José Marinero (1939)

José Marinero (1939)

Nacido el 27 de agosto de 1916 en la pedanía segoviana de Dehesa Mayor, cercana a Cuéllar. Jornalero, participa en la resistencia al golpe militar de 1936 desde la Casa del Pueblo de Bernardos, encabezada por su alcalde Clemente Casas, quien declara la huelga general en la comarca. Mantienen el control del pueblo frente a militares y falangistas hasta el 24 de julio, en el que 63 defensores son detenidos y trasladados a Segovia, sometidos a juicio sumarísimo: catorce, considerados dirigentes, serán fusilados; el resto, condenados a duras penas -30 años a José por rebelión militar-. José manifestará a su entrada a México que la causa de la condena fue defender al gobierno de la República.

Llega al fuerte el 15 de agosto de 1937, siguiendo a otros sentenciados en la misma causa: algunos parientes, descendientes de Leandro Marinero y Justa Sanz, como Bernardo Marinero Hernando, Marcos Marinero González y Lucas Marinero Criado.

Datos de su biografía proceden de la narración que hizo al periódico Sud-Ouest, publicado en Bayona, el 1 y 2 de junio; de El Socialista, edición de Barcelona de 7 de junio, y Euzko Deya de 12 de junio de 1938. Su etapa mexicana se abre con su ficha como pasajero embarcado en el Sinaia y su expediente, conservado en el INAH, Instituto Nacional de Antropología e Historia. Por último, de la información facilitada por su hija Pilar desde México.

Se pone en su boca la declaración que hicieron a la prensa francesa, ya que Valentín no lo hizo “porque podían tomar represalias contra mi mujer y mis hijos”. Informaron que sobrepasaron la línea fronteriza por los caseríos que caen desde el alto de Ibañeta, el día 31, diez interminables días después de cruzar las puertas del penal por última vez.

En el fuerte estaban en la segunda planta y destinados desde septiembre de 1937, en un grupo de 70 presos, a la construcción de la carretera que sube desde Pamplona al fuerte, por lo que su situación era privilegiada, ya que al menos salían de las celdas. En total eran unos 2600 presos. Algunos comunes, pero la mayoría, por sus ideas republicanas. Recientemente habían llegado un grupo de falangistas. En la tercera planta, donde estaban los intelectuales, había presos franceses, entre ellos dos periodistas de los que ignoran su nombre y paradero, y que fueron maltratados.

El 22 de mayo, hacia las 19:30, escucharon ruidos y movimientos inusuales procedentes del cuerpo de guardia. Después de algunos disparos, un prisionero con el uniforme de guardia – otros testimonios identificaron así a Picó- llegó para anunciarles que estaban libres. Un detalle arroja luz sobre su determinación de sumarse a la evasión. Tres días antes, sesenta y ocho reclusos habían sido trasladados a la prisión de Cuéllar; buena parte de ellos sus compañeros segovianos. Es inevitable preguntarse en qué medida pudo influir la frustración de permanecer en el fuerte en su arranque de lanzarse al monte.

Salieron huyendo sin orden ni orientación, pero tomaron la decisión de llegar en grupos a Francia. Algún mutilado, que no quiso quedarse atrás, fue ayudado por otros fugados y al cabo de los días, agotados, abandonado a su suerte en el monte. Comieron algunos garbanzos que llevaban consigo; agua encontraron en abundancia a lo largo del recorrido. Se dispersaron, pero se reencontraban y perdían con otros fugados al azar, errando por el monte. Entre los fugados cundía el desánimo y había quien renunciando a la frontera por el temor a las patrullas, prefería esconderse en lo profundo del monte. Otros, extenuados, proponían rendirse. A partir del miércoles 25 quedó en la sola compañía de Valentín Lorenzo, dispuestos a seguir. Andaban de noche y dormían de día en la maleza. Un pastor les dio algún alimento y orientaciones. A fin de mes, cruzan la muga.  Aunque parece dictado por el afán propagandístico del periodista, relata que “en los primeros momentos del alzamiento militar se dedicó a reclutar obreros campesinos, que sirvieron para volar con dinamita el ferrocarril de Valladolid a Segovia –y evitar que llegasen refuerzos de los fascistas en su ofensiva a Madrid- … Por esta causa detuvieron a setenta y siete, entre los cuales se encontraban cuatro mujeres”.

Según la documentación mejicana, José llegó herido de bala en el muslo de la pierna izquierda, producto del encuentro con sus perseguidores. De San Juan de Pie de Port fueron conducidos al consulado de Hendaya y después a Bayona. Después de tres días de descanso, fueron enviados a Barcelona con fecha 3 de junio, donde en un principio tuvieron dudas sobre la veracidad de su peripecia, por lo que hasta octubre de 1938 no fueron asignados al Cuerpo de Carabineros. Su ficha muestra que ingresó en ese cuerpo –propuesto para teniente- y conservó un certificado de 14 de enero de 1939 que acredita su presencia en Barcelona, adscrito a la Junta Central de Transporte.

José y Valentín Lorenzo todavía compartieron la derrota del ejército republicano en Catalunya, cruzando de nuevo la frontera, después de la entrada en Barcelona de las tropas de Franco el 26 de enero. José en una columna al mando del capitán Juan Rojo el 10 de febrero y Valentín el 7 de marzo de 1939.

Nuevamente en Francia, volvieron a ser privados de libertad, y los dos fugados, que tanto habían compartido, quedaron separados. Ya no volvieron a verse. Mientras Valentín pasaba del campo de Arcarès-sur-Mer al de Gurs, José, que había estado en Saint Cyprien, tomaba el Sinaia hacia México. Pero José no olvida a su compañero y cuando es requerido por sus autoridades para nombrar alguien que pueda avalar la veracidad de sus datos, cita a su compañero Valentín Lorenzo, a quien presenta como presidente del comité de Salamanca de UGT.

El vapor Sinaia, partió de Sète el 25 de mayo y llegó a Veracruz el 13 de junio de 1939. Sus familiares hablaban de su llegada a bordo del Evita. La confusión procede del renombre que alcanzó en ese tiempo un barco de nombre similar, el Vita, por trasportar un importante tesoro que financió la integración de muchos de esos exilados forzosos. En la ficha de embarque algunos pasajeros dan cuenta de sus antecedentes como José Triviño, miliciano hecho prisionero en el frente del Ebro, evadiéndose a las filas republicanas. José, prudente, esperará a llegar a Veracruz para declarar ante emigración su paso por el fuerte y su fuga.

Pasaje barco Sinaia

Pasaje barco Sinaia

Aunque tangencial en la narración, un alto para recordar el apoyo que prestó a estos exilados el Comité Británico de Ayuda a los Republicanos Españoles, y asociaciones de cuáqueros ingleses y estadounidenses financiando sus pasajes, tan lejano de las políticas de sus gobiernos; así como el entusiasta recibimiento de miles de trabajadores en San Juan de Puerto Rico –donde hizo escala- y en Veracruz, en este caso con su gobernador incluido, que los arribados correspondían con la que había sido banda del Quinto Regimiento.

El JARE, organismo creado por I.Prieto con los fondos del Vita, financió iniciativas como la compra de colonias agrícolas –la más destacada, la Hacienda Santa Clara en Puebla-, que dieron trabajo a miles de refugiados. En el caso de José, las peticiones de ayuda en 1941 y 1942 que constan, fueron modestas y consecuencia de la enfermedad por la que queda sin trabajo y acumula deudas por la manutención con la familia López Mier, que le acogió en Puebla. Se le concedió una exigua ayuda de 50 pesos. En sus escritos de julio y agosto de 1942, hace referencia a su pertenencia a las Juventudes Socialistas, así como a “ser el tercer afortunado que pudo llegar a Barcelona después de dejar regados los montes de Navarra con sangre de los dos mil ochocientos compañeros que  escaparon del presidio.” Este párrafo desvela que aunque no hay constancia de que tomasen contacto con Jovino en Barcelona, sí supieron de su llegada por el eco que tuvo en prensa y radio.

Su tarjeta de refugiado en México lo describe como de fuerte constitución, 1,56 m, ojos castaños, y sin creencias religiosas. Incluye su fotografía a los 23 años. ¿Qué puede leerse en su rostro? Hace escasos tres años estaba segando en su pueblo. Protagoniza una épica fuga, vive una guerra y ahora se encuentra solo en un país desconocido. En su casa de Cuéllar quedan su madre Antonia, su padre Jacinto, campesinos como él, y seis de sus siete hermanos. Su hermana mayor, Jacinta, con 24 años, trabajaba de modista en Valladolid, y el más pequeño, Laurentino, de 2 años cuando lo vio por última vez y con el que solo se comunicó por carta. Fue Laurentino quien facilitó alguno de los datos que recoge La  gran Fuga, como que avanzaban por la noche y se ocultaban de día; que tuvieron que comer hierbas y lo que pillaban; se escondieron en zanjas, atravesaron ríos y montes.

Algún preso del fuerte de regreso a Cuéllar dio la noticia de su huida, pero tardó años en ponerse en contacto con su familia. Rufina, otra de sus hermanas, contaba que recibían cartas periódicamente y algunos envíos de dinero para su madre, pero nunca tuvo ocasión de regresar, y que siempre se sintió agradecido al presidente Cárdenas que facilitó su acogida en México.

Jornalero en origen, José es un emprendedor. Para mejorar su suerte, se declara especialista en reses bravas, solicitando trabajo como vaquero-ordeñador. Es enviado con un contingente a Puebla, donde trabaja en la Vidriería de Florentino Pieno. De 1946 a 1953 busca su fortuna con un grupo musical y se traslada a México DF, donde comparte escenario con figuras de la época. Regresa a Puebla y emprende un floreciente negocio de productos españoles: jamón, queso, vinos… que comercializará en una tienda de ultramarinos.

No solo rehizo su vida laboral. Tres años después de su llegada se casa con Matilde Pesquera Bárcena, mexicana e hija de emigrantes españoles residentes en Puebla, y con quienes convivió y sintió como su propia familia. Con Matilde tuvo dos hijas –Pilar e Isabel- y un hijo, José Ángel. Es Pilar, que vive en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, quien facilita estos datos, interrumpida en ocasiones para atender la elaboración de repostería -polvorones sevillanos-. Dulce labor cuando se piensa en la alimentación de su padre en los días de huida. Hubo una faceta que José no retomó; su activismo sindical. Concentrado en la supervivencia, necesitado de pasar página a recuerdos tan duros, no confesó a su familia su pasado, que conocieron, asombrados, una vez fallecido José en 1963, con 47 años. Nunca volvió a su tierra.