Cuando se inicia el amotinamiento, antes de las ocho de la tarde, nueve centinelas, repartidos entre garitas y guarda de puertas, vigilan a los 2487 reclusos. El resto, en los dormitorios o ya en el comedor, prestos a cenar. Junto a la guarnición, alguno de los funcionarios de prisiones encargados de los servicios de cocina o economato. El director cena en el hotel La Perla; el jefe del destacamento pasa la tarde en la ciudad, y baja en su coche a Narciso Láinez, sargento de la guarnición.

El corneta M. Tirapu narra la toma del fuerte

El corneta M. Tirapu narra la toma del fuerte

El corneta Marino Tirapu se percata de extraños movimientos e intenta alertar al cuerpo de guardia, entrando a gritos al comedor. De ahí sale al exterior, donde se encuentra el barbero Fernando Cerio. Ambos permanecen ocultos entre los matorrales hasta la madrugada. Su escapada a la vista de los amotinados hace que perdure en la memoria de tantos como responsable de la alerta a la tropa en Pamplona. Persiguiendo al corneta, reclusos armados irrumpen en el comedor e impiden la reacción de la tropa, retenida durante unos 45 minutos, intervalo que citan diferentes soldados y en el que escuchan un tiroteo entre los centinelas y los presos armados, sin que se produzcan más bajas que la del centinela muerto por un golpe al resistirse a la intentona.

Entre los centinelas, el soldado Félix Michitorena, impotente ante lo que le viene encima, se esconde entre la maleza. Justino Seta, centinela de garita, después de hacer fuego sobre los reclusos y ante el temor a ser acorralado, corrió monte abajo acompañado del centinela apostado junto a la capilla, Florencio Rodríguez. Desde Ainzoain dan aviso al gobierno militar, y con el oficial de guardia del cuartel, participan en el operativo de captura. Otros soldados extienden la alarma. El centinela de la puerta exterior, Tomás Torre, avisado por la precipitada salida del corneta y sintiendo inútil la resistencia frente al numeroso grupo que se le abalanzaba, abandona su puesto, esconde su fusil en la maleza y escapa a Garrués, donde un requeté a caballo –hijo del alcalde Andueza- es enviado a Pamplona. Jesús Pérez y Pedro Echeverría bajan juntos también a Garrués y de ahí a Maquirriain. Con dos requetés del pueblo detienen a varios reclusos que llegan detrás. Santos Vallés, junto a otros seis soldados, bajó a Maquirriain y al día siguiente es enviado a Belzunce.

Tomado el fuerte, los sublevados salen al exterior, donde tropiezan hacia las 20:30 con el alférez jefe de la guarnición, quien regresa de su tarde libre, y queda como rehén. Pero el factor sorpresa pretendido en el plan de fuga, para contar con unas imprescindibles horas marchando hacia la frontera, se ve frustrado.