La revuelta no solo tomó por sorpresa a la guarnición. También a la inmensa mayoría de los 2487 reclusos que se hacinaban en sus celdas. Escuchan atónitos los primeros disparos y ven llegar a otros penados, algunos con fusiles y gorras de uniforme de los funcionarios, que abren verjas, retiran pestillos y recorren las naves alentándolos a salir al patio, a abandonar el penal. Julio Oliván, fugado: “Esperando al rancho oyó un gran alboroto en el patio y se asomó a ver qué pasaba y entonces a su espalda en la nave diez pasó unos cuantos individuos con fusiles, y entonces cogió unos objetos de su pertenencia…”.

Medio centenar de iniciados, partícipes en un plan elaborado minuciosamente durante meses, habían tomado audazmente el control del fuerte. Pero carecen de apoyo una vez traspasado el dintel de la puerta. La mayoría de reclusos sale a la explanada exterior y asomándose por primera vez, se ven atraídos por las luces de Pamplona (42 259 habs.). [1] Habían llegado en camiones custodiados desde la estación de tren y, al salir, no tienen referencias.

Tan solo un grupo de afortunados tenía alguna idea del exterior; aquellos que salían a trabajar en la construcción de la carretera que comunicaba Pamplona con el penal, cuyo ascenso se inicia desde la población de Artica. En septiembre de 1937 comienza la mejora de ese acceso. La brigada de trabajo sale bajo vigilancia, de 8 a 18 h, compuesta por reclusos que mostraban buena conducta. Desacertada selección, a la vista del elevado número de ellos que se sumarán a la fuga. En ese grupo de 68 peones se encuentran Valentín Lorenzo y José Marinero, dos de los que alcanzaron la frontera y que, a buen seguro, se habrían familiarizado con el entorno. Sale a diario Jacinto Ochoa, que intentó la fuga en 1938 y lo volvió a intentar –y logró– en 1944; también Andrés Zudaire, preso de Azagra, con un insospechado protagonismo en esta narración.

Presos en la carretera al fuerte, 1941. Identificados Lucas Barbado (1) y Juan Villagrín (2)

Presos en la carretera al fuerte, 1941. Identificados Lucas Barbado (1) y Juan Villagrín (2)

Una vez tomado el fuerte, ¿qué hacer?

Lo resumió uno de los fugados supervivientes, Rogelio Diz: “Creo que todos los que íbamos saliendo nos hacíamos la misma pregunta: ¿Qué nos espera a la salida? Mi respuesta mental fue que preferiría un tiro antes de seguir prisionero y estaba decidido a jugármela”. [2] ¿Qué cruza por sus cabezas en esos momentos de verdad desnuda?  ¿Qué ansia de libertad movía a Ibisate, Arroyabe y Alzuaz, condenados ya en 1934 por otra tentativa de evasión, y que en esta ocasión perecen en su huida? “Tú ya no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable”, decía Agustín Goytisolo.

Cada recluso, en una urgente composición de lo que sucede, debe enfrentar una difícil elección: huir o regresar a la celda. Ninguna de las decisiones garantizaba la supervivencia: Ignacio Marcos decide fugarse y muere; su hermano Julián se queda en el fuerte y muere entre sus muros en 1939. Los hermanos Carretero, como los Melgosa, se fugan y mueren juntos. Teodoro y Gerardo Aguado evitan la muerte en el monte, pero ambos son fusilados en agosto. Escapan los tres Sánchez Vicente: Artemio y Miguel son capturados, Patrocinio muere. La extensa nómina de presos permite todas las variables y exige hilar fino: los dos Ramón Serantes (Noya y Padín), ambos de Ribadumia (Pontevedra), escapan y son capturados. El sumario, para distinguirlos, detalla que Ramón Serantes Noya tiene “una anquilosis del menique de la mano izquierda”.

“Se fue del patio a la Brigada a recoger un poco de chocolate que tenía para marchar”, declara Rabanillo. Uno de cada tres encarcelados opta por lanzarse a la oscuridad y con lo puesto, desnutridos y mal calzados, sin más sostén que sus hábitos campesinos para orientarse, intentarán ganar la frontera. Quienes se suman a los promotores lo hacen por la infernal vida carcelaria. El abogado Patxi Zabaleta, con base en documentación oficial, escribió en 1979: “[…] de las brigadas de los que dormían en el patio es el de mayor porcentaje”. Superior al 60 %, como de las celdas de castigo. De la enfermería –donde entre 38 pacientes estaba el segoviano Gregorio Aragüés, a quien habían amputado una pierna–, escapan la mayoría de sus cuidadores. De Pabellones y oficinas, con unas condiciones menos extremas, el 11 %.

Los sumarios muestran que la inmensa mayoría de los fugados eran trabajadores manuales, asalariados del campo o de la ciudad, afiliados a sindicatos o partidos de izquierda. En el caso de Gregorio Morata no consta oficio, pues había sido sentenciado en 1932 a diez años –cuando tenía doce– por robo, en el juzgado de Ayora (Valencia). En sus testimonios rezuma su conciencia política y muestra que el levantamiento militar tuvo un nuclear componente de defensa de intereses de unas castas privilegiadas contra quienes cuestionaban ese estatus. Entre los desheredados de la fortuna que formaban la población reclusa ocupan su espacio los expósitos. Se han detectado treinta casos entre los fugados.

“Las trayectorias vitales de los expósitos fueron diversas; lo que sí se puede asegurar es que permanecieron entre las capas más humildes de la población y que formaban parte de los grupos irremediablemente pobres y que a fuerza de duros trabajos lograron sobrevivir. El expósito era una persona privada de su identidad, lo que le hacía totalmente vulnerable a los acontecimientos vitales” (Lola Valverde, Entre el deshonor y la miseria). Es circunstancial, pero la práctica totalidad de ellos se sumó a la evasión. Quizá sentían que tenían menos que perder en la vida y, de hecho, como colectivo, pereció en porcentaje que dobla al del resto de los fugados.

Todos buscan a sus amigos para acometer la intentona, pero los grupos son heterogéneos y cambiantes. Del total de 4923 presos registrados en el fuerte, 1569 eran castellanoleoneses, seguidos por gallegos. Esa primacía tiene su equivalencia en los fugados, como los 95 vallisoletanos, con 33 muertos; o el centenar de Pontevedra, con 31 en los días de escapada; más 8 capturados y muertos con posterioridad en el fuerte. A su vez, serán dos castellanos y un leonés los fugados documentados que alcancen la muga.

Llama la atención el número de extranjeros que se suman: cuatro argentinos, cinco portugueses, dos cubanos y un brasileño. Dos perecerán en la fuga y otros tres en los años sucesivos en el fuerte. No guardan relación con los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Más bien, emigrantes retornados y asentados como obreros o jornaleros.

Diecinueve convictos locales toman parte en la fuga.

Su presencia en la población penal había quedado brutalmente mermada por las sacas en 1936-37. Con el bando republicano diezmado en los pueblos de Navarra, ya no era posible encontrar refugio escapando hacia el sur. La única vía de escape era alcanzar Francia. Son quienes pueden dar genéricas orientaciones: señalan cadenas de montes hacia el norte. La frontera. Nueve fueron capturados y diez abatidos: entre ellos, quienes se presume podían conocer los valles norteños, como Simeón Palacín, de Navascués, o Vicente Mainz, de Vidangoz. Montañero y conocedor del Pirineo es Pablo Redín, muerto en Antxoritz. Vicente San Martín tenía familia en Esteribar.

Manuel Martínez Estrada, de Cintruénigo, pagó su cambio de criterio político. En 1931, activista del tradicionalismo, fue acusado de tentativa de rebelión junto a Jaime del Burgo. En 1932 quedaron absueltos; para entonces Manuel pertenecía al partido socialista. En 1933, la fiscalía de Pamplona, basándose en su testimonio, acusa a varios dirigentes tradicionalistas, entre ellos a Eusebio del Burgo, padre del anterior, de la constitución de una milicia paramilitar carlista, adiestrada en el manejo de pistolas para derribar el régimen republicano. Después del golpe de 1936, Manuel es condenado a cadena perpetua y encerrado en el fuerte. Será otro de los muertos en la fuga.

En tan desdichado recuento, una biografía con final feliz. Marcelino Iriarte, natural de Cizur, encarcelado por su pertenencia a la Unión de Hermanos Proletarios, queda herido de bala en un talón por disparo de los centinelas. Ello no lo detiene, pero es capturado al día siguiente en Nagiz. Así lo evocaba Jacinto Ochoa: “…quedó herido por rebote de bala en una pierna; tras el apresamiento nos encontramos en el Fuerte y tenía la pierna totalmente infectada y alguien dijo que era buena la orina, total que todos pasábamos a orinar en su herida. Con unos alambres le sacamos un pedazo de bala que tenía incrustado y un pedazo de calcetín; no sé cómo no murió aquel hombre…”.[3] Marcelino sobrevivió cincuenta años y falleció en París en 1988. Era zapatero, como otros quince fugados, entre ellos Amador Rodríguez, último en ser capturado. El libro Rebeldes primitivos ya señaló la querencia de este gremio por las causas revolucionarias, relacionándola con su independencia laboral y gusto por la lectura.

La noche es de luna llena, probablemente elegida por quienes planearon la evasión, aunque una propuesta previa marcaba el 9 de mayo. El azar quiso que fuesen días lluviosos y fríos. “Pocos han sido los días buenos y el balance arroja más días de invierno que primaverales”, despachaban el mes desde el Arriba España. Ese domingo 22, los presos no salieron al patio por el aguacero, que en la ciudad obligó a suspender la procesión de la Virgen del Camino hasta la iglesia de San Saturnino, y el concierto de la Plaza del Castillo. La marcha de los escapados se inicia al oscurecer y bajo un cielo encapotado.

“Como la noche era cerrada y lluviosa y por tanto la visibilidad casi nula, ordené que con los reflectores se iluminara la cresta del monte”, informaba el comandante Trías al llegar con las primeras tropas. Entre los perseguidos, Teófilo García: “Había llovido el día anterior y estaba embarrado todo el monte. Un compañero cayó conmigo por un terraplén yendo a parar a un arroyo. Perdí el conocimiento y cuando lo recobré el compañero estaba muerto. […] En la noche del lunes apenas se veía, pero seguimos avanzando”. Santiago Robledo: “al día siguiente, 23, había mucha niebla”. Jornadas a la intemperie, que desgastan la resistencia. Arbulo observa sobre el río en cuya ribera es capturado: “Bajaba tanta agua que no se podía cruzar; nunca más he visto tal cantidad”. Un observador, el médico Fermín Irigaray, en sus Memorias habla de un martes frío. El jueves 26 descargó una tormenta con 7 litros/m2.

En adelante, mejoró el clima. En Urtasun recordaban una tarde soleada cuando fusilan a cinco evadidos. Emilio Linzoain subrayaba el inclemente sol bajo el que mantenían a los apresados en Eugi. A pocos kilómetros, un mundo ajeno: el partido Osasuna – Real Sociedad del domingo 29 se disputaba bajo el mismo cálido sol de primavera.

Para las 21:30, los militares inician la respuesta. Dos camiones con 80 soldados del batallón 331, al que se suman entre 25 y 40 guardias civiles del cercano puesto de la Rochapea, llegan a las inmediaciones del penal. Otra furgoneta con requetés recoge al sargento Láinez. “A las 23 horas entra la fuerza sin resistencia al interior del fuerte”, informan al Cuartel General en Burgos. El director Rojas, interrumpida su cena en la ciudad se presenta con la situación ya controlada. Los últimos evadidos entrecruzan disparos con la tropa que va capturando a los rezagados. “A la media hora teníamos a la tropa detrás, con reflectores peinando el monte con ráfagas”, contaba Luis Félix Álvarez.[4] También Jovino Fernández: “Desfilamos todos casi en columna compacta hacia el monte. A las dos horas ya funcionaban los reflectores por todas partes. La columna se desparramó por los bosques y por los barrancos en la noche”.[5]

La huida se hace desordenada. Cada sobresalto con los perseguidores supone la dispersión del grupo. Tras el paso de los fugitivos, queda un rastro de zapatos y papeles. La imagen de cartas dispersas en el matorral, extraviadas en la accidentada huida o arrojadas por los capturados antes de ser ejecutados para evitar que sus recuerdos quedasen sepultados con ellos, tiene una ruda fuerza dramática. Un compendio de la fallida intentona, de las miserias de la vida carcelaria, de las anécdotas familiares, fotografías con sentidas dedicatorias, anónimos apuntes: todo reducido a cenizas. “Yo recuerdo haber hecho una hoguera delante de la escuela y ahí quemaron las cartas, documentación, incluso cosas religiosas”,[6] contaba el vecino M. Munárriz.

El corresponsal inglés Mr. Harting llega a Hendaya y comenta que “en Pamplona no se permite ni la entrada ni la salida y la vigilancia en las carreteras es tal que tardó cerca de 4 horas para hacer un viaje que generalmente no dura arriba de hora y media”, según trasmite el 24 de mayo el cónsul en esa localidad al embajador de la República en París, M. Pasqua.[7]

Se inicia en el mapa una implacable partida de ajedrez, donde los dos contendientes hacen sus movimientos: el gobernador militar de Navarra dibuja el cerco, reparte la tropa, impermeabiliza el paso de puentes y collados, y va espigando fugitivos del tablero. Los evadidos, internados en los montes, improvisan vías de escape, burlan el acoso de las piezas contrarias, buscan el camino a la salvación. El estruendo de la fusilería no se apagará en los días sucesivos. Cuando todo termina, 206 fugados han perdido la vida.

Refugio de Amador Rodríguez, con el Fuerte de fondo

Refugio de Amador Rodríguez, con el Fuerte de fondo

 


[1] Población de hecho en 1930, referencia que se empleará para todas las entidades locales que se citan, con cifras extraídas del Instituto de Estadística de Navarra.

[2] La gran fuga… p. 95.

[3] Entrevista en Punto y Hora, 1978.

[4] Testimonios de Teófilo García, Santiago Robledo, Ángel Arbulo y Luis Félix Álvarez tomados de La gran fuga de las cárceles franquistas.

[5] Solidaridad Obrera, 16 de junio de 1938.

[6] Jose M.ª Jimeno Jurío, El fuerte de San Cristóbal/ Ezkaba …, p. 195.

[7] Archivo General de la Administración, RE 29, epígrafe 12/03094.