Poco duró la vida matrimonial. Los caminos se llenan de civiles y tropas evacuados desde Lleida bajo el estruendo de la artillería, entre ellos, la familia Gurruchaga. Primero a Barcelona, en un tren abarrotado de heridos. La ciudad tiene ya el rostro de la desesperanza. Dudan si alejar a los niños en uno de los convoyes que parten hacia Rusia, pero deciden alcanzar juntos la frontera. Atrás, resistiendo, quedan Vicente, Sebastián y Jovino. Desde el tren observan las desconsoladas caravanas hacia Puigcerdá, bajo el acoso de aviones italianos. Una muchedumbre espera a la intemperie ante la cerrada frontera. “Quién puede olvidar esas horas, ese espectáculo de las montañas llenas de gente que acampaba bajo los árboles, temblando de frío y terror”, escribió Federica Montseny.

El 28 de enero pasan a Tour de Carol. La gendarmería selecciona a los que cruzan. Los varones son enviados a campos improvisados en las playas del Rosellón: apretados entre el mar y las alambradas, tratados como delincuentes. El abuelo Antonio a Argelès, y más tarde, como miles de refugiados vascos, a Gurs. Allí se le unirá el tío Vicente, desde Saint Cyprien.

Jovino cruza la frontera en febrero por Le Perthus, y es enviado a Argelès. Se agolpan por miles en aquellas playas, excavando en la arena para encontrar protección del viento en las frías noches de febrero de 1939. De Argelès a Saint Cyprien y Barcarès, donde se les redistribuye hacia campos de trabajo o como mano de obra para Alemania, una vez firmado el armisticio en junio de 1940. Baraja la opción de la legión extranjera. Finalmente es enviado a las minas de carbón de Decazeville.