Una fuga repetida en 1944. El irreductible Jacinto

Jacinto Otxoa

Jacinto Otxoa

La figura de Jacinto Ochoa Marticorena está glosada en La gran Fuga, así como en su entrevista en la revista Punto y Hora en 1979, donde narra la nueva fuga que protagonizó el 6 de septiembre de 1944, junto con otro compañero -Felipe Celay Arana-, en este caso exitosa: “Nos dirigimos a Sorauren, pasamos la carretera y monte a través fuimos hasta las Abaurreas –de donde era originario Felipe-. Allí nos dieron pan y jamón. Desde que salimos del fuerte pasamos dos noches en España y la tercera ya fue en Francia. Pasamos por Irati.

Hay una explicación a la elección que hacen ambos como pareja de fuga en 1944.

Jacinto, natural de Ujué (n.1917), participó en la fuga de 1938, fue capturado y salió en libertad atenuada en septiembre de 1940, como tantos otros presos. En su caso, colaboró la intervención divina. El arzobispo de Pamplona, Marcelino Olaechea –quien tantas veces calló-, intercede ante el coronel instructor del sumario: Jacinto, uno de los obligados a evadirse (entregado luego a los nuestros), es hermano de un sacerdote ejemplarísimo y pertenece a una familia muy cristiana; y él personalmente no ha mantenido ideas extremistas”. Jacinto, ajeno a ello, pronto reinicia el activismo político.

Obispo M. Olaetxea y Jacinto Otxoa

Obispo M. Olaetxea y Jacinto Otxoa

Felipe Celay, natural de Abaurrea Alta (n. 1911), huyó con el golpe de julio de 1936 a Francia, acompañado por el secretario municipal Ciriaco Merino, sabedores ambos de su torvo destino caso de permanecer en sus hogares. Felipe regresó a zona republicana, alistado en el batallón Larrañaga, organizado por el PCE, primero en Bilbao, y con su caída, a Santander, donde es capturado y enviado a un campo de concentración y más tarde a brigadas de trabajo forzoso en tierras burgalesas hasta mayo de 1940, de donde regresará a Pamplona.

Julia Bea Soto en la cárcel

Julia Bea Soto en la cárcel

A principios de 1942 cae en Pamplona, cuando intentan reorganizar el Partido Comunista, un grupo dirigido por Julia Bea Soto, alias Matilde, quien logra escapar y queda en rebeldía. Caerá más adelante. Son detenidos Jacinto Ochoa, Felipe Celay, Irene Soto y Pablo Iriarte. También Rafael Echarte y Joaquín Ibarrola, que se encontraban en prisión atenuada después de ser participes en la fuga de 1938. No será el último contacto de Julia Bea con ellos, ya que más adelante reorganizará su vida en Francia con Marcelino Iriarte, otro fugado.

Los detenidos son enviados a Madrid en mayo de 1942, pasan por las cárceles de Yeserías y Porlier, y son condenados por delito de espionaje y contra la seguridad del Estado en febrero de 1943. Jacinto y Felipe solicitan el traslado al sanatorio penitenciario de San Cristóbal para cumplir la pena en trabajos auxiliares, donde llegan en julio de 1943. La mutua elección como compañero de la nueva fuga no fue entonces casual, sino que venía fraguándose desde Madrid.

La evasión se produce el 6 de septiembre de 1944, violentando una cerradura que daba a un almacén de víveres de la cocina, y de ahí saltando cinco metros por una pequeña ventana, eludiendo la vigilancia exterior de la Guardia Civil. Una nueva intentona.

San Cristóbal puede ser una montaña estupenda; que se recuperen caminos y que se represente la fuga. Que no se olvide”, decía en 1999 a Xabi Leoz (Zutarri Gazte Taldea). Se plasmó en un folleto que incluía la ruta de huida. Jacinto no pudo hacerlo como era su intención, pues falleció en octubre, pero un grupo de jóvenes, y ya como homenaje, lo hizo ese diciembre. Completa el trazado una fuente privilegiada, Asterio Arrese Celay, sobrino de Felipe, con quien convivió en Concepción (Chile) y que acompañó a los dos fugados cuando en 1967 y en 1973 Felipe visitó su tierra y a Jacinto, y rememoraron por Irati su gesta. Les unía el pasado, pero sus mundos más tarde fueron divergentes. La ruta:

http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=11626785

Bajaron el monte Ezkaba hacia Orrio, se adentraron por la regata de Nagiz hasta el puente de Sorauren, donde Jacinto fue capturado en la fuga de 1938. Sin dilación cruzaron al valle de Esteribar hasta Ilurdotz, población que cita, así como el probable caserío de Belzunegui, remontando las alturas que conducen al valle de Arriasgoiti. En la noche del miércoles día 6 hubo luna casi plena y claridad suficiente para alejarse del fuerte. Nos pilló la noche y estuvimos unas horas en un corral de ovejas. A la mañana siguiente otra vez a andar. Al día siguiente pasamos por el bosque de Irati, contaba Jacinto en 1978.

El paso de la muga por Irati no es el más corto, pero sí el que Felipe sentía como más seguro, por ser natural de casa Domine en Abaurrea Alta. El mapa de Zutarri atraviesa el valle de Arce: Uriz, Gorraiz y Azparren, ruta corroborada por Asterio, que confirma con otro punto intermedio, Tornuelako bidea, donde toparon con el joven Alejandro Arregi pastando las vacas, a quien Felipe conocía y sugirió: “vete a casa, antes de que se haga oscuro”, a la vez que se acomodaba a esperar la noche.

…Estando la noche cerrada, unos característicos golpes llamaron en la puerta de casa Zapatero. Luisa Arozarena, su propietaria pensó y en voz alta dijo a Francisca Iriarte, con quien convivía: “Si no supiera que Felipe Celay está preso, diría que es él” (tomado de Mikel Iriarte, Boletín del valle de Aezkoa, 2011).

Llegaron con los pies destrozados. Se los lavaron y facilitaron calcetines y calzado, pues casa Zapatero era entonces taberna, actividad que usualmente se complementaba con comercio variado. Descansados en duermevela, partieron de madrugada. Cuenta Gabino Lorea, (n 1942), quien conoció a Felipe en una de sus visitas, que esa mañana que abandonaba su pueblo para largo tiempo, no pudo evitar arrojar piedras al paso de casa Kijo, en el camino a Abodi, como hacían de niños. Felipe conocía la frontera y no necesitaron guía. Abaurrea estaba más vinculado comercialmente con San Juan de Pie de Port, a 30 km por senderos en caballería, que con la capital Pamplona, a 70 km. Comercio ordinario y de contrabando. Añade Asterio que Abodi era ruta habitual para Felipe, cuando antes de emigrar a Chile pasaba clandestinamente a visitar a su novia Gabriela Osta en Ochagavia. “Pasamos por el bosque de Irati”, contó Jacinto. La cañada que sube a Abodi comunicaba por una línea de caseríos con el bosque de Gibelea hasta el río Irati, y de ahí, por las bordas de Orión hasta Arpea, que aparece en el mapa de Zutarri, para descender a Esterentzubi, donde sin seguridad de haber cruzado la frontera, temieron que las camisas azules de un grupo de la Resistencia francesa con el que toparon fuesen las de falangistas. En la línea de frontera, comparten queso con un pastor, figura recurrente en los relatos de todos estos escapados.

Felipe Celay en Chile, 1988

Felipe Celay en Chile, 1988

No se les concedió respiro. Su llegada en septiembre de 1944 coincide con los preparativos de la invasión guerrillera que se prepara desde Toulouse. En octubre regresan a España con la entrada del maquis. El grueso de ellos por el valle de Arán, Felipe y Jacinto por el Pirineo navarro. Una vez fracasada la intentona y después de trabajar un tiempo en Francia en una fábrica de alpargatas y en el monte, para Felipe llegó la hora de acabar con tanto sobresalto. Se alejó del escenario y emigró a Chile, donde emprendió una nueva vida, en un negocio que se repite entre los emigrantes de la zona, la panadería. Falleció alli a finales del siglo XX.

Jacinto se mantuvo firme. Capturado, ingresa en noviembre de 1944 en la prisión Provincial de San Sebastián. A lo largo de su vida penó un total de 27 años de cárcel, pero mantuvo su militancia tras su salida. Pocos en el periodo de la Transición –una nueva generación de activistas- en las reuniones tenían conocimiento de que ese representante del PCE contaba con tan labrado historial. Cuando su compañero Marcelino Camacho, a la salida de la cárcel de Carabanchel, pronunció su “Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”, seguro que incluía en ese plural a Jacinto.

El régimen franquista, temeroso de estas infiltraciones guerrilleras, pobló el Pirineo de una línea defensiva de búnkeres, la Línea Pérez, construidos entre 1944 y 1957, que hoy observan atónitos los montañeros, sin entender qué pintan esos mamotretos de hormigón entre los bosques.