Poco duró la vida matrimonial. Los caminos se llenan de civiles y tropas que se retiran desde Lleida bajo el estruendo de la artillería. La familia Gurruchaga se suma a la evacuación. Primero a Barcelona, en un tren abarrotado de heridos del frente. La ciudad tiene ya el rostro de la desesperanza. La familia duda si alejar a los niños en uno de los convoyes que parten hacia Rusia, pero deciden alcanzar juntos la frontera. Atrás, resistiendo, quedan Vicente, Sebastián y Jovino. El 23 de enero, desde el tren, observan las desconsoladas caravanas hacia Puigcerdá, bajo el acoso de aviones italianos. Una muchedumbre espera a la intemperie ante la cerrada frontera. “Quién puede olvidar esas horas, ese espectáculo de las montañas llenas de gente que acampaba bajo los árboles, temblando de frío y terror”, escribió Federica Montseny.

El 28 de enero pasan a Tour de Carol. La gendarmería separa a los que cruzan. Los varones son enviados a campos improvisados en las playas del Rosellón: apretados entre el mar y las alambradas, tratados como delincuentes. El abuelo Antonio a Argelès. En el  momento de la separación nos despedía infundiendo ánimo, seguro del pronto reencuentro. A partir de abril, como miles de refugiados vascos, es enviado al campo de Gurs, en el Bearne. Allí se le unirá el tío Vicente, desde Saint Cyprien.

Jovino cruza la frontera en febrero por Le Perthus, y es igualmente enviado a Argelès. Docenas de miles de refugiados se agolparon en aquellas playas, excavando en la arena para encontrar protección del viento en las frías noches de febrero de 1939, hasta que se hicieron los primeros barracones. De Argelès a Saint Cyprien y Barcarès, donde se les redistribuye hacia campos de trabajo o como mano de obra para Alemania, una vez firmado el armisticio en junio de 1940. Baraja la opción de la legión extranjera. Finalmente es enviado a las minas de carbón de Decazeville.