Iluminar estancias del pasado hasta dejar la casa encendida

¿Quién es entonces el forastero que visita el fuerte y los parajes de su huida, interesándose por el destino de sus compañeros de escapada? Los testimonios de sus distintos interlocutores en Iragi, Urtasun y de los otros dos jóvenes en la puerta del fuerte, resultan coherentes y complementarios en los detalles. Y se cumple la premisa que da crédito a su relato: hubo lagunas en Azagra y en la contabilidad de los presos en el fuerte.

De su narración, se contrastan los distintos escenarios.

Entre las dos distantes poblaciones que arman su discurso, Azagra e Iragi, hay un nexo incontestable: Andrés Zudaire, azagrés que pasó por el fuerte y participó en la fuga. Es capturado en Iragi y ejecutado en Urtasun, mientras su joven compañero de huida logra zafarse y llegar a Banca. Sesenta años después regresa al escenario, preguntando por el destino de sus compañeros, y visita el cementerio donde reposó Andrés hasta que fue trasladado a su pueblo.

Sobre Azagra, el forastero en Iragi transmite detalles como la huida de las izquierdas a los regadíos, los esfuerzos para abastecer a los escondidos; la presión que se ejerció sobre familiares para forzar su entrega a los huidos; la cárcel local abarrotada y el temprano traslado, en julio, al fuerte… elementos que narraba como experiencia propia y que casan con lo acontecido en julio de 1936.

En la evasión del fuerte, ubicar la presencia del grupo en Iragi, escenario de la narración de 1997, no es fortuita: encaja en un entorno donde hubo una alta presencia de evadidos y se exhuman, dos décadas después, fosas de fusilados en Usetxi (2016), Urtasun (2017) o Leranotz (2018), localidad donde unos maderistas toparon con otra fosa en 1943.

En la escapada se pone nombre a las personas con las que se topa en Etsain, Silverio y Pedro Ripalda, y se constata la presencia de paisanos con escopeta entre los perseguidores, que citaba como causantes de la herida que sufre, y que muestra en Iragi.

La ruta hasta Banca, donde narraba que llegó, se hacía inverosímil a la vista de la orografía; pero esa dirección, cruzando Zilbeti y Erro hacia la zona del monte Lindus, es la que posteriormente se reconoce como transitada por la mayoría de los escapados que resisten la captura.

Cruza la frontera por la franja donde lo hicieron los otros exitosos huidos: José y Valentín pasan por Valcarlos; Jovino llega a Urepel, extremos divulgados en los últimos años, pero ignorados en 1997. Entre ambas poblaciones está Banca, donde recala. Desde la frontera, un camino, hoy desaparecido, entonces una reconocida vía de paso marcada en los mapas, pasaba por el caserío Olhaberrieta.

En Banca, su narración exigía encontrar quien atendiese su herida; a un solitario pastor que le diese cobijo, que tuviese dos hermanos en América; y que hubiese podido trabajar para costear su viaje. Pues bien, las Memorias del único médico del valle citan haber atendido en esos aislados caseríos a refugiados heridos. Martín, pastor de Olhaberrieta, cercano a la frontera, tenía a sus hermanos en California. Su caserío se ubica en Haira, donde los refugiados se ganaban la vida trabajando en el monte.

Del capítulo americano contaba que entró por México, la más convincente explicación; y que se alistó en el ejército estadounidense, vía de tantos not yet citizen para legalizar su estancia. El cuarto fugado no podía seguir los pasos de sus anfitriones como pastor, dado el declive ovejero. Emprendió una empresa de transporte de madera, industria que conoció entonces una fuerte expansión; actividad relacionada con su experiencia en los bosques de Haira y como mecánico de blindados en su periodo militar.

El relato del forastero en su viaje a Navarra en 1997 fluye de modo no forzado en cada episodio. Los indicios se acumulan. Nadie excepto quien lo hubiese vivido en primera persona podía atesorar esa información. A partir de ahí, el resto son incógnitas.

Los otros tres evadidos contactan con el cónsul en Hendaya y quedan documentados, si bien pasan décadas antes de que su historia sea divulgada. Este cuarto fugado opta por una salida anónima, queda sin documentar, y tan solo se desahoga, seis décadas después, en su viaje en 1997.

Su silencio no se hace extraño. Un perturbador mutismo recorre todo el texto; concierne a fugados, como en el caso de José Marinero, quien calla su gesta; a testigos de los fusilamientos –Martín Laguardia lo cuenta por primera vez en 79 años–; o los familiares de los desaparecidos.

Desconocer su identidad impide seguir su rastro. En algún momento pudo recrear una nueva personalidad: en la convulsa Francia de preguerra, confundido entre miles de republicanos sin pasaporte, donde las autoridades francesas quedan desbordadas para su identificación y transcriben irreconocibles apellidos y localidades de origen; en el México que lo acoge; o más tarde en EE. UU. al reiniciar su vida. Un huidizo fugitivo, si cabe la redundancia en quien no tiene constatada filiación ni existencia.

La transmisión del relato ha podido verse afectada por el paso de los años, ser mal recogido o interpretado. Algún dato quedó desnortado. Queda como un enigma y su identidad sepultada en el anonimato, como tantas víctimas de todas las guerras. Solo en las trincheras de Flandes quedaron seiscientos mil desaparecidos en la Gran Guerra. Arqueólogos belgas identificaron en 2016 a uno de ellos, Henry Innes Walker, neozelandés muerto en la batalla de Ypres en abril de 1915. Ciento un años después.

Iluminar estancias del pasado hasta dejar la casa encendida. La imagen del poeta Luis Rosales resume el sentir de esta búsqueda: dar nuevos pasos, despejar sombras. Las siguientes páginas de esta historia están por escribirse.