Preso en el Fuerte

Jovino es juzgado por la Audiencia de León en agosto de 1937 y condenado a muerte, que se le conmuta. “Por fin, comparecí ante una especie de Tribunal Militar, sin que sepa aún por qué me condenaron sólo a treinta años de presidio. Me trasladaron desde Santander al fuerte de San Cristóbal de Pamplona, bien custodiado por la Guardia Civil. En los primeros días, los fascistas asesinaron en Santander a más de ocho mil, mujeres y hombres. Era tremendo aquello. Después me enteré por una carta de una compañera, que a raíz del hundimiento del “Baleares” fueron sacados de la cárcel setecientos presos más y los pasaron por ametralladora”.

Llega a Pamplona en tren el 23 de octubre, con 29 años. “Los civiles me entregaron al jefe del Penal del fuerte de San Cristóbal, como si se tratase de un fardo. Sin ropa, sin colchoneta, sin nada, con mis pobres harapos de prisionero me metieron en la brigada del patio. La comida horrible. Un día en la ración de potaje para cuarenta hombres, pudimos contar hasta sesenta garbanzos”.

Los recuerdos del penal son comunes en los presidiarios: hacinamiento, malos tratos, frío terrible y hambre. Mucha hambre. En su caso, en la segunda brigada. Cada nave tenía dos espacios de unos 26 metros, donde se hacinaban 25 presos. Un metro cuadrado por preso, sin camas ni colchones. Ventanas sin cristales y con barrotes.

De entre los reclusos, hablaba con respeto de Pico, de su madera de líder. Le admiraba que hablase en esperanto, desconociendo que el cerebro de la fuga preparaba así la toma del fuerte. En su entrevista al periódico de CNT, Solidaridad Obrera, habla de otros presos: “Había allí tres periodistas franceses detenidos desde los primeros tiempos; creo que desde que se perdió San Sebastián. Uno de ellos, precisamente varios días antes de la fuga, fue bestialmente apaleado por los guardianes. Le partieron la cabeza. No sé si habrá muerto. No hubiera sido el primero. El que enfermaba o “al que le hacían enfermar”, no tenía médico, ni medicina, ni enfermería. Moría como podía. Un médico de Astorga y su hijo murieron por falta de medicinas. De cuando en cuando se organizaba una provocación. Se decía que había sido descubierta una tentativa de fuga o una conspiración o cualquier otra cosa. Ya era sabido. Entonces se diezmaba el censo de los presos, cuidadosamente elegidos antes. Entre los presos predominaba el elemento republicano y socialista. Confederales llegaban pocos al penal. A los anarquistas los liquidan sin más trámites. Para ellos no se han hecho las cárceles fascistas. Elementos de la falange no había muchos entre nosotros, por lo menos que yo conociera”.

Una tarde, recostado en el suelo de su celda, se fue elevando un estruendo de puertas y cerrojos. En la confusión, un grito anunció: “¡A la calle, compañeros. Estáis libres!”. Se encontró rodeado de otros que huían como él. En la entrevista completaba los recuerdos de su hija Ana: “…Y no sé concretamente cómo se produjo el acontecimiento, ni quién organizó. Me temo que no muchos elementos estaban en el secreto, porque ya es sabido que cuando en estos asuntos intervienen muchas personas, nunca se puede lograr el éxito. Lo cierto es que el día 22 de mayo, –era domingo- al atardecer, paseábamos por el patio. Se me acercó un ordenanza del Economato, y me dijo en tono misterioso “¡Hay jaleo!” ¡Cuidado! Hay que ser muy prudentes. En esto sonaron unos tiros. Entraron en el patio unos compañeros con fusiles y vestidos de oficiales de Prisión. Llevaban cartucheras y todo. Les seguimos. Las puertas del Penal estaban abiertas y la guardia de soldados prisionera y desarmada. Parece ser que la guardia exterior estaba cenando cuando fue sorprendida. Cómo se logró desarmar de sus pistolas a los guardianes y dar los primeros pasos del golpe, no lo sé. Nos aprestamos a salir, corríamos”.