La guarnición del Fuerte

El jefe del destacamento militar, alférez Manuel Cabezas, había tomado el mando de la guarnición el 18 de abril, un mes antes de los hechos. El amotinamiento le sorprende en Pamplona, adonde había ido a pasar la tarde de domingo. El fiscal determina que “se ausentaba con frecuencia, pero que al no tener trascendencia, -sus faltas-, han permanecido en la impunidad”. Cuando su coche se aproxima al fuerte ese atardecer, se ve rodeado de los amotinados, que lo hacen prisionero y lo llevan consigo, hasta que logra escabullirse.

Pagará su negligencia con veinte meses de cárcel, hasta el 9 de febrero de 1940, cuando sale en libertad atenuada, ya que el Consejo de Guerra por sus responsabilidades en la fuga se dilata. Finalmente se celebra en enero de 1945, quedando absuelto.

La guarnición había estado compuesta por requetés y falangistas hasta abril de 1938, en que fue sustituida por soldados de reemplazo pertenecientes al batallón 331 de fronteras, del regimiento Sicilia nº 8, guarnición de Pamplona, como lo declara el gobernador militar, coronel Carmelo García Conde: “este servicio desde el principio del Movimiento se ordenó fuera dado por Milicias; a mediados de abril de este año supo por confidencias que los individuos de la Milicia que componían la Guardia tenían alguna familiaridad con los presos, y esa fue la razón por la que diese orden de que la Guardia fuese dada por Fuerzas del Ejército”.

La defensa del director Rojas en el sumario sustituye el eufemismo de la familiaridad por episodios de relaciones homosexuales entre falangistas custodios y presos. Al margen del sesgo con el que el director las señala, prejuicios compartidos por parte de los reclusos, esas relaciones existían. El preso Josu Landa conocía al menos un par de casos. Entre los más señalados, el de Álvaro Ramírez de Retana, artista de profesión, en sus facetas de escritor, periodista y modisto. Amigo de intelectuales madrileños, es encarcelado por su orientación sexual –oficialmente por auxilio a la rebelión- y citado por varios informantes en La gran Fuga por su habilidad como dibujante y afable carácter. Luis Antonio de Villena escribió su atractiva biografía, donde destaca su participación en el “decadentismo” contra la España mojigata, que un conocido suyo resumía: “No embarcó en sus naves de autor a ningún pasajero que no estuviera adornado por lo menos con un pecado, mortal de necesidad”.

La censura de estos contactos resultó letal. El expediente penitenciario del preso J.P.C. inscribe el 27 de septiembre de 1936 su destitución como ordenanza de Brigadas por inmoral, al proponer actos deshonestos a otros reclusos, y su reclusión en celda de castigo hasta que la Junta de Disciplina resuelva lo procedente. Saldrá de la celda el 1 de noviembre para ser ejecutado.

La guarnición la cubrían 83 soldados de reemplazo, 5 cabos, 3 sargentos y un oficial.

Muchos de los soldados eran jóvenes de ideas de izquierda, a quienes las circunstancias les llevaron a prestar servicio en el bando franquista. La gran Fuga aporta la historia de Elías Pollo, quien escribe: “Fue una experiencia horrible. El destino me enviaba a hacer guardia a los míos”. Eusebio Lázaro (preso 2374), atribuye ideas similares a Alejandro Abadía, el centinela fallecido en el motín: “Parece ser que el centinela provenía de un campo de concentración o cárcel, por ser de izquierdas”. También Florencio Rodríguez, amigo de Abadía e igualmente de Lerín. El sumario militar investiga a otro centinela, Pablo Santesteban, de Sorauren, “anteriormente encarcelado por cobijar en su casa a personas de izquierda”. La sospecha de colaboración se extiende también a los funcionarios de prisiones, como Manuel Campos, “visitado por personas de antecedentes poco gratos a Nuestra Santa Causa”. De los casos conocidos, ninguno como el del centinela Santos Vallés.

El guardián del fuerte que salvó tres veces la vida

Muchos de los centinelas eran jóvenes de izquierda, atrapados por la situación. Uno de ellos, Santos Vallés. Se había significado entre quienes solicitaban el reparto del común en su pueblo, Murillo el Fruto, por lo que en el momento del alzamiento militar, fue detenido y montado en un camión para ser fusilado. Uno de sus captores, también de Murillo, se apiadó de sus convecinos, Santos y Miguel Esparza, y los hizo saltar del camión, evitando su muerte.

Ante el temor de ser ejecutado a su regreso, se alista en Pamplona en el bando franquista y enviado a Zaragoza. En este episodio, el trascurso del tiempo puede haber creado alguna confusión. En el verano de 1936 hubo una leva obligatoria para cientos de navarros simpatizantes de izquierda, encuadrados en el Tercio de Sanjurjo de Zaragoza, con el fin de frenar el avance republicano que amenazaba esa ciudad desde Barcelona. Ante las dudas sobre su lealtad, entre doscientos y trescientos de ellos fueron ejecutados en octubre de 1936. Doce de ellos, jóvenes de Murillo. Santos Vallés se libró en aquel trágico episodio. Contaba a su familia que evitó el frente al ser destinado a tareas de intendencia. Su compañía sufrió una emboscada y fue masacrada.

Tuvo varios destinos antes de recalar de centinela en el fuerte. Allí, un compañero de Lerín le solicitó un cambio de guardia, de modo que Santos hizo el turno anterior y su sustituto, Alejandro Abadía, la guardia en la que se produjo la revuelta, siendo este el único centinela que fue muerto por los amotinados.

Un comentario recurrente de estos soldados en la instrucción judicial es que los sublevados les invitaban a sumarse al motín. Quizá los presos, sabedores de su reclutamiento forzoso, trataban de atraerlos a su causa. De hecho, hubo dos soldados del batallón, Florencio Luca y José Frigola, que aprovecharon la confusión para abandonar sus puestos, regresaron el martes 24 y alegaron haber permanecido escondidos. Fueron a parar al calabozo del cuartel, lo mismo que Ignacio Senosiain Sarasa, este con menor motivo, dado que se encontraba con permiso oficial.