El universo carcelario de soldados y presos, fugados y requetés, contó con la presencia de algunas mujeres.

Ya La gran Fuga había destacado –y entrevistado- a alguna de esas mujeres. Pili Yoldi resumió en artículo periodístico esta labor: “Las que sí vinieron fueron las de la UGT, que tres veces por semana llegaban con ropa, comida y tabaco. También subían al fuerte algunas mujeres nacionalistas, que se organizaban para llegar al menos una vez a la semana –los jueves- con ropa y paquetes para los gudaris, los de los pabellones” (Gara, 15 de mayo de 2005), si bien la más completa aportación sobre esta red de solidaridad de las mujeres con los presos de Ezkaba se debe a la investigación de Amaia Kowasch, en la que reconstruye, con las dificultades propias del trascurso del tiempo, esa labor silenciada de mujeres, que llegaron a establecerse en Pamplona desde sus lugares de origen para atender a sus familiares presos.

La aportación de las mujeres a la historia de la Fuga no queda circunscrita a labores de apoyo material y afectivo a los detenidos. Muchas de ellas, aparte de esposas o hermanas, compartían los ideales políticos de los presos y filtraban información sobre la situación política y el desarrollo de la guerra. El fugado Antonio Blanco, una vez capturado, declara que por medio de su mujer había sabido que el general Yagüe abogaba por la excarcelación de los presos republicanos, por lo que pensó que su salida estaba autorizada. Una excusa, pero indicativa de que en el interior conocían el curso de los acontecimientos, como las luchas por el poder que enfrentaron a Yagüe y Hedilla con Franco.

Este aspecto no pasó inadvertido a los militares, que se cebaron en ellas a la hora de buscar ilusorias complicidades externas a los fugados –hasta 38 folios les dedican en el sumario 1916-. Mujeres que visitaban a presos o con antecedentes de izquierda.

Para el 27 de mayo ya habían sido detenidas y encarceladas Raimunda Leiva -antigua militante de UGT- su hija Guillermina y las hermanas Dolores y Mª Luz Miranda, quienes los domingos visitaban a presos de CNT. También por su relación con uno de los guardianes del fuerte -Manuel Campos-, “que era visitado en su casa por personas de antecedentes poco gratos para Nuestra Santa Causa”.

Se registra el domicilio de Marina Zudaire, madre de las hermanas Miranda Zudaire, en busca de pruebas inculpatorias, “por si elementos extraños pudieron haber tenido relación con la fuga de presos del fuerte”. Se encuentra a M ªLuz una carta de 1935, en la que figura “Salud y Anarquía. Viva la FAI”, de un preso en Alcalá, Daniel Morchón, y otra en la que exhortaba a Vicente Moriones, también preso de CNT en el fuerte, a visitarla cuando saliese en libertad. Coincidencias de la vida, Vicente, cumplida su condena, fue puesto en libertad en la mañana de ese domingo 22 de mayo, encontrándose ambos a las 21:30, tal y como declarará al ser detenida. Luz Miranda había estado en contacto con un activo grupo libertario de Sangüesa, entre ellos, Vicente, Daniel y José Benedé. Este último, ejecutado en el fuerte en noviembre de 1936.

Otro grupo de mujeres de Artica, que mostraban su simpatía a los presos que trabajaban en la carretera de acceso, son detenidas y encarceladas. Tres quedarán pronto en libertad (Sebastiana Yoldi, Amparo Liberal y Simona Goñi), y más tarde otras dos, Juana Garro Bandrés y Luisa Primo Suazo, “muy significadas izquierdistas, cotizantes del Socorro Rojo internacional y que cuando estaban en el fuerte los presos de Asturias del 34, les hacían visitas con bastante frecuencia y sobre todo esta última que visitó a los presos del fuerte el día de visita de la semana última antes de la fuga”.  A quien visita Luisa Primo el 18 de mayo es a Vicente Tuñón, ferroviario, y burgalés como ella. Luisa se avecinda en Artica, la población más cercana a la prisión. No es la única: también lo hace en Artica Anselma Olave para atender al vizcaíno Venancio Iñurrieta. Lo mismo Julia Montejo Arce, libertaria de Barakaldo, que se desplaza a vivir a Pamplona para atender a sus compañeros. Un fenómeno repetido de mujeres foráneas, domiciliadas en la ciudad que es parte de la investigación de Amaia Kowasch.

Felisa Redín Labiano

Felisa Redín Labiano

Un tercer grupo, jóvenes vasquistas o Emakumes, tales como las hermanas Azqueta, las hermanas Redín, las hermanas Iturralde, María Arbizu, Carmen Pérez Marturet –de Solidaridad de Obreros Vascos- …, prestaban apoyo a nacionalistas encarcelados. Las hermanas Iturralde, María, Pilar y Rufina, fueron enviadas a prisión el 23 de junio por orden del juez instructor de la fuga, hasta su puesta en libertad el 13 de agosto. Su familia era propietaria del bar Catachu en Pamplona, señalado como lugar de encuentro para quienes pretendían cruzar  clandestinamente la frontera. Con ese motivo fue objeto de una redada, y apertura de sumario en abril de 1938.

En ese sumario también figuraban Felisa Redín y Carmen Pérez, quienes visitaron a sus hermanos presos, Pablo y Lorenzo, en el fuerte, pocos días antes de la fuga de mayo. Ambas, con María Arbizu, fueron detenidas en junio. Demasiadas coincidencias para unos militares ávidos de entender lo sucedido.

Estos tres grupos de mujeres serán puestas en libertad al cabo de unos días, una vez descartada su implicación.

María Larraga

María Larraga

Peor suerte corrió María Larraga. Su marido, Pedro Lacabe, alcalde socialista de Berbinzana, había logrado escapar del fatal destino que le esperaba. Escondido en un caserío de Tafalla, una hija de su hermana Valeriana acudía con los hijos del furtivo -entre ellos Delfín, recién nacido-, para que desde una ventana, disimulado, pudiese verlos antes de huir y encontrar refugio en Francia, mientras María quedaba en el pueblo. Ésta visitaba a su sobrino Pablo Asenjo Larraga, encarcelado en el fuerte. Los militares encontraron en María la conexión buscada entre los encarcelados y los refugiados republicanos que desde el exterior apoyaban supuestamente la escapada: “de modo confidencial se sabe que esta tía –Antolína Asenjo- le sirve de intermediaria para estar en correspondencia con los rojos. Además la citada individua se traslada con frecuencia de unos lugares a otros. Su significación acusadamente marxista, el hecho de sostener correspondencia con la zona roja y en constante movimiento por los  alrededores de esta capital le hacen sospechosa de estar en relación con algunos de los presos en el citado fuerte, y si no clara y evidentemente complicada en la fuga, si dispuesta a patrocinarla y favorecerla, protegiendo a los que se encuentran para capturar, tanto con su asistencia, como con las indicaciones  respecto a caminos y situación y movimientos de las fuerzas“.

Encarcelada en la Prisión Provincial, es conducida ante el juzgado militar nº 5 de San Sebastián, inculpada por reunirse con un grupo clandestino – entre ellos, Daniel Díaz, que fue concejal socialista en Berbinzana-. Su marido Pedro, exilado y enfermo, le escribe su última carta fechada el 7 de diciembre de 1939 desde el hospital de mutilados de Euzkadi en Bidart, a la cárcel de Ondarreta donde ella se encuentra: “No te lleves mal rato que a todo se llegará a tiempo”, con una letra rota que lo desmentía. Falleció al día siguiente, 8 de diciembre, con 39 años. Estampa propia de una novela tristísima.

Ficha de María Larraga

Ficha de María Larraga

La presencia de mujeres dirigentes políticas está presente en otros puntos del relato:

  • Julia Bea en la cárcel

    Julia Bea en la cárcel

    En Julia Bea Soto (*), Matilde, quien dirigía el grupo que trata de reconstituir el PCE en Pamplona, cuando Jacinto Otxoa, Felipe Celay y otros son detenidos.

Julia es capturada en Valencia al final de la guerra. Escapa y regresa a Pamplona, dedicada a la recomposición del partido. Logra eludir la caída de Jacinto y el resto, pero es detenida en 1943, junto a Dorotea Serrano, Dora, cumpliendo ambas ocho años de cárcel. Exilada en Francia, falleció en Burlada en 1989. Por su parte, Dora resultó herida por la bomba que destrozó la sede del PCE en Pamplona en 1980 y cuya autoría no fue reivindicada (fotos facilitadas por M. Soto, concejala de Sesma, de donde era oriunda Julia).

  • José Marinero, encarcelado por intentar volar un ferrocarril, cuenta después de su épica fuga, en El Socialista de Barcelona de 7 de junio de 1938, que fue encausado con cuatro mujeres, una de las cuales sostuvo ante el juez: “Yo he quemado la bandera roja porque era mía y para que no cayera en manos enemigas”.

     


    (*)