Si bien para muchos la evasión terminó a escasos metros, la onda expansiva de fugados se extendió como el rayo. Después de capturados, son interrogados: escuetas declaraciones tomadas en pocos días a los 586 presos recuperados. Junto con los informes de los perseguidores, permiten hacer una radiografía de los itinerarios y lugares de captura del grueso de los fugados.

Quienes dirigen la revuelta se esfuerzan en organizar a los centenares de desconcertados liberados. “Pico ordenó formar grupos de cinco personas, con armas y municiones y tratar de llegar hasta Francia por el monte, aprovechando la noche”.[1] En pequeños grupos, pretendía; pero quienes toman partido por la fuga se infunden valor unos a otros en el seno de la columna que baja hacia el valle de Ezcabarte, opuesta a los destellos de la ciudad, y de ahí, enfilan hacia el macizo de montes que se divisa enfrente. Una zona agreste con un solitario caserío en Nagiz, a pie del monte Txaraka, hipotético centro de distribución de los fugados. La mayoría buscará cruzar el río Ultzama en el tramo que recrea entre Sorauren, Olabe, Enderiz y Ostiz; otros seguirán de frente, por Anoz, al valle de Odieta y, más allá, Anue. Quienes toman el noroeste, por las estribaciones de los montes Txapardi y Aldaun, alcanzan el valle de Juslapeña.

Por el monte Ezkaba

La vertiente norte disimula unos pronunciados cortados que, en una precipitada huida, ya en la penumbra y con un terreno resbaladizo, provocará las primeras bajas. Lugar de entierro de quienes cayeron y murieron, o que heridos, fueron rematados, como se relata en La gran fuga… Leopoldo Cámara: “Echamos a correr monte abajo en dirección a Francia. A las dos horas de escapar se nos hizo de noche y como el terreno era muy escabroso, hubo bastantes compañeros que caían y se accidentaban”. Victoriano Núñez y Félix Alfageme, amigos de Valladolid, se fugan juntos. “Caen por un terreno muy accidentado y cuando Victoriano se levantó ya no volvió a ver a Félix. Preguntó a los que iban delante y detrás y nadie lo vio. Acaso se despeñó” (Dionisia Alfageme, su hermana). Otro escapado, Santiago Robledo, corrobora: “Un vecino mío de Valladolid se lesionó y nos dijo: matadme, que me van a martirizar, pero seguimos, intentando atravesar el río” –referido al cercano Ultzama–.

Un nuevo caso lo reporta una patrulla militar el 13 de julio, cuando “inspeccionando la vertiente Norte del monte, y a un kilómetro aproximado de dicho fuerte, encuentra entre la maleza, el cadáver de un fugado y a unos metros de distancia, una libreta con cartas y fotografía, un correaje de soldado vacío, una funda de pistola vacía, y unas mantas y ropas”. Otros, ejecutados, como pudo ser el caso de dos en un sendero cercano al pueblo de Ezcaba.

A mitad de monte, en Garrués (39 habs.), siendo domingo, Lucio Goyeneche juega en la calle con los otros niños de las cinco o seis familias que vivían en el pueblo. Se escucharon tiros y, al rato, un gentío. El matorral bajo despejaba la vista hasta el fuerte, hoy oculto entre pinares. Sebastiana, entonces de 17 años, y Felipa Goyeneche, de 18, no los recuerdan como una amenaza, en un tiempo en el que las puertas de las casas permanecían entornadas, pero no bajo cerrojo. Una numerosa columna pasó a pocos metros del pueblo, al este, de modo que la nutrida fila formó un surco donde no lo había. Algunos descalzos, dice Felipa, hasta cruzar a la otra vertiente del valle e internarse, sorteando las poblaciones, en el monte entre Maquirriain y Eusa, hacia Nagiz, momento en que la oscuridad impidió su seguimiento visual. Teófilo, de 16 años, hijo del alcalde Isaac Andueza, monta una caballería para dar aviso en Maquirriain y Oricain.

Pasan grupos de rezagados por el pueblo. La Guardia Civil, ya en el pueblo, ordena atrancar las puertas. Su informe de 15 de junio añade otro muerto en Orrio el día 27, que quedó sin identificar. Fuentes vecinales lo concretan en el paraje de Eleki, que hoy atraviesa el GR 225 antes de remontar hacia Nagiz.

Lucio reporta otros casos. El primero, tomando el antiguo camino a Pamplona, una vez cruzada la regata Zubixar, en el monte comunal, al límite con la finca de Isaac Andueza, y la de su padre, Francisco, a la que acudían a trabajar. De otro enterramiento, limítrofe con el pueblo de Ezcaba, con los años y la plantación de pinares ha perdido su referencia.

Mariano Herranz. Fugado

Mariano Herranz. Fugado

En la otra vertiente del valle de Ezcabarte, Floren Urtasun (Maquirriain, n.1926) presenciaba la huida. Salían de rezar el rosario y estaban en el atrio de la iglesia, desde donde divisaban una compacta y muy extensa columna que bajaba del fuerte hacia Garrués, seguía por el carretil para desviarse luego hacia el antiguo camino a Pamplona y finalmente, campo a través, cruzar entre su pueblo y Aderiz, momento en que ya se hizo oscuro. Antes llegó a uña de caballo desde Garrués un jinete, voceando que se habían escapado los presos, preguntando por el alcalde. Las ventanas de su casa, Urdintxerena, se asomaban a las escuelas, donde al día siguiente iban concentrando a una multitud de capturados. Algunos, de Valladolid, entregaban al vecindario apresuradas notas garabateadas para enviar a sus familiares, a modo de fe de vida. Otro, a quien le faltaba la pierna derecha, era ayudado a subir cuando un culatazo lo derribó sobre las escaleras. Ochenta años después Floren enfrenta su indeleble recuerdo con la fotografía de Mariano Herranz con su muleta. Reclutaron vecinos, como su padre, José, para el operativo de captura. Había llovido mucho y en los días sucesivos alpargatas desparejadas sobresalían entre el barro.

Marcelino Munárriz también observa su llegada desde Aderiz: “Salieron, según se decía, unos 500. Primero vino uno a caballo diciendo que habían escapau los presos del fuerte. Todavía no se veía nada; al rato comenzó a verse una nube de gente que bajaba por la falda. Yo me acuerdo de uno que venía con la pierna rota y lo traían al hombro”.[2]

No todos los evadidos progresan hasta el otro lado del valle: unos, extraviados ya en las inmediaciones del fuerte; otros, accidentados. Tampoco Amador Rodríguez, quien declara tras su captura: “salieron en dirección a Francia por la carretera, que no pasó de la carretera, pero como oyó tanto tiro, se escondió debajo de unas piedras en una cueva, donde ha estado todo este tiempo comiendo ranas, caracoles y avas, todo crudo. A la noche salía a pescar y coger caracoles; que vio gente y no se presentó esperando a que se terminara la guerra, porque se hablaba de su terminación y que ayer lo descubrieron unos paisanos que estaban cazando”.

Refugio de Amador Rodríguez

Refugio de Amador Rodríguez

Lucio, sabedor de la historia del bravo zapatero gallego, señala el terreno donde fue localizado por el perro de caza de dos hermanos de Azoz el 14 de agosto. Tres meses varado a la vista del fuerte. Un cascajo, un montón de piedras orilladas junto al campo de cereal, en el paraje de Erauso, donde el último resistente se había habilitado un precario refugio. Un informe relata su detención, traslado a la venta de Oricain y entrega a la Guardia Civil de Villava, conducido a la cárcel provincial. Salió en 1942. Emigró a Argentina y volvió para morir en su tierra, Salceda, en 1996.

Son escasos quienes se aventuran a bajar hacia la ciudad, en su vertiente sur. En sus declaraciones hubo quien alegó desconocer que se trataba de una evasión, y suponiendo una amnistía carcelaria, se presentó en la estación de ferrocarril para regresar a su casa.

Berriozar (186 habs.), junto con Artica, Aizoain y Berriosuso, ocupan el piedemonte sur. Juan Uriz (n.1924) jugaba esa tarde un partido de fútbol en Berriozar con otros jóvenes. Escucharon tiros y al rato, dos jadeantes soldados, centinelas en el fuerte, les requirieron un teléfono para dar aviso de la revuelta, encaminándose a Aizoain. Juan regresó a su casa y de ahí, con dos escopetas, a Bentaberri, donde el jefe derechista local, Pedro Goñi, organizaba a un grupo de civiles. Llegaron soldados, pero oscurecía, por lo que avanzaron hacia el monte ya al amanecer. Juan iba detrás del primer grupo. El gobernador civil, contactado por P. Goñi, mandó custodiar en las escuelas a los que fuesen capturados. Margarita Eslava (n.1916) y María Gascue (n.1916), también en Berriozar avistaron esa tarde algún fugado en la ladera. Había menos arbolado y luz suficiente para verlos. Ya en casa, escucharon el revuelo de militares y Guardia Civil.

El lunes, un día de mucho frío que dice Margarita, no hubo escuela, ocupada por los capturados. Juan, contó hasta ocho fugados detenidos. Al mediodía, acompañados por el párroco de Aizoain, cuatro de ellos fueron ejecutados en el término de Esparceta, junto al llamado camino del agua, por la conducción que elevaba el agua de manantial desde el pueblo a la fortaleza. A ellos se sumará días después otro, capturado hacia Elcarte y trasladado en La Imoztarra. En el momento de su exhumación, promovida por el ayuntamiento de Berriozar en 2016, son cuatro los cuerpos recuperados. Pasan otros cinco años, hasta que el banco de datos de ADN del Gobierno de Navarra pone nombre al primero: Vicente Mejuto Leis, de Cee, A Coruña, 24 años.

Otra identidad probable: el listado de la Guardia Civil de 6 de junio da como muerto en Berriozar a José Macona; y corrige a mano, “es José Varona”. José, de 25 años, natural de Pancorbo y vecino de Miranda de Ebro, soltero, escribiente; condenado por un tribunal de Burgos, después de que su hermano Pedro, de CNT, fuese fusilado en Vitoria.

Recordaba Margarita que un vecino, en aquellos tiempos de penuria, se hizo con la chaqueta de uno de los infortunados. Por medio de esta prenda supieron, sin mayor precisión, que era de Pamplona, de la calle Jarauta y que trabajaba en un comercio. Juan cuenta el mismo episodio, añadiendo que al tiempo vino la familia del fallecido reclamando sus pertenencias.

Ello permitía aventurar una tercera identidad: Saturnino Ichaso Bea, quien trabajaba como mozo de almacén en la ebanistería Ezcurdia de la calle Eslava, y residía en Jarauta, que se cruzan en la parte antigua de la ciudad. De otra parte, había pertenecido al grupo de presos dedicados al mantenimiento de los depósitos de captación y maquinaria de elevación del agua para el fuerte, que se encontraba en Berriozar.

Entre los capturados en esta ladera sur, Tomás Ozcaray, quien tenía su domicilio previo en el cercano molino viejo de la Rochapea. Detenido el lunes en Berriozar, fue trasladado a Aizoain. Algún otro recaló en casa Chopera, residencia de los ferroviarios de la cercana estación, según cuenta Consuelo Onis (1930), hija de ferroviario. Era una niña, pero recuerda que uno estuvo ocultado por su padre Miguel. María Gascue añade otro en Berriosuso (165 habs.), que se enfrentó al párroco, reprochándole su olvido del No matarás. Felisa Jáuregui lo corrobora: “mataron a uno en la cantera. El cura fue a confesarle. Los críos, jugando en una era, observábamos de lejos los hechos. Lo enterraron fuera del cementerio”; y Consuelo Ilundáin: “encontraron a un fugado muerto cerca de Berriosuso”.

La marcha al noroeste

La arista del monte, en dirección noroeste, desciende hacia Arre y Villava y esa ruta toman quienes emprendieron una huida hacia el valle de Egüés y más adelante la parte meridional del extenso valle de Erro, en la exitosa dirección que en 1944 tomarían Jacinto Ochoa y Felipe Celay.

En las dependencias de la Guardia Civil de Villava ingresa el lunes día 23 el fugado José Garmendia. Impunemente, unos matones toman su custodia y al día siguiente es asesinado en Ibero, junto al río Arga, tal y como certificará el párroco de esa localidad Alberto Oficialdegui.

Otro desorientado llega a Ardanaz (valle de Egüés), envuelto en una manta y demacrado. El alcalde manda darle de comer y avisar a las autoridades. Así lo menciona su hija Antonina Martínez (n.1930) en un vídeo sobre la memoria oral del valle.

Cerca, Sagaseta. Allí cuenta Francisco Esain (n.1926) cómo el lunes acompañó a su padre, Román, a las labores del campo en una pieza situada enfrente a Zabaldika. Dieron la vuelta por el silbido de las balas. Al día siguiente, su padre intento acercarse con un criado de la casa. Se encontraron con dos fugitivos sin ropa, arrastrada por la caudalosa corriente del río Arga. Les facilitaron vestido y alimentaron, a la vez que daban aviso. Uno de los capturados era un navarro que lamentaba haberse fugado cuando le quedaban meses de condena por una riña tumultuaria, que concuerda con J.M. Guerendiain. Fueron entregados en el cuartel de Villava.

Suelas claveteadas localizadas en Elia (foto Sociedad Aranzadi)

Suelas claveteadas localizadas en Elia (foto Sociedad Aranzadi)

En el mismo valle, otro rastro conduce a Elía (49 habs.). Dirigidos por la Guardia Civil de Villava, los vecinos hacen guardia con sus escopetas y capturan a tres fugitivos. Un cuarto, cerca del caserío de Amocain y bajado al pueblo, donde mal vestido y hambriento le dieron de comer dos huevos con tocino. Los llevan a Artadizoko. Los niños del pueblo, Francisco Olague, de 11 años, entre ellos, ven interrumpido el rosario cuando el cura es requerido. Uno de los capturados rechaza la confesión. Francisco recuerda el ruido de los disparos. Dos sepulturas para los tres fugados, pues aprovechando la oscuridad, uno escapa.

Vicente Mainz Landa

Vicente Mainz Landa

Su testimonio lleva a la ubicación de la fosa en enero de 2015. Los de la vecina Juliana Ornaz y el de Justo Jimeno, antiguo párroco del pueblo de Ibiricu, señalan a Vicente Mainz Landa, de Vidángoz, como uno de los exhumados, lo que es corroborado por el cotejo familiar del ADN.

Vicente pertenecía a la minoría de izquierdas en una población conservadora. Activista de UGT en el valle de Roncal, escapa a Francia en octubre de 1934, y regresa con el triunfo del Frente Popular. Es detenido en julio de 1936, acusado de tener una pistola, y de estar relacionado con la Casa del Pueblo de Madrid y otros elementos de Rusia y Francia. En la fuga, escapará tomando la dirección hacia su pueblo. Su hermano Enrique, incorporado al ejército de la República, había muerto en el frente de Bilbao en 1937. Su hermana Marina, multada en 1938 por viajar sin salvoconducto, abandonó el pueblo por el hostil ambiente hacia su familia.

Quienes toman esa dirección hacia el valle de Erro lo hacen a través del antiguo camino que desde Elía conducía, cruzando el puente de Txintxurri, hacia Ardaitz, Espoz y Uriz. Con la nueva carretera, hacia 1960, esta ruta quedó en desuso.

En Galdúroz, casa Simonena, vivían Francisco y Eleuterio Goñi cuando cuatro fugados, uno de ellos herido, cruzan cerca del pueblo. A su vez, su padre, Victoriano, se percata mientras trabaja cerca del robledal del pueblo, que un desconocido hurga en su zurrón. Sospecharon que se escondía en una cueva en Urrizelqui. La misma partida de Elía, otros de Zalba y Zunzarren se movilizan y le dan captura en Zalba. Confesado por el párroco local es ultimado y se le entierra en el término de Larrondopea, cerca del río Erro. Un palentino, al parecer. Un requeté de Leyún se ufanaba de su participación. Aurora Esquíroz, de Zunzarren, confirma la presencia de los de Elía y que quedó enterrado junto al río. También recuerda el miedo que sintió un atardecer, cuando regresando en caballería de visitar a unos parientes en Elcano, sintió la presencia de algún desconocido en un campo de habas que era de su familia.

En el lugar de Espoz, el paso del tiempo ha acallado el bullicio de las cinco familias que hubo en la década de 1920. Uno de sus vecinos, León Goñi, se cruza con cuatro huidos. Les entrega su comida e indica la dirección hacia Francia, envuelto en el temor a las autoridades si se llega a saber. Uniendo piezas en un corto círculo, puede conjeturarse su destino. En Uriz son capturados el 5 de junio Martín Escribano y Jacinto Higuera, ambos de Cuéllar (Segovia). Cerca se encuentra la sima de Ardaitz. En 1985, espeleólogos de Satorrak, datando dicha sima, de 37 m, localizan restos humanos. Desde el caserío de Espoz sugieren entonces que guardan relación con los fugados. En 2011, al calor de la divulgación de la fuga, el caso se reactiva y en 2012, con expertos de la Sociedad Aranzadi, inspeccionan los restos, huesos y dos cráneos, pertenecientes a dos varones jóvenes, con fracturas en los huesos largos, que indican su muerte violenta por arrojamiento intencionado. En marzo de 2019 exhuman sus restos.

El arrojamiento al vacío no era novedoso. El Pensamiento Navarro publicaba en agosto de 1936 –como suceso, no como asesinato–, la muerte de un pastor en Isaba, Cipriano Gárate, en un barranco, “por el que según todos los indicios se precipitó atado de pies y manos”. De modo más sistemático, la revista Munibe (n.º 65), de la Sociedad Aranzadi, dedica un estudio a las simas, cavernas y pozos mineros como lugares utilizados para hacer desaparecer los cuerpos de víctimas en la Guerra Civil, dando numerosos ejemplos, desde pozos mineros en Badajoz o Toledo, a las simas en Urbasa (Navarra) o esta de Ardaitz.

La columna con los dirigentes

Las declaraciones de los capturados indican que los dirigentes permanecen, armados, en la misma columna. Cortada la posibilidad de cruzar el río Ultzama, se ven acorralados en el macizo montañoso que circunda los montes Aldaun y Txapardi. Acuciados por la necesidad, la mayoría se decanta por bajar hacia el valle de Juslapeña, donde termina su escapada. Entre Belzunce y Navaz, y en un radio de 6 a 10 km desde el fuerte, son interceptados, y capturados o fusilados in situ.

Así lo sugiere el informe del gobernador militar: “Pensando que los fugitivos tratarían de ganar la frontera por el camino más corto, que es el entrante de los Alduides, dispuse que fuerzas del ejército, auxiliadas por requetés y falangistas al mando del comandante de la Guardia Civil Sr. Sánchez Ros tomaran posiciones en los pueblos de Lanz, Olague, Ostiz, Oricain, Sorauren, Zubiri, Berriosuso y Berrioplano […] sorprendidos los fugitivos y ya dispersos calculé que los grupos se pudieran dirigir por otro sitio de fácil salida a la frontera, que es en dirección a Leiza y entonces dispuse que fuerzas de infantería al mando del comandante Trías se situasen en Ollacarizqueta y pueblos de los alrededores y efectivamente, los grupos disueltos en el sector de Olague se dirigieron a los lugares que se había previsto, chocaron con las fuerzas del comandante Trías y ya desorientados se disolvieron en pequeños grupos que fueron siendo batidos”.[3] En cifras de este comandante: “para el día 24, ciento cuatro detenciones y veintidós muertos”.

Eduardo Trías era un militar africanista que tras la proclamación de la República causó baja en el ejército, hasta que el 18 de julio de 1936 acude al gobierno militar de Navarra y se pone a disposición del golpista Mola, dedicándose a la organización de la milicia de Falange.

Posada de Ollakaritzketa, centro de la persecución

Posada de Ollacarizqueta, centro de la persecución

Había asumido el mando del batallón 331 de fronteras, de quien dependía la custodia del fuerte, en enero de 1938 y es el primero que sube con tropa al fuerte en reacción a la revuelta. Se instala en la venta de Ollacarizqueta y distribuye sus cuatro compañías entre Berriozar, Aizoain, Berriosuso, Belzunce, Usi, venta de Marcalain, Nuin y Navaz, atribuyéndose la captura de ciento treinta y cuatro evadidos y dando muerte en la refriega a treinta; “el 14 de junio se dio por terminado dicho servicio siendo felicitado”. Fue ascendido en enero de 1939.

En las alturas cercanas se refugia la columna en la que se encuentran los dirigentes. El jefe de la guarnición del fuerte, alférez Cabezas, declaró que, una vez capturado y encerrado en el comedor, se dirigieron a él un preso con gorra de celador y gabán, con una pistola en la mano, y otro individuo armado –se identifica a Pico y Rabanillo como sus interlocutores–, que junto a la garita de entrada le interrogan sobre el camino a Francia, y que “se lo llevaron en una columna en la que iban aproximadamente unos quince con armamento, después el resto sin armas y a la retaguardia otro grupo con armamento”, descripción pareja a la directriz dada por Bautista Álvarez: “los fusiles ya sabéis quiénes los tenéis que coger”. Bautista vigila al militar en la marcha, hasta que un potente reflector desconcierta a los captores, confusión que el rehén aprovecha para zafarse y esconderse en la maleza, de donde es rescatado de madrugada.

Fuentes locales informaban en 1985: “[…] murieron fusilados en Juslapeña decenas de escapados. En Belzunce un preso en la pared del cementerio; otros tres fueron encontrados en la borda de Azkarrena y fusilados allá mismo. Los cuatro por el ejército. Otros diez y seis fueron detenidos, más bien se entregaron (iban desarmados)”.[4]

Las declaraciones de quienes fueron allí detenidos, el registro de su reingreso en el fuerte, así como nuevos testimonios, completan aquella crónica.

En Belzunce (66 habs.), el camino de las bordas conducía a estas pequeñas construcciones de refugio para el ganado, como Azkarrena, rodeadas de cultivos roturados por el vecindario. Allí recala un numeroso grupo de escapados. El recuerdo de L. Félix Álvarez es revelador: Cuando llevábamos dos días escapados y sin comer, algunos de mi grupo decidieron bajar a algún caserío de un valle, pero los emboscaron y los mataron”. [5] Fue capturado en Gascue, al norte de Belzunce, y el segundo día de escapada puede corresponder al lunes 23, apreciación que se repite en otros testimonios.

Los dieciséis detenidos, custodiados en la escuela hasta su traslado al penal, reingresan a las 19:50 del lunes 23. Siete concretan que su captura fue “en el caserío de una viuda que tenía un hijo requeté, en el Tercio del Rey”; el resto, genéricamente cita a requetés. Orencio Virseda atina a concretar que eran cuatro, y Secundino Cotelo, que iban armados. Entre esos requetés, José U.B., del Tercio del Rey, se desplaza a Ollacarizqueta e informa al comandante Trías, quien despacha con displicencia el asunto: “A mí qué me viene Vd. con estas preguntas, ¡fusílenlos!”.[6]

Francisco Hervás, capturado en Belzunce el 24, salió por los montes a la izquierda del fuerte “con Pico, Montaña y todos esos que eran dirigentes. […] estaban en una casa en medio del monte y cogieron a tres que estaban fuera y luego a los que estaban dentro”.

Baltasar Rabanillo, capturado en la mañana del 24, manifiesta que acompañó a Pico a lo largo del motín. El fiscal militar anota en un lateral de su declaración del mismo día, refiriéndose a Pico: fusilado.

Entre el vecindario, el titular de Azkarrena, Félix Equiza, contó en los años cincuenta del siglo XX a Marino Aldaz (n.1939) que cerca de la borda habían enterrado a tres maquis en dos diferentes fosas.

Una hipótesis creíble indica que el grupo baja del monte y descansa en la borda Azkarrena. Con la llegada de los requetés, tres de ellos, dirigentes, salen y asumen su responsabilidad. Serán los tres ejecutados, mientras el resto es conducido a la escuela local.

Sobre el otro caso, en un documental de 2015 sobre el patrimonio inmaterial del valle, Ana Tolosa (n.1924) señalaba: “…a uno lo llevaron al cementerio, a fusilar. Se lo llevaron. El cura de aquí y los que estaban entonces… Y yo pensaba… tenía unos doce años… cómo esta gente, todos en procesión… El cura cogió la cruz, y al cementerio, allí lo iban a fusilar, a ese preso”.[7]

Los militares no arremetieron en solitario sobre los escapados. Ni en su captura, ni en su ejecución. La implicación local tampoco fue un hecho aislado, pues salpica a vecinos de Belzunce, Navaz, Garciriain, Marcalain… partícipes en el operativo.

En ese entorno son capturados otros muchos de los dirigentes de la revuelta. El lunes 23, Francisco Herrero, Teodoro Aguado y Miguel Nieto, que iban en la columna de los armados. Una patrulla de requetés hiere en ese valle ese mismo día a Juan Iglesias, que es trasladado, excepcionalmente, al hospital militar. El martes 24, junto a Hervás, reingresan Villafrela, Fernández Cabal y Guerendiain. Escudero, capturado el 26 en Juslapeña, cita con arma a B. Álvarez, detenido el 30 en Belzunce. Todos ellos son condenados a muerte y fusilados en agosto.

Esta masiva captura certifica que la mayoría de los “dirigentes de la sublevación muertos”, según la instrucción, lo fueron en ese escenario, si bien, entre ellos, Pico muere el lunes y Garrofé en la tarde del martes, cerca de Azkarrena. Otro testimonio, el de S. Vallés, centinela del fuerte, enviado a Belzunce el lunes 23 a enterrar a dos fugados muertos, confirma a esa tranquila población como agujero negro en el operativo.

De nuevas capturas y muertes informaba el comandante: “el día 25, en Navaz hay un cruce de disparos con un grupo. Emplean bombas de mano, dada la espesura y detienen a veintinueve fugados, dando muerte a seis, sin bajas por nuestra parte”.

Margarita Idoate, relata hoy su hijo J.M. Ollo, tenía 16 años y recordaba a tres de ellos, a quienes llevaron a oír misa. Allí el párroco anotó su identidad. Luego fueron ejecutados. Uno, confesado, quedó en el exterior del cementerio; los otros dos, en el sendero que baja del monte Txapardi y comunica con Belzunce. Ángel Elizalde (n.1947) tenía oído a su padre Eladio que bajaron del monte al pueblo a tres ya muertos. Un tercero, Javier Idareta (n.1942), sostiene que fue un grupo numeroso, entre 15 o 20 capturados, que eran conducidos, un día festivo, por la Guardia Civil alojada en Unaiena, su casa familiar. Un par intentaron la huida, pero fueron abatidos, tal y como fue testigo su tío Benito, que apacentaba el ganado.

  • El 25, según el Registro Civil de Cotobad (Pontevedra), fusilan en ese valle a Atilano Godoy.
  • El informe de la Guardia Civil de 6 de junio señala a un muerto en Navaz como José Esteve. No había nadie con esa identidad, pero sí José Ave Estévez, marinero pontevedrés de Bueu.
  • “Mi tío y yo nos despistamos y ya no volví a verle más. Después me enteraría que mi tío se confesó con el cura de Navaz antes de morir el jueves 26 de mayo. Acaso lo enterraron allí”, aventuraba Fernando Parra sobre su tío Felipe. Javier Idareta conocía ese apellido, así como que era de Santibáñez, Valladolid. Su fuente, el párroco Santos Gesta, que escribió a la viuda.

Eladio Elizalde los recordaba bajando a las noches, desastrados, merodeando las huertas, hasta que iban siendo capturados. Entre los detenidos, A. Oblanca declara: “en la noche se separaron –un grupo de once– de los que llevaban fusiles; se entregaron ayer al alcalde de un pueblo cerca del cual había una venta a unos dos kilómetros, donde estaba un comandante”. La venta, la de Ollacarizqueta, parada de los buses de línea La Imoztarra y La Ulzamarra, usados para el traslado de capturados a prisión.

El vecindario reconstruye el mapa de fosas del valle:

  • En Usi se acantonó la tropa durante el operativo. Allí, José y Teodoro Nuin, n. 1926 y 1928, precisan los hechos: en la cuadra y custodiados, pasaron noche dos capturados mientras comían habas frescas cerca del pinar de Oiarko, Uno tuvo ocasión de entregar a la dueña de la casa, Urbana Aguinaga, una carta que traía desde el penal. Esta, atemorizada, la puso a disposición del oficial alojado. Al día siguiente, los dos mozalbetes siguen al grupo. Para cuando llegan, la fosa, en el exterior del cementerio, se encontraba ya abierta. Era el día 25, festividad de San Urbano, día de romería. Desde casa, oían disparos procedentes de Gascue. Teodoro añadía que algún otro capturado en la zona de la borda Azkarrena, fue trasladado desde Usi a Belzunce.
  • En Marcalain, Lola (n.1928), como hija del secretario municipal, Severino Olaiz, vivía en la casa del ayuntamiento que, por su posición, domina el valle. Fue consciente de asistir a hechos trascendentes, en un ambiente de temor, alimentado al observar a sus padres bajar la voz entre ellos, si bien por su edad no discernía su completo significado. Ya el domingo se extendió la alarma, con el médico aconsejando atrancar las puertas para protegerse de la temida nube de forajidos. Dos fogonazos perviven de aquellos días: la imagen de los camineros con su carro, bajando de los montes cuerpos inertes, y el fusilamiento de un grupo junto al cementerio, después de ser confesados por el párroco Timoteo González. Los testimonios de Babil y Carmen Idoate, y de Celestino Goicoechea completan este episodio. Los ejecutados fueron un grupo de cinco o seis, en la cara norte del cementerio. Uno de ellos, maniatado, intentó la huida y fue abatido por los soldados. Les dio tierra el vecindario, en un punto que con el tiempo fue roturado. Era el jueves 26, por la procesión de la Ascensión, que se paseó con devoción.
  • Por el alto de Ataburu (Marcalain), quedó José Ferreira, encontrado muerto y enterrado allí el 27 de junio, según nota del alcalde. Otro capturado allí declaró sobre un compañero que quedó en el monte con fiebre y vómitos de sangre, según el informe de la Guardia Civil de 15 de junio. José llevaba cartas de su mujer, María Godas, que lo identificaban. El vecino Celestino Goicochea pregunta hoy si era vasco, pues la cartera quedó en el alfeizar del corral de Echeverría, y las cartas, con las que jugueteaban de niños, estaban en ese idioma. José era portugués, pero vivía en Donostia y estuvo encarcelado en Ondarreta.
  • En el paraje de Egiluzeta (Marcalain), Luis Erro da detalle de otro ultimado por una partida de vecinos del valle, en un baldío en el camino a las roturas, piezas donde se cultivaban alubias o patatas.
  • Otra fosa se situaría en el cruce del camino a Ballariain con la carretera entre Pamplona-Marcalain, hoy enclavada entre naves industriales. Así lo recordaban Gregoria C., de Belzunce, y Juan Miguel Larráyoz, de Berriosuso, y contaba Florentina D. a su hijo Miguel Echeverría. La curiosidad de los niños, una vez más, clave para la pervivencia del recuerdo.
  • En otoño de 2019, se lleva a cabo la prospección en las bordas de Iruzkun (Ollacarizqueta),[8]donde en 1979 se habían llevado a cabo exhumaciones por parte de familiares de fusilados de Sartaguda. Los trabajos conducen a la localización de otros veinte cuerpos. En principio, fusilados en 1936, pero una grabación familiar de audio incluye a los fugados en 1938. Consuelo Gascue (n. 1923) vivía con su familia en la venta, que hacía de ultramarinos, panadería y parada de la Imoztarra. Un comandante, Trías, y otro oficial se alojaron en su casa. Su padre, Melchor, era a su vez propietario de una de las bordas de Iruzkun, donde concentraban a los que cogían en el monte, a quienes el cura confesaba. Uno de los capturados estuvo retenido en la misma venta; pidieron al padre la llave de la borda y la furgoneta de reparto. El joven rogaba al cura que escribiese a su madre; le entregó unas fotos familiares, que besaba doliente, mientras Consuelo, junto a una hermana, presenciaba la escena desde uno de los balcones.

Escribía Trías sobre estos pueblos: “El 26, en el pinar de Sarasa, se avistan 11 fugados, de los que en ese momento se captura uno y dos resultan muertos”. Por los pueblos que bordean el monte Eltxu, se contrasta su escueto informe: dos fugados declaran haber sido capturados en Osinaga. En Aristregui, casa Juankorena, Nieves Irurzun contaba con 11 años. Se avistó a tres fugados y en su busca salió un grupo de vecinos con escopeta. Los localizaron en Arrendozoko, en el camino a Larumbe, donde se refugiaban en una cavidad disimulada por un enorme espino. Los trasladaron al pueblo, prácticamente descalzos. Sucedió en el último domingo de mayo, asevera Nieves, pues los capturados mantuvieron una actitud de respeto a la procesión vespertina que hubo en el pueblo después del rosario. No la procesión del jueves, remarca, que era matutina. Eran gallegos. Sentados en un banco, les dieron una sopa. Contaban que el día anterior habían visto a los niños en su camino a la escuela de Nuin y tuvieron la tentación de arrebatarles la bolsa de su comida. En el momento en que los montaban en el transporte, uno de los guardias dio a entender que de poco les iba a servir la comida. Ramón, padre de Nieves, quedó marcado por esas premonitorias palabras, consciente del áspero destino de quienes entregaba.

En Elcarte, el testimonio procede de Ángel Huarte (n.1922): a la salida de misa en un día festivo –probablemente, una vez más, el jueves 26–, tres o cuatro desconocidos se acercaron a la iglesia parroquial, se entregaron y departieron con los vecinos hasta que llegaron soldados. Días más tarde, otros tres son detectados en Zapardi, por el camino a las roturas, escondidos en el bosque. Se organiza una partida mixta entre Guardia Civil y vecinos que los localiza, mata y entierra en el lugar. Un informe de la Guardia Civil de 15 de junio 1938 cita dos muertos en Elcarte el 28 de mayo, que dieron nombres falsos. Uno de los ejecutores, Jesús I., tuvo una muerte temprana –en 1940, con 33 años–, destacan en el pueblo.

La venta de Añezcar, en la carretera a San Sebastián, fue otro lugar de concentración de capturados, según cuenta su titular, Urbano Miranda (n.1929). Ese mismo atardecer del 22, la Guardia Civil desalojó a quienes se encontraban jugando a cartas y comiendo sardinas viejas. Entre los concentrados allí antes de su traslado en autobús al fuerte, entre diez y veinte, José Bóveda: “Salimos de noche, algunos se accidentaron. No sabíamos ni dónde estábamos, llevábamos dos días fugados y decidimos entregarnos. Cuando llegamos a un pueblo cerca de Pamplona, en la carretera a San Sebastián, nos detuvieron”.[9]

En el exterior del cementerio de Añezcar, en 2010, exhumó a Luis Villar, muerto en el fuerte en noviembre de 1938. Uno de tantos fugados que no resistió el nuevo cautiverio. Su hermano Enrique, muerto en la escapada, permanece en paradero desconocido. Un tercer hermano, Plácido, los vio partir, pero se contuvo. Más tarde vivirá para olvidarlo en Argentina.

Eugi. Comparativa 1944-2011 desde el monte Acegi.

Eugi, comparativa 1944-2011 desde el monte Acegi

Los valles intermedios. Ezcabarte, Odieta, Olaibar y Anue

El privilegiado testimonio de Marcelino Munárriz,[10] detalla lo sucedido entre Maquirriain y Nagiz, en el valle de Ezcabarte:

Fugados en Nagiz el 27 de mayo

Fugados en Nagiz el 27 de mayo

“Maquirriain: encima del pueblo, en el monte cogieron a 12 o 14; los bajamos aquí y los llevaron. […] A la otra mañana ya vinieron unos requetés (que estaban en el hospital). Aquí vino un carabinero, teniente, tuerto que estuvo en la Fiscalía, y un alférez de Bilbao, de complemento. Les dijimos: De aquí han subido cantidad. […] De aquí salieron dos hombres, uno con una escopeta y otro con un hacha al hombro. Gascue y Gorraiz. Los otros del grupo subían donde el cementerio. Llegamos a Náguiz. Había uno en el caserío más tranquilo que bomba, comiendo un plato que le pusieron. Lo bajaron a Sorauren a aquel. Nosotros empecemos parriba. El teniente era muy valiente cuando venía a registrar las casas, pero allá arriba no era tan valiente. Le dije: “Yo he sido toda la vida cazador, y le sigo a una persona por la pisada de aquí a Francia. En esa mata de boj hay dos”. Estaban acurrucaus. Salieron, les pidieron la contraseña. Nosotros seguimos adelante, y allá los mataron, era gente inocente, que no había hecho mal a nadie.

Seguimos hacia arriba; llegamos a las pochas aquellas, y cogimos un grupo de 79 en Characa. Cogieron a 79, y uno, 80 (ese muchacho de Pamplona). Mataron algunos allí mismo. Aquí en el monte de Maquirriain no mataron. En Náguiz, si. Tuvimos que ir después a enterrar. Los hicieron quemar. La documentación les quitaban enseguida. (Quemaron los cadáveres con unas botellas de gasolina). Aquellos 80 los bajamos a Olaiz. El teniente que era tuerto, les dijo: “¡Ya veis como me habéis puesto a mi! ¡No quiero mancharme las manos con sangre de cerdos!”. Pa entonces el tío ya había matau cinco o seis. […] Llegamos a la venta Olabe y allí estaban esperando dos camiones, los cogieron y los llevaron al fuerte.

En Characa mataron a bastantes. Estuvimos quemando cadáveres. Anduvo matando Fermín Idoate, el dueño de la casa de Oricain. Jefe de los carlistas de aquí. Los mataron como a conejos. A uno, cuando llevaron a un grupo de prisioneros, uno se rezagaba porque andaba mal, y lo mataron. No podía seguir […] Llegamos al ayal, y les digo: en esa sierra igual podemos coger 30 o 40. Pero los guardias no se atrevieron a entrar. Nosotros entonces nos fuimos a merendar al caserío. Ese es un monte muy cerrau (Characa)”.

El caserío, Nagiz, era un reconocido punto de paso entre valles.[11] Residía una sola familia y del lugar solo quedan las ruinas de la casa. El sumario incluye la denuncia de un pastor, Luis Izco, de 34 años, “sobre un grupo de once o doce de los fugados, y que al parecer llevaban armas, que se habían presentado en la noche del viernes 27 en el caserío, exigiendo que les facilitasen alimentos, lo cual una vez conseguido se ausentaron internándose nuevamente en el monte”. Allí, ya en 1983, unos excursionistas escuchan a un lugareño ya mayor que les habla de la mortandad de fugados que hubo en ese corredor entre Nagiz y su pueblo, Sorauren.

Los escapados, ocultos en el monte, pero necesitados de alimento, rondan los pueblos, donde partidas de vecinos hacen guardia. A Víctor Idoate (n. 1937), su madre le contaba que pedían calzado. Conoció que en la fuente de Eusa mataron a uno que bajó a por agua. Fue enterrado en el paraje de Intxaurreta, que también señalaba Vidal Aguinaga (n.1928), vecino de Aderiz.

En Sorauren, en las huertas de Intzoa, al otro lado del río, hay una referencia de fosa. Dolores Orradre (n.1922) confirma el trasiego de fugados desde Nagiz: fueron tres los que una pariente de ese caserío, Paquita Idoate, bajó al pueblo, donde los llevaron a matar. Coincide con el testimonio de Marino Arteta, situando una fosa con tres fugados en un extremo de su finca en el paraje de Zumedia, en la carretera entre Sorauren y Oricain. Dolores recuerda que el cereal del campo situado hacia el monte Ezkaba quedó devastado por el paso del gentío.

Avelina Orradre (n.1929) era vecina de Azoz, donde su padre ostentaba la alcaldía. Condujeron a su casa a Amador Rodríguez, capturado en agosto por dos vecinos. Le ofrecieron un huevo frito. Han pasado décadas para despejar la duda acerca de su destino y conocer que regresó a su tierra. En otro episodio, un grupo de entre seis u ocho niños acudían desde el pueblo a la escuela de Oricain. De regreso, vieron a tres capturados cerca de la venta, que con paso cansino cruzaban el puente. Desde su pueblo observaban cuando caían. A la tarde les pudo la curiosidad. Vieron los cuerpos tendidos; perdieron el apetito y el sueño esa noche. El hito, sobre el camino que unía el pueblo y el puente, a la altura del cementerio.

El siguiente valle, de frente desde Ezcabarte es Odieta, encajonado entre Juslapeña a un lado y los valles de Olaibar y Anue al otro.

De Anoz (56 habs.) era Lola Barbería, quien aprendía costura en la calle Estafeta en Pamplona, y regresaba al pueblo el fin de semana. Avezada desde niña en sus caminatas a la escuela de Maquirriain, en un par de horas solventaba los doce kilómetros desde la capital. Esa semana, observó el camino jalonado de alpargatas, hatillos de ropa…, dando continuidad a crónicas similares en Garrués y Maquirriain. En la casa familiar, Berokia, varios capturados ocupaban las cuadras. Su padre, Ignacio, era la autoridad del lugar.

Otro menor de Anoz, José Aldaz (n.1931), acudía a la escuela, pero ese lunes 23 les mandaron de regreso a causa de los desconocidos que vagaban por el monte, a quienes no era difícil ver. Los episodios sobre su presencia se superponen en el discurso de los relatores. Ese lunes tres se entregan en Maiarena, casa de Facundo Larumbe. Otro es detenido cerca de Nagiz, en dirección al pueblo por J.L. Cenoz, pero en un descuido, vuelve a escapar.

La Guardia Civil de Olague organiza la ayuda de los vecinos: Ignacio Barbería, con sus hijos Miguel y Francisco; Julián y Florencio Artazcoz; y Antonio Aldaz, entre otros. El párroco Saldías acompañaba al grupo, según cuentan Fermín Amorena (n. 1926) y Marcos Aldaz (n. 1925).

Florencio Artazcoz y Francisco Barbería, armados, detectan en el carasol del monte Aldaun, junto a la borda Salbatorena, a una veintena. Son repelidos con algunos disparos y corren en busca de los soldados acantonados en Anocibar. La fusilería muestra que son parte de la columna de los organizadores, que se va disgregando; el lugar dista dos kilómetros de Azkarrena, en Belzunce, donde otros miembros de la columna prueban suerte.

Marcos Aldaz era un niño de 12 años, que recuerda con sorna: “Iba a la escuela cuando llovía; por lo demás, desde los siete años acompañaba a mi padre, Antonio, al campo”. Sobre lo sucedido en el paraje de Ezpelerte, cuenta que las pisadas sobre un terreno blando por las lluvias traicionaron a un fugado descalzo, que es detenido e interrogado: Fernando Garrofé. Disparan sobre él, que queda tendido. Al rato, todavía se arrastra y es rematado.

M. Munárriz ilustraba a J. Jurío en 1978: “…Al otro día (¿24 de mayo?) salimos y fuimos a Anoz, por Characa. En el monte había 14 o 15. Que si habían tirau o no. ¡Mentira! ¡Qué iban a tirar! Llevaban fusiles que habían cogido a la guardia, a los soldaus. […] Había uno en el cascajo, cerca del hayedal, pero no le dieron tiempo a que escapara. Le tiraron lo menos 40 tiros los Guardias civiles, y lo dejaron todavía vivo. Fueron el médico de Olagüe y el cura de Anocibar y el médico, como iba malherido, lo mato de un tiro de pistola”.[12]

Fermín Amorena señaló que el escapado se encontraba bajo un avellano, malherido, y que antes de morir gritó un último ¡Viva Rusia! Apuntaba al párroco Saldías como autor del disparo de gracia. Para evitar su agonía, matizó.

Desde el cuartel de Olague, el informe de la Guardia Civil de 26 de mayo confirma la identidad de Garrofé y fecha su muerte en la tarde del 24. En noviembre de 2018, Marcos lo rememora en el lugar a María, sobrina-nieta de Fernando, llegada desde Murcia en su tercer viaje a la busca de su familiar: “dijo que vivía en la calle del Amparo 5 de Bilbao”, recuerda con insólita precisión, como confirma su ficha penitenciaria.

Marcos Aldaz y Maria Garrofé, Anoz, 2018

Marcos Aldaz y Maria Garrofé, Anoz, 2018

Los hermanos Barbería capturan a otro en la zona. Miguel quiere disparar, pero Francisco se opone y lo conduce a Anocibar. Hubo otros escondidos en las palomeras de Usi, que se entregaron en ese pueblo, y otro más capturado en la muga con Endériz.

El primer pueblo de Odieta es Anocíbar (86 habs.). Al amanecer del lunes, el pueblo se vio perturbado por la llegada de camiones con tropa. Los capturados eran concentrados en Sintrorena. Antonio Mutilva (n. 1942), su titular, escuchó a sus padres las reticencias de los militares a que los vecinos alimentasen a los demacrados detenidos.

Hay tres ejecuciones que afloran de los relatos cruzados de diversos vecinos. La ya citada en Aldaun, otros dos en Salpide, junto a las Eras, y los de Roldarena.

Perico San Miguel (n.1927) apuntaba en 2012 las muertes en el paraje de Las Eras, pero son Esperanza (n.1927) y su prima Felicitas San Miguel (n.1931) quienes detallan el fusilamiento en Salpide, llevado a cabo por soldados y dos vecinos de Ciaurriz. Al vecino Pedro Eguaras, el abuelo, la sangre de un fusilado le malogró su manta.

Perico fue testigo de los fusilamientos en el prado de Roldarena, asomado al balcón de la casa familiar junto a su hermano Paulino. La madre, Joaquina Ripa, prefiere no contemplar el temido suceso y desde dentro se lamenta, como recalca Felicitas. Era el día de la Ascensión, después de comer. Desde otro ángulo, Marcos Aldaz relata: fueron cinco los fugados que se entregaron el jueves en Anoz, y junto a otros dos jóvenes, Salus Artázcoz y José García, los reportan a los militares en Anocibar. Escucharon las detonaciones, y tuvieron ocasión de ver sus cuerpos sin vida, alineados. Quiso llorar, impotente ante este desenlace. En Anoz, Josefa Barbería había augurado: “si van a Anocibar, los matan”, a lo que uno de los entregados objetó: “sin juicio no se puede matar a nadie”. No daba crédito a que pudiera ser su último día.

A un kilómetro, en Ciaurriz, Eloy Cilveti (n.1928), Isabel Anchano (n.1931) y Jose M.ª Armendáriz (n.1928) lo vivieron envueltos en el temor a los anunciados criminales.

Eloy sostiene que llegaban de los montes de Ezcabarte y centra su recuerdo sobre los cuatro fusilados en el camino de Sagardikoa. No llegó a ver a estos capturados, pero sí sus cuerpos sin vida, enterrados junto al río y cubiertos con piedras para evitar los animales. Su abuelo, Juan Martín, testigo presencial, los citaba gritando en el último momento un “Viva la República”. Los mayores que por su edad no estaban en el frente, apoyaban las capturas con sus escopetas. Detalla una estratagema. Conscientes de los movimientos nocturnos de los fugados, se apostaban bajo el puente, cruzaban un alambre herrumbroso –para que no brillase– con un cencerro, y así eran alertados si alguien intentaba el paso. Añagaza similar fue empleada en el vecino Latasa con éxito, ya que una noche fue capturado un fugitivo por los del pueblo, entre ellos Jose Elizondo, según cuenta su hija Concha.

Los militares se alojaban en los pajares de las casas y comían en casa Gallarderena, cuenta Isabel. José M.ª recuerda su alborozo, como niño sin fácil acceso a dinero, cuando en respuesta a una botella de vino que su madre facilitó a los soldados, estos le dieron una ochena.

Los desorientados fugitivos deambulan por los montes. Como Luis Félix Álvarez, quien aterriza el 3 de junio en Gascue. Se recordaba como capturado “muy próximo a la frontera”.[13]La distancia de Gascue al fuerte, unos 15 km, recorridos en once días, da idea del complicado avance nocturno. En Olabe, a once km del penal, otro preguntaba a una vecina si ya estaba en Francia.

La presencia de fugados tiene un escenario principal en el valle de Olaibar.

La jefatura de Policía de Fronteras, para el día 23 alertaba: “[…] iniciada la fuga del penal descendiendo por la falda norte de la montaña del fuerte e internándose en las montañas próximas a la capital, por los montes de Endériz, en el sector Ostiz-Olave”.

La comandancia de Carabineros refiere su “apremiante preocupación de sellar la línea que forma el río Ulzama, con sus puentes y bados, en los pueblecitos de Arre-Oricain-Sorauren-Olabe-Ostiz, como de paso obligado, completando el cerco por Ripa-Guelbenzu-Aróstegi-Ollacarizqueta-Aizoain-carretera Pamplona a Irurzun. Fulminantemente, inicié la persecución y captura, ocupando rapidísimamente aquella línea”.

En ese sector del río Ultzama, con centro en Olabe (51 habs.), el cuerpo de Carabineros se arroga la detención de 412 evadidos.[14] Contaron con la preciada ayuda de milicianos requetés y falangistas, y de la Guardia Civil, que repartía sus efectivos entre el cuartel de Villava, que cubría hasta Sorauren, y el de Olague, operativo desde Olabe hacia Ostiz.

Estos informes nombran lugares. No así el informe del responsable de la Guardia Civil, quien sustituye la información por barrocas proclamas. “Conocida aquella noche del 22 de mayo de la sublevación de presos, “a la voz de “Viva Rusia” y el “Comunismo Libertario”, así como las de “Muera Franco”. […] Dueños del penal formaron en disposición de marchar sobre Pamplona donde creyeron que estaba ya implantado el Comunismo, con ánimo y en combinación con personas del exterior de arrasar propiedades, incendiar casas y dar muerte y tormento a las personas de derechas, así como a todas las personas de la España Nacional. […] No obstante la obscuridad de la noche y el viento huracanado, se dirigió al valle del río Ulzama al objeto de cortarles la retirada, pues cuando los fugados se dieron cuenta que en Pamplona no podían implantar el Comunismo, tratarían de ganar la frontera. […] los evadidos avanzaban durante la noche por los montes y se ocultaban durante el día, cometiendo toda clase de atropellos, sacrificando las reses que encontraban a su paso y exigiendo a la fuerza y con amenazas, comida en los caseríos y bordas.// Hasta última, los fugados hicieron una violenta resistencia y a las voces de alto o intimidación y ruegos para que se detuvieran contestaban con fuego a la fuerza aprehensora y se internaban en la espesura […] consiguiendo que nuestro Generalísimo se pudiera dedicar de lleno a la labor más principal que era el frente. […] Tras una labor intensa, se consiguió que solamente tres pasaran a Francia y el resto fue conducido a prisión a excepción de unos cuantos que murieron en los tiroteos con las Fuerzas y otros que al verse perdidos se suicidaron tirándose al río y muriendo ahogados y otros colgándose de un árbol”.

Junto a los informes oficiales, las declaraciones de los capturados y los testimonios del vecindario confirman el intento del grueso de fugados de cruzar el río Ultzama desde ese macizo montañoso donde se encontraba el caserío de Nagiz.

Traspasar los cauces, con unos vigilados puentes, suponía un paso crucial, como ya intuía el jefe de Carabineros de Navarra al ordenar su urgente sellado. Al observar su flujo, vadearlos no parece representar una insalvable dificultad, pero a su mayor caudal ordinario en aquel tiempo, se añadió una pluviosidad excepcional. Jovino Fernández se describe sumergido en el río, esquivando a la patrulla perseguidora.

En Olaiz, Asunción Gurbindo, que acompañaba a su padre Pedro a un campo en el paraje de Bizkar, recordaba junto a unos grandes pinos, dos túmulos de enterrados que se alcanzaban a ver desde el sendero a Sorauren, similar relato al que daba Micaela Aragón a su hijo Javier.

La densidad boscosa y su caminar nocturno conducía a un andar sin rumbo y en círculos. En la espesura, dos fugitivos se contactan, nombrando uno al otro como Benedicto. Había dos que respondían a ese nombre entre los fugados: Velázquez Gómez, vallisoletano, y Meis Padín, de Cambados. El primero murió en la fuga. El segundo reingresó en el fuerte.

En Olabe retoma la narración Esteban Arriola (1920-2016), juez de paz hasta su fallecimiento. Recordaba el paso por el puente de Olaiz de numerosos capturados, que eran agrupados junto a la venta, que disponía de un cuarto que hacía de cárcel para casos menores…/…En enero de 2016 regresa al lugar: dieciséis cuerpos se apilan donde setenta y ocho años antes los vio caer. La fosa fue declarada Lugar de Memoria por el Gobierno de Navarra en 2019.

Fosa con 16 jóvenes fugados en Olabe

Fosa con 16 jóvenes fugados en Olabe

Memorial a los fusilados en Olabe

Memorial a los fusilados en Olabe

Eran muy chicos, decía otro testigo presencial, y así lo remachan los técnicos de Aranzadi. Entre los fugados muertos, Máximo Sainz Plaza era el de menor edad. Nacido el 25 de mayo de 1920, fue detenido en Vitoria en septiembre de 1936 e ingresó en el fuerte con 16 años. Cumplió 18 años en el cobertizo donde esperaba su ejecución: en 2022 se identifican sus restos por el ADN. A su vez, el vecino Vicente Linzoain supo de uno de los encerrados, mayor, que trató de infundir ánimo a los asustados jóvenes del grupo. Pudo ser Francisco Lecea Sancho, 41 años, de Mendavia (Navarra), a quien se identificó en 2021.

El responsable del operativo en ese sector, el teniente de Carabineros Ruperto Viñé, fue felicitado “por su sagacidad y resistencia física nada comunes, y por haber llevado el servicio con un espíritu y entusiasmo ejemplares y con un resultado brillantísimo”.

Esta exhumación aviva las noticias sobre otros puntos: en el Soto y en la zona de las huertas junto al río. En el Soto, junto al puente que conduce a Olaiz, es donde Asunción Gurbindo cita que enterraron tres o cuatro. Es coherente con el recuerdo de Santiago Robledo: “Nos entregamos cinco presos, era el día 24 de mayo. Nos llevaron a Olabe […] y nos entregó a un capitán de carabineros que era tuerto (Viñé lo era). En una era nos hizo pasar por encima de cuatro fugados muertos y nos llevaron a una cuadra. Luego vino un autocar y nos subió a la prisión”.[15] La cuadra, cárcel local aneja a la venta de la carretera, estaba a su vez contigua a las huertas.

La transmisión oral en el pueblo dejó el convencimiento de que los muertos en las huertas eran rusos. Un dislate que cobra sentido convenientemente traducido. Rusia era un faro para las izquierdas de la época. Ante el pelotón de fusilamiento, bien pudieron dedicar su último aliento a esa patria revolucionaria. Los vítores a Rusia, que también pone en boca de los evadidos el máximo responsable de la Guardia Civil, pudieron convertir a sus autores en los imaginarios rusos. En febrero de 2018 se localizó uno de los cuerpos.

En Endériz (49 habs.), Milagros E. recordaba a su madre Bernarda contando sobre unos fugitivos que pedían alimento y a quienes rogaba se apresurasen, para no verse comprometida. La Guardia Civil, el 15 de junio 1938, informa de un fugado que dio identidad falsa, enterrado allí el día 26 de mayo.

Zandio (31 habs.). Feliciano (n.1921) y Víctor (n.1924) suben al monte a recoger el ganado. Encuentran a tres desconocidos troceando una oveja con palos afilados. Regresan precipitadamente al pueblo y se improvisa una partida: su padre Marcelino, entonces alcalde del valle, y Tomás Nuin, junto a unos guardias civiles, localizan a los huidos y les disparan. Uno, malherido, solicita confesión y Marcelino corre en busca del párroco de Ostiz, Vicente Ruiz. Para cuando regresan ya ha fallecido. Marcelino queda conmocionado, dudando si podía ser uno de los tildados demonios que le anunciaron. Debió de dar su nombre, pues el párroco escribió a su familia. Quedaron enterrados en el paraje de Iturrioz, que Jesús Ridruejo (n.1933) siempre conoció como Los muertos.

Otro episodio se dio al cruzar un fugado el río desde el monte de Endériz y fue abatido por falangistas, con sus camisas azules, según Fani Ridruejo. Su padre, junto a otros del pueblo, lo enterró en la ribera del río, junto a la parcela de Chanchico. Rafael Ruiz (Osteriz, 1917), confirma esta ribereña sepultura.

Beraiz. Este señorío, entre Zandio y Ostiz, fue lugar de entierro. Mariano Vierge, rentero hasta 1965, comunicó a sus hijos la existencia de esta fosa de fugados –hablaba en plural– en una de las parcelas que cultivaban en Basagaitz, junto a la carretera, actualmente segregada del señorío. Cercana existía una casa de camineros, firmes candidatos a haber llevado a cabo su enterramiento.

En Ostiz, Soledad Garrués (n. 1927) cuenta que, en el camino al río, antes del puente hacia Anocibar, quedó algún ejecutado. Con 12 años, eran entonces conversaciones prohibidas. Afloran otros testimonios, cifrando en tres los fusilados. Dominica Uranga contaba a su hija M.ª Jesús que los detenidos pasaron noche en el pueblo. Alguien les ofreció un mendrugo de pan. A la mañana siguiente los llevaron a una era cercana al río. Uno de los presos conservaba su pan en la mano.

La Guardia Civil informa el 15 de junio de 1938 del entierro en Ostiz de dos fugados el día 24: uno de unos 45 años y otro de unos 30, aparecido ahorcado, con una cicatriz sobre la ceja del ojo izquierdo. Los indicios conducen a Luis Horas, aunque tenía 21 años. El preso Josu Landa afirma, categórico, que fue colgado de un árbol; la cicatriz puede tener relación con su actividad como boxeador. El 25 son capturados cerca otros dos fugados, como él, de CNT de Barakaldo.

Hay otro fugado que pudo morir en similares circunstancias. La familia de Andrés Rodrigo, concejal del Frente Popular en Cuéllar, muerto con 35 años, recibió noticia, años después de que, malherido en la escapada, se rezagó y más tarde sus compañeros lo encontraron ahorcado. Mantienen un razonamiento que sirve para Luis Horas: “una persona con ideales tan fuertes, luchador, de ningún modo pone fin a su vida en plena huida a la libertad. Creemos que lucharía hasta el final”. La crueldad con que se comportaron los perseguidores en tantos casos, los señala como autores de estas muertes.

Andrés Rodrigo y su familia

Andrés Rodrigo y su familia

El valle de Anue marca otro reguero de fugitivos, capturas y fosas. En Burutain (119 habs.), junto al puente de Arteta, confesaba Martín Laguardia a la asociación Amapola del Camino. Primera vez que hace lo público en ocho décadas, al calor de otras exhumaciones. Hubo un intenso movimiento de fugados y capturas en la zona en los días 24 y 25. Antonio San Martín, de casa Berekoetxea, contaba a su hijo Joaquín sobre dos capturados junto a la fuente de Asketa.

Martín tenía ocho años. Eran encerrados en la escuela, custodiados por la Guardia Civil de Olague. El día que los sacaron era un festivo, que recuerda porque el párroco vino de Etsain a dar misa, y después acompañó y confesó a algunos del grupo. Con sus ojos de niño estimaba que eran unos doce los ametrallados junto al río, enterrados por el vecindario, pero son seis los cuerpos que aparecen setenta y nueva años después, cuando se lleva a cabo la exhumación en abril de 2017.

Los informes de la Guardia Civil resultan esclarecedores para determinar la procedencia de alguno de los ametrallados y la fecha de su ejecución. El informe de 6 de junio de 1938, en unas notas complementarias dice: “Otro detenido en Burutain le había quitado unos zapatos nuevos a un muerto oculto en el monte y este detenido dijo ser Asturiano”. El de 15 de junio lista los muertos no identificados: el n.º 12 de la relación nombra a José Zubillaga, y añade: “Este nombre no existió en la Prisión y fue dado por otro que resultó muerto al intentar huir. Enterrado en los Montes de Burutain el día 26”. Del n.º 22 se dice: “Un recluso capturado, al presentarse con zapatos nuevos, se le preguntó la procedencia de ellos, contestando que se los había quitado a otro que se hallaba muerto en el monte, sin poder precisar nombre ni sitio, no habiendo tampoco sido hallado todavía. Se ignora su identidad”.

Un informante local señala asimismo que dos de los fusilados eran asturianos, uno de ellos de Mieres y con familia. Celestino Díez Gutiérrez se acerca a esa descripción, siendo de Carabanzo, aldea a nueve kilómetros de Mieres, casado, con dos hijas y un hijo.

Los hechos concuerdan con la narración de Galo Vierge en Los culpables, de 1942: “Entre los movilizados de Falange se encontraba José Aldaz, amigo mío, y al que le tocó vivir una espeluznante escena: Enrolado contra mi voluntad en una patrulla de Falange –me relataba Aldaz–, con la colaboración de la Guardia Civil, hicimos prisioneros a catorce de los fugados del Fuerte. Fueron conducidos a las cercanías del pequeño pueblo navarro de Ostiz. A los infelices prisioneros daba pena verlos. Muertos de hambre, con las ropas destrozadas y con barba de varios días, daban la triste impresión de ser unos primitivos salvajes abandonados en lo más intrincado de la selva. Se les notaba en sus rostros y en sus gestos que se sentían felices con su detención. Aquel eterno deambular por el monte, ignorando en qué lugar se encontraban, hambrientos y destrozados moralmente, rompían sus nervios hasta dejarlos completamente aniquilados…De pronto, cuando nadie se lo esperaba, un Guardia Civil se separó unos metros del grupo de presos y, con su fusil ametrallador, disparó unas fulminantes ráfagas sobre ellos.  Desconcertados, empezaron a bailar la trágica danza de la muerte, hasta que cayeron todos al suelo acribillados por las balas”.

Otros serán más afortunados: Joaquín Ibarrola declara haber sido capturado por requetés el 24 entre Ostiz y Burutain; Anselmo Díaz Basabe y Eustasio García Martínez, ambos de Barakaldo, el 25, también por requetés.

En Etsain (128 habs.), los vecinos suman información. Tres se habían refugiado en Jairiako borda. Detectados y capturados, fueron conducidos, ejecutados y enterrados en el paraje de Kamiope, según cuentan Jose M.ª Ripalda (n.1932) y J. Martín Santesteban. Otro vecino, Francisco Pérez, de casa Tejedor, contaba a su hija sobre otros capturados en Echaide: uno de ellos con limacos en el bolsillo. José M.ª Ripalda habla de capturados en el collado de Bagoto. También de la captura de otro, rodeado por los vecinos cuando corría por las campas para pudiese internarse en el monte. El tiempo trascurrido dificulta deslindar hechos.

Fermina Iráizoz (Etulain)

Fermina Iráizoz (Etulain)

En Etulain (84 habs.), el testimonio de Fermina Iraizoz (n.1921) procede de la Sociedad Aranzadi. Como menor de seis hijas, fue a vivir allí con una tía siendo niña. Llegada la guerra, dos primos suyos fueron movilizados y ella recogía en la venta de Burutain sus cartas. Por las mañanas llegaba de batida un grupo de cuatro o cinco falangistas, que regresaba a dormir a Pamplona. Su responsable le daba chucherías. Encargada de apacentar las vacas, las conducía atemorizada de cruzarse con los desconocidos cuya presencia era delatada por las columnas de humo en el bosque, hacia Etsain, en aquellos días de lluvia y frío, a riesgo de ser localizados.

El viernes 27 de mayo, fecha de su cumpleaños, los falangistas condujeron a tres fugados. Mojados, malolientes, y sobre todo sedientos, se arrojaron sobre el aska, abrevadero para el ganado. Lucía Larramendi, en la venta de Burutain, dio agua a tres capturados que iban hacia Etulain, probablemente los mismos. Sus pies se cubrían con girones de manta, a falta de otro calzado. Obraberria, la casa de Fermina, hacía de posada, que ella atendía. Ofreció comida a los capturados, quienes, entumecidos, masticaban con esfuerzo, mientras en el porche se congregaba el vecindario, expectante.

Los jóvenes, de entre 20-23 años, dijeron ser de Bilbao. Hablaban castellano y mostraban fotografías de sus novias. Trascurrieron un par de horas. Resignados a su destino, no pedían clemencia. El cura les ofreció confesión. Se mostraron indiferentes, pero los acompañó, rodeados de sus captores. Oyeron los disparos procedentes del cruce de la carretera a Irún. Fueron allí enterrados.

Con motivo de la ampliación de esa vía en 1999, la variante de Olague, la excavadora se topó con sus restos; desde el pueblo indicaron su origen, y fueron depositados en la huesera de su cementerio, bajo una pesada losa. El equipo de Aranzadi examinó esos restos en diciembre de 2018, determinando la presencia de tres cráneos con orificio de bala.

Su relato también encaja con otros que llegan de Olague. Un carabinero del puesto, Cándido Macua, confesó al vecino Cesáreo Seminario (n.1925), que acudió al lugar al día siguiente de la ejecución, donde todavía agonizaba uno de los infortunados. De otro episodio de violencia contra un fugado, protagonizado por un vecino de Etsain, regresado mutilado del frente, prefiere Cesáreo no entrar en detalle, lamentando que la guerra hizo a muchos comportarse como desalmados.

Pedro Senosiain (n.1925), quien acompaña a Cesáreo, aporta recuerdos sobre otra ejecución. La llegada del párroco José Arano al cuartel de la Guardia Civil les hizo sospechar del desenlace y se dirigieron al rincón de Góngora. A la altura de casa Echaide fueron sobrepasados por un coche con la comitiva y cuando llegaron, un cuerpo inerte yacía en el lugar. Segoviano, según el remite de una carta recibida de su familia dándole cuenta de la siembra de los garbanzos. Por sorteo, añade Cesáreo, el trance del fusilamiento le tocó al reticente Esteban Rosell, que abandonó pronto el Cuerpo. Pedro A. de casa Zaterena, de permiso del frente, fue uno de los enterradores. El informe de la Guardia Civil de 15 junio de 1938 recoge que un fugado fue enterrado en los montes de Olague.

En el puente sobre el río Mediano, frente a casa Echaide, fue capturado otro por una partida local. Contaba Cesáreo Esain, de la panadería, uno de los captores, que llevaba tres días escondido junto a unas peñas, alimentándose de caracoles y poco más. Le aleccionaron para que dijese que se había entregado.

En Aritzu (110 habs.) fueron capturados dos fugitivos cerca de Mitxeleneko borda. Empapados, los perros captaron el olor a mojado. Llevados a la escuela, se les ofreció el consabido pan, queso y vino. El mismo rito se sucede, recurrente, en diferentes valles: alimentados antes de ser ejecutados. Quienes dispensan la comida y quienes la toman saben de la inutilidad del gesto, pero no lo eluden. Los capturados, uno alto y de más de cuarenta años; el otro, joven, de unos veinte, que se declaró comunista, guardaba unos caracoles en el bolsillo, según recuerdo de Lucio Ilarregui. Después de confesados por el párroco Epifanio Sancho, beligerante antirrepublicano, cura trabucaire, fueron ultimados y enterrados en Labaki, según Anselmo Irurita (n.1927), testigo visual.

En los montes de Egozcue hay otro inconcreto punto donde el informe de la Guardia Civil de 15 de junio señala el entierro de otro fugado.

Junto a Anue, Lantz (315 habs.), cuyo antiguo vivero de plantas, sobre la vía NA-121, arroja indicios de ocultar diversas fosas. Cesáreo Seminario, desde Olague, era uno de los niños que cuando veían cruzar el pueblo una característica furgoneta azul, que vinculaban a falangistas, corrían a la ermita de Santa María, situada en un montículo. No veían, pero oían los disparos que provenían del cercano vivero, convertido en moridero.

La villa de Lantz y sus gentes, libro editado por su ayuntamiento en 2013, dice: “Un grupo de los huidos del fuerte llega a Lantz y fueron detenidos tras haberse comido un cordero, se les encerró en la posada, donde se les dio de comer pan y queso (hubo mujeres del pueblo que les llevaron comida mientras estaban detenidos). El cura de Lantz, Erasmo Garro, los confesó. Entre los fugados había dos hermanos que antes de ser fusilados se despidieron con un ¡hasta luego, hermano! Fueron fusilados en el cruce y a varios vecinos de Lantz les obligaron a enterrarlos. Se creía que podía haber unos 20 cuerpos, 8 presos de S. Cristóbal y el resto personas asesinadas durante la guerra”.

Durante el operativo se asentó en el pueblo un grupo de unos cuarenta armados, distribuidos por las casas y que batían la zona. Un fuego para asar un cordero delató a siete de ellos en Urkixo. Encerrados en el local anexo a la posada, algunos son confesados y en un autobús de línea, la Lanztarra, con el párroco, trasladados al vivero. Dos días más tarde fue ejecutado otro. Quedaron enterrados en los socavones existentes por el aprovechamiento del arbolado, cubriéndolos con piedras.

No se han precisado movimientos de fugados más allá de Belate, puerta al valle de Baztán, donde J. Jurío situaba, en 1978, la muerte de un fugado. Sobre este caso concurren dos fuentes, que involucran al teniente de la guarnición de Elizondo: Raimundo Anselmo Gómez.

En sus Memorias, Juan M.ª Pallín, preso en el fuerte: “Entre los militares hubo una excepción, el Teniente Asensio, destacado en Elizondo, mató en el Puerto de Velate a un preso con su propia pistola al ver la actitud negativa de los soldados, esta acción fue repudiada por sus propios compañeros destacados en Elizondo”.

Luis Izaguirre, movilizado en el ejército sedicioso, destinado en Elizondo, deserta y testimonia en el consulado de Hendaya: “Cuando se escaparon los presos del fuerte de San Cristóbal, recibió la tropa orden de no hacer prisioneros sino de disparar contra el primero que se encontrara; que ha oído decir que de los 700 que se evadieron han matado a muchos, aunque los principales por quienes había interés en dejarlos escapar, ya lo consiguieron. El declarante, a quien le dieron un fusil para que saliera al encuentro de los evadidos, no vio a nadie y solo sabe que el Teniente Raimundo Asensio, de Pamplona, halló a uno de los presos en el Puerto de Velate y seguidamente mandó fusilarlo pero como los soldados no contaban con ánimos suficientes, entonces formaron el piquete dos carabineros quienes se encargaron de la ejecución”.

La presencia más occidental de fugados consta en Etxarri, valle de Larraún, donde Alberta Andonegi describía cómo mientras su padre, accidentalmente alcalde, atendía a las fuerzas de persecución, ella con su madre –muertas de miedo, gesticula en el vídeo–, facilitaban unos bocadillos a unos escapados: “Urte hartan (1938), San Kristobaldik eskapatu ziren detenituak, ejerzito osoa etorri zen herri honetara. Bueno, entenditzen da. Kapitana bere patruila guztiarekin, eta nere aita alkate. Eta eman behar zitzaien kobija, ostatua. Ejerzitokoei. Ordun zegoen eskola etxea, han alojatu zitun nere aitak etorri ziren soldadu eta kantinplorak eta bere zeekin otorduak egiteko, eta hara bidali zittun. Aitak haiekin hori egiten, eta ni ogia bokadiloa, holako bokadiloa, amak eta biok prestatua, eta bi eskapatu zienak San kristobaldik bokata jartzen, hemen atean, ama!! Hura zer zen. ¡Nere beldurra eta amaren beldurra!”.[16]

El gobernador militar interpretó que los fugados, ante las dificultades que ofrecían otras rutas, intentarían la salida hacia la frontera por Leitza, lo que explica el despliegue en los valles más occidentales, con el Alto de Ezkurra como epicentro: carabineros, guardias civiles y soldados del batallón de Orden Público 415 procedentes de Tolosa, “para prestar servicios entre este Alto y el cruce comprendido en la carretera que parte para Erasun de la que va en dirección a Santesteban”, a quienes el ayuntamiento de Leitza acuerda el 28 de mayo “pagar una peseta diaria por cada unidad de tropa, así como a los vecinos que presten servicios de vigilancia”.

El cerco dio sus frutos: en Saldías son capturados Eduardo Ferrero, José Oblanca, Leonardo Álvarez y Celedonio Blázquez. Tres leoneses y un abulense. Martín Urrutia los recuerda saliendo de la cárcel local en el momento en que eran trasladados, el 7 de junio, con el vecindario formando un corro a su alrededor. Su hermano Pedro confirma la presencia de tropa alojada en las casas, así como los turnos de patrulla de su padre, Juan Bautista, con otros vecinos.

Pero la dirección noroeste no fue ruta para la mayoría, como lo prueban la relación de capturas y testimonios, que señalan los valles de Olaibar, Odieta, Anue y Esteribar, donde se encamina el grueso de los fugados en su huida hacia la frontera.

Esteribar, la ruta más corta a la frontera

Los fugitivos que rompen el cerco y cruzan el río Ultzama afluyen, ya fraccionados, hacia el valle de Esteribar, atravesado por el río Arga, que nace en los bosques de Quinto-Kintoa. Entre el fuerte y los Aldudes, este valle se convierte en corazón de las rutas a la frontera. Sobre el mapa se aprecia la cuña que deja al valle de los Aldudes a 50 km de Pamplona.

La preocupación del gobernador militar de Navarra era “evitar pudieran aproximarse al bosque de Quinto Real, porque de haberlo logrado, ganarían la frontera con suma facilidad”. “La frontera se encuentra debidamente vigilada por fuertes contingentes del Ejército, Milicias, Guardia Civil y Carabineros y muy especialmente en los Alduides”, cita la Jefatura de Policía de Fronteras desde Irún.Exterior a este circuito funcionaron los puestos de Carabineros de Velate-Olagüe-Iragui-Eugui-Espinal, los cuales aprehendieron a monte traviesa once de los fugitivos, quienes consiguieron romper aquel circuito y llegar ya a la inmediación de las mugas francesas”, reafirma el jefe de Carabineros.

El corresponsal de The Guardian se desplaza a Valcarlos y conversa con los despreocupados carabineros, que le transmiten –edición de 25 de mayo– que no han sido tomadas allí especiales precauciones, por su lejanía del fuerte. Ese día, Sud Ouest señalaba, basándose en fuentes militares, que los evadidos se hallaban “cercados en los bosques al sur de los Aldudes, en un macizo delimitado por la carretera de Arneguy (Valcarlos) a Pamplona y al oeste por el valle de Eugi, en el trazado de la nueva ruta que llega a los Aldudes desde esa villa de Eugi por Urkiaga, macizo boscoso y de profundos barrancos, cuyo punto culminante es el monte Adi y que no es atravesado por ninguna otra carretera o camino en el interior de esos límites”, citando pueblos como Roncesvalles, Burguete, Urtasun o Eugi.

En ello convenía N-1936: “Esteribar era el camino más corto que los fugados tenían hacia la frontera. Conscientes de ello, las autoridades organizaron intensas batidas con el apoyo de parte de la población”.

El foco de la persecución, fuera del primer círculo de contención, se desplaza a Esteribar. Los informes los hará la Guardia Civil desde Zubiri, centro neurálgico del valle, donde junto a una guarnición en La Ranchería, mantenía una oficina en el pueblo, cercana a la iglesia parroquial, con otros cuarteles en Eugi y Erro. El medio centenar de muertos calculados allí así lo rubrica. Memoria de unos hechos que no hay persona mayor del valle que no haya recordado conmocionada.

    • En Olloki vivía por razón de matrimonio, en una casa aislada, Francisca Carneiro. Tres de los escapados la abordan y se esfuerzan en tranquilizarla. Uno de ellos se encontraba con fiebre alta. Se esforzaron en tranquilizarla. Francisca, paradójicamente hija de carabinero, les dio leche y queso, y dado el estado del enfermo, dio aviso a un médico de confianza, Carlos Elizalde, residente en Egüés. El grupo temió una delación y se apresuraron a seguir su camino. Antes, en agradecimiento, y sabedor de las dificultades a las que se enfrentaban fuera de su refugio, uno le entregó su anillo de oro, que fundido, sirvió de alianza matrimonial para su hija Encarna y su esposo José, que todavía transmiten en la familia. Es su biznieto, actual portador del anillo, quien detalla aquel encuentro. Francisca nunca tuvo noticia de la identidad o el paradero de los inesperados visitantes.
    • Zabaldika (92 habs.). Ricardo Noain (n.1935) y José Aincioa (n.1925) son los cronistas. Tres son los fugados ejecutados entre ese pueblo y el señorío de Erleta, a la altura de la regata Xaixulo. Las torrenteras descubrieron sus restos. Asimismo, ha habido desprendimientos en los cortados que caen sobre el Arga. José añade otro en el término de las Quintas, lindante con Oricain, enterrado en la ripa inferior de una parcela que hoy ocupan los pinares. También tuvo oído que algún fugado descansó en la cuadra de Marigalantena.
    • Antxoritz (41 habs.) / IIurdotz (74 habs.). Allí cae abatido el día 24 Pablo Redín, cuya sepultura definitiva quedó en el cementerio. En Ilurdotz, Felisa Armendáriz (n.1924) era hija de la autoridad del concejo. Su casa, Behitikoetxea, hacía las veces de posada. Por ser festivo, día de la Ascensión, un grupo de vecinos se habían retirado tarde después de jugar a las cartas. Con una fuerte lluvia, dos guardias civiles se presentaron con dos ateridos capturados. Indalecia, la madre, les ofreció ropa seca y una sopa de ajo y más tarde un vaso de leche, pues no podían digerir otro alimento. Pasaron la noche cerca del fuego. Uno, gallego, de 48 años, ofreció su estilográfica a Ángel, niño de la casa. Lamentaba no poder dársela a su propia hija, que en esas fechas hacía la comunión. En la mañana, en unión de otros cinco retenidos en Zuriain, dos de ellos capturados en Gendulain, fueron ejecutados en la regata, pero ya en término de Antxoritz. Los datos sobre el gallego conducen a Serafín Tato, de Mondariz, 48 años, cuya hija Emérita, entre sus nueve hijos, tenía la edad de hacer la comunión. El guardia, conocido por ser de Azoz, ofreció a su padre participar en la ejecución, a lo que este se negó. No obstante, Felisa asegura, sin más detalle, que no fueron los guardias quienes la llevaron a cabo. Josefina Arregui (n.1933), vecina de Gendulain, corrobora esa ejecución, así como la detención de otro en su pueblo natal, Inbuluzketa, que fue trasladado a Zubiri.
    • Larrasoaña (139 habs.). Paulina Lizoain (n. 1929) salía de la escuela al mediodía cuando se extendió la voz de que habían matado a cuatro escapados. Con otra niña se acercó al exterior del cementerio y encontró a su padre, Florentino, entre quienes los enterraban. Supo que fueron dos quienes se confesaron. Allí son exhumados, en junio de 2018. Uno de ellos, Leoncio De la Fuente Ramos, de Fresno el Viejo (Valladolid), según determina en 2020 el ADN, cotejado con su hija Paula, quien acude al lugar, acompañada de Paulina, y se hace cargo de sus restos. Paula y Paulina, dos desconocidas hasta ayer, hermanadas a sus 93 años. Otro cotejo en 2021 identifica a Emiliano Miguel Portugal, de Santibáñez (Burgos), vecino de Dueñas (Palencia).
Larrasoaña. Paulina Lizoain con restos fugados. Identificados Leoncio De la Fuente y Emiliano Miguel

Larrasoaña. Paulina Lizoain con restos fugados. Identificados Leoncio De la Fuente y Emiliano Miguel

  • Urdaitz-Urdaniz (117 habs.). Un preso es capturado y encerrado en las escuelas. Asturiano, muestra la foto de su mujer y varios hijos a la maestra. Al día siguiente una camioneta lleva a dos más, otro asturiano y un gallego. Los uniformados los llevan y ejecutan en el paraje de Kaskaxu, junto al río, donde son enterrados. La fuente de esta información, la asociación Txinparta, y las precisas indicaciones de un pastor, Teodoro Esteban, permiten la exhumación de sus restos en marzo de 2018.
  • Idoi (25 habs.). En el paraje de Zubizar fue enterrado un fugado, cuyos restos, con el curso de los años, se golpearon con el cultivador y se perdieron. Valeriana Lizarraga afirmaba que fueron dos los fusilados y que pasaron la noche previa en el pajar de su casa, Gartzerena. Lo supo por pertenecer la finca a su familia.
  • Leranotz (46 habs.). Al paraje de Txustain llega Alejandro Gómez Martín, segoviano. Un vecino lo detecta, regresa a su casa a por la escopeta, y sin soltar el yugo a los bueyes siquiera, vuelve y dispara al desconocido, uno de los anunciados “peligrosos criminales”. Su cuerpo, por la mediación del párroco, es trasladado a Zubiri, donde un informe de la Guardia Civil de 10 de junio[17] determina su identidad. Alejandro, el Nano, ferroviario, de 44 años, quien se integró en Madrid en el grupo anarquista Los Intransigentes; en un informe policial de 1931 aparece como activista en Logroño, Soria y escribiendo en ¡Despertad!de Vigo; condenado por atraco en Barcelona, llega al fuerte antes del golpe de julio de 1936. El ejecutor le sobrevivió poco tiempo, atormentado por su irreflexivo disparo.

Dos fugados, llegados por Inbuluzketa, piden alimento en casa Zanzerena, cuenta J.A. Tohane, nieto del entonces alcalde Jacinto Erro. La abuela Martina les dio de comer, a la vez que dieron parte. Ambos eran gallegos, y jóvenes. Había presencia de soldados. Un par de uniformados los llevó a la escuela. Ante los reparos del párroco, se hizo venir al de Saigots. Fueron fusilados y enterrados en un rellano del camino a Saigots, como confirma otro vecino, Joaquín Lusarreta, pocos meses antes de su fallecimiento.

Los hermanos Egozkue completan la información –su tío Benigno participó en su entierro–. Era un día lluvioso, llegaban desfallecidos; y lectivo, pues desalojaron a los niños de la escuela. Su tía Eusebia contó siete disparos. Sus restos fueron exhumados en la emblemática fecha del 22 de mayo de 2018, y a pie del GR 225, que rememora su evasión. Uno de ellos, con un anillo con las iniciales GG, que focaliza su identidad en Gerardo Gómez, de Bergondo (A Coruña), 21 años. El ayuntamiento de Esteribar colocó un monolito conmemorativo, tomando de Castelao su “Non enterraron cadáveres, enterraron sementes”.

Otro fugitivo es abatido en Oiezki, por encima de un pronunciado cortado en la carretera a Eugi. Gertru Zubiri, de Usetxi, conoció su lugar de entierro, desde donde se divisaba Eugi. Se datan estos sucesos entre los días 25 a 30 de mayo. En abril de 1943, José Urdaniz, de Urtasun, maderista, topó con sus restos. Ante el juzgado de Aoiz,[18]los vecinos Bartolomé Lusarreta y Jose Eugi confirmaron su vínculo con la fuga. El juez ordena su traslado al cementerio de Zubiri y “que se recojan de forma adecuada para evitar su pérdida y confusión con otros”. El GR 225, en su variante por Usetxi, atraviesa el lugar de su muerte.

  • Usetxi (31 habs.) Gertru Zubiri (n.1928) grabó un video sobre la memoria oral, donde recuerda a su madre en Beltrarena, casa del alcalde, dando de comer a los capturados. Más tarde, acompañados del párroco, fueron ejecutados en un extenso prado en Patsaranzokoeta. Otros vecinos, Aitor Lesaga y Charo Orradre, confirman el lugar. En septiembre de 2016 se exhuman los restos de estos tres fugados. Pasan cuatro años hasta que uno de ellos es identificado: Ramón Haro Gómez, de Encinas de Abajo, Salamanca, 26 años, gracias a la muestra genética aportada por su hijo Ramón.

En palabras de Gertru: Oroitzen naiz ni aita alkatea zela ta etorri ziren bi maki edo, nola zen, nola erraten zioten orduen, eta claro, goseak eta ematen zioten jatera eta gero hiltzera. Ta oraindik ni oriotzen naiz non dauden ere. Hemendik ere ikusten dut lekue. Han bada bat lurrean, enterratue, ze tristea…jan ta gizajoa zibilek etortzen ziren eta hartu ta tira, eta apaizekin joaten ziren… inork ez daki zer den… Badakit nik hil zutela bat, bide, hiru ezagutzen nuen nik hil zutela herrietan, Usetxin bide eta Oiezkin ere bat zen. Eta nik badakit zein lekuetan dagoen ere honek. Etortzen ziren eta eskatzen ziguten jana, eta ematen genien klaro. Nola utzi behar genituen, pena ematen zuten. Nahi zuten pasatu Frantziara baina zibilek erne zeuden eta biltzen zuten. Enteratzen ziren ba zebiltzela, harrapatu zituzten etxean. Etxetik hartute ta hiltzera atera eta aita alkatea zen eta joan egin behar zen eta gero apeza ere”.[19]

  • Eugi (329 habs.). Quienes entonces fueron testigos han guardado a lo largo de su vida las imágenes de sus duros recuerdos infantiles.

El pueblo, por su estratégica situación, contaba con un doble acuartelamiento: el de Carabineros, responsable del control de fronteras, a pie del carretil a los Aldudes; y en el centro del pueblo, junto a la escuela de niños –las niñas estaban segregadas en otro local–, el de la Guardia Civil.

Estos niños eran testigos presenciales privilegiados, que compartían aula y confidencias con los hijos de los carabineros y guardias. Estando en el tiempo de recreo, ven salir a dos guardias con una persona maniatada con buzo y gorra azul –se dijo que era de UGT–, tomando el camino hacia Iroxo. Los guardias ahuyentan la chiquillería, pero ellos –Pakito Seminario, Francisco Sotro, Gaspar y Emilio Linzoain–, arropados por los hijos de los guardias, se quedan expectantes en el puente viejo, siendo testigos del fusilamiento. A los hermanos Ollacarizqueta, de la borda Garro, se les ordena enterrarlo. Emilio, de la borda Arago, miraba con respeto el túmulo de tierra, a su paso cotidiano a la escuela.

Los mismos niños conocieron otro enterramiento en Zokolu –al parecer, un fugado gallego capturado cerca de la Tejería, en la finca de Simonena–, sepultura dada por un vecino de Iruzelaikoborda. Emilio tenía doce años. Al año siguiente ingresará en el seminario de Pamplona. Cuando en 1969 las aguas del embalse amenazan anegar ambas sepulturas, deseó trasladar, los restos al cementerio, sin margen para hacerlo. Tan solo podrá guardar un concienzudo testimonio fotográfico de los sepultados caseríos del valle.

Un testimonio diferente proviene de Tere Errea (Eugi, n.1927). Su padre, José, era guarda forestal. Vivían en la casa de los guardas, junto al cuartel de Carabineros, que fue utilizada por los militares durante el operativo. Tere conserva el recuerdo de tres detenidos, interrogados en el cuartillo-oficina de la casa; y a su madre rogando que no los llevasen a matar. Es categórica al retener la imagen de los tres cuando salieron y ella, con los hijos de los carabineros, siguió al grupo hasta el puente viejo, desde donde escucharon las detonaciones.

Emilio Linzoain amplía sus recuerdos. Vio llegar por el camino de Zumieta a un capturado. Era grueso y pelirrojo. Supo que fue fusilado y enterrado entre Agorreta y Zubiri, presumiblemente, en el paraje de Agalde. Recuerda también a tres detenidos maniatados por la espalda y en el suelo, al sol junto al camino, un día muy caluroso, frente al cuartel de Carabineros, al parecer capturados en Zotalar, en el límite con Zilbeti. N-1936[20] recogía un similar comentario: “Tres detenidos en el monte Zotalar fueron fusilados en Urtasun…”. Josefina Luquin (n.1930), nacida en la borda Ezkonberri, añade sobre ese grupo: una noche, estando acostados, golpearon la puerta, lo que alarmó a las dos hijas, a sus padres Juan y Fermina Iribarren, y a la abuela Martina. Tres fugitivos entraron, a los que dieron de comer y facilitaron algún calzado viejo del abuelo. El padre los acompañó más allá del alto de Guruchaga, enfilándolos hacia la frontera. A mitad de camino se encuentra Zotalar, lugar donde, presumiblemente, fueron interceptados.

Los niños que viven en Olazar son testigos de otro fusilamiento. Su padre, Francisco Sotro con el mismo apellido de quien relata los hechos, mostraba su enfado por haberse efectuado tan brutal acto a la vista de sus hijos. Había sido capturado en Artesiaga. El párroco de Eugi, Ruperto Oyarzun, ya anciano y con una pierna ortopédica, llega al lugar en el autobús de La Montañesa. Trata de que sea entregado en la comandancia, pero no es atendido. Apesadumbrado, rechazó asistir a otras ejecuciones, según se desahogó con su amigo Emilio Linzoain, también sacerdote. M.ª Pilar Belzarena vivía en la cercana Indianokoborda y recogía fresas de monte, sorteando la sepultura.

En 1950, operarios de la cantera cantera hallan el cadáver incompleto en un cajón de madera. Un informe de la Guardia Civil de Eugi de 31 de agosto de 1950, a petición judicial, confirma que los restos, a 200 metros del caserío de Olazar, corresponden a Isidro López, fugado, “capturado en el término de esta localidad, muriendo a consecuencia de las heridas recibidas en su captura”.[21]  El juez ordena su traslado al osario del cementerio de Zubiri.

Otro grupo fue capturado en Kaparlantegi, en las faldas del Burdindogi, de quienes se contó que los aprehendieron, denunciados por un vecino de Eroseta, haciendo un fuego para comer limacos.

Los capturados eran encerrados en la posada, en cuya planta baja había un local que hacía las veces de cárcel, y trasladados en camión, como contaba J. Huarte, que los recordaba famélicos y desharrapados. Abel Salvador: “Creo que estaríamos cerca de la frontera cuando nos cogieron porque había cerca una Comandancia de Carabineros; […] nos llevaron a la Comandancia y nos metieron en un cuartucho pequeño. Al atardecer llegó un autobús con soldados que iba a Pamplona y nos llevaron a la cárcel Provincial. Allí estábamos once fugados. Al día siguiente por la tarde nos subieron al fuerte”.[22]Abel fue capturado con Valeriano Berruetabeña y con Alejandro Redondo, en un pueblo donde hablaban vascuence y a 30 minutos de Pamplona. La descripción coincide con Eugi, a 30 km de la capital, y el euskera como lengua del lugar. Detenidos el día 2, reingresaron en el fuerte el 4 de junio.

  • Urtasun (78 habs.). Cinco fugados fueron allí ejecutados y enterrados en su cementerio, como se detalla en el capítulo referido al cuarto fugado.
  • Saigots (46 habs.) / Agorreta (63 habs.). Agalde es un paraje cercano a los términos de Zubiri y Agorreta. Allí, junto a la regata fueron fusilados tres escapados. M.ª Ángeles Tohane recuerda la impresión que le causaba, cuando regresaba con sus amigas de pasear por Zubiri y se veían obligadas a sortear el lugar donde conocían estaban enterrados.

Uno de los fusilados, Vicente San Martín. Su padre formalizó la inscripción de su defunción, en el que el guardia civil J.P. Quemada declara “que hallándose de servicio en la carretera o puerto de Erro, vio que una patrulla de soldados perseguía a 3 fugitivos y entre ellos Vicente San Martín, haciendo fuego contra los mismos, falleciendo los 3 a consecuencia de los disparos y llegando el dicente a presenciar los últimos momentos de vida y posteriormente su muerte, por lo que, le consta el fallecimiento de dicho Vicente, lo que tuvo lugar el 25 mayo 1938 en términos de Agorreta”.[23]

Ana M.ª Vizcay era vecina de Agorreta en 1952 cuando, con 18 años, vio pasar el carro en el que los padres de Vicente, ya mayores, junto a Catalina Santesteban Elcano y su marido, trasladaban sus restos al cementerio de Agorreta. El vecino Patxi Tohane, en particular homenaje, repinta periódicamente el esmalte que lo identifica: Vicente San Martín, 23 años y la fecha de su muerte, 27 de mayo de 1938.

J. Equiza, en su libro sobre el clero navarro en la Guerra Civil, dice: “El párroco de Zubiri, don Fernando Iribarren, acogió en su casa a un fugado del fuerte, que, después de descansar, refrescarse y cenar, fue acompañado hacia su destino”. Su fuente era el vecino que acompañaba al párroco: después del rosario del día 26, se acercó el fugitivo al sacerdote, quien despidió a su ayudante.

El vínculo familiar de Vicente con esas poblaciones clarifica los hechos. Explica que pudiese ser quien buscase refugio y que el sacerdote se la prestase en atención a sus parientes parroquianos. Presente como confesor en las ejecuciones –tan solo uno lo hizo, según contó posteriormente-, les transmitió su final y su ubicación, base para el expediente de 1940 y su posterior exhumación y traslado a Agorreta, de donde era natural la abuela paterna, Josefa Goñi.

Queda la duda de si Joaquín Ibáñez pudo compartir el paradero de Vicente. Ambos eran vecinos en Pamplona; ambos de UGT, detenidos juntos y condenados en el mismo Consejo de guerra 127/36. Los fusilados de Agalde, a decir de Ana M.ª Vizcay, eran muy jóvenes. Vicente y Joaquín tenían 23 años. En la fuga, cada cual buscaba el apoyo de algún conocido, y ambos estaban juntos en la toma del fuerte, como se recoge en las conclusiones del sumario: “[…] en este momento el recluso Leopoldo Pico Pérez le quitó el abrigo y la gorra de uniforme al guarda Ciz, poniéndoselas Pico, quien en esta operación fue ayudado por Baltasar Rabanillos, Vicente San Martín, Antonio Valladares y Joaquín Ibáñez”.

En Agorreta añaden otro fusilado, al parecer asturiano, casado y con hijos. En este caso, Ana M.ª Vizcay se apoya en el privilegiado recuerdo de su marido, Eugenio Elcano, con 15 años cuando este capturado pasó noche en su casa, Etxeberria, custodiado por dos guardias civiles. La madre le dio de cenar y quedó impresionada del temple y apetito del capturado, conociendo su fatal destino.  En la mañana, con el lamento de uno de los guardias, abocado a perpetrar la ejecución, fue fusilado entre los caminos a la venta y a Ipete. Enterrado, a decir de Joaquín Elcano y Graciano Vidaurreta, en el cementerio, a la derecha de su entrada.

Los relatores señalan otros fusilados en Anestakozoko, finca de Jesús Elcano, quien tuvo que enterrarlos, y que hacía santiguarse a sus hijos cuando pasaban por el lugar en señal de respeto.

El valle de Erro. Al borde de la salvación

Desde el fuerte hasta Erro hay un reguero de informaciones. Cada pueblo encierra un capítulo de este periplo. Pero el flujo de noticias se debilita conforme los fugados se alejan. Junio se inicia con una treintena de tenaces que bregan hacia la frontera. Es la cifra que maneja el Estado Mayor franquista en Burgos y que replica The Times el 30 de mayo. Quienes rebasan Esteribar se adentran en el valle de Erro, hacia al balcón fronterizo entre Sorogain y el monte Lindus, que aparece como meta de los más determinados, según los relatos que se han salvado del olvido.

Mapa del valle de Erro

En la borda Etxeberria (Agorreta), residió hasta los 22 años José Antonio Goñi (n. 1933), junto a otros diez miembros de su familia. Tiene grabado el paso de varios escapados –“una noche, en dos ocasiones distintas–. Acostumbrado a cruzar en una noche la frontera, se asombra de que no hubiese más que lo hiciesen. Solicitaban agua y orientación.

Su padre, Nicolás, alternaba estos encuentros, en los que les prestaba apoyo, con las vigilancias nocturnas a requerimiento de los perseguidores. Una ambivalente relación con la autoridad que venía de antiguo. En unos casos, sorteaban su control, como cuando los carabineros departían con su padre en la borda, mientras él ocultaba cerca mercancía de contrabando. En otros, prosigue J. Antonio, se habrían a negociar un precio por paquete. “Los carabineros solteros viven diseminados en las casas del caserío en que el amo quiera recibirles, resultando así frecuentemente la convivencia del carabinero con el contrabandista”, se lamentaba el teniente coronel de Carabineros Ricardo Navarro.[24] Si prestaban el Servicio de correrías –“recorrer los caminos, registrar los montes y bosques, visitar las casas de campo y perseguir a cualquier desconocido”, según circular de 1853– y buscaban refugio, no les faltaba el talo o un tazón de leche.

La borda Etxeberria es así un punto avanzado del paso de fugados en su progresión por el valle de Erro. Resulta creíble que alguno de los afortunados que cruzó la frontera fuese uno de los interlocutores de Nicolás en la puerta de su borda; también los allí capturados, “once, monte a traviesa”, que decía el jefe de Carabineros, con puestos en Zilbeti, Erro, Bizkarreta y Espinal.

En otra borda cercana, Gilontro (Erro), Miguel Murillo (n.1927) cuidaba las ovejas siendo un crío, cuando unos forasteros le asustan al preguntarle por el camino a Francia.

En la borda Ezkerra (Lintzoain), es Carlos Zalba quien, a sus doce años, acompañaba a su padre, Celestino, cuando llegaron unos desconocidos, a quienes su padre dio comida y orientación. En la tarde, al bajar del monte, los reconocieron en su pueblo (Biskarreta), maniatados y rodeados de guardias. Unos y otros evitaron la mirada para no delatarse.

La regata Etxarro.

Fugados, maquis y herejes.

En un corto espacio entre Usetxi/Leranotz/Iragi/Urtasun, se multiplican las referencias de paso de prófugos. Más adelante, hacia la frontera, las bordas de Etxeberria, Gilontro y Ezkerra, dan continuidad a su presencia. La más lógica explicación a su recorrido es el pasillo natural entre una y otra área: la regata Etxarro.

En octubre de 1944 dos columnas guerrilleras penetran desde Francia por Navarra: una de ellas, con 250 combatientes y en sentido inverso a los fugados de 1938, entra por Espinal hacia Sorogain, se adentran en Zilbeti y continúa hacia Lantz y Olague, perseguidos por la División 51 del ejército (AMG Ávila, caja 21847). Diversos testimonios detallan su ruta: Pedro Urbelz (n.1926), de casa Pablo en Sorogain, se vio forzado a hacer de guía por la regata de Lastur hacia Zilbeti; José A. Goñi relata que llegaron por el puente de Aranotz y su padre Nicolás indicó al grupo el camino hacia la regata Etxarro; Julia Erro supo que cruzaron el río Arga por el puente de Urtasun y se adentraron entre Iragi y Usetxi; Francisco Sotro, que pasaron por Etxarro y que, en un tiroteo en Olague, murió uno que trabajaba en La Vasconia. Su memoria no falla: el 7 de octubre falleció allí Juan Larrea Zabala, empleado en dicho banco, miembro del requeté auxiliar, y a cuyo funeral asistió el conde de Rodezno y otras personalidades, según contó Diario de Navarra, si bien ocultó el motivo de su muerte.

Miguel Delibes hace transitar entre Urtasun y Cilveti (Zilbeti) a Cipriano Salcedo, protagonista de su novela El hereje (1998), cuando huye del Santo Oficio hacia Francia en 1558 con un guía local, Pablo Echarren, “quien llevaba gente hasta la raya con Francia, fugados, refugiados, exilados, contrabandistas”. Delibes no visitó el lugar, pero su obra es aclamada por el rigor en su documentación. Ante el mapa, tuvo que posar su inquieta mirada en ese corredor.

Una concurrida regata.

Erro (257 habs.). El 4 de junio es detenido y llevado al puesto de los carabineros un fugado.  Era gallego, a decir de Isidoro Murillo. Se hizo cargo el responsable de la Guardia Civil de la zona, omnipresente esos días. Fue enterrado en el antiguo cementerio, hoy desaparecido.

En Lintzoain (176 habs.), su párroco, el domingo, se mostró aliviado de haber evitado el ir a confesar el día anterior a este detenido. Paradójicamente, después de misa, fue requerido para asistir a otros dos capturados. Quien lo narra es Santiago Presto (n.1926), monaguillo en ese trance. Delatada su presencia por un vecino que apacentaba las vacas, fueron capturados por militares en Oianeder. Uno era vizcaíno. Uno se confesó, el otro no. Al atardecer, Isaac Presto y otros vecinos trasladaron sus cuerpos al cementerio, donde permanecieron, hasta su exhumación en 2017. El informe forense determina de uno de ellos una altura de 1,618 m. y edad superior a 35 años. Entre los vizcaínos muertos, todos eran muy jóvenes, excepto Miguel Garijo Hoson, de 44 años, vecino de Bilbao. Medía 1,62 m.

Atraídos por la curiosidad acudieron vecinos de Bizkarreta, localidad donde los carabineros capturaron a otros fugitivos, añade Santiago –“uno, con limacos en el bolsillo–.

Entre los detenidos en el valle, José Ferreiro declara en el sumario: “El día 5 de junio, en que estaban comiendo bellotas, se presentaron unos hombres y los llevaron a Espinal, a 50 km de Pamplona”. Habla en plural. Parecida declaración hace Gregorio Pindado: “entregado el día 5 en un pueblo que se halla distante unos 50 km”. No sobrevivió un año a su captura; falleció de tuberculosis en mayo de 1939.

En Auritz/Burguete (450 habs.), el único diseminado habitado es Martindorrekoborda o caserío Arrobi, hogar de Nieves Landa (1924-2020), quien antes de su fallecimiento dejó una grabación en la que señala que, en el periodo de la guerra ordenaron a su padre, Aquilino, enterrar los cuerpos de unos forasteros cerca del caserío, motivo por el que ella evitaba el lugar, hoy arboleda de Urkitzeta. La presencia contrastada de evadidos en la zona, ausencia de otras referencias de fusilamientos en la zona en aquel periodo, y la repetida mecánica sobre su entierro, recuerda a las de otras fosas de fugados.

Su testimonio cobra fuerza a la luz de la declaración de A. Muguía, soldado de la guarnición de Burguete, el 2 de agosto de 1938 en el consulado republicano de Hendaya, una vez que deserta: “Les hicieron bajar a las bifurcaciones de las carreteras con la orden de que dispararan sobre el que vieran. […] el grupo de soldados que con él estaba para cortar el paso a los presos, no encontró a ninguno de éstos, pero luego supo que otro grupo de soldados al frente del cual estaba un teniente de la Guardia Civil, sorprendió a un grupo de seis evadidos, quienes al ver a los soldados no quisieron disparar […] se los llevaron monte arriba donde los mataron”.[25]

Las bifurcaciones de carreteras antes de llegar a Auritz/Burguete, son las que se desvían hacia el valle de Aezkoa y hacia Aoiz. La distancia de ambas al caserío de Nieves y a Urkitzeta está entre los 440-620 m.

El azar de la historia acude en ayuda de los fugados: el Quinto

La parte superior de estos pueblos es el corredor fronterizo que transitan los fugados que logran cruzar la muga, el Quinto-Kintoa y Sorogain. Ese decisivo hecho obliga a una mayor atención sobre ese espacio físico.

Alduide o Quinto Real. Tratado 1856

Alduide o Quinto Real. Tratado 1856

Este territorio quedó al margen de las dos rutas comerciales principales. A un lado, los caminos por Bera y Baztán; del otro, la ruta por Roncesvalles, en el Camino de Santiago. Las centenarias disputas fronterizas, con unos límites cambiantes, dejaron un corredor fronterizo escasamente poblado. El Tratado de Bayona de 1856, que acuerda la actual línea de frontera, dejó el valle de Aldude bajo titularidad francesa y Quinto-Kintoa del lado español. Otorgaba a los vecinos de Baigorri un derecho perpetuo de pastos y les autorizaba a construir cabañas para abrigo, “pero no a edificar ni construir más habitaciones que las indicadas chozas de madera y ramaje”.

No hay pueblos, escasas bordas habitadas, ocasionales pastores y aislados puntos de vigilancia de carabineros. Un enorme espacio despoblado, permeable, carente de vías de acceso, más allá de ancestrales senderos entre ambas vertientes. Un terreno abonado para quien buscaba un paso sin ser visto, en particular en periodos de guerra o persecución política. El Archivo Histórico de Euskadi conserva docenas de fichas de exilados que logran cruzar por Quinto-Kintoa; a cambio, el Archivo Militar de Ávila documenta otras tantas detenciones por intentos fallidos.

No está documentada la existencia de redes organizadas en Erro para el paso clandestino; más bien, caseríos que complementaban sus ingresos con el contrabando, y que ocasionalmente, hacían de pasadores o mugalaris de fugitivos, en la que la ruta entre Agorreta y Urepel, revivida con el GR 225, parece asentada:

Carlos Zalba, testigo privilegiado por décadas de este tránsito clandestino, contaba que los traían en coche hasta Agorreta, y de ahí por monte, cruzaban la frontera. José A. Goñi, de la borda Etxeberria, situada en ese punto de partida, lo refrenda: llegaban en taxi al cruce con Zilbeti y, sin mediar palabra, se adentraban hacia Francia. Hubo una ocasión, hacia 1946, en la que llegó a la borda un extraño con gabardina, solicitando guía a cambio de tres mil pesetas, que depositó en la mesa. Una suma considerable. Le facilitaron unas botas de agua, y con su tío Juan, vislumbraban Biurrietabuztanenea (borda Monaco), en Urepel, antes del amanecer.

Los dirigentes del Frente Popular Jesús Monzón y Juan Arrastia escapan en agosto de 1936 por esa ruta. Joaquín Navarro, vecino de Huarte, detenido, confiesa que los había llevado en su taxi “con boina encarnada y trajes corrientes”, desde Pamplona a Agorreta. Un informe del teniente de requetés Vicente Munárriz determina que llegaron a Oropel (Urepel).[26]

El carlista Antonio Lizarza, sobre la huida de un pistolero requeté perseguido por la justicia en el periodo republicano, dice: “Estas andanzas de cruces de fronteras me traen a la memoria otro episodio ocurrido anteriormente. […] Llegamos de noche al sitio convenido, cruce con la carretera de Cilveti, donde encontraríamos al hombre que le pasaría a Francia. […] se pusieron en camino, unas dos horas hasta Francia”.[27] En otro apartado, cita a sus amigos contrabandistas de Urepel, presumiblemente, sus guías y el punto de llegada.

En sentido contrario, la ruta Urepel-Agorreta, por el collado de Beraskoain, era empleada para el paso de contrabando (puntillas, sacarina…) por el grupo de Zilbeti, al que se sumaba Pedro Belza, de Sorogain, a decir de su hija Isabel (n.1932). En Agorreta, en el rellano cercano a la borda Etxeberria, discreto punto cercano a la carretera a Pamplona, se cargaban en furgoneta.

En la regata de Urepel

En la regata de Urepel

En esa ruta, el 3 de octubre de 1946, a las 22 horas, una patrulla militar emboscada sorprende en el barranco de Biurrietabuztango a tres individuos procedentes de Francia que se dieron a la fuga; “uno de ellos al parecer, un pastor, Pierre Legarret o Laxague, (a) Pilet, reclamado por contrabando de ganado y que tiene una chabola cerca de Berascoain (Sorogain)”.[28]

El paso clandestino desde Urepel fue habitual en la posguerra.

El archivo histórico del PCE guarda multitud de referencias, como la entrada de tres camaradas el 20 de julio de 1947 “partiendo a las diez de la noche, hasta la carretera que va desde Pamplona a Roncesvalles, entre los pueblos de Erro y Espinal, llegando a Pamplona el 22 a las 6 de la mañana”. […] Regresan el 27: “el itinerario efectuado fue sensiblemente igual al anterior”.

El adversario vigilaba sus movimientos: “Últimamente han llegado a la Fonda de Anglesanca (sic) en Urepel cinco rebeldes más […] Aunque van sin armamento parece ser que lo ocultan en las proximidades de la borda francesa de Juan Monaco sobre el camino de Lecetako biria (Muga 149), a 200 metros de la frontera”.[29]

El paso fronterizo a lo largo de este corredor del valle de Erro, no estaba exento de riesgos:
  • Concepción Urtasun, vecina de Mezkiritz, fue detenida en abril de 1937, a raíz de la denuncia del teniente de Falange Alfredo Landa, por su implicación en el paso clandestino de Rita Goicoechea, compañera del concejal del Frente Popular en Pamplona E. Salvatierra, ya exilado.[30] Cumplió siete años en la cárcel de mujeres de Saturrarán (Motriku, Gipuzkoa). Su hermano Santos escapó, pero más tarde fue confinado en el campo de Gurs.
  • Daniel Regato, soldado republicano huido desde Asturias con otro compañero, es herido en Zilbeti y conducido al puesto de carabineros de Viscarret (Bizkarreta) el 7 de mayo de 1938, dos semanas antes de la fuga del fuerte.[31]
  • El Registro Civil del valle inscribe en julio de 1939 a un anónimo fugitivo, que procedente del derrotado ejército de Levante, murió tiroteado en el término de Koskarte (Zilbeti).
  • En diciembre de 1946 muere en Mezkiritz por las inclemencias del tiempo y unas condiciones físicas mermadas a consecuencia de una herida de bala en la guerra civil, José A. Miyar (n. Gijón, 1911), cuando se dirigía a Madrid desde Francia como enlace de CNT.[33]
  • Isidoro García, vecino de Viscarret, bastero, monta en su yegua la tarde del 9 de septiembre de 1938. Su pretensión es llegar en la mañana al mercado de Elizondo, donde vende guarniciones para caballerías. Confiado a su salvoconducto, conversa con Pablo Urbelz en su venta de Sorogain y saluda al carabinero de guardia, antes de adentrarse por Odia. Al anochecer, cerca de la borda de Palla (Baztán), donde acostumbra a pernoctar, confundido con un fugitivo, se ve envuelto en un tiroteo cruzado entre una patrulla de requetés y otra de carabineros, a resultas de la cual queda herido y su montura cae muerta. La delicada vida en la frontera.
Cabaña de carabineros en el monte Lindus, 1917. E. Frankowski, cedida por Joxepe Irigarai

Cabaña de carabineros en el monte Lindus, 1917. E. Frankowski, cedida por Joxepe Irigarai

Los fugados resistentes no sabían de tratados fronterizos ni otras leguleyadas. Luchaban por sobrevivir en una naturaleza hostil, perseguidos a muerte; pero los que cruzaron la muga adoptaron la misma decisión: orientándose hacia el norte geográfico, se dirigen al aislado espacio entre Sorogain y el monte Lindus. Los que se salvaron lo hicieron por su resiliencia y porque eligieron el mejor de los caminos posibles.

Mapa detalle de la muga

Mapa detalle de la muga

 

El valle de Aldudes desde Sorogain

El valle de Aldudes desde Sorogain

 

GR 225El GR 225

Es una quimera pretender reconstruir los itinerarios precisos que tomaron los fugados.

La fidelidad a lo conocido por medio de los informes oficiales, declaraciones de los capturados, testimonios locales y ubicación de las fosas localizadas, diseña un trazado que baja por la ladera norte del monte Ezkaba para adentrarse por Nagiz antes de asomarse hacia Sorauren y Olabe. Requiere solventar una dificultad natural, el vadeo de los ríos Ultzama y Arga, ya en Esteribar. De ahí por el extenso término de Zilbeti, a Sorogain-Lindus, zona que recorrieron los últimos resistentes para cruzar la frontera.

Sobre el terreno queda señalizado desde 2018 el sendero de Gran Recorrido o GR 225 “La fuga de Ezcaba –1938– Ezkabako Ihesa”,[33]de cincuenta kilómetros. Su trazado no es arbitrario, sino fruto de las huellas que han pervivido. Impulsado por el Gobierno de Navarra, quien lo declaró Lugar de Memoria en 2019, y con la aprobación de la Federación de Montaña, que otorgó para su numeración la fecha de la fuga, rememora los hechos y une el fuerte de Ezkaba con Urepel, donde llegó Jovino Fernández tras pasar la muga.

Montañeras en Sorogain, GR 225

Montañeras en Sorogain, GR 225

 


[1] Gara, 14 de abril 2002, entrevista a Ángel Arbulo.

[2] Jose M.ª Jimeno Jurío, El fuerte de San Cristóbal/ Ezkaba …, p. 194-195.

[3] Información 30-1941 del Juzgado militar n.º 2 del Cuerpo de Ejército de Navarra, f. 4-6.

[4] Fondo Documental de la Memoria Histórica de Navarra (UPNA). J. M.ª Jimeno Jurío. Valle de Juslapeña.

[5] La gran fuga… p. 67.

[6] Fondo Documental de la Memoria Histórica de Navarra (UPNA). J. M.ª Jimeno Jurío. Valle de Juslapeña.

[7] Vídeo sobre memoria inmaterial, ayuntamiento de Juslapeña y Labrit Patrimonio.

[8] En virtud de informe de Orreaga Oskotz, Fernando Mikelarena y Carlos Martínez, de la asociación Areka.

[9] La gran fuga… p. 77.

[10] Jose M.ª Jimeno Jurío, El fuerte de San Cristóbal/ Ezkaba …, p. 194 y siguientes. En el texto original de 1978 consta como vecino desconocido de Makirriain, pero más tarde, N-1936, en 1986, identifica a su padre como Nazario Munárriz, que contaba con dos hijos, Eulogio n. 1901 y Marcelino, n. 1907, quien, en el momento de la entrevista contaba con 71 años y que, a juicio de familiares, en 2014, era quien encajaba en la descripción.

[11] Nagiz es escenario de Centauros del Pirineo, novela de Félix Urabayen, que describe, en 1928, la liza entre contrabandistas y carabineros por esos parajes.

[12] Jose M.ª Jimeno Jurío, El fuerte de San Cristóbal/ Ezkaba …, p. 197.

[13] La gran fuga de las cárceles…p. 67. Capturado en Gascue junto a Enrique Rosende y José Fernández Parracia.

[14] Archivo de Capitanía Militar de Navarra, Información 30-41 f.8.

[15] La gran fuga…p. 174.

[16] Video sobre memoria inmaterial, ayuntamiento del valle de Larraún y Fundación Euskokultur.

[17] Archivo R. y General de Navarra, caja 121239/1, expediente inscripción defunciones 259-1946, f. 6.

[18] Archivo R. y General de Navarra, caja 117210, expediente 30-1943 del Juzgado de Instrucción de Aoiz.

[19] “Mi padre era alcalde y vinieron dos maquis –así es como se les decía entonces–, y claro, con hambre y les daban de comer y luego… a matar. Vinieron los civiles y los cogieron y nuestro padre como era el alcalde tuvo que ir con los civiles. Todavía me acuerdo dónde están. Desde aquí se ve el lugar. Allí (señala por la ventana) hay uno enterrado, qué triste, los pobres comieron, vinieron los civiles y tira, también fueron con el cura. Nadie sabe lo qué es eso. Yo sé que mataron a uno, dos, tres… conocía que mataron en estos pueblos, dos en Usetxi y uno también en Oiezki. Y también sé en donde está este. Venían y nos pedían comida y les dábamos, claro. Cómo no íbamos a darles, nos daban pena. Querían pasar a Francia, pero los civiles estaban vigilando, los cogieron”. Vídeo sobre memoria inmaterial, ayuntamiento del valle de Esteribar y Labrit Patrimonio.

[20] Navarra 1936, de la esperanza al terror, en adelante, N-1936.

[21] Archivo R. y General de Navarra, caja 117210, expediente 79-1950 del Juzgado de Instrucción de Aoiz.

[22] La gran fuga… p. 178.

[23] Archivo R. y General de Navarra, caja 121232, expediente de inscripción de defunción 327-1939.

[24] Informe de 30-11-1912. Archivo General Militar de Segovia. Sección 3.ª, legajo 642.

[25] Archivo General de la Administración, RE 48.

[26] Archivo de Capitanía Militar de Navarra – Archivo General e Histórico de Defensa, sumario 64-1938, f. 8 y 35.

[27] Antonio Lizarza. Memorias de la conspiración, p. 80-81 (en 1.ª edición, 1953).

[28] AGMAV, caja 3177, Informe de 4 de octubre 1946.

[29] AGMAV, caja 3177, Informe de 9 de agosto de 1946 sobre actividad de partidas rebeldes.

[30] Archivo de Capitanía Militar de Navarra, sumario 680-37.

[31] Archivo de Capitanía Militar de Navarra, sumario 1467-38.

[32] Archivo R. y General de Navarra, caja 117 232, expediente 110.

[33] Web: www.gr-225.org