Catalunya en el fragor de la guerra

Una familia más entre las miles que procedían del País Vasco, peregrinan por las masías hasta llegar a Segur, donde son alojados en la casa parroquial. Sustento precario y a cambio de trabajo. Los botes de miel que el cura guardaba fueron objeto de deseo que perduró en la memoria. Recogían setas campestres, criaban conejos, la abuela regresaba con una calabaza bajo la ropa. La supervivencia.

De entre los hermanos, Martín visita por sorpresa Segur. Se despidió desde el camión militar que lo había traído cuatro días antes. Su última imagen. Su hermano Vicente, herido en el frente y hospitalizado en Barcelona. Una antigua casa de huéspedes requisada permite otro reagrupamiento familiar: Vicente, ya casado, con su familia, y su hermano Sebastián, que al mando de un pesquero abastecía los hospitales de la capital. Una de las huéspedes no perdió ojo al marino y al tiempo se convirtió en la tía Pepita. La pensión era el alojamiento de las hermanas en sus escapadas. En las situaciones más difíciles se busca con ahínco un halo de normalidad: en una ocasión, entraron a una peluquería y salieron con un corte a la moda, a lo garçon, muy cortito, con ondulaciones. El rapapolvo de la abuela fue sonado.

Sumidos en las dificultades, la radio acompaña las veladas. Ese verano de 1938 los noticieros hablan de la evasión del fuerte y se entrevista a alguno de los que, escapados, había llegado a Barcelona. En la fonda se comenta la gesta; otro inquilino, famélico y con la cabeza rapada, callaba. Con el tiempo y más confianza, confesó que era uno de los fugados. Así se conocieron Luisa y Jovino, en octubre de ese año. Sus visitas al cercano Segur desde el frente del Segre en el que estaba destinado se sucedían. Llevaba alguna ración del cuartel y tabaco para el abuelo. Parece un buen chico, decía este. Contraen matrimonio civil en diciembre, y tendrán que repetir ceremonia en Francia, pues estas uniones no fueron reconocidas por Franco.