Beatriz Urdániz

2011

Buscando contrastar la información en lo referente a Urtasun (40 habitantes), en dicho pueblo se entabla conversación con Elena Del Rosario, quien recurre a su madre, Beatriz (n. 1926), como fuente más fiable. Se trascribe su relato –con la congoja que le supone esos recuerdos-, hecho en la puerta de su vivienda -un caserón de 1618 que impone su presencia sobre la plaza del pueblo-, y encuentros posteriores en la misma localidad con otros actores pasivos de los hechos.

Era una niña de 12 años, y aquel día estaba acompañada de sus amigas Eloisa V. y Leonor del Rosario. Sin ser muy conscientes de los hechos, pero reconociendo su carácter extraordinario, vieron a hombres armados que se llevaban a tres detenidos por el antiguo camino hacia Usetxi. Movidas por la curiosidad, siguieron al grupo por el carretil a Iragi, que discurre paralelo y desde donde divisaron que a la altura de la fuente de Tellari, los detenidos eran confesados de rodillas por el párroco Cesáreo Osta –de quien todos los entrevistados alaban su humanidad- y más tarde fusilados. Entre los tres había uno que destacaba en altura.

En la misma tarde, su hermano Carlos, regresando con las ovejas de las bordas situadas al otro lado del río, se encontró a otros dos fusilados en una curva de la cuesta entre el puente y el casco urbano. Son cinco los enterrados en Urtasun, pero su captura y fusilamiento fue en diferente momento y lugar. El párroco Osta determinó que debían reposar en el camposanto, de lo que encargó a Antonio, padre de la relatora, en un carro tirado por bueyes, recibiendo sepultura conjunta junto al muro, en la esquina a la que hoy da sombra una acacia. Durante tiempo una cruz de madera señaló el lugar. Ya podrida, se siguió respetando su espacio.

También supo de la presencia en la posada de Iragi, donde paraban los militares, de alguien que vino de la Ribera, a reclamar por cuanto que era hermano de uno de los fusilados, así como que mucho más adelante vinieron de aquel pueblo ribero a Urtasun a llevar su cuerpo. Su hermano Carlos acompañó a los familiares en su exhumación, por ser entonces autoridad local. Todavía reposan, anónimos, los restos de otros cuatro. A ese respecto supieron –por medio del párroco confesor-, que uno de ellos, el más joven, era de Bilbao.