El éxodo

La abuela Celedonia, las chicas y niños son enviados a Blois. Los pequeños disfrutan de una colonia de verano gestionada por los sindicatos. Un paraíso para los huérfanos de la guerra, alojados en pabellones con sonoros nombres como Lenin o La Pasionaria, a quienes una maestra, igualmente refugiada, atiende. Tras la bonanza, se suceden las desgracias. El abuelo Antonio no resiste las infames condiciones de vida en Gurs y fallece de disentería en el hospital de Orthez con 57 años. Para la familia, las penalidades tan solo se habían reiniciado. La cercanía de la guerra enrarece el clima social y los trasladan a un campo en el Loira. Barracones saturados, alambres de espino, gendarmes. Largas filas para la comida, trueques absurdos de joyas por panes. Algunas jóvenes se ven en la tesitura de negociar con su cuerpo para salir adelante. Miseria, necesidad y enfrente pocos escrúpulos y ninguna compasión por las penalidades ajenas. Las desgracias se ceban de modo imposible de encajar. Martín, preso en Madrid, es condenado y fusilado con 24 años. La abuela, cargando con su dolor, trataba de levantar el ánimo: “Ahora tenemos que atender a estos pequeños, a estos inocentes que necesitan de nosotros”.

Antonio Gurrutxaga, fallecido en Gurs, 1939

Antonio Gurrutxaga, fallecido en Gurs, 1939

La nueva guerra abre una oportunidad. Se requiere mano de obra para suplir a los combatientes y son transferidos a una fábrica de máscaras de gas. Trabajo, donación de sangre, y a cambio una casita municipal y alimento. Las noticias del frente parecieron aquietarse. De repente, los alemanes avanzan sobre París y millones de civiles y un ejército en retirada colapsan los caminos hacia el sur.

En junio de 1940, la familia marcha hacia Burdeos. La abuela, extenuada, se resiste, pero finalmente se carga de niños. La tía Lucila, Luisa y dos de los pequeños bajan del camión para beber agua. Todo sucede rápido. La artillería francesa y alemana cruzan un intenso duelo y los civiles se cobijan bajo los árboles. Al momento, el camión ha desaparecido y quedan abandonadas en un cruce. Un soldado les reparte comida y abriga con un capote. Débil protección ante la artillería que retumba en la noche cerrada y con una única orientación de ir hacia Burdeos. Descansan en una escuela. Se acerca el maestro, cojo; los conduce a la posada y ofrece un cordero con patatas. Saca la gorra, reúne catorce francos por las mesas, y se los ofrece a los desamparados. Vital para comprar cerillas, jabón y sal. La grandeza de la solidaridad con los desconocidos.

De la desierta escuela, el pequeño Vicente tomó un calendario con un mapa que servirá de guía. Un tesoro. Siempre hacia el sur. Una mañana, en Bellac, las calles se riegan con vino, derramado por su propietario ante la llegada de los alemanes.

Una precaria radio anuncia el armisticio. El 22 de junio, Francia queda dividida entre la zona ocupada y la zona bajo el gobierno de Pétain. Esa noche, los campos se pueblan de sombras, gentes que marchan a tientas fuera del control alemán. Topan con una patrulla francesa. Aunque perdidos en mitad de Francia, un alivio.

En la plaza de un anónimo pueblo, un autobús indica su destino: Decazeville, un nombre entre tantos, carente de significado; pero para Luisa, el lugar donde han enviado a su marido. Por sus calles, Jovino no da crédito frente al grupo de desharrapados que se le acerca gritando desaforados. Es agosto de 1940. En diciembre el reencuentro es con la abuela, extraviada en el camión tras el duelo artillero.

El gobierno de Pétain reconoce a Franco, y restringe la estancia de españoles en suelo francés a quienes tengan permiso de trabajo.

Jovino como minero y Luisa quedan en Decazeville. La abuela, con los menores, emprende el regreso. Su último esfuerzo. Al llegar al puerto siente que lo ha perdido todo: la casa y su comercio requisado, el barco desaparecido. El marido, su hijo Martín, la familia desperdigada. Agotada y rota, deja de luchar y fallece en diciembre, a los 59 años.