Una extendida creencia refiere que la fuga fue en realidad una trampa, que les dejaron salir: “Siempre se ha dicho que abrieron la puerta y los dejaron escapar para poder fusilarlos” (Diario de Noticias, 13-3-2012) decía un vecino de Lantz.

Su propagación obedece a que, en 1936-37, presos a quienes supuestamente se concedía la libertad, eran esperados a la puerta por quienes serían sus ejecutores; en otras ocasiones, con la cobertura de la Ley de Fugas, eran muertos cuando intentaban la evasión. La memoria popular quedó impregnada de esas evasiones consentidas, que a falta de otras fuentes, se aplicó a este caso. Pero la evasión de mayo de 1938 no fue consentida o preparada por los carceleros. Algunos argumentos lo apoyan:

  • Los sumarios muestran el desconcierto de los militares: se toma declaración a los fugados capturados para conocer cómo se gestaron los preparativos y sus promotores; determinar las complicidades exteriores, para lo que se revisan las visitas recibidas por los presos, practicando detenciones de aquellas mujeres que pudieron ayudarlos; se indaga si algún vehículo de servicio público salió hacia la frontera; se solicitan informes de los apoyos con los que pudieron contar en el sudoeste francés.
  • Los responsables del penal fueron encausados y encarcelados por su actitud negligente en la custodia de los presos.
  • La atención a que quedaron obligados para su captura y el riesgo que suponía que 2500 presos formaran una quinta columna entre los montes de Navarra y la frontera. Si la pretensión hubiera sido reducir la población penal, podían haberlo llevado a cabo con similar impunidad a las ejecuciones de detenidos en 1936, evitando la amenaza que suponía la masiva evasión en la retaguardia franquista.

Ni la fuga fue consentida, ni la entrega de los fugitivos fue voluntaria, a excepción de los indecisos que merodeaban por el exterior del fuerte cuando suben las tropas. Emotivo, y acorde a ese rechazo de regresar al lento morir del fuerte, resulta el caso de Mariano Herranz, miliciano madrileño de 20 años, cojo por herida de guerra, “yendo por faltarle la pierna a rastras por no poder hacer uso de las muletas y se entregó el lunes”. El regreso a las duras condiciones carcelarias fue forzoso, aunque trataran de minimizar su proceder por temor a las represalias:

  • Porfirio Fernández: “salió obligado y en cuanto han visto fuerzas del Ejército se han presentado”.  Era el día 28.  Seis días sin ver un alma.
  • Julián Ortega, explica que “trató de presentarse el lunes, pero que su mala vista se lo impidió”. Capturado el 25 de mayo.
  • Cándido Ramos sostiene que “como empezaron a tirar tiros se asustó y ha estado escondido entre el trigo”. El susto le duró hasta el 3 de junio.
  • Amador Rodríguez, capturado el 14 de agosto declara que “tenía intención de entregarse el mismo día, pero como oyó tanto tiro, se escondió debajo de unas piedras en una cueva, donde ha estado todo este tiempo”.

Los militares no ofrecen mucho crédito a estas explicaciones. El responsable de dar entrada a los capturados, el funcionario Sacristán, confirma: “se ha sacado la conclusión que ninguno de los fugados se presentó voluntariamente, pues todos fueron entregados por la fuerza pública”.

Los fugados no facilitaron su labor y dieron nombres falsos, incluso ya entre rejas. En el sumario 1916, el instructor anota sobre Alejandro Redondo: “ha manifestado al ingresar en prisión llamarse Antonio López, cuyo nombre no está entre los evadidos”. Lo mismo sucede con Antonio Escudero, quien afirma que salió con Fernando Palomino, anotando el instructor que es mentira, por no existir preso con ese nombre.