Los senderos de la gaulana, rutas a la frontera

Contrabandistas y gaulana

El desconcierto de los militares ante la masiva fuga les llevó a especular con que – intermediados por mujeres que los visitaban-, contaban con la ayuda de refugiados republicanos en los Aldudes. A su vez, alcanzar la frontera y ese valle desde el fuerte, un accidentado recorrido de 50 km, requiere conocimiento del terreno.

¿Quiénes podían haber sido esos guías que habrían podido conducirles a la muga en cuestión de horas, si realmente hubiesen contado con ese apoyo exterior?: Gentes expertas en andar de noche, que hacían ese recorrido con la misma pretensión de marchar sin ser vistos: los mugalaris, contrabandistas que cubrían los senderos de la gaulana.

Memoria de senderos que llevaban a las bordas y pastos de altura progresivamente abandonados, a las carboneras a las que hoy solo identifica su forzada planicie en medio de laderas imposibles, o que comunicaban los valles y hoy se cubren de matorral. El paso de ganado, mercancías de estraperlo, y también de gentes. Fugitivos políticos en una época, emigrantes económicos en otra. Senderos múltiples para eludir vigilancias, que en este tramo de frontera, terminaban –o empezaban- en los Aldudes.

En la borda Chalot de Eugi comentan la contradictoria relación con carabineros y guardias. En unos casos de complicidad; en otros, buscando sortear su control en la caseta de Esnezelaieta, entre el collado de Urkiaga y el monte Adi, que cortaba el acceso desde Esteribar. Las mismas parejas que prestaban el servicio de correrías, de 72 horas, encontraban refugio en la borda las noches invernales, a salvo de la nieve y el frío, y donde no faltaba el talo o un tazón de leche. Aunque desaparecido como Cuerpo en 1940, pagando su mayoritaria lealtad a la legalidad republicana, han perdurado en la toponimia local, en rincones de la montaña que recuerdan a sus primigenios titulares en las casetas de carabineros de Urruska, Lindus, Mendilatz…, hoy derruidas.

Centenarias y múltiples rutas del contrabando, como describe J.A. Perales: “Hacerse contrabandista en la parte oceánica del Pirineo Occidental, implicaba hasta hace pocos años iniciarse en una serie de conocimientos que hoy nos resultan chocantes a los poseedores de la cultura propia de las sociedades posindustriales. Trabajar de noche en un espacio encantado, azotado por las tempestades del océano Atlántico y barrido por el viento sur que sube  por las llanuras de España, andar sin ver (“como los raposos”) por sendas o caminos viejos, oler a distancia a la guardia civil, medir el espacio en tiempo en lugar de en kilómetros, y codificar el territorio fronterizo mediante narraciones y leyendas mágicas asociadas a determinados lugares del entorno húmedo y neblinoso del Pirineo Occidental, eran tareas y capacidades desarrolladas por los contrabandistas de la zona fronteriza. El acceso a estos conocimientos se realizaba de una manera ritual, mediante el ingreso en la sociedad secreta de contrabando”. Memoria viva de gentes y de conocimientos que se extingue con ellos.

Rutas a la muga

Es una quimera reconstruir los caminos precisos que tomaron los fugados.

La fidelidad a la información conocida lleva a proponer un recorrido que bajando por la ladera norte del monte Ezkaba se adentre por Nagiz para bajar hacia Sorauren y Olabe, donde fueron capturados/ ejecutados en un considerable número. Requiere solventar una dificultad natural, el vadeo de los ríos Ultzama y Arga. De ahí hay un salto hasta Kinto-Sorogain-Lindus, zona que pudieron recorrer los fugados documentados antes de cruzar la frontera. Cualquier variante requiere una andada no inferior a cincuenta kilómetros.

Sobre el terreno queda señalizada una propuesta, el sendero de Gran Recorrido o GR 225 “La fuga de Ezcaba -1938 – Ezkabako Ihesa”. Impulsada por la sección de Memoria Histórica del gobierno de Navarra, con la aprobación de la Federación de Montaña. Sendero o GR que rememora los hechos, y une el fuerte de Ezkaba con Urepel, donde llegó Jovino Fernández tras cruzar la muga.