban la población reclusa ocupan su espacio los expósitos. Se han detectado veintinueve casos entre los fugados, todos trabajadores manuales, excepto Gregorio García, del que no consta. Tenía 18 años y ya había sido sentenciado a diez años –cuando tenía doce- por robo, en el juzgado de Ayora.

Las trayectorias vitales de los expósitos fueron diversas; lo que sí se puede asegurar es que permanecieron entre las capas más humildes de la población y que formaban parte de los grupos irremediablemente pobres y que a fuerza de duros trabajos lograron sobrevivir. El expósito era una persona privada de su identidad, lo que le hacía totalmente vulnerable a los acontecimientos vitales” (Lola Valverde, “Entre el deshonor y la miseria”). Es circunstancial, pero la práctica totalidad de ellos se sumó a la evasión. Quizá sentían que tenían menos que perder en la vida, y de hecho como colectivo, pereció en porcentaje que doblaba al del resto de los fugados.

Todos buscan a sus amigos para acometer la intentona, pero los grupos son heterogéneos y cambiantes. Del total de 4923 presos registrados en el fuerte, 1569 eran castellano-leoneses, seguidos por gallegos. Esa primacía tiene su equivalencia en los fugados, como los 95 vallisoletanos, con 33 muertos; o el centenar de Pontevedra, con 31 en los días de escapada; más 8 capturados y muertos con posterioridad en el fuerte. A su vez, serán castellanos de Segovia, León y Salamanca los tres fugados documentados que alcancen la muga.

Diez y nueve convíctos locales toman parte en la fuga.

Con el bando republicano diezmado en los pueblos de Navarra, ya no era posible encontrar refugio escapando hacia el sur. Hubo quien fue capturado en Pamplona, pero la única vía de escape era alcanzar la frontera. Los evadidos locales dan genéricas orientaciones, señalando cadenas de montes hacia el norte. La frontera. Nueve fueron capturados y diez abatidos; entre ellos a quienes se presume podían conocer los montes norteños, como Simeón Palacín, de Navascués, o Vicente Mainz, de Vidangoz. Montañero y conocedor del Pirineo es Pablo Redín, muerto en Antxoritz, mientras guiaba a sus compañeros. También Saturnino Ichaso, conserje del centro Eusko Gaztedi de Pamplona. Vicente San Martín tenía familia en Esteribar.

Manuel Martínez Estrada, de Cintruénigo, pagó su cambio de criterio político. En mayo de 1931 fue acusado como activista del tradicionalismo, junto a Jaime del Burgo, de tentativa de rebelión. En 1932 quedaron absueltos, como lo cuenta el ABC del 12 de junio. Para entonces Manuel pertenecía al partido socialista. En mayo de 1933, la fiscalía de Pamplona, en base a su testimonio, acusa a varios dirigentes tradicionalistas, entre ellos a Eusebio del Burgo, padre del anterior, de la constitución de una milicia paramilitar carlista, adiestrada en el manejo de pistolas para derribar el régimen republicano (lo cuenta el historiador F. Mikelarena). Después del golpe de 1936, Manuel es condenado a cadena perpetua y encerrado en el fuerte. Será otro de los muertos en la fuga.

En tan desdichado recuento, una biografía con final feliz. Marcelino Iriarte, natural de Cizur, encarcelado por su pertenencia a la Unión de Hermanos Proletarios, queda herido de bala en un talón por los centinelas; ello no lo detiene, pero es capturado al día siguiente en Nagiz. Así lo recordaba Jacinto Ochoa: “…quedó herido por rebote de bala en una pierna; tras el apresamiento nos encontramos en el Fuerte y tenía la pierna totalmente infectada y alguien dijo que era buena la orina, total que todos pasábamos a orinar en su herida. Con unos alambres le sacamos un pedazo de bala que tenía incrustado y un pedazo de calcetín; no sé cómo no murió aquel hombre…” (Entrevista en Punto y Hora, 1978). Marcelino sobrevivió cincuenta años, falleciendo en París en 1988. Era zapatero, como otros quince fugados, entre ellos Amador Rodríguez, último en ser capturado. El libro Rebeldes primitivos ya señaló la querencia de este gremio por las causas revolucionarias, relacionándola con su independencia laboral y gusto por la lectura.

Llama la atención el número de extranjeros que se suman: cuatro argentinos, cinco portugueses, dos cubanos y un brasileño. Dos perecerán en la fuga y otros tres en los años sucesivos en el fuerte. No consta que estuviesen vinculados a la masiva participación de voluntarios de las Brigadas Internacionales. Más bien, emigrantes asentados como obreros o jornaleros.

La noche es de luna llena, probablemente elegida entre quienes planearon la evasión durante meses, aunque una propuesta previa marcaba el 9 de mayo. El azar quiso que fuesen días lluviosos y fríos. Ese domingo, la tormenta en la ciudad obligó a suspender el concierto de la Plaza del Castillo y la procesión de la Virgen del Camino, que recorría la calle Mayor hasta San Saturnino. La marcha se inicia ya oscurecido, con niebla y bajo un cielo encapotado.

Como la noche era cerrada y lluviosa y por tanto la visibilidad casi nula, ordené que con los reflectores se iluminara la cresta del monte” informaba el comandante Trías al llegar con las primeras tropas. Entre los perseguidos – en La gran Fuga-, Teófilo García: “Había llovido el día anterior y estaba embarrado todo el monte. Un compañero cayó conmigo por un terraplén yendo a parar a un arroyo. Perdí el conocimiento y cuando lo recobré el compañero estaba muerto…/… En la noche del lunes apenas se veía pero seguimos avanzando.” Arbulo añade sobre el río en cuya ribera es capturado: “Bajaba tanta agua que no se podía cruzar; nunca más he visto tal cantidad”. Un observador, el médico Fermín Irigaray, en sus Memorias habla de un martes frío. El jueves 26 descargó una tormenta con 7 litros/m2.

En adelante, mejoró el clima. En Urtasun recordaban una tarde de sol cuando fusilan a los evadidos. Emilio Linzoain subrayaba el inclemente sol bajo el que mantenían a los apresados en Eugi. A pocos kilómetros, un mundo ajeno: el partido Osasuna – Real Sociedad del domingo 29 se disputaba bajo el mismo cálido sol de primavera.

Para las 21:30, los militares inician la respuesta: dos camiones con 80 soldados del batallón 331, al mando de su comandante Trías, al que se suman entre 25 y 40 guardias civiles del puesto de la Rochapea, el más cercano, llegan para las 22:00 a las inmediaciones del fuerte. Otra furgoneta con requetés recoge al sargento Lainez. A las 22:30, el director Rojas, interrumpiendo su cena, se presenta con la situación ya controlada. Los últimos evadidos entrecruzan disparos con la tropa que va capturando a los rezagados. La noche es ya cerrada, por lo que se valen de los reflectores instalados en los camiones para ganar visibilidad. “A la media hora teníamos a la tropa detrás, con reflectores peinando el monte con ráfagas”, contaba Luis Félix Álvarez. También Jovino Fernández: “desfilamos todos casi en columna compacta hacia el monte. A las dos horas ya funcionaban los reflectores por todas partes. La columna se desparramó por los bosques y por los barrancos en la noche”.

La huida se hace desordenada. Cada sobresalto con los perseguidores supone la dispersión del grupo. Tras el paso de los fugitivos, queda un rastro de zapatos y papeles. La imagen de cartas dispersas en el matorral, extraviadas en la accidentada huida o arrojadas por los capturados antes de ser ejecutados para evitar que sus recuerdos quedasen sepultados con ellos, tiene una fuerza dramática difícil de traducir en palabras. Un compendio de la fallida intentona, de las miserias de la vida carcelaria, de las anécdotas familiares, fotografías con sentidas dedicatorias, anónimos apuntes: todo reducido a cenizas. “Yo recuerdo haber hecho una hoguera delante de la escuela y ahí quemaron las cartas, documentación, incluso cosas religiosas”, contaba M. Munárriz.

Se inicia en el mapa una implacable partida de ajedrez, donde los dos contendientes hacen sus movimientos: el gobernador militar de Navarra dibuja el cerco, reparte la tropa, impermeabiliza el paso de puentes y collados, y va espigando fugitivos. Los evadidos, internados en los montes, improvisan vías de escape, burlan el acoso de las piezas contrarias, buscan el camino a la salvación. El estruendo de la fusilería no se apagará en los días sucesivos. Cuando todo termina, 206 fugados han perdido la vida.

Dos centenares. ¿Cuál pudo ser el despiadado criterio? No pudo ser la tenencia de las armas incautadas a la guarnición: no encaja tanto muerto para 67 fusiles, muchos abandonados o enterrados en el monte, como contaba E. Méndez que hizo con el suyo; el localizado por Ángel Esquiroz, vecino de Maquirriain, a la siega del cereal. En junio, terminando el operativo, un informe cita que todavía no se habían recuperado 61 Mauser. No fueron ejecutados, por tanto, por ser capturados armados.

Del análisis de los testimonios, valle a valle, solo se detecta un patrón: la elevada mortandad del jueves 26 de mayo. Fermín Amorena (Anotz, n.1926) alumbra un motivo: se recibió la orden de ejecutar ese día, la Ascensión, a todo capturado.

Refugio de Amador Rodríguez, con el Fuerte de fondo

Refugio de Amador Rodríguez, con el Fuerte de fondo