Rehaciendo la vida en Decazeville

Jovino figura con ficha de refugiado vasco en Francia, listado elaborado en 1946 por el representante del gobierno vasco L.Salazar. Su inclusión viene de la mano de su mujer Luisa, donostiarra. En la ficha consta su origen leonés, militancia en CNT, edad y profesión de albañil, que combinó con la de minería. Albañil fue en Santander en 1931 y volvió a serlo en Decazeville cuando lo jubilaron de las minas de carbón, para seguir manteniendo a su familia.

El testimonio de Ana permite adentrarse en rasgos del carácter de Jovino. Discreto, poco dado a la queja, sereno ante las adversidades. Tenaz hasta la obstinación, rasgo que pudo salvarlo en su huida. Laborioso, sus compañeros temían trabajar a su lado por su incansable ritmo. Conservó de su juventud su rechazo al mando autoritario, confiando en la responsabilidad; su fe en la humanidad para quien había dejado de creer en dioses, y en la educación para construir un mundo sin explotados.

Desapegado de los bienes materiales y cercano a los suyos, su casa rebosó albergando niños, familiares de su mujer, en los duros años de la posguerra. Persona de gustos sencillos y hombre de campo, disfrutaba buscando setas, pescando o reunido para una merienda.

La añoranza de su tierra estuvo presente en su vida de exilado. Cuando Ana con su madre pasaban vacaciones en León, Jovino las acompañaba hasta la línea fronteriza. Se conmueve recordando a su padre asiendo la manilla del tren, sin querer desprenderse del lazo que le unía a su tierra, vedada para él. Respetuoso con el país de acogida, rodeado de una amplia colonia de refugiados, su integración y aprendizaje del idioma fue limitada. Mantuvo una complicada comunicación con su familia leonesa por medio de Cruz Roja o personas que cruzaban los Pirineos clandestinamente y recibía sus cartas por el mismo procedimiento.

Tuvo que esperar a la muerte del dictador que truncó su vida para volver. Aquel simbólico momento, cinco décadas después de cruzar la frontera en la retirada del ejército popular, quiso afrontarlo solo. Esforzándose en ocultar su emoción, entrega a sus 69 años el pasaporte que le acredita. Demasiado tarde para regresar definitivamente, pero se sucedieron las visitas. En uno de los viajes a su tierra leonesa, en 1992, atravesaron la ruta imaginaria que hizo durante su evasión. No reconoció San Juan de Pie de Port. Era una población más pequeña a la que llegó. Visitó la abadía de Roncesvalles, pero su paso había sido por los altos de los montes circundantes. Hicieron parada en Pamplona, pero no llegó a situar el fuerte. Había llegado cincuenta y cinco años antes en tren, “bien custodiado y en camión cerrado”. Ana con su marido Jean Claude y su hija Myriam lo visitaron en 2010.

Murió a los 87 años, en febrero de 1995, como la buena gente de la que habla Machado, gentes que un día como tantos, descansan bajo la tierra.