¿Quien al rayo detuvo prisionero en una jaula? Miguel Hernández, 1937.

Hay razón para que sea Jovino quien abra estas páginas.  Es su hija Ana quien escribió un recuerdo emocionado de sus padres, consciente de que su historia familiar es una parte de la Historia de esa generación. El testimonio de Ana Fernández Gurruchaga pone de manifiesto que las penalidades no solo acechaban a presos y fugados, sino también a sus familias.

Jovino Fernández

Jovino, 1939

Jovino nace el 17 de abril de 1908 en Santa Marina del Sil, municipio de Toreno, en El Bierzo leonés, dicho sin constancia documental, dado que su Registro civil fue destruido en octubre de 1934, durante las huelgas revolucionarias y sus asientos no han sido reconstruidos.

Sus padres, gentes sencillas. Ana María González llegó al matrimonio desde las aulas del convento de Astorga, donde no aprendió a leer ni a escribir, pero sí a recitar la Biblia de memoria. El padre, Andrés, campesino. Jovino fue el tercero de sus seis hijos, que acudían a la escuela cuando había maestro. Cuando no, era con el padre con quien en la mesa de la cocina y papel y lápiz, unían letras a la luz del candil. El verano era para pescar truchas, llevar a pastar las cabras, y acompañar al padre a las ferias de ganado de Bembibre o Ponferrada. Gustaba también de arreglar un apero de labranza o armar una cestilla con juncos del río. A los catorce años trabajaba en las minas de El Bierzo, hasta que el servicio militar lo lleva a San Sebastián entre 1929 y 1930. Cuando se proclama la República se encuentra en Santander trabajando de albañil y se afilia al ramo de la construcción de CNT. La sublevación de octubre de 1934, que se extendió por las cuencas mineras leonesas, acontece cuando Jovino ya estaba de regreso en las minas de Toreno. Una denuncia lo lleva a las cárceles de León, Astorga y a la Modelo de Oviedo. Con el triunfo del Frente Popular, se amnistía a los presos y Jovino sale a la calle.

El golpe militar de 1936 le sorprende en Luarca (Asturias). Forma parte de las milicias que se improvisan para frenar el golpe y que intentarán el 8 de octubre la toma de Oviedo, el mayor feudo rebelde en Asturias, que abandonan ante los refuerzos que tropas franquistas llegadas de Galicia por el Naranco brindan a los sitiados. Deben abrirse paso en la disputada posición del Escamplero. En noviembre, esas milicias se integrarán en el Ejército Popular.

Se pueden seguir los pasos de Jovino siguiendo los derroteros de su unidad. El Ejército del Norte se despliega en el País Vasco, Santander y Asturias, con jóvenes llamados a filas y milicianos de sindicatos y partidos políticos. Su IIº Cuerpo incluía a la 12ª Brigada Mixta, cuyo jefe era el mayor de milicias Paco Fervenza Fernández, metalúrgico y militante de la CNT-FAI, improvisado cuadro militar, como buena parte de la estructura de mando republicano. En esa Brigada estaba el batallón 212 de Jovino, del que era responsable el comandante Manuel García Fernández.

En febrero de 1937 la Brigada es destinada a Asturias, donde participa en la ofensiva sobre Oviedo. En marzo, convertida en Brigada Móvil, defiende los frentes de Oviedo y Burgos. Cuando Mola lanza su ofensiva sobre Bilbao, acuden en su defensa dos Brigadas asturianas y dos montañesas, entre ellas la 12ª de Santander, conocida como Segunda expedicionaria de Santander.

En abril son trasladados al sector de Mungía y hasta julio pasan por distintas localidades del perímetro defensivo, el Cinturón de Hierro que debía proteger Bilbao. El macizo de Sollube se convirtió entre el 6 y el 14 de mayo, contaba Jovino, en un desesperado intento de frenar la inminente caída de la capital vasca. La superioridad artillera y aérea resultó decisiva, dado que a la aviación franquista se sumó la legión Cóndor alemana, junto a tropas italianas y marroquíes. El Sollube logró retrasar la caída de Bilbao hasta el 17 de junio, al precio de ochocientas víctimas mortales entre sus defensores. Más tarde se desplegaron en las Encartaciones.

Santander había quedado al margen de la guerra. La ofensiva franquista se inicia el 14 de agosto y van tomando pueblos y caminos de la zona, copando a diversas Brigadas santanderinas en Valderredible. Fervenza consigue salvar parte de sus efectivos retrocediendo hacia la capital santanderina. Jovino, atrapado en el valle del Cayón, es capturado, como lo cuenta en el periódico Solidaridad Obrera: “Fue en Erles. Los que allí estábamos, no nos decidimos a retirarnos, a pesar de que, desde dos días antes, teníamos orden de hacerlo. No lo hicimos y nos coparon. Nos separaron en dos grupos, y en uno de estos se situaron los que peleaban como voluntarios; en el otro, los que pertenecían a los reemplazos. Yo dije que no era voluntario, pero un fascista que había estado entre nosotros, me delató. En medio de todo, tuve suerte. A la mayoría de los voluntarios los asesinaron los italianos. Yo pude llegar a Santander como prisionero. El convento de los Salesianos, la Plaza de Toros, las cárceles de antes y las que se dispusieron al caer la ciudad, todo era poco para el número de prisioneros y detenidos por los invasores. Como éramos muchos, se empezó a suprimir con ametralladora a gran parte. Sin comer, sin dormir, sin atención alguna estuve por espacio de un tiempo que nunca sabré a cuánto alcanzó, esperando ser fusilado por las pandillas de falangistas que se dedicaban a asesinar sin descanso a trabajadores y a hombres y mujeres de todas clases”. El frente del Norte se derrumba. El día 25, la capital cántabra cae.

Fervenza logra alcanzar Santander, embarca en un pesquero a Francia y regresa a Barcelona, donde es destinado al cuartel Carlos Marx, al mismo que irá Jovino un año después, solo que pasando por el fuerte de Ezkaba y protagonizando su épica escapada. Pero Fervenza se encuentra ya en Teruel y es más tarde ascendido a general de división en Levante. Renuncia al embarque en los últimos momentos para correr la misma suerte que su gente y es capturado con las últimas tropas leales en el puerto de Alicante, lo que le lleva a pasar seis años encarcelado.